EDITORIAL DEL DOMINGO 7 DE DICIEMBRE DE 2008
A medida que se desenvuelve la crisis en las economías centrales, las
bolsas, los mercados, las empresas y los sindicatos de trabajadores se sumen
en la mayor de las incertidumbres. Mientras cae a pique el precio de las
commodities e incluimos en ellas al petróleo, crece el desempleo, aumentan
las quiebras de las empresas, se retrae el consumo, y el mundo reconoce con
creciente pavor, una recesión generalizada, de duración indefinida, que se
descuenta prolongada y acerca de cuyo final nadie se atreve a realizar
pronósticos con cierta certeza. Se habla en realidad y cada vez más, de una
debacle o acaso de un colapso del sistema capitalista globalizado, de una
debacle o de una catástrofe de tal magnitud, que los antecedentes en que los
economistas podrían basarse para comprender el fenómeno, nos referimos a
crisis anteriores, no parecen ser demasiado útiles para comprender la
gigantesca dimensión de lo que ahora estaría ocurriendo.
La crisis de que se trata o acaso la debacle, es la consecuencia de una
economía extendida a nivel global, que se basó en la sobreproducción de
commodities y en el saqueo masivo de los bienes comunes de la tierra, y que,
además de extraviar totalmente el sentido común, entró en un paroxismo de
ganancias virtuales y de incontrolables competencias de mercados. Este
proceso del Capitalismo, en una época tal vez final, que conocemos como
Globalización, condujo al hambre a cientos de millones de seres humanos, y a
que el planeta se encuentre en un proceso casi irreversible de cambios
climáticos, sacudido por terribles desastres naturales. En ese escenario, el
petróleo pasó en breve período, de ciento cincuenta a menos de cuarenta
dólares el barril, la soja de seiscientos dólares a menos de trescientos la
tonelada, la recesión y el cierre de empresas en los países centrales se ha
convertido en un fenómeno cotidiano y los desordenes climáticos son tan
evidentes e impactantes, que las voces que intentaban disuadirnos de que su
causa fueran los procesos industriales y el uso abusivo de combustibles
fósiles se han acallado. El pánico gana las bolsas, se extiende a los
mercados y quiebra la voluntad de los ejecutivos de las megaempresas, que
tratan de utilizar los enormes subsidios que invierten los Estados, tratando
de impedir el desempleo, como si se tratara de los pocos botes del Titanic
por los que luchaban a brazo partido, aquellos que intentaban escapar del
naufragio ineluctable. Esta es la realidad del mundo hoy. Veamos ahora,
cuáles son nuestras políticas, frente a ese horizonte de catástrofe.
Nuestras políticas parecen inspiradas en la saga del avestruz africano, del
que, dicen que ante el peligro mete la cabeza en un hoyo. Los que hasta ayer
vivían pendientes de los mercados internacionales, hoy practican el autismo
más contumaz y creen poder enfrentar el desastre, mirándose al espejo como
nuevos Narcisos y recitando como un mantra, las estupideces que aprendieron
durante años de colonialismo, de culto al progreso, a la gran escala y al
culto del automóvil. En medio del cataclismo planetario, nosotros
continuamos sembrando soja transgénica como nunca antes, y confiando en que
los precios internacionales vuelvan a que su cultivo sea rentable... Esto es
absolutamente insensato. En medio de la debacle, nos proponemos además,
paliar el desempleo creciente y la recesión de la industria con enormes
inversiones públicas para que algunos puedan continuar llevándose su diezmo
y el viejo esquema transcolonial de la Republiqueta sojera y minera,
disponga de mayores rutas, de más puertos, de más obras de infraestructura
para llevarse los nutrientes de la tierra y la riqueza de las montañas,
ahora que puede echarse mano con impunidad a los glaciares, debajo de los
cuales están los metales que las corporaciones se proponen extraer.
