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piramidologia · Los misterios de las Pirámides
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Fw: El Mal en Egipto   Lista de mensajes  
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RE: [piramidologia] Fw: El Mal en Egipto

Me gustó mucho ese articulo de la Más Allá.Como aficionada a todo lo relacionado con el antiguo Egipto, me pareció muy interesante que trataran ese tema en la revista.Gracias por enviarlo,Ruth.Un saludo.Nefer

Ruth Liliana Tizon de Qureshi <ruth.liliana@...> escribió:
 
 
 
 
En Nueva Zelanda
Voy a pasar por la vida una sola vez, cualquier cosa buena que  yo pueda hacer o alguna amabilidad que pueda hacer a algún humano, debo  hacerlo ahora, porque no pasaré de nuevo por ahí"(Madre Teresa)
-------Original Message-------
 
Date: 09/28/06 06:30:54
Subject: Fw: El Mal en Egipto
 
Envío de Guillermo Julio
Sent: Tuesday, September 26, 2006 8:55 PM
Subject: El Mal en Egipto

El Mal en Egipto

Simbolizado por diversos dioses, el concepto del Mal en el Antiguo Egipto estaba relacionado sobre todo con el temor al caos primigenio, una fuerza inmortal e irreductible cuya alargada sombra, siempre acechante, podía poner fin en cualquier momento a la continuidad del orden cósmico y político. Era el Mal en estado puro, contra el que sólo se podía luchar alejándolo de la vida contidiana pero jamás aniquilándolo.
 
