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nobarbarie · SOCIALISMO O BARBARIE
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Responder | Reenviar Mensaje #320 de 335 |
PASALÓ.
Así terminaba el mensaje que recibí en torno a
las tres de la tarde anunciando una concentración
silenciosa por la verdad frente a la sede del PP en la
calle Génova. Así comenzaba algo que con el paso de
las horas iba difundiéndose minuto a minuto. Por cada mensaje que la
gente recibía, se enviaban diez, quince, veinte mensajes más. Hubo
gente que recibió hasta diez mensajes de grupos de gente diferente:
familia,
trabajo, lugar de
estudios, gente del colegio, del barrio, y esos mensajes se
multiplicaron
hasta el infinito,
propagándose como las llamas de un incendio por efecto del viento. A
las
seis de la tarde un
despliegue policial protegía la sede del partido y sus efectivos
pedían la
documentación a todo
manifestante que llegaba. Media hora después, sin embargo, la
concurrencia
de tantos madrileños
sobrepasó la capacidad policial y una hora más tarde la calle Génova
era un
hervidero de gente
gritando de rabia y pidiendo explicaciones al gobierno de la nación.
Había
gente que lloraba, otros
expresaban su indignación a gritos, mentirosos, asesinos, te dijimos
no a la
guerra; vuestra guerra,
nuestros muertos; no estamos todos, faltan doscientos; mentirosos,
vosotros
tenéis chofer, nosotros
cercanías; lo sabe todo el mundo menos nosotros; los muertos no se
utilizan,
basta de manipulación,
y queremos salir en La Primera.

La prensa que se encontraba tras el cordón policial
era mayoritariamente extranjera, y había un gran
despliegue de antenas parabólicas de cadenas
televisivas europeas. De las calles adyacentes y bocas
del metro salía cada vez más gente de todas las edades
y razas que se unían a la concentración, que de
silenciosa al final no tuvo casi nada porque se nos
hacía difícil permanecer callados cuando se pretendía celebrar un
minuto de silencio. Siempre alguien lo rompía con algún grito:
mentirosos, asesinos. Las lágrimas y la indignación se propagaban de
igual modo que la información. La gente estaba pegada a sus
transistores y
los móviles sonaban sin
parar para transmitir información a la gente, que a su vez propagaba
las
noticias, que corrían de
boca en boca. Cuando Rajoy declaró a los medios que la concentración
era
ilegal e ilegítima, y acusó
a sectores del PSOE de haberla organizado, la multitud rugió y
contestó:
"nos han convocado los
asesinados", y "la voz del pueblo no es ilegal". Cómo íbamos a ser
ilegales,
cuando el gobierno
seguía mintiendo, ocultando información y violando los derechos más
elementales del pueblo: el
derecho a la libertad de expresión y al derecho a la información. En
TVE 1,
Cine de Barrio.

En Génova pasaban las horas y los ánimos se iban
encendiendo cada vez más. Seguía llegando gente, y no
se veían banderas de partidos políticos ni sindicatos.
Sólo pancartas improvisadas con cartones y bolígrafos. Tampoco la
gente cantaba; todo eran gritos de dolor e indignación. El jefe
antidisturbios confesaba a un reportero de la SER que no podían
disolver la concentración por la fuerza porque éramos ya más de 5 mil
personas y no era cuestión de
cargar contra la muchedumbre donde había ancianos y niños. Cada vez
que
algún miembro de la sede se
asomaba a la ventana la gente rugía y pedía la verdad, y mientras,
seguían
llegando noticias de
concentraciones espontáneas en todas las ciudades de España. Las
nueve de la
noche y nadie se movía
de allí, pese al frío. Nos llegó una nota que circulaba en manos de
todo el
mundo: A las doce en
sol. Pásalo.

