El día en que decidí vivir"
Mi nombre es Amparo Rodríguez, tengo 39 años y he pasado por
muchas cosas en mi vida, pero quizás una de las más importantes es que he
pasado por el cáncer (o el cáncer ha pasado por mí) dos veces y estoy muy viva
para contarlo. Viva y absolutamente feliz, fuerte, llena de proyectos y de
cosas por hacer, porque ya lo sé, sé que un día moriré, pero moriré de vieja.
Todo comenzó hace cinco años, pero antes les explico: siempre fui (y soy) una
mujer normal, muy deportista y dedicada a mi trabajo, a mi carrera como
diseñadora textil, pero a veces las cosas cambian, el mundo se
transforma en menos de lo que piensas (por eso te sorprende) y
la vida te enseña cosas con lecciones extrañas que a veces no entiendes, pero
que después lo harás.
Pero sigamos. Fue bastante casual mi descubrimiento, el saber que tenía cáncer,
pues un día fui a una cita rutinaria con mi ginecólogo, a un chequeo normal que
resultó bastante anormal, y ese día, así no más, el médico descubrió una masa
pequeñísima en uno de mis senos.
¿Qué se puede decir? Ahí estaba y no me había dado cuenta, porque aquella masa
era minúscula, no medía más de unos pocos milímetros. Sí, estaba ahí,
escondida, mimetizada en mi propio cuerpo, silenciosa. Me hicieron una biopsia
para determinar su naturaleza, el peligro que implicaba ese diminuto bulto y el
resultado fue que tenía cáncer.
La palabra cáncer es terrorífica. Cuando te dicen que te alcanzó lo primero que
haces es entrar en pánico, pensar en que vas a morir, en todas las
repercusiones, en lo que has hecho y en lo que no. Luego lo aceptas y tienes
que pelear, tienes que empezar una batalla que no puedes perder.
Mi mamá estuvo conmigo en ese dictamen y el resto de días. Ella es una mujer
muy fuerte, que hace lo posible por mantenerse firme, pero que cuando se
derrumbaba lo hacía sola, no se dejaba ver de mí, para no afectarme, pero igual
yo sabía que mi enfermedad también le hacía añicos el corazón.
Aunque el día en que lo supe pensé que estaba condenada, luego me di cuenta de
mi error. Pronto entendí que siempre existían posibilidades gracias a mi
hermana, que es médica, y me dijo que actualmente existen muchos avances en la
lucha contra el cáncer y, también gracias al doctor Robledo, de quien fui
paciente en ese entonces y quien me aseguró que en esto lo que más cuenta es el
ánimo y la actitud.
Empezó mi cruzada, la pelea de mi vida, la pelea por mi vida. Me lo dije muchas
veces: "el cáncer no me gana". Y tuve aliados, tuve a mi familia y a
mis amigos que no me permitieron desfallecer, tuve a mis sobrinos, a los que
quería ver crecer, pues no tengo hijos, me tuve a mí. Las personas podemos ser
enormes en la adversidad.
Tuve también a Dios. Luego de que lo aceptas y decides que tu finitud aún está
muy lejos, te preocupas por otras cosas, por cosas que ahora pueden resultar
hasta chistosas, pero que en su momento son relevantes. Te preocupas por la
vanidad, por tu aspecto, por cómo te verás cuando la quimioterapia haga lo suyo
y te deje sin un pelo en la cabeza.
La quimio es una inyección y no es dolorosa cuando te la aplican, pero tiene
sus efectos, aunque no son tan dramáticos como te muestran en las películas. A
veces me daba gastritis, náuseas y dolor en el cuerpo, pero no me
inhabilitaba. La quimio también comenzó a tumbarme el cabello a mechones
completos 20 días después de iniciada.
Pero lo repito: todo es actitud. Así que antes de que el pelo se me cayera fui
a donde un fabricante de pelucas especializado en estos casos. El hombre cortó
algo de mi pelo y con él me hizo una peluca, que fue tan perfecta que nunca
nadie se pudo dar cuenta de la diferencia.
Me rapé del todo y me lo tomé como una diversión, pues también le encargué
otras pelucas de todos los colores y hasta me mandé hacer un afro, que llevaba
a las fiestas y era la sensación, incluso algunos de mis amigos terminaban
poniéndoselas.
Todo el tiempo me mantuve trabajando, en acción, viviendo mi vida. Por
supuesto, había días en que mi cuerpo no estaba a la altura de mi espíritu y
debía descansar, sobre todo al final de la quimio, cuando mis piernas ya no
eran tan fuertes como antes.
Luego vino la cirugía, en la que extrajeron aquella masa que había aminorado su
tamaño durante el tratamiento. Me encomendé a Dios y todo salió bien. Me
sacaron esa pequeña bolita que me amenazó, pero en el proceso también perdí una
parte de mi seno.
Pero no se alarmen que las cosas toman rumbos extraños y ya les contaré lo que
pasó más adelante. Después empezó la tercera y última fase de mi tratamiento:
la radioterapia. Fueron sesiones diarias de cinco minutos, en los que un láser
quemaba los remanentes de la enfermedad y, a veces, un poco de mi piel.