Frank G. Rubio
 
El nacimiento de la civilización egipcia –señala el experto en historia de las religiones Mircea Eliade– sigue hoy causando asombro a los historiadores. Antes de la llegada del Reino Unificado, atribuido al mítico Menes, dos milenios de continuidad neolítica sin modificaciones profundas caracterizaron y precedieron a la que hoy consignamos como la civilización antigua por excelencia. Pero de repente, el contacto con la cultura sumeria –de orígenes oscuros e indeterminados– produjo una auténtica y sorprendente mutación.
Hacia 3000 a.C. aparecieron de modo repentino elementos civilizadores tan significativos como la escritura, la construcción de embarcaciones o el uso del ladrillo. La navegabilidad del Nilo supuso el gobierno de extensísimos territorios mediante una administración centralizada, mientras que la aplicación de técnicas de irrigación más complejas permitió conseguir hasta dos cosechas anuales en algunas zonas.
La consecuencia de este sofisticado control de las aguas fue el surgimiento de una población numerosa que, movilizada convenientemente como fuerza de trabajo, permitía afrontar tareas arquitectónicas grandiosas. Todo ello, claro está –y tal y como sucedió con otros sistemas de los llamados “despotismos hidráulicos”, como los aztecas, chinos, mayas, etc.–, bajo la dirección y supervisión de una poderosa élite.
La continuidad del orden cósmico y político estaba garantizada por la inmortalidad del faraón, el “Señor de las Dos Tierras”, considerado por todos como un auténtico dios encarnado y portador de las “Dos Coronas”: la del Alto Egipto, de color blanco, cuyo símbolo era el loto, y la roja del Bajo Egipto, que tenía por emblema el papiro.
Por su parte, la base del pensamiento egipcio radicaba en una concepción dualista en la que lo político y lo cosmogónico formaban parte de una misma configuración simbólica.
Civilización inmóvil, más que en sus realizaciones en las intenciones intelectuales y rituales de sus clases dirigentes, la cultura del antiguo Egipto estaba marcada por el peligro continuo de un retorno al caos originario, al mundo anterior a la unificación. Este caos, personificado por Apep (la “gran serpiente”), era el que trataban de conjurar numerosos rituales mágico-religiosos consagrados a la tarea exotérica de “exterminar a las fuerzas demoníacas”. Estas últimas eran identificadas con enemigos humanos exteriores o internos o con elementos naturales de carácter letal que estorbaban los procesos vitales básicos.
Maat e Isfet
Personificado por una diosa, Maat es un concepto complejo al que sólo de un modo superficial se puede identificar con el bien judeocristiano. Maat es la piedra sobre la que descansaban la vida social y la ética personal egipcias.
Nociones como verdad, justicia, equilibrio o armonía son simplemente indicadores de un campo semántico de aplicación muy extensa que la lejanía y el exotismo de esta antigua civilización no nos permiten acotar de un modo exacto. Su funcionamiento era responsabilidad del faraón. Él debía mantener Maat y ofrendar Maat a los dioses. Maat reflejaba el estado ideal del Universo y la sociedad. Se dice que Ra puso orden –Maat– en el lugar del caos. Maat permitía conservar el equilibrio dado al mundo desde el origen.
Maat, considerada la hija de Toth y la esposa de Ra, estaba simbolizada por una pluma de avestruz o como una diosa sedente o de pie coronada con una pluma de la misma ave. A veces presentaba alas protegiendo al rey.
Según una especialista del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano, “la for­ma gráfica de la palabra Maat puede ayudar a definir su naturaleza. Maat se escribe como el codo, ma, medida de longitud que evoca la idea de justicia conforme a la medida de cosa exacta, real, verdadera, opuesta a lo falso. Maat es también la pluma (de avestruz) ma, donde el sentido simbólico está vinculado con palabras que significan luz. La pluma, con sus nervaduras, simboliza los rayos solares.
Isfet, lo contrario de Maat, no puede traducirse con propiedad como “mal” en el sentido que nosotros lo entendemos. Significa más bien lo “erróneo”, la falsedad. En Egipto la noción del mal se vincula al desorden y Maat modificará sus contenidos a lo largo de la vasta historia de esta civilización.
Resumiendo, en el antiguo Egipto el “mal”, entendido como desorden, amenazaba constantemente el Universo desde su instauración demiúrgica por los dioses. Los dioses no eran responsables del mal. El mal, más antiguo que éstos, era inherente a lo no existente. Por el contrario, Maat es el orden en la tradición de la élite y el equilibrio (entre el orden y el caos) en la tradición del Templo. Esta diferencia de enfoque es fundamental para comprender la naturaleza demoníaca, desde la perspectiva egipcia, de la revolución akenatoniana, tan poco comprendida.
Maat, símbolo del estado prístino del mundo, era considerado una sustancia, un elemento material, alimento de vivos y difuntos, dioses y hombres.
Apep, el “dragón del comienzo”
Si en la mitología egipcia existe una entidad que pueda identificarse sin demasiadas tergiversaciones con los conceptos teológicos del mal propios de nuestra herencia judeocristiana, es Apep (Apophis), símbolo de la Oscuridad y el Mal en estado puro.
Representado como una gran serpiente, es el destructor, un ser anterior a la creación del mundo que trata de hacer zozobrar todos los días la barca de Ra mientras ésta realiza su trayecto celeste. Su amenaza será conjurada, entre otros, por Set, dios de la tormenta asociado a los guerreros que, lanza en ristre como San Jorge, repele cíclicamente al monstruo primordial.
