Gallegos.- de Arturo Perez-Reverte
Tengo en casa un antiguo álbum de Castelao: cuarenta y nueve láminas
en folio, cada una con su leyenda. NOS, se llama. Nosotros. Los
dibujos son de hace casi un siglo: viñetas de la vida gallega
campesina y marinera, nacidas como consecuencia de las huelgas de a
época, las matanzas de labriegos y el caciquismo. Imágenes y textos
tan pesimistas y terribles que, en palabras del autor, queman como
un rayo de sol a través de una lupa. De vez en cuando le echo un
vistazo a ese álbum, por la belleza de sus estampas y el conmovedor
sentido de sus textos...............................................
Hay láminas irónicas y terribles....................................
Gallegos. Ahora, con la historia del Prestige, he vuelto a sentarme
a pasar las páginas de NÓS. Ya no es, por supuesto, aquella Galicia
donde el pobre anciano daba su hijo para Cuba y su nieto para
Melilla, y luego perdía la mísera choza por no poder pagar los
impuestos. Sin embargo, quedan ecos. Aunque ese ángulo de España es
moderno y mira al futuro, aún conserva desdichados aires de lo que,
habiendo cambiado, nunca llegó a cambiar del todo: el lastre del
caciquismo, la injusticia y el olvido. Pensé mucho en eso estos
días, viendo a los gallegos en la tele, oyéndolos hablar en la radio
con la amrga y sabia gravedad de quien lo tiene todo muy claro.
Conscientes, desde los tiempos de Castelao y desde mucho antes, de
que as sardiñas volverían se os Gobernos quixesen; pero los
Gobiernos, o no quieren, o hasta ahora les importaron las sardinas
un carallo. Por eso, cuando el enemigo asomó frente a la Costa da
Morte en forma de mancha de fuel, los gallegos, en vez de mirar a
Madrid y llorar cruzados de brazos esperando soluciones o milagros,
salieron a pelear, estoicos, que no resignados -sólo algunos
políticos idiotas confunden una cosa y otra-, sabiendo desde el
principio que iban a hacerlo, como siempre, solos. Con silencios,
dignidad y coraje. A reñirle a la vida ese duro combate en el que
son expertos desde hace siglos, dejándose la piel en las playas y en
el mar. Luego vino la hermosa solidaridad de otros lugares y gentes
de España; y al cabo, la lenta y torpe reacción oficial. Pero eso
fue después. Al principio, cuando se lanzaron a la lucha, los
gallegos ni pedían, ni esperaban. Sólo contaban con sus pobres
medios. Y con sus cojones.
Es la lección admirable de esta tragedia: la extrema dignidad
gallega incluso en el caos del principio, cuando la incompetencia
oficial y la desesperanza. No queremos limosnas, sino ayuda,
repetían. Que las marquesas del Rastrillo se metan los juguetes de
reyes donde les quepan, y que quede claro que la pasta recaudada por
éstos o aquéllos no es cosa nuestra. Aquí no hace falta caridad,
porque tenemos manos y cabeza. Lo que necesitamos son medios
técnicos y vergüenza por parte de la Xunta, del Gobierno y de la
madre que los parió. Y oyéndolos, viendolos organizarse y actuar con
sus barcos y los artilugios fruto de su ingenio, y encima irse a
Francia a explicar a los gabachos que la marea negra no había que
esperarla en la costa, sino ir a su encuentro con decisión y
combatirla en alta mar, me estremecí de admiración y orgullo
confirmando en sus palabras, en sus rostros curtidos y duros, en la
firmeza de las mujeres que chapoteaban entre el fango de las playas,
que habrían peleado igual aunque hubiesen estado solos, porque lo
estuvieron siempre, y tienen costumbre. Así que, a partir de ahora,
más vale que los gobiernos se espabilen con las sardinas. Las cosas
han cambiado desde aquel "En Galiza non se pide nada. Emígrase" de
Castelao. Mucho ojo. La nueva leyenda se la han ganado a pulso dando
ejemplo a toda España, y es otra: "En Galicia no se pide nada. Se
lucha"
El Semanal. 2-II-03
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Tiene coraje el artículo del corso, como casi todo lo que escribe, y
se entusiasma con nosotros, los gallegos de ahora, y se emociona con
los de Nós de Castelao. Podía haber copiado cualquier otro artículo
de alguien de aquí, de la tierra, con seguridad mucho más sentido y
con un conocimiento más profundo y detallado de la situación. Sólo
con acercarnos a lo que dice Suso de Toro o Manolo Rivas ya
tendríamos para dar tomar y regalar, pero me quedé con Arturo Perez-
Reverte precisamente porque es de fuera, tiene las láminas de
Castelao en casa, las mira de vez en cuando (es que yo tambien lo
hago) y se esfuerza en entender. Esperemos que la entrada en la Real
Academia no le haga....mármol
Buendia.
Maria