Santiago Alba Rico - Filósofo
Probemos sin ETA
Lo que acabo de publicar en el último número de "Rockdelux" me
gustaría decirlo también en estas páginas. Tengo la impresión desde
hace mucho meses de que un cierto debate sobre la existencia de ETA
es silenciado en las filas abertzales vascas, muchos de cuyos
militantes la juzgan con un creciente malestar, cuando no con abierta
contrariedad. Este silencio se justifica a menudo con el pretexto de
que, en medio de las brutales agresiones del Gobierno español, no es
el momento para plantear la cuestión. ¿Cuándo sería el momento? ¿Hay
que esperar a que el Estado afloje la presión? ¿O a que ETA,
derrotado el proyecto de autodeterminación, entregue las armas? Sea
como fuere, el argumento entraña una trampa de introlegitimación
rutinaria que puede formularse con la siguiente paradoja: sólo será
legítimo cuestionarse la existencia de ETA cuando ETA deje de
existir. Pero de esta manera nos limitamos a dar por supuesta la
existencia de ETA sin necesidad de probar, como sería de rigor, su
contribución a la autodeterminación y el socialismo en el País Vasco.
Por debajo de esta argumentación se dibuja ya la sombra de eso que,
del otro lado, llamamos condenatoriamente «razón de Estado». Para
mentir hacen siempre falta razones u ocasiones (como la de «aumentar
en un pétalo la rosa», por citar al poeta Aresti); la verdad, en
cambio, debe ser dicha sin ninguna razón particular y sin esperar el
momento; y la verdad es que, hoy por hoy, la existencia de ETA es un
obstáculo para cualquier proyecto soberanista y de izquierdas en el
País Vasco.
Escribía en un textito reciente que izquierda y derecha se
distinguen, mediante un tajo sin posible sutura, en que la izquierda
se ocupa de la geografía mientras la derecha sólo se ocupa de la
lógica. Lo que caracteriza a la geografía es que se asienta en el
espacio, donde cada diferencia es significativa; lo que caracteriza a
la lógica es que en ella se disuelven todas las diferencias, como
puras funciones de formas o esquemas provistos de un sentido superior
(tal esa España de la que hablaba Jose Antonio en 1934, síntesis
trascendente que superaría la división izquierdas/derechas). Los
ciudadanos españoles estamos fatalmente acostumbrados a que nunca sea
el momento de reclamar una verdadera democracia o de protestar por
los atropellos infligidos a la realmente existente porque ahora de lo
que se trata es de luchar contra el terror; los partisanos de la
autodeterminación y el socialismo en el País Vasco nos estamos
acostumbrando también a aceptar que nunca sea el momento de pedir
cuentas a ETA porque ahora de lo que se trata es de combatir la
dictadura españolista. El resultado es una geminación de los dos
bandos, más allá de toda racionalidad, en el seno de dos lógicas
idénticas y contrarias y en detrimento de las libertades, la justicia
y el derecho dentro y fuera de Euskadi. En nombre de la democracia,
todo está permitido, y a todo nos resignamos, mientras exista ETA; en
nombre de la autodeterminación y el socialismo, todo es bueno,
razonable, útil, sensato, mientras el pacto de Estado PP-PSOE siga
cerrando periódicos, torturando detenidos y negando el derecho a la
autodeterminación de los ciudadanos vascos. Para imponer una lógica
hacen falta muchos medios, muchas armas y muy pocos escrúpulos; ésa
es la ley de todo Estado opresor. Frente a él lo que hace falta es
una estrategia en el espacio, cuya diversidad de procedimientos se
ciña a coyunturas y cartografías rigurosamente analizadas. Copiar la
lógica enemiga con menos medios y menos armas y pretendiendo al mismo
tiempo estar investido de una mayor moralidad o legitimidad no sólo
es indigno; es además suicida. Negar las diferencias es dejar que las
cosas vayan solas; y en este mundo las cosas siempre van solas hacia
la derrota; la victoria exige la intervención de más inteligencia,
más legitimidad e incluso de más imaginación. Los comunicados de ETA,
como los argumentos de los que siguen resignándose a sus acciones,
presuponen la existencia de un continuum trascendente autolegitimador
de carácter revolucionario (Palestina, Irak, las FARC, los
zapatistas...), arrastrando todas las diferencias en una secuencia
lógica que integraría también a ETA y en la que no podría operarse
ningún corte sin ser acusado de complicidad con el opresor. Esta es
precisamente la lógica del gobierno cada vez que se grita «no a la
guerra» o se denuncia un caso de tortura; y la lógica, cuando no
mata, reprime y silencia al opositor. Puede ser ingenuo proponer un
cambio de estrategia a la vista de los resultados políticos y morales
; pero lo que es de una candidez de apisonadora es el acomodamiento
en un esquema olímpico en virtud del cual, frente a un Estado
intrínsecamente perverso, toda forma de resistencia sería intrínseca
e indiferentemente buena. Eso es sólo el forro de la coraza enemiga y
podemos darle la vuelta tantas veces como queramos sin librarnos
jamás de su prisión. Como todas las lógicas contrarias, la del PP y
la de ETA no tienen ya más eficacia que la de darse recíprocamente la
razón, reforzarse mutuamente cismogénesis simétrica, lo llamaría
Bateson y aumentar así, en el mundo de los vivos, el número de «daños
colaterales», entre los cuales hay que incluir la democracia, la
solidaridad entre los pueblos, la unidad de las izquierdas y la
propia independencia del País Vasco.