Ya era lo último, pero una vez más pasó algo inesperado. Como ya no me podían
inyectar en ninguno de mis brazos, los médicos decidieron ponerme un catéter en
el pecho, pero ese catéter se infectó y casi me muero. La infección era
bastante grave y recuerdo que la noche en que me internaron en la clínica cerré
los ojos y dije mentalmente: "Señor, necesito tu presencia". Aunque
abrí los ojos y no había más personas que los médicos, pero supe que Dios
estaba allí y que estaba a salvo.
También recuerdo que esa noche no dormí ni un segundo y vi por la ventana, que estaba
en la cabecera de mi cama, cómo amanecía. También tuve tiempo para recordar,
analizar mi vida y perdonar a todos los que me habían hecho daño. De la clínica
salí completamente descargada, liviana, como si acabara de nacer.
Con el tiempo me fui recuperando, regresé a trabajar y me quité la peluca. Mi
pelo nuevo ya medía, al menos, un centímetro y entonces no dejé de jugar con
él, me lo aplastaba, me lo paraba, me lo peinaba diferente, me lo pintaba. Me
encantaba.
Y así como pasan las cosas, porque parecen ocurrir en el momento exacto, conocí
en el trabajo a mi actual esposo, que se me acercó curioso por mi incipiente
cabello y mis raros peinados. Empezamos a salir y en un santiamén estábamos
enamorados.
Le conté todo y él se convirtió en un nuevo apoyo. Fuimos y somos muy felices:
él, sus dos hijos, a los que quiero como si fueran míos, y yo. Pasaron nueve
meses en los que todo no pudo ir mejor, hasta que el cáncer (que pensé
desterrado de mi cuerpo) hizo metástasis y me descubrieron una nueva masa, esta
vez en un pulmón y de seis centímetros.
Los pronósticos no eran muy alentadores, pero yo no vivo de pronósticos. Ya lo
había derrotado una vez y seguro podía hacerlo de nuevo. Así que me operaron
una vez más. Duré 12 días en la clínica, me abrieron las costillas, me dieron
morfina, tuve unos dolores tenaces, pero nadie dijo que esto fuera un paseo.
Yo estaba convencida de que lo superaría de la mejor forma y, de nuevo, tomé
fuerzas de los míos y de mi religión. Adivinen qué. El cáncer, una vez más, fue
derrotado. Pero si creen que mi historia para aquí, se equivocan, porque me
falta relatarles la última parte de mi jornada, cuando estuve por última vez
frente a mi enemigo.
Después de la operación, mi recuperación fue rápida, las fuerzas físicas retornaron
y hasta cambié de trabajo. Me dediqué a vender suplementos alimenticios, los
mismos que consumí mientras estaba enferma y que creo que contribuyeron a que
saliera adelante.
Me dediqué a mi familia y, mientras todo se encauzaba, una nueva masa volvió a
aparecer en el mismo seno que ya había sido superado. No creí que fuera mala
suerte ni un castigo divino, sino todo lo contrario. A mi esposo sí le dio
duro, pero siguió con su apoyo incondicional, al igual que el resto de mi
familia.
Bueno, ¿recuerdan que les dije que las cosas toman rumbos extraños? Pues este
fue uno de ellos, un giro que muchos calificarían como una calamidad, pero que
yo creí que era una bella oportunidad. Y lo era.
¿Les dije que mi seno no quedó bien después de la primera intervención, que
había perdido un pedazo y que tenía una forma que no me gustaba? Pues como me
tocaba operarme otra vez y yo ya sabía que de este mundo no me iría por un
odioso cáncer, sino que el día en que deje este planeta lo haré arrugada y con
el pelo blanco, pues aproveché esa última operación para que el médico me
arreglara lo que el cáncer había dañado.
Dicho y hecho, me extrajeron la enfermedad (por última vez) y, de paso, en la
operación me devolvieron lo que había perdido, me devolvieron la forma natural
de mi seno. Estoy más que satisfecha con el resultado.
Hoy me dedico a vender mis suplementos alimenticios y a hablar con personas que
pasan por lo que yo pasé, a darles ánimo y a decirles la verdad: que tener
cáncer no significa que vas a morir, sino que tienes que pelear. Claro, tengo
otro proyecto que sé que conseguiré: quiero tener un hijo. Les cuento que con
mi esposo estamos muy juiciosos en esa tarea".
Uno de los factores esenciales que permiten que los
tratamientos médicos surtan efecto es la actitud, el positivismo y el apoyo de
la familia. Por eso, lo peor que se puede hacer frente a una enfermedad como el
cáncer es deprimirse, pues así se le deja terreno para que avance.
Es vital que la familia acompañe al que lo padece y le dé fuerzas para seguir
adelante, pues aquí lo emocional tiene un papel muy importante y muchas veces
los pacientes encuentran parte de su cura en la forma de ver y afrontar su
estado, así como en su convicción de que van a mejorar. Por eso nunca hay que
darse por vencido.
POR JULIÁN ISAZA
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Julio
Javier Mejía & Yolanda Salazar
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Vie, 28 de Sep, 2007 1:10 pm
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