A raíz de la creación del estado autonómico, en este
"mundo feliz" en el que todo estaba ya "atado y bien
atado", surgió de repente un viejo tema olvidado: el
mal llamado "problema de los nacionalismos". Pero es
que el nacionalismo, no es el problema, es la
SOLUCION.
El nacionalismo, la creencia colectiva de pertenecer a
una nación, es desde luego, un mito, una simple
creencia con más o menos fundamento. Como todo mito,
necesita sus propios inventos asumidos colectivamente.
Todos los nacionalismos los tienen y alimentan. Este
es el discurso de los autodenominados
"antinacionalistas". Desde luego, el nacionalismo
español, tal y como se ha mostrado hasta ahora a lo
largo de este siglo, no es precisamente una excepción,
pues de todos los que se dan en España, es el más
insolidario, homogeneizador y dogmático. Hasta ahora
ha basado su identidad en negar sistemáticamente la de
los demás.
Curiosamente, el nacionalismo español no se reconoce a
sí mismo como tal. Ello se debe a que los
nacionalismos fuertes con un estado propio no
necesitan reafirmarse. El estado-nación es una
creación cuyo objetivo es la homogeneización y la
amnesia de sus súbditos, que pagan los servicios
estatales, no solamente con tributos, sino con su
propia identidad. Se reinventa así la historia con la
excusa del contrato social. Por supuesto, un fenómeno
de cierto "revanchismo" hace que ciertos sectores
radicales de los nacionalismos digamos "defensivos",
apliquen esta misma amnesia a sus respectivos pueblos.
Todos los días encuentro a "modernos" a quienes les
repugnan los nacionalismos mal llamados "periféricos".
Surgen en cuanto oyen hablar a alguien que consideran
"diferente". La mayoría de estas personas se siente
muy ofendida frente a la simple manifestación externa
de un hecho cultural que consideran "diferente".
Curiosamente estas personas son muy españolistas
frente al hecho catalán pero nada españolistas frente
a la evidente invasión cultural anglosajona, o frente
al hecho de que el 20 , 30 , 40 ? de Mallorca sea ya
alemana. Estos falsos universalistas se escudan en un
cosmopolitismo supuestamente desinteresado y en la
afirmación de que el nacionalismo defensivo, llamado
por ellos "nacionalismo periférico" les parece un
vestigio del hombre de Atapuerca.
Son gentes que, sin embargo, tienen claras sus
fronteras. Porque, no nos engañemos, el hombre siempre
pone fronteras a su alrededor, más allá de las cuales
no le importa lo que pasa. Pueden estar a mil o cien
kilómetros (depende de cada uno), o empezar en las
puertas de su casa.
El españolismo usó y usa lo castellano como hecho
homogeneizador de lo español. El españolismo de raíz
cultural castellana no se imagina a sí mismo sino
dominando toda la península. Acepta el "estado de las
autonomías" pero no renuncia a la disolución a largo
plazo de "las otras identidades".
El nacionalismo español de raíz castellanista,
necesita reconstruir la autoestima de la España
castellanizada. Todo menos emprender la pedagogía
difícil pero inevitablemente necesaria de defender una
concepción plural de España.
El bilingüismo debe ser simétrico. Es decir,
actualmente el 100 de los vascos conocen el idioma
castellano, pero todavía no hablan todos euskera.
Parece que vuelven los apóstoles del pensamiento
único. No entienden a la "periferia".
Se nos dice desde un falso "universalismo", busquemos
espacios comunes, no diferencias. Bien, pero es que el
"espacio común" real, es el que nos iguala a todos en
la ciudadanía, no en la nacionalidad. Para ello el
Estado español tendría que adaptarse a su realidad
plurinacional.