De pronto otra noticia que se propaga entre la gente:
dos hindúes y tres marroquíes detenidos por su
relación con los supuestos asesinos en Lavapiés. Los servicios de
inteligencia por un lado y el gobierno por otro. Españoles en el
extranjero, amigos de todos los puntos del planeta seguían mandando
noticias de las principales cadenas televisivas del mundo: Bush
lamenta que
el apoyo de España a su
guerra contra Irak haya tenido estas consecuencias para Madrid. En
cambio,
el gobierno no lo
lamenta, sino que oculta toda la información y llama a la calma, e
insiste
en que en la jornada de
reflexión el pueblo no puede salir a la calle para expresarse.
Rugimos más
aún: no nos vamos, sal al
balcón, da la cara, PP responsable, PP culpable, vuestra guerra,
nuestros
muertos, vosotros tenéis
chofer, nosotros Cercanías, vosotros, fascistas, sois los
terroristas. Diez
de la noche y la gente
sale hacia Sol tomando las calles sin permiso.

Yo me voy a Lavapiés para cenar un poco y ponerme algo
de abrigo porque ya no siento las manos del frío. La
plaza está vacía, y al llegar a la calle Cabeza nos encontramos con
una chica joven que, en la puerta de su casa, aporrea una cacerola
con la cabeza alta y el semblante grave. Tímidamente salen a los
balcones vecinos que salen a aporrear las cacerolas. Primero es un
suave
tintineo, después comienzan
a abrirse los balcones de todas las calles y comienza un zumbido
ensordecedor que se expande por
todo el barrio. Bajamos a la plaza, que comienza a llenarse de gente
que
aporrea sus cacerolas,
sartenes e instrumentos con fuerza. Aparece una cámara de televisión
alemana, mientras la plaza y
las calles están llenas de gente protestando sin palabras, y en un
momento
precioso hasta parece que
seguimos todos el mismo ritmo. Un ritmo fúnebre y contundente, seco,
duro,
lleno de rabia y
solemnidad. Y marchamos todos hacia Sol, donde ni siquiera podemos
entrar
porque Madrid está en la
calle. Siguen volando las noticias, siguen multiplicándose los
mensajes de
solidaridad con las
protestas de otras ciudades, siguen propagándose las noticias. La
policía ha
cargado contra la gente
en Zaragoza y en Barcelona. Están estudiando suspender las
elecciones, ha
aparecido en manos del PP,
de repente, un vídeo en el que Al Quaeda reivindica el atentado, y
la gente
comenta asombrada e
indignada que no salimos en los medios. En la SER comentan que pese
a la
toma de las calles por
parte de la ciudadanía, no van a seguir retransmitiendo para
mantener la
calma y no calentar los
ánimos. La censura del siglo XXI. Las cámaras, los micrófonos, y las
luces
desaparecen; solo quedan
los reporteros alemanes que trabajan a destajo, y nosotros gritando,
y todas
las calles que
desembocan en Sol colapsadas. No hay banderas, no hay partidos, no
hay
magnetófonos, no hay
organizadores, no hay órdenes. La multitud avanza espontáneamente
hacia
Atocha y la policía se
retira discretamente. La calle es nuestra y caminamos por donde
queremos,
cortando el tráfico. Nadie
rompe cristales, nadie destroza el mobiliario urbano, Madrid avanza
cívicamente y Ansuátegui ordena
invisibilidad. La policía apaga las sirenas, y las lecheras apenas
son
percibidas. "Veniros con
nosotros", grita alguno a los uniformados, que no se atreven ni a
mirarnos a
los ojos. La rabia está
en el grito, en las palabras. La gente exige que el gobierno
informe, que
los medios informen, la
gente exige que el gobierno asuma su responsabilidad, y que deje de
mentir a
un país entero, que a
través de Internet y los teléfonos móviles va conectándose con el
mundo
entero. Los medios
nacionales ningunean la protesta y dejan claro de qué lado están. La
gente
alza sus móviles para que
los que escuchan al otro lado perciban el ambiente que hay en
Madrid. Más de
un millón de personas
bajan hacia Atocha por la calle del Prado y por la calle Atocha. Y
circula
otro papel: a las dos en
punto cinco minutos de silencio. Pásalo.

