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Especial: análisis del Real Instituto Elcano: EL SÁHARA OCCIDENTAL   Lista de mensajes  
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S U M A R I O

1. SÁHARA-MAGREB-ANÁLISIS
- REAL INSTITUTO ELCANO: EL SÁHARA OCCIDENTAL EN LAS DINÁMICAS INTERNAS
INTRA-MAGREBÍES


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SÁHARA-INFO: http://es.groups.yahoo.com/group/sahara-info/
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1. SÁHARA-MAGREB-ANÁLISIS
http://www.realinstitutoelcano.org/analisis/625.asp

EL SÁHARA OCCIDENTAL EN LAS DINÁMICAS INTERNAS INTRA-MAGREBÍES (ARI)
ARI Nº 180/2004 -- Análisis
Haizam Amirah Fernández ( 19/11/2004 )

Tema: La tensión entre las dos potencias regionales del Magreb, Marruecos y
Argelia, ha ido en aumento durante los últimos tiempos, con el conflicto del
Sáhara Occidental como tema de fondo. Algunas cosas parecen haber cambiado en
sus dinámicas internas, pero no tanto los intereses estratégicos de sus
regímenes. Los cambios en el entorno internacional han causado cierto
reposicionamiento de las partes.

Resumen: A pesar de las numerosas iniciativas para resolver el conflicto del
Sáhara Occidental desde que comenzó hace casi tres décadas, así como de las
ocasionales declaraciones conciliadoras de las partes enfrentadas, aún no se han
alcanzado resultados concretos de cara a su solución definitiva. Los intereses
creados entre los dirigentes regionales durante el prolongado statu quo impiden
sacar a la región del impasse en el que se encuentra. Sustituir esos intereses
individuales por otros que beneficien al conjunto de la región, incluyendo a los
saharauis, es el gran reto al que se enfrenta la comunidad internacional.

Análisis: Las relaciones argelino-marroquíes han sido tradicionalmente
conflictivas, más allá de la existencia del contencioso del Sáhara Occidental.
Años antes de la ocupación marroquí de la ex colonia española, las perspectivas
de convivencia regional no eran alentadoras. Los sobresaltos de los procesos de
descolonización dieron lugar a enfrentamientos entre Argelia y Marruecos,
alegando cada cual estar en posesión de derechos que la otra parte no respetaba.
Desde el primer momento, los desacuerdos surgieron a raíz de la existencia de
dos sistemas políticos antagónicos –una monarquía conservadora aliada de
Occidente en Marruecos, y una república socialista árabe activa en el movimiento
de países no alineados en Argelia–, con las consiguientes divergencias en sus
opciones políticas y alianzas internacionales. El conflicto del Sáhara
Occidental supuso un aumento del grado de complejidad de dichas relaciones,
tanto a nivel oficial como popular. Sin embargo, incluso de no haber existido
dicho conflicto la desconfianza y los malos recuerdos ya marcaban el tono de las
relaciones argelino-marroquíes.

La reciente escalada de tensión entre Marruecos y Argelia, en forma de
declaraciones acusatorias y maniobras diplomáticas, acompañadas de rumores sobre
movimientos de tropas cerca de la frontera común que está cerrada desde 1994, ha
llevado al Secretario General de la ONU, Kofi Annan, a expresar en su último
informe su “gran preocupación por el recrudecimiento reciente de los
enfrentamientos dialécticos procedentes de las partes y la región”. Esto supone
un empeoramiento considerable de las relaciones entre ambos países, y recuerda
el clima de desconfianza y hostilidad que existió entre los países vecinos
durante las décadas de 1970 y 1980. Estos enfrentamientos han hecho sonar las
señales de alarma, llevando a algún país como Egipto a ofrecerse como mediador
para aproximar posturas.

Esta situación se puede interpretar como un paso más en la guerra psicológica
que, en mayor o menor medida, ha sido una constante en las relaciones magrebíes
tras la independencia. El conflicto del Sáhara Occidental ha sido uno de los
puntos de discordia más recurrentes en esa guerra, aunque no el único. Pero en
estos momentos el riesgo de que la situación quede fuera de control es más
elevado que en otras épocas que fueron más difíciles y complejas. Es posible que
dicho riesgo no disminuya durante los próximos meses hasta la presentación del
próximo informe de Kofi Annan, aunque la apariencia sugiera lo contrario.
Tampoco se puede descartar que, a raíz de algún incidente o serie de
declaraciones, sus relaciones diplomáticas se vean afectadas aún más.

