Vuelta al franquismo
Cristobal Guzman
http://www.laopinionpublica.com/
Son los hijos de aquéllos que ensangrentaron España, de los que
acabaron con una esperanza de democracia, de paz, de independencia,
de justicia social. Son descendientes de los que hacían las cosas por
cojones, de aquellos analfabetos orgullosos de su paupérrima
condición, de las bayonetas africanistas que sacaban lustre a los
privilegios de los terratenientes. Son el extremo del hilo continuo
que nos remonta al genocidio de América, de los moriscos y judíos, a
los mandobles de Santiago Matamoros y don Pelayo. Al atraso secular.
España sufre hoy una de sus peores involuciones a manos de estos
hijos del fascismo que vuelven a ocupar lujosos despachos desde los
que trazan el camino de vuelta a la caverna. En sus fiestas y
recepciones pijas, se llenan la boca de una Constitución a la que
combatieron con denuedo y ahora violan a diario. Se la pasan por la
entrepierna para arrodillar al pueblo ante los poderosos, las
constructoras, las eléctricas, las petroleras, los bancos, los
terratenientes, los curas, los militares y las grandes compañías de
telecomunicaciones. Todas ellas están relacionadas entre sí y todas
controlan los medios de comunicación, tan repletos de 'profesionales'
indecentes a los que no importa mentir a diario con tal de dejar
patente su adhesión a quien les paga.
Es el Pensamiento Unico –o Pensamiento Cero-, para lo cual aprovechan=
el subconsciente popular tan bien sembrado por el franquismo y tan
bien aprovechado por sus herederos: vivir en la creencia, en la
resignación.
Estos niños de camisa azul –más clarita ahora y modernamente
encorbatados- persiguen una ínfima parte de los crímenes que se
producen en el país, y son cómplices de otros mayores. Como son
educados en colegios de pago y políticamente correctos, se limitan
a "mostrar su honda preocupación" por las incontables mujeres
asesinadas a manos de sus maridos/compañeros o por los centenares de
trabajadores que se dejan la vida porque a su patrón-verdugo no se le
viene en gana cumplir con la ley de riesgos laborales. Es la doble
moral de estos niños-bien que tienen celosamente guardado en el baúl
paterno al general ecuestre porque ya no pega bien en sus despachos
de diseño.
Los hijos del 18 de julio han hecho de España una cloaca, y a pesar
de que es el país europeo más amonestado, despilfarran el agua en sus
parques temáticos, en los campos de golf de los que son socios, en
cultivos nocivos e improductivos. Son cobardes con las empresas que
provocan desastres ecológicos y no mueven un dedo por poner donde
deben a los cerdos que envenenan nuestros ríos y a los criminales que
queman nuestros bosques, aunque, eso sí, tienen muy mono su jardín.
Esta saga de fascistas venidos a más se encontró con el poder por la
corrupción y la traición al pueblo de sus antecesores, organizadores
de una banda de pistoleros e iniciadores del proceso de privatización
de bienes públicos. Para acelerar su caída, estos fachas de doble
moral no dudaron en utilizar el terrorismo rompiendo pactos y volando
con cloratita el Pacto de Ajuria Enea porque son desleales,
torticeros y tramposos. Fueron parte del origen del terror, y ahora
se presentan como salvadores de la patria insultando y amenazando a
los discrepantes, moviendo con demagogia y desvergüenza los bajos
instintos del pueblo por un puñado de votos. Son los censores de
siempre, especialistas en "deslegalizar", enemigos del libre
pensamiento e incapaces de distinguir, cerriles como son, entre el
delito y la opinión, sin caer en la cuenta de que los partidos no
tienen conciencia, sino los individuos que los conforman.
Como en toda su puñetera historia, estos enemigos de la democracia
juegan con dos barajas, manipulan las encuestas y, si no les va bien,
cambian los criterios para medir el paro, la inflación o los
salarios. Son torpes y, siguiendo la tradición de su insufrible sal
gruesa, insultan a los parados, a los estudiantes, se burlan de las
mujeres que sienten miedo y de los que levantan la voz para que no
pisoteen sus derechos. Estos descendientes del oprobio ocultan la
contestación social, y reducen a la nada la dignidad de millones de
ciudadanos que en la calle los llaman por su nombre, desbordando a
unos sindicatos timoratos y a una izquierda demasiado pendiente de
los editoriales de prensa.
Estos reconvertidos a la globalización, pero evocadores del nacional-
catolicismo, son herederos de los esclavistas, de los criminales que
traficaron con seres humanos, de los intransigentes que deportaron o
asesinaron a los que les enseñaron a irrigar el campo, a construir
casas y a lavarse todos los días. No pueden disimular, alimentan su
esclerosis histórica a Dios rogando y con el mazo dando y siembran –
con éxito- la xenofobia, ocultando que España ha suscrito tratados
internacionales de Derechos Humanos que se desliza como papel mojado
por sus impolutos escritorios. Prefieren fomentar la explotación
ilegal de los desesperados y llevarles al patíbulo de los accidentes
de trabajo, al hambre y al naufragio en el mar.
