
La mesa era una mesa de hermanos.
donde todos tenían su sitio, y había habitación para todos.
En ella había gente y gente, de todas las razas y colores;
inmenso mantel de necesarias y variadas flores diminutas
A la hora de comer, la mesa era amplia y redonda,
sin pies ni cabecera, y el pan se repartía abundantemente
-¿alguien más quiere pan? para matar todas las hambres.
Nadie odiaba a nadie, nadie criticaba a nadie,
nadie desconocía a nadie, porque todos comían del mismo pan,
en el mismo plato.
Había humor y fiesta, desaparecía la raíz de la muerte,
de la depresión y de la tristeza,
porque el bien y el progreso del vecino era la corona
del propio esfuerzo.
De día soñaban, -la primera cosa era soñar-
Todos trabajaban por lo imposible, 
y de noche compartían los sueños
a la luz de la inocencia y de la ternura.
Y la mesa crecía y crecía, según se necesitara de ella.
Y la mesa, de tanto crecer, se hizo mundo.
Y el mundo, de tanto soñar, se hizo mesa, se hizo banquete.