Antes, durante y después de una guerra, lo que más permanece y se
arraiga es la mentira. Y esta afirmación se refiere no sólo a gran
parte de la información que la mayoría de los medios difunden, sino
también a una ingente cantidad de libros escritos después, y, lo que
es más grave, la propia percepción que tienen el pasado quienes
sufrieron el conflicto de un modo u otro, y aparentemente no
murieron en él, de un modo u otro. Porque, para sobrevivir con el
menor riesgo posible a la caída en la barbarie que es una guerra, se
hace necesario amputar, enmascarar. Cortarse la memoria, afeitarse
los fantasmas, teñirse mechas en las asociaciones, no sea que los
recuerdos exactos despellejen esa tupida costra de embrutecimiento
con que el espíritu se guarda de las llagas abiertas en su carne.
Los vencedores falsifican, los vencidos mistifican; unos y otros,
por peores o mejores intenciones, o nos mienten o se mienten.
Restablecer la verdad y grabarla a fuego para las generaciones
venideras es el trabajo de los buenos historiadores, una tarea que
requiere honestidad, perseverancia y tiempo.
Pero nosotros no podemos esperar. No podemos tumbarnos a dormitar
mientras aguardamos a que llegue el Herodoto que habrá de contar lo
que nos pasa; si es que existe. Las personas de ahora mismo,
especialmente aquellas que disfrutamos del inmenso privilegio del
uso de las nuevas tecnologías, no podemos ni queremos ni, sobretodo
debemos esperar. Tenemos la obligación de acercarnos a la verdad
tanto como sea posible, y la sagrada responsabilidad de divulgarla.
Los hechos del presente nos atañen, lo hemos dicho en las calles y
espero que seamos capaces de regresar a ellas tantas veces como sea
preciso. Y si los hechos nos competen, también su narración.
No podemos permitir que se adueñen del relato periodístico surtidos
con un uniforme de camuflaje y un carné plastificado amarillo,
proporcionado por el comando militar norteamericano de Kuwait, en el
que figuran el nombre del usuario, su fotografía, el emblema de la
Operación Libertad Duradera y el lema:"No dudaremos, no
fracasaremos". No podemos admitir que nos suministren la información
los jadeantes enviados especiales y habituales, que parecen
excitarse al nombrar el tamaño y la capacidad de actuación de los
aviones, o al enumerar la cantidad de bombas y su efectividad.
Tampoco debemos ponernos en manos de los llorones narradores adictos
al color local, ni de los recolectores de anécdotas humanas, ni de
los intrépidos libertadores de ciudades oprimidas. Ni siquiera
debemos confiar en aquellos que, de la verdad, nos contarán la parte
que más nos apetece conocer, la que no nos perturba.
Si algo hemos aprendido en los últimos meses, a fuerza de navegar
por la Red y de protestar y de buscar, es que hay mucho que mirar y
analizar y seleccionar, y que únicamente aislando partículas y yendo
d un lado a otro y volviendo, y dudando y recomponiendo, lograremos
aproximarnos a lo que ocurre en la realidad. La experiencia ha sido
intensa. Mentiras que empujan a la guerra, envueltas en estuches de
justificación, han sido pronunciadas hasta la saciedad en tribunas
públicas. Frases rimbombantes de estadistas y su floración de
acólitos, tan pródigamente difundidas, han bateado nuestros oídos
hasta dejarlos grogui. Pero nos hemos defendido y hasta hemos
contraatacado. Y ahora, hartos de propaganda y de milongas, nos
encontramos con un entrenamiento del que no disponíamos ante otros
conflictos del pasado. Poseemos instrumentos para la comunicación, y
la seguridad de que ahí estaremos, cada cual en su sitio.
Conocemos los nombres de los que son independientes, de los libres.
Sabemos quiénes son los represaliados, los desterrados, los
desafectos. Y no queremos contemplar pasivamente el espectáculo.
Pasividad es complicidad. Complicidad es crimen.
Que ni por un minuto nadie crea que el mal que distribuye ha pasado
por bien. Y que no se nos olvide exigirles que paguen por el mal que
hicieron.
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Queda este artículo de Maruja Torres (siempre certera y a punto)
como aviso para no caer en la épica de la guerra que nos cuentan
desde los distintos frentes. Y así se está entendiendo en la calle,
que es lo importante. Supongo que con ella también estaría de
acuerdo el querido Eduardo Galeano, juntos los dejo. Y... un deseo...
...que cada vez haya menos nadies!!!
porque Herodotosomostodos
NO A LA GUERRA!!!! (único argumento)
Maria.