Los repeinados reconvertidos a la democracia son valientes con los
débiles y cobardes con los poderosos. Han pasado de ser la Reserva
Espiritual a líderes europeos con pies de barro y, después de
postrarse en humillado gesto, reciben al Emperador en fincas privadas
sin atreverse, como Eisenhower cuando respaldó al dictador, a
pasearse en limusina descubierta por las calles de Madrid.
Los herederos de la represión han convertido a España en la
prostituta perfecta de Estados Unidos. El chulo de barrio pasa la
factura de sus genocidios a estúpidos como Blair, Berlusconi y Aznar,
que la pagan sin rechistar dejando una propina para la boda de la
niña. Con el dinero del pueblo construyen búnkeres de usar y tirar,
reduciendo las ciudades a campos de concentración en los que la
población es mera convidada de piedra, mientras su indigno Gobierno
pierde el culo renunciando a la Comisión de Derechos Humanos de la
ONU en beneficio de Estados Unidos, la mayor potencia asesina que en
el mundo ha habido.
Los nuevos esclavistas del Imperio Renacido han retomado el saqueo de
Latinoamérica, privando a las gentes de sus recursos y derechos, en
una labor propia de aquellos 'conquistadores' que la vaciaron de oro
y de inocencia. Esta España de nuevos ricos y de ignorantes, más
Madrastra que Madre Patria, perpetra bajo el eufemismo 'inversor' una
de las más salvajes operaciones de vaciamiento público de la
historia, para mayor gloria de Repsol, Telefónica, Endesa, Iberdrola,
BSCH, BBV y una no muy larga relación de oligopolios que bien podrían
engrosar una lista de organizaciones terroristas que financian el
empobrecimiento de los pueblos, la expropiación y la muerte por
hambre, cuando no el recurso a la intervención de sus ejércitos
privados contra los indígenas que se resisten a ser avasallados.
Estos duros facciosos no enseñan historia a su pueblo, y por ello les
resulta más fácil la construcción de este inmenso virreinato de
vergüenza entre el aplauso generalizado.
Nuestros tardofranquistas adormecen al pueblo como lo hacían sus
padres. La cultura de la dictadura vuelve con la cara casposa pero
amablemente endulzada del 'Cuéntame'; del Cine de Barrio; de las
regatas de la familia real; de sus enternecedoras visitas a centros
de beneficencia donde acarician a niños desvalidos; de sus vacaciones
en compañía de golpistas como Constantino de Grecia o criminales de
Estado como Fahd; de ofrendas al Patrón homicida; de Desfiles de la
Victoria; de bodas de nobles parásitos subvencionados; de la casa
millonaria del heredero; de los bautizos de los reales retoños que
hay que mantener con los PGE; de anuncios del Corpus en blanco y
negro; de la misa de los domingos; de los episodios nacionales del
Real Madrid contra la pecadora Europa; del execrable festival de
Eurovisión en el que Francia no nos vota porque nos tiene manía. Los
diseñadores de esta contrarreforma cultural nos aportan otros
barnices narcotizantes como el móvil para todos, el capitalismo
popular, la Liga de las Estrellas, el fichaje del cojo-manteca o la
Semana de Afganistán en el Corte Inglés.
Este golpe de estado educativo y cultural, en el que, entre otras
lacras, la Iglesia conserva una influencia propia de las teocracias,
permite un juego paralelo al constitucional en el que, por Gracia de
Dios, la educación pública es una quimera y los curas ponen y quitan
profesores, violan los derechos humanos, reciben decenas de miles de
millones de subvención, gozan de exenciones fiscales y, gracias al
efectivo nudo con que Franco los dejó atados al futuro del país, se
configuran en un poder basado en el miedo y en el no siempre
apabullante argumento estadístico de bautizar a la fuerza a los
recién nacidos.
La cultura de este fascismo barnizado recibe su legitimación en un
pueblo que renuncia a pensar, en una mayoría silenciosa, inculta y
alienada que repite como papagayos lo que ve en su tele, instrumento
idóneo para inyectar el veneno que nos impide discurrir, canalizar y
dirigir las frustraciones contra la banda de mangantes que nos toman
por imbéciles. El pueblo, como en el franquismo, prefiere imaginar
que vive como nunca y que todo lo que le ocurre (el escándalo de la
vivienda, la subida de precios, la congelación de salarios, la
precariedad y los accidentes en el trabajo, la explotación económica,
las pensiones miserables, los precios de la luz, el teléfono y el
agua, la degradación de las ciudades, las agresiones a la educación y
la sanidad, el castigo a los pequeños agricultores, los ataques al
medio ambiente, la eliminación de libertades…) se debe a los
inescrutables designios de un mercado que no tiene alternativa y al
que, encima, identifica con la democracia.
Nada se puede hacer, nos dicen, salvo creernos a pies juntillas lo
que nuestra pantalla nos ofrece del mundo, tan lleno de terroristas –=
a poder ser, con turbante o enarbolando una ikurriña- pero –menos mal=
-
tan bien protegido por impresentables jueces-estrella o, en su
defecto, por las bombas del Bien.
España camina hacia una penosa degeneración de país poblado por
millones de obesos y analfabetos pegados a una pantalla que nos
ensucia la mente de grasientas y asquerosas mentiras.
No hace falta remover lápidas. El franquismo ha vuelto.