> El pasado fin de semana volvió a reproducirse un acto de violencia
> callejera o Kale Borroka en Tolosa. En esta ocasión, a parte de los
> daños materiales contra la Oficina de la Seguridad Social, fue
> necesario desalojar de madrugada a 85 familias con niños y ancianos
> incluidos.
>
> Hay muchas perspectivas desde las que analizar este tipo de
> actuaciones violentas. La primera es cómo las denominamos, porque tal
> vez es más correcto definirlas de otra manera. Por ejemplo, podríamos
> acuñar el término: «violencia contra la gente normal» o «Herriaren
> aurkako borroka». Porque analicemos el hecho con detalle.
>
> ¿Contra quién fue arrojado ese cóctel? ¿quien padeció sus
> consecuencias? ¿El Estado o el Ministro de Trabajo? No, el Estado y el
> ministro de trabajo ni se han enterado. Los perjudicados son por este
> orden los vecinos desalojados, el grupo reducido de trabajadores de esa
> oficina y finalmente los usuarios de Tolosa. En definitiva, los
> vecinos, los trabajadores, la gente normal, herria.
>
> Pero no es en esta cuestión en la que quiero poner el acento. Lo que
> con perspectiva de futuro más me preocupa es el silencio de los
> entornos sociales y políticos adultos de quienes realizan o aplauden
> estos hechos. Un silencio acrítico que se inhibe y se abstiene de
> valorar. No me refiero tanto a emitir comunicados públicos sino a
> ejercer la responsabilidad que a cada cual, allá donde esté, le
> corresponda. En este caso muy especialmente al entorno socio-político
> de la izquierda abertzale.
>
> Un grupo de jóvenes hace una barbaridad y nadie a su alrededor, en su
> entorno de confianza política, les ofrece como referencia un límite o
> una contención a la que tengan que someterse. Tal vez, algún aplauso
> desconsiderado e irresponsable. En el mejor de los casos, la respuesta
> es el silencio. Se imaginan cuál es el mecanismo que opera en esos
> jóvenes: Vía libre para preparar una más gorda. Representa la luz verde
> para activar la acción por la acción sin limites ni contención. Vivir
> la fascinación seductora de la violencia sin contrapesos.
>
> Hay que hablar, hay que comunicar y hay que valorar con severidad los
> hechos que son graves ante quien los realiza para que tome conciencia
> crítica de lo que hace. De lo contrario todos terminaremos legitimando
> como aceptable lo que de ordinario consideraríamos aberrante. Por
> cierto, algún día ocurrirá una desgracia gorda y entonces no habrá
> tiempo de lamentaciones. El sentimiento de pusilanimidad acompañará por
> siempre a los que callaron.
>
> M. Rekalde
>
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