Simultáneamente, se subsidia a las industrias automotrices, para que
circulen más y más automóviles, contaminando el planeta y colapsando las
rutas, y para que haya más camiones que transporten los porotos de Soja
hasta los puertos privados en que continúan levantándose las refinerías para
alimentar con nuestra agricultura, los motores de Europa.
Resumamos y repitamos entonces, cuales son nuestras actuales respuestas ante
la situación internacional que va tomando visos de catástrofe: créditos para
aumentar el consumo, mayores subsidios a las empresas automotrices, más
facilidades a las corporaciones depredadoras, léase veto a la ley de
preservación de los glaciares y cajoneo de la ley de bosques, inversiones
en obra pública para profundizar el modelo biotecnológico y agro exportador,
o acaso en planes de vivienda, para continuar vaciando el campo, a la vez
que concentrando la población en las ciudades y mediante la arquitectura
urbana, haciéndolas cada vez menos autosuficientes, a la vez que más y más
dependientes del empleo y del consumo. A todo ello podemos sumar la reciente
desarticulación de la secretaría de medio ambiente, cuya voz aunque mínima y
contenida, se hacía molesta para el sistema generalizado de contaminación y
de saqueo. Estamos sin duda embarcados en un camino sin retorno, un camino
que parece suicida. Debemos nosotros, entonces, lograr modificar el curso de
esta historia que se nos impone con estulticia infinita y con la obcecación
de quienes ya ni siquiera son capaces de percibir las señales de peligro que
les hace llegar el entorno.
Debemos confesarnos, que no quedan márgenes ni tiempo para continuar
reclamando del gobierno un proyecto de país, tal como venimos haciéndolo
hace tantos años. La determinación de las nuevas políticas de Estado ha sido
tomada hace ya tiempo y los últimos discursos refieren claramente a una
Argentina posicionándose en la etapa del llamado poder del conocimiento y en
la creciente exportación de commodities y biogenética, que así denominan con
ciertos pudores e hipocresía, la determinación de vender a otros países el
modelo de la empresa Monsanto. El ministro de Ciencia y tecnología establece
hoy claramente la estrategia del Estado Argentino y parece haber persuadido
al resto del ejecutivo, de que la convergencia de ciencias con negocios
corporativos es algo bueno, deseable, que nos posiciona ante el mundo y que
nos preserva de la debacle que se anuncia. No es entonces, que no conozcan
nuestras voces de alerta, sino que son sujetos de otra escala de valores,
piensan de manera similar pero absolutamente inversa a la que nosotros
pensamos y expresamos. Necesitamos aliados que nos ayuden a que algunos
entren en razón y tomen conciencia del peligro que pesa sobre la Nación,
pero los intelectuales, al menos, los muchos que se agrupan en Carta
abierta, también han perdido las facultades de presentir el peligro. Son
como los turistas frente al Tsunami, mientras la fauna escapaba aterrorizada
de las costas, ellos se acercaban a la playa para disfrutar del fenómeno.
Tal vez ha sido el desprecio profundo que sienten por la ecología, lo que
los ha llevado a extraviar la propia humanidad en un laberinto de textos y
de góndolas. ¿Qué hacer entonces? Nuestras conferencias en el interior son
sistemáticamente interrumpidas por agrónomos que insisten contra toda
evidencia, en que el Roundup es inocuo y que puede beberse... Muchos
profesionales se angustian, mientras tanto, con problemas parecidos a las
viejas discusiones sobre el sexo de los ángeles, y desde poblados tan
insignificantes que son casi inexistentes en el mapa, poblados que ni
siquiera son capaces de proveer a sus más mínimas necesidades alimentarias,
nos interrogan acerca de si con otra agricultura diferente, podríamos acaso,
resolver el hambre en el mundo... Son los nuevos extravíos de la clase media
que, como en los años setenta, pueden conducirnos a un nuevo desastre
anunciado.
