27. El sueño de Beatriz
¡Había llegado el día! Esa noche Beatriz cumpliría su sueño de ver a
Luis en persona y quizá, acercársele, tomar su mano; tal vez hasta
recibir un beso en la mejilla. ¡Total, no costaba nada soñar!
Entonces sonó el teléfono.
- Bea, soy yo, Elisa.
- Hola, ¿ya tienes todo listo?
- Pues..., te tengo malas noticias.
- ¡No me digas que no puedes ir!
- No, no puedo, mi madre se enfermó de repente, y ella está
primero...
- Claro, claro, no te preocupes, ya veré qué hago. Dile a tu
mamá que deseo mucho que se mejore y que luego pasaré a verla.
Beatriz colgó casi a punto de echarse a llorar. No le gustaba para
nada tener que ir sola. ¿Qué hacer? De pronto se le ocurrió una idea
y fue en busca de su madre.
- Mamita, ¿piensas salir esta noche?
- No, ¿por qué? ¿No querrás que vaya contigo a ese concierto?
- No, ya sé que no te gusta. Quería preguntarte si...podrías
cuidar al hijo de una amiga para que vaya conmigo, es que Elsita se
me borró a última hora...
- Y bueno, claro, sabes que me encantan los niños. ¿Es muy
pequeño?
- Algo más de un año. ¿Puedes?
- Ya te dije que sí.
Beatriz saltó al cuello de su mamá, adulona.
- Eres la mamita más complaciente del mundo. Voy a llamar a
Pilar.
Volvió a la sala por el teléfono y marcó el número. No permitió que
Pilar se excusara con nada.
- No puedes decirme que no. Tienes que venir conmigo.
- Beatriz, lo siento, pero...
- No, no, no, no, no puedes negarte.
- Mi niño...
- Ya arreglé eso. Mi mamá estará feliz de cuidarlo. Y luego se
quedarán aquí esta noche...
- Pero...
- No hay peros que valgan. Si no me ayudas en esta, te juro que
nunca más te miro la cara.
- Bueno...
- ¿Aceptas?
- ¡Qué remedio me queda!
- Así me gusta. Entonces...espero que estés aquí a las 6 . No
me falles...
28. El concierto
Mientras iban en camino, Pilar trataba de no pensar en lo que la
esperaba (volver a ver a Luis, oírlo cantar sobre el escenario)pero
era prácticamente imposible porque Beatriz no paraba de mencionar
todos sus planes para cuando lo tuviera enfrente. Al llegar, ubicaron
sus asientos, que estaban bastante adelante. Esperaron un rato hasta
que empezara el show. A su alrededor muchas fans gritaban el nombre
de Luis, otras ensayaban cómo harían para llamar su atención, algunos
sólo aguardaban ansiosos e inquietos a que apareciera su ídolo.
Cuando al fin él salió al escenario, lo recibió una exclamación
general expresando alegría y satisfacción, dispuestos todos a crear
un lazo fuerte entre las dos partes de aquella mágica noche: a
llorar, reír, bailar y cantar junto a él, haciéndose sus más valiosos
cómplices. Sólo Pilar permanecía en silencio, mirándolo brillar como
un sol, dominador del universo en ese instante. Sin poner
resistencia, dejó que sus sentidos se llenaran de él, se permitió
disfrutar de su presencia invaluable. Se dejó llevar por la música
incitante, por la voz llena de matices, de sentimientos de puro
corazón; supo que cualquier mujer se sentiría inmensamente feliz de
estar junto a un hombre como él y envidió secretamente a la que ya
era su dueña.
Cuando acabó todo, se vio envuelta de repente en una carrera ciega
hacia adelante: Beatriz la arrastraba junto al escenario. Allí, aún
estaba él, aprisionado por las manos de unas chicas que sostenían las
suyas y pedían la recompensa de un beso por su amor incondicional.
Pilar, metida entre tanta gente que la empujaba y se le echaba
encima, se sintió asustada. Miró a su alrededor; sus ojos encontraron
la magia verde-gris de los de Luis, que al verla hizo un gesto de
reconocimiento y asombro, y sus piernas ya no pudieron sostenerla: se
había desmayado.
Luis se vio en una encrucijada: Pilar, allí, desmadejada, era una
imagen demasiado insoportable; quería estar a su lado, cuidarla como
una vez ella lo había hecho con él, pero no podía olvidarse de quién
era. Si se lanzaba en medio de aquellas muchachas histéricas, incluso
podía perder la vida. Optó por no pensar, actuar sólo por instinto, y
su instinto lo hizo erguirse con la intención de saltar la distancia
que lo separaba de ella, cuando de pronto se sintió agarrado: eran
sus guardaespaldas.
- Luis, ¿qué intentas hacer?
- Esa mujer, necesito ayudarla, necesito hablarle...
- Déjanos a nosotros.
Ante la mirada atónita de las muchachas uno de los guardaespaldas
saltó al piso: allí Beatriz trataba de hacer que Pilar despertara.
El hombre fue a cargarla y Beatriz lo interrumpió asustada.
- ¿Qué hace?
- Luis quiere ayudar.
- ¿Luis?
Beatriz miró hacia el escenario. Acompañado por el otro
guardaespaldas, Luis miraba la escena ansiosamente, libre ya de las
manos de sus admiradoras.
- De acuerdo, pero yo voy con ella.
- Es...está bien.
Tomó a Pilar en brazos y los demás lo dejaron pasar para que la
depositara sobre el escenario. Mientras él y su compañero ayudaban a
Beatriz a subir, Luis se llevaba a Pilar al camerino. La acostó sobre
el diván.
- Que venga Juan, por favor.
Juan era el médico que siempre los acompañaba en las giras. Cuando
este llegó, ya Pilar recobraba el conocimiento. Miró asustada a su
alrededor: vio a Luis...
- ¿Cómo se siente ahora?
- Mejor.
- ¿Padece usted de algo que le provoque desmayos?
- Yo...no creo.
- Puede que haya sido el estar entre tanta gente.
- Sí, no acostumbro venir a estos conciertos.
La mirada de Luis la quemaba. Él no hablaba, sólo la miraba
fijamente. El médico la ayudó a incorporarse.
- De todas formas le recomiendo hacerse un chequeo.
- De acuerdo, gracias.
Beatriz intervino acercándose a Luis.
- Y gracias a ti, Luis, has sido muy amable.
- No fue nada.
- ¿Que no? Otro la había dejado tirada allí y hubiera dejado
que la socorrieran los paramédicos.
- Yo conozco a Pilar.
- ¿Cómo?
- Quisiera...quedarme un momento a solas con ella. ¿Puedo?
- Claro, Luis; eres dueño.
Juan puso el ejemplo, siendo el primero en salir. Los demás lo
siguieron. Luis se sentó frente a Pilar.
- Ahora tenemos que hablar, muchas cosas deben ser explicadas.