17. La primera noche.
Pilar abrió la puerta prácticamente segura de quién encontraría al
otro lado.
- Luis...
Él la besó suavemente en los labios. Ella se alejó un poco.
- Escucha, Luis, yo he estado pensando. ¿No sería mejor que aclararas
tu vida, que trataras de saber... ?
- No quiero saber nada más, sólo quiero estar aquí contigo. Estoy
seguro de que nada me puede hacer mejor bien.
- Pero...
- Déjame estar contigo, por favor.
La abrazó y ella se dejó llevar en ese abrazo cálido, potente. Lo
sintió necesitado de cariño, tanto como lo estaba ella; solo, tanto
como lo estaba ella. Se permitió volverse a sentir mujer, con la piel
vibrando de deseos, pidiéndole más. Le correspondió a todos los
besos, a todas las caricias; dejó que él la devolviera al paraíso del
placer, que la llevara a instantes insospechados de entrega. Aquella
voz sensual le decía que la quería, y ella no sospechaba siquiera que
él, si hubiese tenido todos sus recuerdos, jamás se habría permitido
la debilidad de decir eso. Pero Luis no recordaba la desconfianza, el
temor a ser abandonado, el hastío: era feliz, completamente feliz.
18. ¿Por qué precisamente tú?
A decir verdad, se sentía un poco culpable. Junto a Luis, había
olvidado por completo que una vez existió Javier, ese que tanto la
había amado, que le había dado un hijo que era su adoración. Luego se
perdonó a sí misma diciéndose que era joven, que tenía que seguir
viviendo, que Javier era su pasado, un lindo pasado, pero que ya no
iba a volver. Ahora tenía la posibilidad de amar de nuevo y, que Dios
la perdonara, amar mucho más. Sólo una cosa enturbiaba su recién
estrenada felicidad, y era el no saber a ciencia cierta cuál era la
situación de Luis, qué iba a pasar cuándo recordara perfectamente
quién era y su lugar en el mundo. Tenía que averiguar más.
Antes de ir por su hijo, entró de nuevo a la habitación para
despertar a Luis.
- Vamos, ¿no vas a salir con Francisco hoy? Se te hace tarde...
- Sí, ya voy.
- Puedes lavarte los dientes con mi cepillo. El baño está a la
derecha.
- ¿Puedo darme una ducha?
- Claro que sí.
Luis le lanzó un beso mientras ella dejaba la habitación. Cuando
salió con Javier en brazos para darle la leche, él se había marchado.
Se sentó con el niño sobre sus rodillas y encendió la TV. Hacía
tiempo que no miraba los noticieros, ni siquiera las telenovelas...
¡Bueno, había pasado tanto tiempo sin ganas de hacer nada! Pero ahora
se sentía renacer; era tiempo de incorporarse otra vez al mundo y
abandonar el enclaustramiento al que ella misma se había condenado.
Hasta sus amigas habían perdido las esperanzas de sacarla de su
encierro y ya casi ni la visitaban; solo Sonia llamaba a cada rato, y
venía a verla cuando podía, intentando infructuosamente alegrar su
espíritu. Un par de noticias sobre guerras, un terremoto, y dos
accidentes le quitaron las ganas de seguir mirando. Ya casi apagaba
cuando apareció la cara de Luis. “El cantante mexicano sigue aún
desaparecido. Sus familiares, amigos y esposa ruegan a quien quiera
que tenga noticias sobre su paradero llame al siguiente número...”
¡Esposa! ¡Tiene esposa! ¡Luis está casado! Se le caía el mundo
encima. ¡Seguramente ama a su esposa, solo que él no lo recuerda! ¡Y
esa pobre mujer debe estar sufriendo por su ausencia, sin saber dónde
está! ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Se puso de pie, decidida. ¡Ay, Luis!,
¿por qué precisamente tú, por qué?