Cuesta pensar que, por el momento, Marruecos y Argelia se pongan de acuerdo
sobre temas que los enfrentan como el delicado asunto del Sáhara Occidental,
cuando han mostrado incapacidad para definir una política constructiva en temas
sobre los que teóricamente hay coincidencia de intereses, como son la
inmigración ilegal, el terrorismo internacional y el contrabando de
estupefacientes.

Marruecos-Argelia: una historia de desencuentros cíclicos
Las relaciones argelino-marroquíes actuales están demasiado cargadas de Historia
y de referencias al pasado, que son utilizadas con frecuencia de forma poco
constructiva por portavoces oficiales y oficiosos, tanto de los Gobiernos como
de medios de comunicación. En momentos de crisis, las autoridades de cada país
evocan, en distinta medida, los capítulos más oscuros de su pasado común (como
por ejemplo la “guerra de las arenas”, cuando las fuerzas armadas reales
marroquíes atacaron en 1963 la región de Tinduf de la recién independizada
Argelia, o el apoyo que Argelia ha dado a los saharauis desde que emprendieron
su lucha por la independencia contra la ocupación marroquí).

Las esperanzas de reconciliación argelino-marroquí tras el funeral de Hasan II
en 1999, entre el recién elegido presidente argelino Abdelaziz Buteflika y el
recién coronado Mohamed VI de Marruecos, duraron menos de un mes. Las primeras
fricciones surgieron a raíz de las acusaciones mutuas sobre la falta de
controles fronterizos que permitían los movimientos de elementos armados entre
los dos países. La escalada verbal, en un momento en que ambos líderes
necesitaban reforzar sus posiciones dentro de sus países, recordó una vez más
que mantener un enfrentamiento regional controlado es un elemento más de la
política interna de estos países. Desviar la atención pública sobre los
problemas internos y las deficiencias de los gobernantes resulta siempre más
fácil cuando se busca un enemigo exterior. En el caso de regímenes autoritarios,
esta máxima adquiere aun mayor relevancia.

La falta de proyectos movilizadores atractivos en las sociedades del Magreb hace
que las autoridades de estos países caigan en la tentación de recurrir al viejo
juego de exaltar las pulsiones nacionalistas y militaristas, con la ayuda de los
medios de comunicación afines. La rivalidad regional se convierte en el
sustituto de un proyecto movilizador constructivo. Un ejemplo reciente del
recurso a los agravios históricos para evitar romper el statu quo es el
memorando que el Gobierno de Marruecos envió a finales del pasado septiembre al
Secretario General de Naciones Unidas. En él se acusaba a Argelia de haber
participado militarmente en el conflicto en la década de 1970 y de ser quien
ejerce el control directo de los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf.

Las autoridades marroquíes hace tiempo que tratan de presentar el debate sobre
el Sáhara Occidental en términos de posturas “pro marroquíes” o “pro argelinas”,
dando a entender que son las únicas existentes, además de ser autoexcluyentes.
En el discurso oficial, Marruecos se refiere al conflicto del Sáhara Occidental
como un “problema falso y artificial” creado por Argelia para debilitar a
Marruecos, y cuya solución pasa por una negociación bilateral entre los dos
países(1) . Este diagnóstico, aunque se emplee para consumo interno, entra en
contradicción con el hecho de que las máximas autoridades marroquíes han
negociado de forma directa, pública y secretamente, con el Frente Polisario, con
el que han firmado acuerdos avalados por la comunidad internacional. Las
autoridades marroquíes se muestran incapaces de reconocer que el nacionalismo
saharaui es una realidad desde hace décadas, y que no se trata de una invención
argelina.

