Ha sonado el clarín y el soldado, quieto en la historia, pisa firme
el suelo. Su uniforme pensado y escrito en el color pardo de la
tierra, le asemeja a todos, los otros soldados, enemigos potenciales
en la paz y reales en la guerra. La mañana le ha puesto el uniforma
y le ha colgado el fusil al hombro mientras se van los últimos
vestigios del sueño. Su identidad de hombre distinto a los otros
hombres se ha visto sacrificada por el anonimato de héroe. Su
historia ya no comienza en el dia del nacimiento, se pierde en el
tiempo entre guerras perdidas, guerras ganadas y guerras empatadas
al son de músicas marciales y de himnos patrios. Pero él no lo sabe,
lo sabe su uniforme, su gesto marcial y la orden de firme. Detrás
del gesto inexpresivo como mandan las ordenanzas, otras historias,
que no las de la guerra, pueden mandar sonrisas y llantos hacia
dentro, corazón abajo, entrañas abajo, porque todos son uno y deben
parecerlo.
Así, en formación, la batalla puede estar a punto de comenzar o la
guerra ya ha terminado, el soldado no se inicia en la guerra ni se
muere en la paz, está ahí, tan perenne como el país que defiende o
la bandera que porta en el asta de leño duro como los rasgos de su
cara. Vistos así, no son uno, son ejército, son todos los valores de
un pueblo representados en las bayonetas que apuntan al cielo en
señal de vigilia constante.
Los niños, a los únicos que les gusta jugar a los soldados, abren un
poco más los ojos cuando en el cambio de guardia ven un solo hombre
en diez, quince o veinte formar, presentar armas y desfilar con paso
duro y ruído de botas. Los mayores les cuentan historias de otros
hombres que hicieron patria y murieron. Para ellos, sus héroes están
ahí, debajo del casco, dentro del uniforme color pardo de tierra.
Y el héroe, que no sabe que es héroe, que sólo conoce su propia
identidad de hombre soldado, rompe la marcialidad de todos los
ejércitos que están en paz o en guerra, con un bostezo profundo y
largo mientras el resto de su cuerpo continúa firme, ajeno a la
pequeña traición de un pueblo...Y es que, a lo mejor, los héroes
están cansados.
Besos.