LA SOCIEDAD CONSUMIDA, de Pere Calders
Supimos que nos tendríamos que poner la anilla en la nariz al caer embestida de los primeros días de la primavera. El rumor corría de hacía tiempo, pero con discrepancias: unos decían que sería obligatorio y otros que sería facultativo, con ventajas de desgravación fiscal para los obedientes. Al final, resultó una cosa a medio camino, puesto que los legisladores lo dejaban a criterio de los ciudadanos, pero advirtiéndoles lealmente que a quienes no se pusieran la anilla lo tendríab difícil para obtener el pasaporte, no cobrarían puntos y las vacaciones de verano y de Semana Santa les serian fijadas como recuperables. El tono del Boletín era seco, sin vicios, si bien con un estimable toque humanitario, puesto que decía (bien claro) que las delegaciones de hacienda cobrarían el coste estricto de la anilla y no el trabajo de colocarla, de manera que la perforación
de la nariz y la anestesia saldrían de balde. En la práctica, resultó que para tener derecho al esterilización previa hacía falta adquirir una póliza a beneficio de los huérfanos de la Marina.
El tío Oleguer (Olegario), que era un lince y siempre iba al frente o empujaba para ser de los primeros, tuvo la anilla cuando apenas empezaba a hablarse del asunto. Era accionista de una fábrica de embalajes que obtuvo el contrato para las anillas de todo el país, y se las apañó para quedarse uno de los modelos que habían enviado del centro a fin de calcular la forma y la cubicación de las cajas. Era una anilla-piloto de acero inoxidable, con una sentencia latina que, así por encima, se podría traducir de esta manera: «Según el viento, las velas». El tío Oleguer nos explicó que habría liberalidad en cuestión de entresacar los materiales, o sea que los acomodados y las mujeres -dicho con esta mezcla y a primera vista- podrían optar (además del material básico) entre la plata, el oro y el platino, siempre, naturalmente,
a condición de pagar la diferencia. Esto, por un insondable misterio, gustó. El tío se emperró a probar la anilla a su hija pequeña, la prima Margarita, y le provocó una hemorragia a causa de una manipulación grosera del cierre, que hacía falta cerrar despacio y con cuidado debido a las particularidades del pared nasal. La criatura se asustó y gritaba como una poseída, y con razón, porque posteriormente se supo que la operación era dolorosa incluso con la anestesia oficial. A la hora de la verdad, quien podía pagaba una dosis extra, y hacía bien, puesto que cada cual se aprecia sus cosas.
Resumiendo, el día veintisiete de abril salió la disposición formal y tres semanas después se iniciaron las colas a las comisarías y a las delegaciones correspondientes. Y apareció por las calles la figura familiar de los ciudadanos con la anilla a la nariz, pulcros, generalmente bien vestidos, con un nivel de vida expresado por la buena calidad de la ropa y la nobleza metálica del pequeño aro empotrado en plena cara, casi siempre de finas aleaciones.
Algunas señoras, fascinadas por un anuncio que se prodigó a las revistas de modas, se arriesgaron a exhibir un modelo de anilla con diamantes, de alto vestir y precio elevado. Les ponían unas multas considerables, pero no tanto como las que aplicaban a los elementos progresistas que, a manera de protesta, llevaban unas anillas de plástico antireglamentarias, subversivas, inspiradas en el arte pobre. Llegaron noticias que a las regiones de sobriedad obligada, la gente sólo se apuntaba al acero inoxidable, y todavía, porque se produjo un movimiento casi popular pidiendo un material más barato, como por ejemplo la lata o el aluminio. Aquí no. A duras penas si se veía otra cosa que metales nobles que evidenciaban nuestra pasión por la prosperidad. Porque somos así: trabajadores (ya se sabe), pero a la hora de ponernos los complementos no escatimamos. Si un día nos
fuera prescrita una jaula por persona, se verían muchas jaulas de oro, o por lo menos chapadas, con abrevadero-bañera, trapecios y accesorios de mucha calidad para adornar o divertir. Bueno, pero todo esto son divagaciones y lo que hace falta es volver a las anillas.
El tío Oleguer no paraba de decir que ibamos bien, que sólo hacía falta salir a la calle y mirar para darse cuenta de que nos incorporábamos con mucha personalidad a la civilización occidental de última hora. Pero si lo observabas con atención, no lo veías convencido. Tenía un desasosiego, le salía a flor de piel el espíritu emprendedor contrariado y formulaba sordas protestas porque ya se conocían datos sobre el volumen de negocio que representaba el contrato de fabricación de las anillas. ¡Unas ganancias fabulosas!
Y era absurdo que esta prebenda hubiera ido a parar lejos de las zonas industriales costeras, para improvisar un núcleo manufacturero en lugares sin tradición ni técnics ni mano de obra especializada. Se empezaban a sentir las consecuencias: las anillas salían con rebaves, había series enteras que ajustaban mal y, además, llegaban con retraso a los centros de distribución y colocación, originando recargos injustos aplicados a los ciudadanos que no llevaban la anilla porque no la habían encontrada a tiempo y no porque no tuvieran ganas de cumplir. Por lo tanto, la indignación del tío Oleguer era lícita. Así iban las cosas, por culpa del favoritismo y del frenesí burocrático, y mi pariente no era hombre que cediera ni se dejara atropellar, por poco que pudiera contar con la palanca de vías autorizadas. Empezó a menearse, fue a ver a uno y a otro (instituciones y
personas), hasta que consiguió lo que parecía imposible: que nosotros mismos nos fabricásemos las anillas. Y que conste que el tío Oleguer no se dejó llevar por ningún interés personal -no tenía ninguna conexión con la metalúrgia-, sino por su amor a los orígenes.
Hace falta decir que encontró eco y solidaridad, puesto que estas cosas no se consiguen nunca sin que todo el mundo ayude poco o mucho. Es lo que decía el tío:
-A mí no me iba ni me venía nada, porque mi participación en los embalajes me rinde igual tanto si se hacen las piezas aquí como fuera. Pero no me gusta que nos pisen.
Y con un estremecimiento que le hacía temblar la anilla, añadía:
-¡Con nosotros no se puede jugar!.
La visión del mundo, inventada x el Partido se ganaba con gran éxito a la gente incapaz de entenderla. Hacía aceptar las violaciones más patentes de la realidad porq nadie llegaba a comprender lo enorme de lo q les exigían, ni se interesaba bastante por la cosa pública como para darse cuenta de las implicaciones derivadas("1984",G. Orwell, miliciano antifranquista en BCN, agudo análisis sicológico del totalitarismo)."Sé moderno, no pienses: para eso ya está la TV" (La realidad subliminal).
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