A pesar de las declaraciones que de forma periódica hacen Rabat y Argel sobre la
importancia de las relaciones fraternales que unen a los dos países, los hechos
recientes demuestran que las dinámicas internas no han variado de forma
sustancial, y que las pautas de enfrentamiento/distensión siguen siendo las
mismas desde hace décadas. En ese sentido, la gestión de las relaciones
bilaterales se caracteriza por un continuismo casi absoluto.

Marruecos: entre el dicho y el hecho
El rey Hasan II abogó en 1981 por resolver el conflicto del Sáhara Occidental
mediante la celebración de un referéndum de autodeterminación. El tiempo ha
demostrado que la estrategia marroquí ha consistido en declarar públicamente una
y otra vez su apoyo a la celebración de dicho referéndum, mientras hacía todo lo
posible por retrasarlo indefinidamente. A su favor contaba con que la comunidad
internacional no le presionaría lo suficiente como para verse forzado a aplicar
los compromisos que había contraído.

La llegada de un nuevo monarca al trono alauí en 1999 no ha facilitado la
distensión regional en torno al conflicto del Sáhara Occidental. La posición del
monarca se ha hecho más inflexible durante estos años, llegando a descartar
recientemente la idea misma de celebrar un referéndum y cualquier plan que
contemple su celebración, como el Plan Baker II (2). Sin embargo, dicho Plan fue
aprobado por unanimidad en el Consejo de Seguridad de la ONU en julio de 2003,
siendo España miembro no permanente del mismo, y fue presentado como una
“solución política óptima” para resolver el conflicto. La Asamblea General de la
ONU también ha dado su apoyo al llamado Plan de Paz para la libre determinación
del pueblo del Sáhara Occidental. El único país que ha declarado públicamente su
no aceptación ha sido Marruecos, que lo considera obsoleto, y ofrece a cambio
una negociación bilateral directa con Argelia.

A pesar de que el rey Mohamed VI declaró en la prensa francesa en septiembre de
2001 que él había arreglado la cuestión del Sáhara, el Secretario General de la
ONU, Kofi Annan, ha señalado en su informe del pasado 20 de octubre (S/2004/827)
que el acuerdo entre las partes sobre el Plan de Paz parece aún más distante que
antes, y que “Marruecos sigue rechazando elementos esenciales del plan”. Según
el ex enviado personal de Kofi Annan para el Sáhara Occidental, James Baker, el
principal motivo por el que Marruecos no puede considerar cerrado este conflicto
es que ningún país ni organismo internacional reconoce oficialmente la soberanía
marroquí sobre el territorio del Sáhara Occidental. En cambio, más de 60 países
reconocen a la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) declarada por el
Frente Polisario en 1976.

Marruecos aceptó y luego impidió la aplicación del Plan de Arreglo de la ONU de
1991. Propuso un referéndum de autodeterminación en 1981 y ahora se declara
abiertamente contrario a su celebración. Firmó y más tarde se desentendió de los
Acuerdos de Houston de 1997. Ha propuesto conceder una autonomía amplia al
Sáhara Occidental, pero nunca ha presentado un proyecto concreto de autonomía,
según ha declarado el propio James Baker. Todo eso plantea necesariamente la
pregunta de qué es lo que ha cambiado en Marruecos para que ahora vaya a cumplir
cualquier nuevo compromiso que adquiera en el marco de la ONU, y qué garantiza
que de ahora en adelante vaya a acompañar los dichos con hechos.

Según fuentes saharauis, después de que el presidente sudafricano, Thabo Mbeki,
anunciara por carta a principios de agosto al rey de Marruecos la intención de
su país de reconocer a la RASD, el Gobierno marroquí pidió al de Pretoria
organizar negociaciones directas con el Frente Polisario. Los saharauis
aceptaron, pero en el último momento el Gobierno marroquí se desdijo. Esto
precipitó el reconocimiento de la RASD por parte de Sudáfrica, que fue
comunicado por Mbeki a Mohamed VI en una carta redactada en duros términos. En
ella se exponía que el motivo final por el que Sudáfrica reconocía a la RASD era
que “Marruecos había dejado claro que no tenía absolutamente ninguna intención
de respetar el derecho del pueblo del Sáhara Occidental a determinar su
destino”. Tras este serio revés diplomático para la diplomacia marroquí, ésta se
ha dirigido durante los últimos días al presidente de Zimbabwe, Robert Mugabe,
pidiéndole que haga de mediador.