Todos al suelo. Silencio sepulcral. No hay cámaras.
Miles de velas encendidas, y se rompe el silencio con
el grito lleno de orgullo: viva Madrid, y todos
gritamos, viva, viva Madrid. Aznar escucha, el pueblo
está en lucha, y las riadas humanas avanzan hacia el Congreso. En la
radio solo se oye música y resúmenes del partido del Real Madrid. Las
voces ya cascadas por el paso de las horas, los pies doloridos, y no
hay miedo, no hay policía, solo el helicóptero rugiendo
encima de nuestras cabezas, y una sensación de
euforia al ver que somos tantos, que somos
incontables. "También estuvimos en la manifestación de
ayer", decían algunos cartones a modo de pancarta.
Frente al congreso, las lecheras protegiendo el
recinto sagrado donde unos cuantos toman las
decisiones sin preguntar. La gente vuelve a gritar,
dijimos no a la guerra, dijimos no a la guerra,
vuestra guerra, nuestros muertos, un pozo de petróleo
por un pozo de sangre, embushteros, tve= nodo, urdaci nazi,
queremos la verdad.

Pasamos el congreso, llegamos a la Gran Vía, seguimos
por Hortaleza. La gente sale de los bares, los pubs y
las discotecas. Unos se unen, otros provocan
preguntando qué pasa y por qué tomamos las calles, y
Madrid avanza imparable bajo la atenta mirada del helicóptero. Los
porteros de las discotecas desde las que sale música evasiva y alegre
nos miran alucinados, tratando de proteger los imperios del alcohol y
la música entretenida. Llegamos a la sede del PP de
nuevo, y la gente, pese al cansancio, sigue aullando.
Cuatro, cinco de la mañana, y la gente grita hoy
protestamos, mañana os cesamos, a la hora de votar se
tiene que notar, asesinos, mentirosos.

Agotada regreso a casa. En Sol hay cientos de velas encendidas, y
decenas de ramos de flores y carteles, cartas, gritos de papel donde
la gente demuestra su solidaridad y su cariño. La gente se arrodilla,
enciende más velas, y todo
está en silencio. Siguen las pancartas colgando de todos los
rincones de la
Puerta del Sol; los
servicios de limpieza esta vez respetan el dolor de una ciudad
entera que
llora a sus muertos.
Banderas de todas partes del mundo, y escritos en árabe, no al
terrorismo,
PP responde, mensajes de
las familias de los fallecidos, basta de horror, queremos la verdad,
televisión manipulación, y
cuatro mendigos apoyados contra la pared, rodeados de velas, en
silencio. El
pueblo llora, el
gobierno miente. Lucía no te olvidaremos nunca. Papá te quiero. Esta
no es
nuestra guerra. Agotada,
no puedo ni moverme de allí. Porque si la gente expresaba la rabia
ante la
mentira en la calle
Génova, allí se concentra el dolor, el silencio, velas encendidas y
flores
congeladas del frío que
hace.

Esto es lo que sucedió en Madrid la víspera de las elecciones. Y si
en los medios no se quiso recoger esta toma de las calles por parte
del pueblo madrileño, por lo menos que se difunda por la Red lo que
pretende
ser acallado y
ocultado. Porque algo ha cambiado desde anoche: ya no tenemos miedo.
Ni en
Madrid, ni en el resto de
las ciudades, ni los pueblos. Y no necesitamos partidos políticos que
organicen manifestaciones: ya
sabemos que Internet y los móviles cuentan lo que no cuentan los
medios
oficiales, y ya sabemos que
tenemos una herramienta de comunicación, la del boca a boca, para
expresarnos. Se nos han negado los
derechos fundamentales que reconoce nuestra Constitución, y el
pueblo ha
pagado caro la incursión de
su gobierno en una guerra por petróleo. Un pueblo que nunca ha tenido
problemas con el mundo árabe,
un pueblo que se indigna ante la mentira y los insultos del
candidato a la
presidencia de España.
Madrid demostró que está llena de gente de todas las nacionalidades,
edades
y condiciones sociales
que son sensibles, y fue anoche la verdadera democracia, la de la
soberanía
del pueblo, en la que la
gente se expresaba libremente.

Pásalo.






Do, 21 de Mar, 2004 7:08 pm

mariamadredeus
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mariamadredeus
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21 de Mar, 2004
7:08 pm
Avanzado

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