Cuenta la leyenda que “el enemigo de Ra” surgió de un escupitajo lanzado por la diosa Neith en las “aguas primordiales” (Nun). Apep habitaba más allá de la línea del horizonte, en el inframundo, y muy posiblemente era el recuerdo muy difuso y filtrado de una deidad destronada, un demiurgo olvidado y oscuro. Personificaba el no-ser anterior a lo     creado, que los egipcios consideraban real y muy peligroso.
No se le rendía culto alguno, sino que diversos rituales tenían como finalidad mantenerlo alejado de la existencia. Cada año se practicaban ceremonias para conjurarlo y anular su influencia letal y la de su ejército de demonios. Se construían imágenes suyas que luego eran destruidas de diversas maneras: troceadas o quemadas.
Apophis encarnaba un poder irreductible: no podía morir y su capacidad regenerativa era ilimitada. Personificación, pues, del desorden y del caos, era adversario declarado de Maat. Similar a un agujero negro, absolutamente ajeno a la naturaleza existente, desde un punto de vista metafísico constituye una encarnación de los poderes de la disolución, la oscuridad y la no existencia. Se le atribuían, entre otros fenómenos temibles, los eclipses solares, las tormentas devastadoras y los terremotos.
A Apep se le representaba siendo decapitado a los pies del sicómoro sagrado por un gato, el “gran gato de On” (Heliópolis), una de las manifestaciones de Ra. No obstante, si se observa con detenimiento la imagen, veremos que lo que empuña el honesto felino no es un arma sino una pluma. Recordemos el carácter solar atribuido a este objeto. La luz vence así a la oscuridad.
“Lagarto maligno”, como le denominaban, rodeando el mundo con sus anillos reptilescos, las primeras menciones de Apep aparecieron en el Reino Medio y su desarrollo más acabado se halla en los textos funerarios del Nuevo. Sin lugar a dudas, surgió de las experiencias traumáticas, conflictivas y disolventes que asolaron Egipto en sus períodos intermedios, cuando el poder central se descompuso y la anarquía se extendió hasta los confines más lejanos de las Dos Tierras.
Set, la “bestia fabulosa”
Para muchos, tanto en la antigüedad como en épocas más recientes, Set es el dios del Mal por excelencia entre los egipcios.
En la época saita, tras la invasión asiria –durante el último período en el que podemos hablar de independencia en Egipto– fue considerado un demonio e identificado con Apophis, lo que implicó una operación sistemática de destrucción de sus imágenes y de borrado de su nombre en todos los monumentos.
Más tarde, con los griegos y los romanos, se le asociaría con Tifón, el horrendo y gigantesco monstruo hijo de Gea que se rebeló contra Zeus y puso en peligro la hegemonía de los olímpicos. Set-Tifón, demonio terrible con cabeza de asno sólo frecuentado por magos negros, fue un personaje muy común entre los ptolemaicos en la época romana. Sin embargo, es preciso destacar que en fecha tan tardía como el siglo II d.C. el emperador Vespasiano visitó el templo de Deir el Hagar, en el oasis de Dakla, y realizó en él una ofrenda floral a los dioses Set y Neftis, hermanos y esposos.
Pero bajo las dinastías XIX y XX, en la etapa quizá más gloriosa de la historia egipcia, durante el Imperio Nuevo y tras el triste episodio del impostor de Amarna (Akenatón-Amenhotep IV), Set –junto con Amón– fue restaurado en el poder por Horemheb y se convirtió paulatinamente en una de las deidades más veneradas de Egipto. Sethos (Seti) –“hombre de Set”– sería el nombre adoptado por diversos faraones. Así, Setnakht, fundador de la XX Dinastía, significa “fuerte en Set.”
Set, deidad ambivalente, era el enemigo declarado de Horus, el dios con cabeza de halcón, pero también su colaborador en la lucha que ambos mantenían contra la serpiente Apophis en la barca de Ra.
Además del asesino y desmembrador de Osiris, era el “señor de las tierras extranjeras” y de los extranjeros. No resulta, pues, casual que los hicsos lo adoptaran como deidad mientras gobernaban Egipto. Y tampoco que, dado su carácter guerrero –pues, como Teshub o Baal, era también dios de la tormenta– estuviera muy bien considerado en la época del Imperio con los ya citados ramésidas. Junto con Montu, el dios tebano con cabeza de halcón al que se le asociaba frecuentemente, era la deidad preferida por el ejército.
Set era hermano de Isis, Osiris y Neftis, todos ellos hijos del dios de la Tierra, Geb, y de la diosa del Cielo, Nut. Formaba parte del grupo de nueve dioses (enéada) con los que los sacerdotes de Heliópolis configuraban la Cosmogonía.
Set nació antes de tiempo, y hasta en esto manifestó su carácter irregular, su capacidad de confundir y de alterar el orden establecido.
Set era representado como un extraño animal sobre cuya identidad se han realizado multitud de conjeturas. Su hocico curvado –similar al de un tapir o un oso hormiguero–, sus largas orejas en forma de abanico plegado y su rabo ahorquillado y erecto siguen constituyendo un enigma. Se han apuntado todo tipo de posibilidades: el oricteropo (cerdo hormiguero), el okapi, el asno, etc. Similar al grifo (ente extranatural compuesto de distintas referencias zoológicas y símbolo de la vigilancia), Set era sin lugar a dudas una entidad simbólica y alienígena más que una entidad animal real. Se le consideraba una bestia del destino, un “ángel de la muerte” que personificaba todo menos el buen agüero.