La falta de coherencia de la diplomacia marroquí en temas como el conflicto del
Sáhara Occidental es cada vez más denunciada en la prensa independiente de
Marruecos. Últimamente ha habido muestras positivas de que la prensa marroquí
está abriendo el espacio de debate en torno a la cuestión del Sáhara Occidental,
considerada en otros tiempos un tabú sobre el que nadie podía opinar en público,
salvo para mostrar el pleno apoyo al discurso oficial. En este contencioso en el
que escasean las reflexiones imaginativas y sensatas, valdría la pena escuchar
más a las sociedades civiles de la región. Resulta llamativo que el ex ministro
del Interior y antiguo hombre fuerte del régimen de Hasan II, Dris Basri, haya
declarado recientemente que nadie ayudará a Marruecos a recuperar el Sáhara
Occidental si las autoridades marroquíes muestran “egoísmo y estrechez de
espíritu con la opinión pública internacional”.

El régimen marroquí nunca ha dudado a la hora de pretender desviar la atención
de la opinión pública de los problemas internos a los que se enfrenta el país,
tratando de situar las causas de sus males fuera de sus fronteras. Ahora que las
relaciones hispano-marroquíes pasan por un buen momento, después de un período
de desencuentros y crisis profunda, es Argelia, el eterno rival en la región,
quien parece recibir las críticas más duras de las autoridades marroquíes. A su
vez, Argel responde tratando de infligir derrotas diplomáticas a Marruecos, como
ya hiciera con éxito durante las décadas de 1970 y 1980. Un resultado de las
gestiones diplomáticas argelinas es que Marruecos sigue ausente de la Unión
Africana, sucesora de la Organización para la Unidad Africana, de la que se
retiró en 1984 en protesta por la admisión de la RASD como Estado de pleno
derecho.

Argelia: posiciones legalistas
Argelia no deja de repetir, siempre que se alude a su papel en el conflicto, que
su objetivo es apoyar al pueblo saharaui para que pueda ejercer su derecho a la
autodeterminación, y que las dos partes directamente implicadas son el reino de
Marruecos y el Frente Polisario, tal como establece la ONU. Argelia también
señala que nunca ha tenido ninguna reivindicación sobre el territorio disputado.
Marruecos, en cambio, considera que Argelia es una parte directamente
involucrada en el conflicto, y que su apoyo al Frente Polisario representa una
conspiración para asfixiar al reino alauí geográfica, económica y políticamente.
Las posiciones que Argelia mantiene en relación al contencioso del Sáhara
Occidental son principalmente legalistas y técnicas, dentro del marco de la ONU.
Insiste en que se trata de un problema de descolonización que se resuelve
aplicando el principio de autodeterminación.

El apoyo oficial de Argelia a la autodeterminación de los saharauis ha sido una
constante en la estructura de poder dentro del país, así como una piedra angular
en su política regional. Por consiguiente, no cabe esperar un cambio en dicho
apoyo salvo que formara parte de unos cambios más amplios que abarcaran a toda
la región. Esto se podría producir como consecuencia de la puesta en marcha de
proyectos a gran escala encaminados a alcanzar mayores niveles de integración
regional. Para que eso ocurra, en estos momentos resulta imprescindible que
países de fuera de la región hagan de facilitadores para aproximar las posturas
ahora enfrentadas. Alcanzada esa fase, las fronteras ya no tendrían el papel
central y casi sagrado que tienen en la actualidad. Por otra parte, sería un
error considerar que en Argelia existe una sola sensibilidad en relación a la
cuestión del Sáhara. Muestra de ello es que el dirigente islamista Abbasi Madani
ha declarado recientemente al diario marroquí Aujourd’hui Le Maroc que el
territorio disputado ha sido “históricamente marroquí”.

