Gabirel Ezkurdia Arteaga - Politólogo y analista internacional
Falacias, mitos y realidades
http://www.gara.net/idatzia/20050427/art111764.php
Las elecciones parciales del 17 de abril en la Navarra marítima, es
decir sólo en la zona noroccidental de Euskal Herria, confirman, sin
duda, lo que hasta ahora era un clamor casi clandestino: el unionismo
es minoritario en esta parte del territorio nacional. Era una
evidencia, pero la falta de democracia real impedía poder explicitarlo
con libertad, era una verdad clandestina.
Durante más de una década la estrategia del unionismo ha sido la de
pervertir las proporciones y prostituir los términos. Los «no
nacionalistas» defensores de la Unidad Nacional española, es decir los
unionistas, los leales defensores de la Constitución unionista y
monárquica han basado en un eje falaz su discurso negacionista de la
realidad de Euskal Herria, es decir de la Navarra plena.
La falacia mil veces repetida y cien mil veces amplificada de las dos
comunidades al 50% ha vertebrado durante años la acción política del
unionismo en Euskal Herria. Ha conseguido imponerla y logrado que
muchos ámbitos políticos, culturales e incluso demoscópicos la
aplicasen de facto en sus análisis y discursos, incluso a sabiendas de
que no era correcta. Todos los debates así han estado viciados de
raíz, han sido falsos. Tamaña simplificación buscaba el enfrentamiento
civil intercomunitario para desvertebrar de modo efectivo todo proceso
de consenso democrático que avanzase hacia la soberanía plena de
Euskal Herria. Sin duda su éxito mediático, que no real, se deriva de
la exagerada y determinante influencia que los medios de comunicación
tienen en el devenir del conflicto, un conflicto político de
diagnóstico técnico sencillo, sin excesivas variables que se
multipliquen, lo que permite que el diagnóstico y la resolución no se
vean afectados por una transformación del conflicto que lo complejice.
Así es, el conflicto es de «fácil» resolución, pero los actores
mediáticos han contribuido y contribuyen a que una inmensa burbuja de
desinformación y mentiras amplifiquen el enfrentamiento, enconen las
posiciones e inflaccionen de variables falaces un previsible proceso
resolutivo. En este contexto, la falacia era determinante. La división
artificial al 50% de la sociedad vasca garantizaba la permanencia ad
eternum del conflicto que tan buenos réditos ha dado a tanto estómago
agradecido y a demasiado mediocre sin escrúpulos.
Una mentira mil veces repetida es una verdad. La máxima goebbelsiana
caló y la reivindicación del escenario sociológico en su justa medida
era poco menos que criminalizada. Los datos son determinantes: los
unionistas son el 30% del electorado y no un indicador superior en la
abstención. Por- que claro, la falaz teoría del 50% basada en «los
electores» arramplaba de paso con la abstención y metiendo todo en el
mismo saco concluía que «el 50% de la sociedad vasca era unionista».
El cuento de la lechera.
Lo cierto es que el 70% de los electores vascos residentes en la
Navarra Occidental o CAV han votado por opciones no unionistas
(nacionalistas, independentistas y federalistas) es decir por opciones
que entienden que la sociedad vasca debe decidir su futuro.
Teniendo en cuenta que además la minoría unionista no es homogénea, ya
que algunos sectores leales a la Constitución española entienden que
quizá sea necesario negociar «algo» para sobrevivir, ya que todos los
derroteros transmiten la clara idea de que el proyecto nacional
español está viendo agravada su crisis estructural y puede tender a un
proceso de disolución «a la soviética», es obvio que el unionismo está
en clara crisis política y en nítido proceso de regresión. Bonita
anécdota al respecto es la que se reflejó en el mitin electoral del PP
en Bilbao, donde los del servicio de orden del partido requisaban las
banderas españolas en la entrada a los militantes (la mayoría llegados
del 'corazón de España', sic) para dar una imagen más ¿acorde? ¿vas-
quista? Poca convicción la de los unionistas 'del Norte'. Si Franco
levantara la cabezaŠ
Parece increíble pero es así. Si tenemos en cuenta el impresionante
potencial mediático y económico de los negacionistas, la ingente
capacidad operativa para intentar desarrollar e imponer el mito de que
«Euskal Herria es un mito, que los vascos somos españoles, que fuera
de España no hay nada, que los españoles más españoles son los vascos
por ser los primeros españoles, que España garantiza la pluralidad, la
multiculturalidad, el futuro del vascuence» o las falacias de que
«medio país amenaza al otro medio, o de que hay 300.000 unionistas que
han tenido que huir de éste país», podemos ver que algo no cuadra.
Demasiado empaque para tan poca chicha.
Si los mitos del negacionismo no han cuajado, si las opciones
unionistas y negacionistas son minoritarias y se trasladan los escaños
(el PP ha perdido 120.000 votos y el PSOE sólo ha subido 20.000), sea
quizá porque su localización en el país es parcial, y sobre todo
porque la identidad nacional que tratan de erradicar está mucho más
enraizada y generalizada en la sociedad que lo que ellos desearían, a
pesar de los siglos de opresión negacionista.
Ahí está el quid de la cuestión. Los unionistas se circunscriben a
ámbitos urbanos y periferias, no tienen implantación nacional. Son
marginales. Y esa focalización sociológica es la que les hace ser lo
que son: una minoría del 30% de los votantes, ¡no de la sociedad!, ni
más, ni menos. Basta recordar los datos de la noche electoral en miles
de pueblos de la Navarra Occidental, la presencia política del
lealismo unionista es prácticamente inexistente
Pero es que además, la abstención tampoco es técnicamente unionista.
Si bien se nutre de los 100.000 votos del PP también se nutre de otros
tantos del PNV, por lo que si hacemos una proyección sociológica
coherente sobre la más o menos crónica abstención, que suele rondar el
30%, vemos que ésta es también mayoritariamente «no unionista». Blanco
sobre negro.
De ahí que la realidad de esta parte del país sea hoy la que
históricamente más propicia haya podido existir para la vertebración
de un proceso democrático que permita el ejercicio de la soberanía
sobre bases sociológicas emancipadas.
De la lectura de estos datos estructurales debieran derivarse las
políticas correspondientes en el ámbito de la negociación multilateral
o los pactos, porque una cosa es obvia, parafraseando la terminología
de la última década, los «no unionistas» son mayoría absoluta,
mientras que los unionistas son una minoría política en este país. Así
como suena. Aunque eso sí, una minoría con divisiones acorazadas,
grandes holddings mediáticos, y sobre todo muy mal perder. ¡Y qué! si
desde 1200 no han podido con este pueblo, lo que queda hasta recuperar
nuestra soberanía plena es coser y cantar.