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Fw: ¿Qué habría aconsejado Gandhi?, porGonzalo Arias   Lista de mensajes  
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¿Qué habría aconsejado Gandhi?, por Gonzalo Arias (autor de numerosos
libros sobre noviolencia)

La actual crisis de Iraq está sirviendo para poner de manifiesto que
los políticos de todas las naciones siguen viviendo en la era pre-
gandhiana. Noviolencia, satiágraha, ahimsa, no figuran en su
vocabulario. Siguen aferrados al funesto axioma "Si quieres la paz,
prepara la guerra". Los que coyunturalmente aparecen ante la opinión
pública como más amantes de la paz, insistirán en la necesidad de
agotar las vías diplomáticas antes de recurrir a la guerra; pero no
por ello destruirán sus propios arsenales de armas nucleares, que
eufemísticamente calificarán de simples medios disuasorios.

Parece que los políticos y la mayoría de los comentaristas se empeñan
hoy en colocarnos en la disyuntiva de una guerra que los pacifistas
ven como criminal o una paz que sus detractores ven como cobarde e
irresponsable. No se oyen voces que sugieran una alternativa de
síntesis. ¿Quién osará proponer una guerra pacífica o una paz
combativa?

A lo más, se habla de prolongar todo el tiempo que haga falta el
tiempo concedido a la diplomacia y a los inspectores de armamentos de
las Naciones Unidas para conseguir el desarme de Iraq, pero eso se ve
por los partidarios de la línea dura como una muestra de debilidad
ante el tirano. Se invoca el precedente paradigmático de las
concesiones de Chamberlain y Daladier a Hitler en 1938, que no
evitaron la guerra sino que simplemente la retrasaron un año,
aprovechado por Hitler para acelerar su rearme.

¿No es imaginable, entonces, una tercera vía? ¿Qué habría aconsejado
Gandhi, el apóstol de la noviolencia?

Él mismo nos da la respuesta. Ya que estos días se ha mencionado
repetidamente el fracasado intento de Munich de apaciguar a Hitler
con concesiones, es oportuno recordar el artículo de Gandhi en
aquella ocasión titulado "Si yo fuera checo".

Repasemos sus palabras. Tras una breve introducción en la que deja a
salvo la buena voluntad de Chamberlain y Daladier al aceptar una "paz
sin honor", ya que la intervención de Inglaterra y Francia "sólo
puede significar derramamiento de sangre y destrucción en
proporciones hasta ahora nunca conocidas" (cosa que la historia
confirmaría), Gandhi prosigue así:



"Si yo fuera checo, pues, liberaría a esas dos naciones de la
obligación de defender a mi país. Sin embargo, tengo que vivir. Yo no
sería vasallo de ninguna nación ni de ningún órgano. Tengo que
disfrutar de una absoluta independencia o perecer. Tratar de ganar en
un encuentro armado sería una bravata. Mas no lo sería si, al
desafiar el poder de quien quiere privarme de mi independencia me
niego a obedecer su voluntad y perezco sin armas en el intento. Al
hacerlo así, aunque pierda mi cuerpo, salvo mi alma, esto es, mi
honor.

Esta paz sin gloria deberá ser mi oportunidad. Debo sobrevivir a la
humillación y conseguir la verdadera independencia.

Pero, dice un componedor, `Hitler no tiene piedad. Tu esfuerzo
espiritual no servirá para nada ante él.'

Mi respuesta es: `Puede que tengas razón. La historia no registra
ningún caso de una nación que haya adoptado la resistencia
noviolenta. Si a Hitler no le afecta mi sufrimiento, no importa.
Porque no habré perdido nada de valor. Mi honor es la única cosa
digna de conservarse, y eso es independiente de la piedad de Hitler.
Pero como creyente en la noviolencia, yo no puedo limitar las
posibilidades de ésta. Hasta ahora, él y sus congéneres se han basado
en la experiencia invariable de que los hombres ceden ante la fuerza.
Para ellos será una nueva experiencia el enfrentarse con hombres,
mujeres y niños sin armas que ofrezcan una resistencia noviolenta sin
el menor resentimiento. ¿Quién se atreverá a decir que son por
naturaleza incapaces de responder a las fuerzas más elevadas y más
hermosas? Tienen un alma igual que la nuestra,'

Más otro componedor dice: `Lo que dices está bien para ti; pero ¿cómo
esperas que responda tu pueblo al inusitado llamamiento? Han sido
educados para la lucha. Nadie en el mundo les aventaja en arrojo
personal. Pedirles que arrojen las armas y se preparen para la
resistencia noviolenta parece vano intento.'

`Quizá tengas razón. Pero yo tengo una misión que debo cumplir. Debo
anunciar mi mensaje a mi pueblo. Esta humillación ha penetrado
profundamente en mi para dejarla sin salida. Yo, al menos, tengo que
actuar con arreglo a la luz que ha alboreado en mí.'

Así es como yo creo que actuaría si fuera checo."



Es fácil, desde luego, desdeñar estas palabras como las de un
visionario bienintencionado. Pero demos un salto de treinta años, sin
salir de Checoslovaquia. Agosto de 1968: los checos sufren de nuevo
la agresión de una gran potencia, esta vez de un país supuestamente
amigo, y ninguna otra gran potencia tiene el compromiso de
defenderlos. Gandhi ha muerto asesinado hace veinte años, y por
supuesto la nueva generación de checos no tiene idea de sus
doctrinas. Pero he aquí que ante la invasión del ejército soviético,
para sorpresa de los invasores y para asombro del mundo, el pueblo
checo desarrolla espontáneamente una resistencia noviolenta y una
desobediencia cívica que parecen calcadas de las exhortaciones
gandhianas.