La idea de que un cambio en la posición oficial argelina respecto del Sáhara
Occidental permitiría resolver el conflicto no parece tener en cuenta el resto
de elementos imprescindibles para alcanzar una solución definitiva. Considerar
que el Frente Polisario siempre acatará lo que le diga Argel puede representar
un error de cálculo de nefastas consecuencias. Asimismo, las numerosas ocasiones
en que se ha querido entrever una retirada del apoyo argelino a los saharauis
(por ejemplo en 1988 con la mejora de las relaciones argelino-marroquíes, en
1989 a raíz de la creación de la UMA, en 1992 con el nombramiento de Mohamed
Budiaf como presidente de Argelia o a raíz del debilitamiento de Argelia con el
comienzo de la guerra civil ese mismo año) el tiempo ha demostrado que la
realidad era otra.

Marruecos debería preguntarse si le interesa una solución con Argelia que no
cuente con el visto bueno del Frente Polisario o de facciones del mismo(3). Tras
tres décadas de lucha y sacrificios por parte de los saharauis, Rabat se ha de
plantear si es deseable integrar a decenas de miles de saharauis entre los que
reine el descontento y la frustración dentro de un Sáhara que forme parte de
Marruecos, y si sería capaz de gestionar ese tipo de situación sin tener que
recurrir a la represión y a las prácticas de los años del plomo.

La Unión del Magreb Árabe, una mirada atrás
La creación de la Unión del Magreb Árabe (UMA) en 1989 por parte de Argelia,
Libia, Marruecos, Mauritania y Túnez fue considerada como una victoria en Rabat,
pues excluía a la RASD (a pesar de que el tratado contenía una cláusula que
permitía la admisión de nuevos miembros). Argelia esperaba que, tras la firma
del tratado, Marruecos se mostrara más dispuesto a avanzar en un proceso de paz
para el Sáhara Occidental. Sin embargo, el rey Hasan II consideró que dicho
tratado levantaba la presión que pesaba sobre él para negociar con el Frente
Polisario. Marruecos concluyó que los beneficios que prometía una mayor
integración regional erosionarían el apoyo argelino al Frente Polisario,
mientras que Argelia consideró que dichos beneficios conducirían a un arreglo
negociado mediante la creación de un Magreb integrado en el que tuviese cabida
la RASD. En conclusión, tanto Marruecos como Argelia esperaban poder utilizar el
proceso de la UMA para hacer avanzar sus agendas políticas en relación al Sáhara
Occidental.

El problema es que las diferencias de fondo entre Marruecos y Argelia nunca
aparecieron en el orden del día de las cumbres de la UMA. La organización pan
magrebí se estableció con el fin de diluir los enfrentamientos entre los países
de la región a fin de normalizar sus relaciones políticas, así como prepararlos
para afrontar juntos los retos que presentan la integración europea y la
globalización económica. A pesar de lo cual, hace casi una década que no se
celebra una cumbre de la UMA. En la actualidad, la tensión ha aumentado entre
Marruecos y Argelia, con el Sáhara Occidental como tema de fondo, y la crisis
entre Libia y Mauritania se ha acentuado a raíz del intento fallido de golpe de
Estado en este último país. Esto demuestra de nuevo que los elementos de
política interna en el Magreb siguen siendo más poderosos que las ventajas que
manifiestamente se pueden obtener de una acción política concertada y de la
integración regional. Al menos por el momento.

Conclusiones: El rechazo por parte de Marruecos a la celebración de un
referéndum de autodeterminación para el Sáhara Occidental podría añadir un
elemento de coherencia entre su política exterior e interior tras más de dos
décadas de doble lenguaje, pero representa una opción peligrosa para la
estabilidad del Magreb. La falta de flexibilidad de las autoridades marroquíes
ha influido en la decisión de Sudáfrica de reconocer y establecer relaciones
diplomáticas con la RASD. Una impresión cada vez más extendida es que Marruecos
se está aislando debido a sus posturas, mientras que el resto del mundo sigue
apoyando una negociación política que desemboque en un referéndum de
autodeterminación. Otros países podrían seguir los pasos de Sudáfrica si el
Marruecos oficial no da muestras de seguir una política más imaginativa y
novedosa, acorde con la legalidad internacional.