Asesino de Osiris y enemigo de Horus
Los “misterios de Isis y Osiris”, junto con los de Eleusis y Dionisos, constituyen uno de los complejos místico-iniciáticos más relevantes de la antigüedad. Osiris, dios de los muertos, símbolo de los poderes regenerativos tan bien ejemplificados por el mundo vegetal, accedió a su condición de supremacía en el panteón –sólo igualado por Ra– con el concurso de Isis, su esposa bienamada, y su hermano Set, que, con sus trampas y hostilidades letales, le convertirían en emblema universal de inmortalidad.
Set, señor del desierto, asesinó a su hermano, héroe civilizador al que detestaba, haciéndolo entrar mediante engaños en un ataúd hecho a su medida y arrojándolo seguidamente al mar. Isis, amorosa y desolada, le busca ansiosamente hasta que lo encontró, ahogado, en Biblos, al pie del sicómoro sagrado. Después volvió con él a Egipto. Entonces Set desmembró el cuerpo de su hermano en catorce trozos y los dispersó. Isis recuperó todos los fragmentos menos el falo, aunque elaboró uno artificial, y recompuso a Osiris con la ayuda de Anubis. Isis, señora de la magia, resucitó a su esposo ya no como mortal sino como señor de los muertos (el “dios oscuro”) y, uniéndose a él, dio a luz a Horus (Harpócrates), el niño-dios, el vengador de Osiris.
Horus creció y entró en conflicto inevitablemente con su tío Set, que trató de abusar sexualmente de él. Recordemos el carácter salvaje de Set: su continua trasgresión de los límites, su sexualidad no mitigada por el matrimonio ni la civilización. En la lucha concomitante, Horus perdió la visión de uno de sus ojos y Set sus testículos.
Conviene no hacer una lectura literal de todo este material narrativo de corte mitológico. En Egipto, el “ojo” era un emblema de poder (recordemos el “ojo de Ra”). Los testículos hablan de la fuerza vital contenida en el semen y señalan una pérdida energética provocada por Horus en Set, en el contexto de su forzada relación homo-erótica, de corte mágico-simbólico.
La asamblea de los dioses debía decidir a quién de los dos, Horus o Set, correspondía el trono. Gracias a Thoth, Ra consideró que Horus era el legítimo monarca. No obstante, Set fue compensado siendo incluido en el séquito de Ra. Lo conservó en los cielos como su hijo y le entregó el trueno para que los hombres no cesaran nunca de temerle. Como “señor de la confusión”, era una fuerza imprescindible en la lucha contra el “dragón” Apophis.
Algunos estudiosos han supuesto que tras el enfrentamiento mitológico y ritual entre Horus y Set se encontraba subyacente un conflicto político y social. Las diferencias entre el Alto y el Bajo Egipto, entre nativos y extranjeros, entre diversos sectores de la aristocracia tanto militares como sacerdotales podrían hablar a favor esta hipótesis, pero nos faltan datos.
Set, señor del desierto y, por ende, de la Tierra Roja, cuya constelación es la Osa Mayor, fue venerado fundamentalmente en Ombos (“ciudad del oro”, en el Alto Egipto) desde la época predinástica, aunque fueron primero Tutmosis I y luego Ramsés II los que le consagraron un templo notable en ese mismo lugar.
Figura ambivalente, considerada en algunos momentos de la historia egipcia como soporte del estado, pasó a ser demonizado cuando cambiaron las condiciones políticas y geohistóricas. ¿O quizá fue al revés? No sería ilógico pensarlo, dada la idea absolutamente aceptada por los antiguos del tremendo coste material que le ocasiona al hombre el descuido en los actos de veneración a los dioses. Los mismos egipcios que borraron los jeroglíficos y machacaron las estatuas del dios cavaban su propia ruina. Cayeron durante siglos, incluida la actualidad, en manos de los más destructivos y crueles dominadores extranjeros. 
Deidad fronteriza por la peligrosidad de las energías que encarnaba –muchas de ellas funestas–, Set formaba parte de la totalidad de lo real y su olvido, y contribuyó a ocasionar la aniquilación de una de las más ricas culturas antiguas. Set rechazaba a Apophis, el caos precosmogónico; con el sacrificio de Osiris posibilitaba la regeneración del mundo vegetal y la inmortalidad de los escogidos; como enemigo de Horus metaforizaba y permitía integrar mitológica y ritualmente los más plurales conflictos. Sin él todo se disolvió en la arena y se sucedieron los falsos faraones descendientes o siervos de extranjeros y los émulos grotescos del veleidoso y risible Akenatón, significativo predecesor de los tiranos contemporáneos con “celo reformador”.
Y el olvido y la impiedad cayeron sobre Egipto... 

Texto completo en MÁS ALLÁ 204, correspondiente a  febrero 2006.


__________ Información de NOD32, revisión 1.1728 (20060828) __________

Este mensaje ha sido analizado con NOD32 antivirus system
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Mié, 4 de Oct, 2006 1:01 am

neferneferua...
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En Nueva Zelanda Voy a pasar por la vida una sola vez, cualquier cosa buena que yo pueda hacer o alguna amabilidad que pueda hacer a algún humano, debo...
Ruth Liliana Tizon de...
candisw
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30 de Sep, 2006
4:44 pm

Me gustó mucho ese articulo de la Más Allá.Como aficionada a todo lo relacionado con el antiguo Egipto, me pareció muy interesante que trataran ese tema en...
bibiana daponte blanco
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4 de Oct, 2006
4:27 pm
Avanzado

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