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Una divertida sátira sobre la Liga española.   Lista de mensajes  
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   DEPORTE Y CIUDADANÍA, por Pere Calders.

  Vino un momento de aquellos que siempre llegan: las ideas sólidas de unidad pasaban por una crisis, sobre todo porque los equipos centrales no marcaban. El fallo ponía en cuarentena todo el sistema, con la consiguiente amenaza para las convicciones, que afrontaban un decaímiento del fútbol patriótico. Se hicieron rogativas, sin el gusto de otras veces, porque los progresistas frenaban el folclore de la fe. Para más inri, se produjo un colapso que afectaba a figuras de mucho relumbrón en otros espectáculos y la pequeña pantalla no sabía hacia dónde girarse. Quién más quién menos, los hombres esteparios sufrían por el prestigio (tan trabajosamente conseguido y mantenido) de la virilidad  indígena. De repente se daban cuenta que la historia que estaban haciendo no valía lo que pesaba y que esto -además de poner en peligro las apuestas benéficas- hacía tambalear toda el andamiaje.

  Enmedio de estas dramáticas circunstancias se produjo el gran prodigio. Cuando faltaban seis minutos por acabar un partido de mucho compromiso -que los representantes de las esencias raciales perdían por dos a cero-, ocurrió que las luces del estadio disminuyeron de intensidad y, en cambio, en el centro del campo brilló la figura de un delantero milagroso, uniformado de blanco (de hecho, no desentonaba) y con una larga cabellera. Todo él resplandecía con una rara fosforescencia. Mientras la multitud, en las gradas, se aguantaba la respiración, el aparecido organizó tres arranques y marcó tres goles impecables, que subieron al marcador y decidieron el partido. El capitán de los contrarios protestó en aras del club de la costa que representaba, pero el árbitro (que a pesar del shock momentáneo no había perdido la intuición), le enseñó la tarjeta y el otro se quedó como aturdido.

  Al día siguiente, los críticos más identificados con la línea demostraron que no había nada en el reglamento que pudiera ser utilizado para anular goles como aquellos. Un comentarista muy leído dijo que si las intervenciones maravillosas tuvieran que provocar la invalidación de los resultados de los encuentros (o combates o batallas, que todo es la misma cosa, decía) se tendrían que depurar las crónicas oficiales. «Y la historia», añadía mordazmente, «es irreversible».

  La prensa de provincias intentó de parar el golpe, alegando tímidamente que la prohibición de fichar jugadores extranjeros se tenía que hacer extensiva -por pura lógica a los jugadores sobrenaturales. Pero la Federación hizo publicar una nota puntualizando que la tradición milagrera estaba tan arraigada en el país, que hacía falta considerar el delantero fosforescente como oriundo. Ahora bien (añadía la Federación): no era cosa de servir con bandeja a los clubes periféricos un precedente de tanta trascendencia, porque sólo faltaría ésta, que todo el mundo se hiciera un calendario con santoral a medida para atomitzar la liga; quién había picado primero, quedaba como picador magno y listos.

  Algunos diarios pasaron las páginas deportivas a la sección de liturgia, peró la disminución de las ventas los volvió en sí y se dejaron de florituras.

  Había pocas salidas airosas para una situación tan delicada. Afortunadamente, la época invitaba a mirar atrás con propósitos de carambola nostálgica y se les ocurrió que los finales de liga coincidieran con efemérides de la Reconquista. Así, el jugador metafísico, marcado por todo el equipo contrario, tenía ocasión de elaborar unos cuántos goles antològicos.

  Aun así, tal y como pasa cuando las instituciones se tienen que fiar de los milagros, la gente se aburría, había perdido el indispensable gusto por el imprevisto. Y con el fin de conservar, al menos, algún rollo en el que soñar, acordaron tácitamente, bajo mano, que el verdadero campeón sería quien quedara en segundo puesto. Un campeón sin corona (sin aureola, decían ellos), y este sería el honor que pondrían encima la mesa.

  Ahora bién: según como se mirara, todo había quedado como antes, por lo cual no valía la pena de molestar a ningún apóstol.  



De la liberacion de la mujer esperabamos grandes politicas, grandes abogadas, grandes sindicalistas, grandes intelectuales... pero hasta ahora solo hemos tenido grandes folladoras (Paco Umbral).
Les mentides són simples, les veritats complexes (Anònim).
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Jue, 26 de Ago, 2004 4:37 pm

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