En los últimos meses hemos asistido en el País Vasco a la sombra
rampante de un deslizamiento totalitario: la ilegalización de
Batasuna, el cierre de "Egunkaria", la tortura de periodistas e
intelectuales vascos, la prohibición a los presos de estudiar una
carrera, las huel- gas de higiene y de hambre silenciadas por los
medios de comunicación, la orden de disolución del grupo
parlamentario Sozialista Abertzaleak, el ataque a la asamblea de
Udalbiltza, la crea- ción del Juzgado de Vigilancia Penitenciaria, la
impugnación de las plataformas de AuB e incluso el veto
administrativo por razones ideológicas a interventores electorales.
Fuera de Euskadi, nadie se ha estremecido ni protestado. Mientras las
movilizaciones contra la guerra aumentaban en todo el Estado, la
clausura del único órgano de expresión en euskara parecía enteramente
normal. Aún más, mientras ocurrían todas estas cosas, doce ilustres
intelectuales de todo el mundo, algunos de ellos muy sensibles a
otras tropelías más lejanas, firmaban un manifiesto lewiscarrolliano
en el que mimaban la propaganda del PP y denunciaban la dictadura
impuesta... por el nacionalismo vasco. Lejos de mí hacer sólo
responsable a ETA de estas miserias. A los firmantes de este
manifiesto (y muy especialmente a Günter Grass y Juan Goytisolo, a
los que presuponíamos, como en la cartilla militar, el valor moral y
el compromiso político) no les puede disculpar ni la obediencia
debida ni la ignorancia ni el engaño: su obligación era estar
enterados y su responsabilidad en esta cuestión raya la infracción
moral. ETA no es la única responsable de la represión del Estado
español, de la indiferencia de sus ciudadanos ni de la traición de
sus intelectuales. Pero fijémonos: contra las cuerdas como
consecuencia del desaguisado del Prestige y del apoyo a EEUU en la
invasión de Irak, condenado a fracasar en su acorralamiento del
nacionalismo vasco, el PP necesitaba una buena campaña electoral y
ETA se prestó inmediatamente a echarle una mano. ETA no es
responsable de todo; el problema es que, en virtud del esquema lógico
arriba citado, al final parece que no es responsable de nada, ni
siquiera de sus acciones, respuesta siempre infalible y automática a
la responsabilidad del Estado. Volvemos al esquema: los discursos de
PP y ETA son discursos en el espejo que se replican y refuerzan
mutuamente sin más criterio de legitimidad que la íntima convicción,
de ambos, de que la justicia, la verdad y la libertad están de su
parte. Pero eso es lo que la izquierda (sobre todo cuando se ha
elegido la vía armada) tiene que demostrar ininterrumpidamente: que
la verdad, la justicia y la libertad están de su lado. No podemos
fiarnos de ella como del padrecito zar, porque el padrecito zar no es
de izquierdas. Y eso es lo que ETA hace mucho tiempo que no hace:
explicarnos por qué la justicia, la verdad y la libertad están de su
parte.