La estrategia de Marruecos consiste en presentar el conflicto como un
contencioso de carácter regional y no como un problema internacional, a pesar de
que el Sáhara Occidental figura desde 1963 en la lista de territorios a los que
debe ser aplicada la Declaración sobre la concesión de la independencia a los
países y pueblos coloniales, consagrada por la Resolución 1514 (XV) del 14 de
diciembre de 1960. La idea de marginar a la ONU o dejarla en un segundo plano es
vista por algunos como una forma de romper el bloqueo que se ha alcanzado,
mientras que para otros representa ceder a las exigencias de la parte que más
trabas ha puesto en todas las negociaciones llevadas a cabo hasta el momento.

El fracaso de la UMA y el conflicto del Sáhara Occidental son más bien
expresiones y no causas de la rivalidad que enfrenta a Marruecos y Argelia. En
lugar de unir fuerzas para lograr un mayor peso regional que les ayude a
enfrentar los retos vitales de alcanzar mayores niveles de desarrollo,
democracia y modernización, los países magrebíes han optado por mantener vivas
las raíces que alimentan las divisiones y enfrentamientos cíclicos. En estos
momentos se hace especialmente importante superar las acusaciones mutuas y
alejarse de las declaraciones de enemistad y recriminaciones, a fin de
desactivar posibles focos de tensión en el futuro.

La posibilidad de que Marruecos y Argelia se vean envueltos en un enfrentamiento
bélico directo es remota. Sin embargo, esto no elimina el riesgo de que se pueda
recurrir a las armas en el frente sahariano. En caso de producirse un
enfrentamiento, aunque éste sea de corta duración y de baja intensidad, su
posible efecto desestabilizador para la región no es nada desdeñable. Hay
quienes opinan, dentro y fuera del movimiento saharaui, que precisamente
mediante la provocación de una crisis de baja intensidad se puede sacar a la
región del impasse en el que se encuentra, llamando la atención sobre este
conflicto que pasa casi desapercibido en la agenda política internacional. Según
ese razonamiento, el coste que todas las partes tendrían que pagar sería
elevado, pero el conflicto dejaría de ser visto como un conflicto “gestionado”,
como viene ocurriendo desde que la Misión de las Naciones Unidas para el
Referéndum en el Sáhara Occidental (MINURSO) se desplegó en el territorio en
1991.

Es hora de que la Historia magrebí se escriba desde las sociedades civiles,
rompiendo con los discursos manidos de unas elites desprestigiadas que resucitan
el pasado para alimentar el resentimiento de los pueblos. Las sociedades civiles
serán capaces de reconstruir el Magreb, con los ojos puestos en el futuro común
de la región como única forma de afrontar los retos geopolíticos y
socioeconómicos a los que se enfrenta. Esto es imprescindible para avanzar hacia
la solución del conflicto del Sáhara Occidental, a partir de unos cálculos de
beneficio mutuo para todas las sociedades magrebíes. Las fórmulas del tipo “el
ganador se lleva todo”, además de humillantes, son una garantía de inestabilidad
para el futuro. Al igual que un referéndum sin negociación política previa.

Haizam Amirah Fernández
Investigador Principal del Área de Mediterráneo y Mundo Árabe, Real Instituto
Elcano

Notas:

(1) Véase “La cuestión del Sahara y la estabilidad de Marruecos”, Ángel Pérez
González, ARI, 12/XI/2002, disponible en
www.realinstitutoelcano.org/analisis/146.asp.
(2) Véase “Cambios estratégicos en la negociación del Plan de paz para la libre
determinación del pueblo del Sáhara Occidental”, Haizam Amirah Fernández, ARI nº
105/2003, 4/IX/2003, disponible en www.r-i-elcano.org/analisis/330.asp; así como
“El largo camino jurídico y político hacia el Plan Baker II: ¿Estación de
término?”, Carlos Ruiz Miguel, Documento de Trabajo, 10/X/2003, disponible en
www.realinstitutoelcano.org/documentos/74.asp.
(3) Véase “Las dimensiones internacionales del conflicto del Sahara occidental y
sus repercusiones para una alternativa marroquí”, Ahmed Boukhari, Documento de
Trabajo nº 16/2004, 19/IV/2004, disponible en
www.realinstitutoelcano.org/documentos/99.asp.

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