Necesitamos la comprensión de la gente y su disposición a generar redes de
resistencia y de organización comunitaria. De hecho, esta movilización se
está produciendo aunque todavía débil, un poco en todas partes, y son
innumerables los núcleos jóvenes que surgen y que se organizan para defender
el territorio y el derecho a la vida. Debemos incidir desde ellos en las
políticas de los municipios para que se establezcan zonas en derredor de las
localidades para la producción de alimentos, que se permitan ferias y
matanza local, que se acceda a la distribución de leche fresca, se
implementen planes para recuperar alternativas de tracción a sangre, se
impulsen plantas para la elaboración de biodiesel con aceites usados y se
reciclen los residuos domiciliarios. Los municipios deben establecer viveros
de árboles y desarrollar planes de forestación local, salvaguardando las
banquinas de los monocultivos, y plantando cortinas que resguarden a las
poblaciones de la contaminación. Los municipios deben preservar las fuentes
de agua y en especial, el agua de consumo local, impidiendo que se laven las
máquinas fumigadoras en los arroyos y en los reservorios de aguas limpias, o
que los sojeros arrojen en ellas con impunidad absolutamente criminal, tal
como hacen ahora en todos lados, los envases vacíos de los tóxicos de la
agricultura. Pero todo ello no basta, debemos comenzar a planificar los
tiempos que vienen, tiempos de derrumbe de los precios internacionales del
petróleo y de la soja, de quiebra de las automotrices, tiempos de recesión y
fracaso de los mercados de exportación. Debemos reinstalar un debate
respecto de los alimentos, de las semillas y en especial, sobre la Soberanía
Alimentaria. El gran desafío de los tiempos próximos será el de alimentar
las poblaciones y hallar fuentes alternativas de energía. Pero alimentar las
poblaciones no significa dar de comer tal como hoy se piensa en el paradigma
progresista, sino permitir que cada familia produzca al menos, una parte de
lo que consume, a la vez que garantizar la provisión de los mercados locales
con producciones locales, sin mayores transportes, packaching ni cadenas de
frío.
En este sentido, denunciamos con firmeza la construcción de barrios urbanos
en que se priva a sus destinatarios de toda posibilidad de disponer de
espacios para el cultivo mínimo de la huerta o para plantar un limonero o un
palto, del horno de pan, el gallinero o el pequeño taller de herramientas
para una eventual empresa familiar. Cada nuevo barrio que se construye, es
una engañosa solución para hoy, porque aumenta la inermidad y el desamparo.
Una falsa solución para hoy, que nos creará un problema mayúsculo mañana y
esa hipoteca de lo porvenir, suele esconderse bajo discursos altruistas
frente a la pobreza y al hacinamiento, cuando en verdad, el objetivo
encubierto continúa siendo el de despoblar el campo para ponerlo al servicio
de las corporaciones y concentrar la gente en las ciudades para servicio de
un creciente clientelismo. Los escenarios posibles no son demasiado
alentadores, sin embargo, en cada localidad que visitamos podemos medir la
creciente fuerza de lo popular, la decisión de defender el territorio y la
propia felicidad, la determinación de generar desarrollos locales, a la vez
que desentenderse de la engañosa idea del crecimiento. Son los nuevos
debates que se instalan en la conciencia de los muchos y no deberíamos
disminuir la importancia de esa creciente conciencia y la energía que desde
ella se genere. En última instancia, poco importa si desde el Gobierno hacen
propio el proyecto de país de Grobocopatel, de Barañao y de Monsanto,
siempre que nosotros logremos tener en claro otro proyecto de país y nos
unamos para desarrollarlo. Ni siquiera pueden comprender que, cuando
hablamos sobre la soja, sobre el parto, sobre las aromáticas o la necesidad
de volver a cultivar y cocinar nuestros alimentos, estamos, no sólo
practicando la biopolítica, sino también, generando el embrión del mundo
que viene, ese otro mundo a la simple escala de lo humano, que cada día más
nos persuadimos que es posible, y que seguramente, es el único que, frente
al ecocidio generalizado, nos asegurará la continuación de la vida.
Jorge Eduardo Rulli
http://horizontesurblog.blogspot.com/
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