El ejército invasor entra en el país sin encontrar resistencia armada
y no tiene dificultad en ocupar los puntos que se creen estratégicos.
Pero no puede ocupar las conciencias. La desobediencia generalizada
hace imposible para el invasor el control de la máquina
administrativa. La televisión y las radios oficiales emiten
constantemente consignas de no colaboración, y cuando las emisoras
oficiales son reducidas al silencio son las radios de aficionados las
que toman el relevo. Se evitan cuidadosamente los choques violentos,
y menudean en cambio los diálogos con los soldados rusos, que se
desmoralizan al descubrir que sus gobernantes moscovitas les han
mandado a luchar contra un pueblo pacífico que quiere realizar el
socialismo a su manera. Se dan casos de suicidios entre las tropas
soviéticas. Pequeños sabotajes en las líneas ferroviarias,
desaparición de los nombres de las calles en la capital y de los
indicadores de dirección en las carreteras convierten a la ciudad y
al p! aís en un laberinto en el que las unidades del ejército ruso
son incapaces de orientarse. La infraestructura del propio Partido
Comunista checo sirve para organizar la resistencia pacífica, y se da
el caso insólito de que, a pesar de la ocupación, llega a celebrarse
en la semi-clandestinidad un congreso del partido. La mayor victoria
de la resistencia es conseguir que los gobernantes de la URSS accedan
a reponer en su puesto al presidente Dubcek, que había sido llevado
preso a Moscú.

Es cierto que todo esto no duró sino una semana. El propio Dubcek no
estuvo a la altura de las circunstancias, y una vez repuesto fue
cediendo una por una a todas las exigencias soviéticas. Pero todos
los analistas coinciden en opinar que la resistencia popular pacífica
habría podido prolongarse mucho más y conducir a mayores victorias si
los propios dirigentes no hubieran capitulado.

Queda en el aire, sobre todo, una pregunta a la que nadie ha dado
respuesta. Si en aquella ocasión histórica el ejército nacional
checoslovaco, cuya razón de ser era defender el país, recibió la
consigna (afortunadamente!) de no salir de sus cuarteles, ¿por qué,
todavía hoy, no se ha sacado la conclusión de que mejor que malgastar
los fondos públicos en un ejército convencional cuya inutilidad quedó
demostrada sería invertirlos en preparar a la población para formas
de lucha noviolentas que, aunque improvisadas, han demostrado su
eficacia?



Reflexionando sobre este y otros episodios históricos (lucha contra
el Apartheid en Sudáfrica, huelgas de hambre contra el dictador
Banzer en Bolivia, movimiento sindical Solidarnosc en Polonia,
resistencia al golpe de Tejero en España, derrocamiento de Marcos en
Filipinas, etc.), irenólogos y polemólogos han desarrollado en el
último medio siglo una elaboración doctrinal sobre la potencialidad
de las formas de lucha noviolentas. Aunque tales reflexiones se
refieren sobre todo a los casos de resistencia popular a un poder
tiránico, cabe trasladarlas del orden interno al internacional, pues
en el mundo de hoy se debilita cada vez más el principio de no
injerencia en los asuntos internos de otro país y cobra fuerza en
cambio la idea de un deber de intervención en defensa de los derechos
humanos en terceros países.

Existen, en efecto, tanto una elaboración teórica como iniciativas
que –por supuesto con muchas salvedades y distingos– cabe considerar
como embriones de lo que algún día podría ser una fuerza organizada
en gran escala de intervención noviolenta en conflictos
internacionales. Volviendo a la actual crisis de Iraq, hay que
prestar atención al impulso que en numerosos países ha llevado a
voluntarios y voluntarias, a los que se ha dado en llamar "escudos
humanos", a trasladarse a Bagdad como acción testimonial en favor de
la paz. Damos por seguro que no son ellos los que van a evitar la
guerra. Pero lo que hay que preguntarse es la fuerza que tendrían si
este movimiento, de inspiración a veces confusa y no necesariamente
noviolenta, fuera organizado con criterios firmemente gandhianos y
respaldado por las potencias que pretenden dirigir el mundo o por las
Naciones Unidas. Otro tanto cabe decir de las diversas organizaciones
no gubernamentales que, en contacto directo con los pu! eblos
oprimidos y sufrientes, atienden verdaderamente a sus necesidades. Si
lo que pretenden Bush y su gente fuera realmente liberar a los
iraquíes de un tirano y defender sus derechos humanos, en lugar de
movilizar su maquinaria de guerra sería mucho más eficaz el apoyo
masivo a tales voluntarios y a tales ONG.

Lamentablemente, tanto los políticos estadounidenses como los de
otros países, y desde luego los españoles, son prácticamente
analfabetos en esta cultura de la paz. La situación a este respecto
no ha progresado desde tiempos de Gandhi, quien también en 1938
escribía estas reflexiones, con las que termino:



"¿Qué hacer con las naciones `gángsters', si se me permite esta
expresión frecuentemente utilizada? Hubo en Norteamérica un
gangsterismo individual. Fue puesto a raya mediante enérgicas medidas
de policía, en los planos local y nacional. ¿No podríamos hacer algo
análogo con el gangsterismo entre naciones...? Si las mejores cabezas
del mundo no han asimilado el espíritu de la noviolencia, tendrán que
enfrentarse con el gangsterismo de manera ortodoxa. Pero esto
revelará únicamente que no hemos superado la ley de la jungla, que no
hemos aprendido todavía a apreciar la herencia que Dios nos ha dado,
que a pesar de la enseñanza del cristianismo que tiene 1.900 años de
antigüedad y del hinduismo y el budismo que son más antiguos, e
incluso del islam (si la he leído rectamente), no hemos avanzado
mucho como seres humanos."



Fuente: GONZALO ARIAS




Do, 16 de Mar, 2003 9:38 pm

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