La teoría del continuum revolucionario se puede resumir así: lo que
tienen en común las FARC, los zapatistas, Hamas, Hizbollah, la
resistencia iraquí y ETA es que molestan (a los estados represivos y,
al parecer, a los que no aprobamos los atentados de la organización
armada vasca). El problema, una vez más, es que no todos molestan por
igual ni en la misma dirección. ¿A quién molesta, por ejemplo, Hamas?
Digamos unas palabras porque este caso puede servirnos muy bien de
metáfora. La concordancia entre la lógica del pacto PP-PSOE y la de
ETA se de- muestra también en la ingenuidad que Lenin calificaría de
infantil con que ambas partes creen en la «ra- dicalidad» de la
violencia, en que lo más radical es siempre coger las armas. Pero lo
más radical, en cada momento, es lo que ataca más de raíz un
problema. En 1987 la resistencia palestina se radicalizó muchísimo:
los niños se enfrentaron con piedras a los tanques. En el año 2000 la
resistencia palestina se desradicalizó sustancialmente: los jóvenes
se hacían estallar en los mercados. La intifada de 1987 iba por buen
camino hasta que el Gobierno israelí y Arafat se pusieron de acuerdo
para acabar con ella. El gobierno israelí alimentó y armó a Hamás
porque le convenía mucho que la resistencia adoptase una forma
violenta. El resultado ya lo conocemos: acuerdos de Oslo, conversión
de la AP en el policía mercenario de Israel, aumento de los
asentamientos, limpieza étnica y una catástrofe que puede acabar
ahora, después del linchamiento de Irak, con toda sombra de un futuro
Estado palestino democrático. No soy pacifista y, sobre todo, no me
gusta la moralina. Como saben mis lectores, he escrito abundantemente
contra la inmoralidad de condenar a los mártires que la propaganda
oficial llama terroristas suicidas (así como contra el totalitarismo
implícito en la condena ritual de ETA). Como Alfonso Sastre y la ONU,
acepto resignadamente que todas las formas de violencia son
deplorables, pero no igualmente ilegítimas. Pero eso no me impide
decir que Hamas está colaborando con el ocupante, haciendo
exactamente lo que él quiere para justificar así brutales campañas de
guerra que los israelíes llevarían a cabo igualmente, pero que no
preocupan a nadie precisamente porque, cada vez que Sharon lo
necesita, un kamikaze se hace estallar en un café de Tel Aviv. Los
radicales hoy en Palestina son los del grupo de Mustafa Barghuti
(apoyados por Edward Said desde su casa de EE UU y por tantos
internacionalistas vascos que acuden solidariamente a Ramallah, Jenin
y Jerusalem), los cuales molestan por igual a Sharon, a Arafat y a
Hamas. Seamos, en todo caso, serios: la situación de Palestina y
Euskadi (he estado en ambos sitios, para los que se sientan
impresionados por la experiencia personal) sólo se parecen en
esquema, pero no en el espacio. El esquema es el mismo, pero la
realidad cotidiana, las posibilidades de resistencia, las vías
abiertas al cambio son muy diferentes. De cualquier manera, dejando
aparte el esquema, el parecido es éste: ni ETA ni Hamas molestan al
Estado opresor sino todo lo contrario.
El País Vasco está hoy dramáticamente pinzado entre dos lógicas
simétricas de cuyo vaivén atroz sólo sale beneficiado y sólo
provisionalmente el PNV. Al final, dejando que las cosas marchen
solas, perderemos todos. Las verdaderas víctimas de este cascanueces
no son las de la Asociación de Víctimas del Terrorismo aunque también
. Las verdaderas víctimas son los militantes de la izquierda
abertzale, aquellos que pagan con cárcel y tortura sus legítimas
aspiraciones políticas, los que durante treinta años han dado una
lección de sacrificio, organi- zación social y capacidad de
resistencia, los únicos que se alegraron de la tregua de ETA del 99 y
los que tuvieron la esperanza conteniendo la respiración de que ETA
al menos se mantuviera en silencio antes del 25 de mayo. La verdadera
víctima de esta colisión entre trenes de vía única será, en fin, la
libertad al mismo tiempo del pueblo español y del pueblo vasco.
La izquierda abertzale ha probado durante treinta años con ETA. Que
pruebe ahora sin ella. «Cuanto peor, mejor» es la divisa de la más
rancia lógica hegeliana que es siempre de derechas. Las cosas, de
todos modos, difícilmente pueden ya empeorar. -