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Dannion Brinkley - "Salvado por la Luz"   Lista de mensajes  
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Dannion Brinkley "Salvado por la Luz"

Libro online (Guardar)

103 páginas http://es.groups.yahoo.com/group/sanergia

 

 

El 17 de septiembre de 1975 el autor estaba hablando por teléfono durante una tormenta; la línea telefónica fue alcanzada por un rayo y despidió miles de voltios de electricidad en su cabeza y su cuerpo, además de arrojarlo por los aires. Brinkley sufrió un paro cardíaco y murió. Cuando revivió en el depósito de cadáveres, veintiocho minutos más tarde, supo que había vivido una historia extraordinaria.

 

Cuando dictaminaron su muerte, ya viajaba a través de un túnel oscuro, hacia un ser espiritual que lo condujo a una ciudad acristalada bañada en luz y tranquilidad, donde trece instructores angelicales le hablaron de los acontecimientos que estremecerían al mundo antes del año 2000, incluidos el desastre nuclear de Chernobil, la guerra del Golfo y la actual crisis económica de Estados Unidos.

 

Durante su larga y dolorosa convalecencia, no sólo volvió a visitar en sueños a sus consejeros espirituales, sino que descubrió que había desarrollado la capacidad de leer la mente. Catorce años después vivió otro trance semejante, pero ni la profesión médica ni las instituciones religiosas creyeron su historia, por lo que resolvió relacionarse con otras personas que habían vivido experiencias similares, por intermedio del doctor Raymond Moody, reconocido investigador y autor sobre estos temas, quien quedó atónito por la complejidad y el detallismo de su relato. Desde entonces dedica su vida a trabajar con enfermos y ancianos, y a difundir alrededor del mundo las revelaciones que recibió.

 

Dannion Brinkley vive en Carolina del Sur, donde trabaja con ancianos y colabora con el doctor Raymond Moody en su centro de investigaciones. Paul Perry es coautor del aclamado éxito Closer to the Light, ha escrito más de diez libros sobre una diversidad de temas y fue director ejecutivo de la revista American Health; reside en Scottsdale, Arizona.

 

Este libro está dedicado a los médicos, enfermeras y voluntarios que realizan el valioso trabajo hospitalario.

 

También a mi familia, los Brinkley, y especialmente al doctor Raymond Moody.

 

Introducción

 

 

La primera vez que tuve noticias de Dannion Brinkley fue por un artículo publicado en un periódico de Augusta, Georgia. Informaba que un joven de cierta comunidad de Carolina del Sur había sido alcanzado en la cabeza por un rayo, mientras hablaba por teléfono, y había resucitado milagrosamente de un paro cardíaco. Aún estaba vivo, pero pendía de un hilo. Se encontraba en un estado muy crítico y parecía difícil que sobreviviera.

 

Esto ocurría en 1975, cuando se estaba por publicar mi libro La vida después de la vida. Recuerdo haberme preguntado, por entonces, si el joven habría tenido una experiencia de cuasi-muerte. Archivé ese artículo, pensando en averiguar su estado en algún momento y hasta buscarlo, si aún estaba con vida.

 

En realidad fue él quien me buscó a mí. Yo me hallaba en una universidad de Carolina del Sur, dando una conferencia sobre mis estudios de la muerte clínica y las personas que habían tenido esas profundas experiencias espirituales estando en el umbral de la muerte. Durante el periodo de debate, al terminar la disertación, Dannion levantó la mano y habló de su experiencia.

 

Mantuvo al público hechizado con su dramático relato. Dijo a los presentes que, tras haber sido "matado" por un rayo, abandonó su cuerpo y viajó a un reino espiritual donde el amor lo impregna todo y el conocimiento es tan accesible como el aire. Mientras contaba su historia, comprendí de pronto que se trataba del joven mencionado por aquel artículo periodístico.

 

Más tarde concerté con él una entrevista y fui a su casa para escuchar su relato. Hasta el día de hoy, la experiencia de muerte clínica de Dannion Brinkley es una de las más notables de cuantas he escuchado. Por dos veces vio su propio cuerpo muerto: al abandonarlo y al regresar; mientras tanto estuvo en un reino espiritual, poblado por seres amables y poderosos, que le permitieron ver su vida completa y evaluar sus propios éxitos y fracasos.

 

Luego fue a una bella ciudad de cristal y luz, donde compareció ante trece seres de Luz que lo llenaron de conocimiento. Lo más asombroso era el tipo de conocimiento al que lo habían expuesto. En presencia de esos seres espirituales, decía Dannion, se le permitió echar un vistazo al futuro. Cuando me contó lo que había visto, tomé todo eso por tonterías, divagaciones de un hombre asado por el rayo. Me dijo, por ejemplo, que en 1989 se produciría el colapso de la Unión Soviética y que este se caracterizaría por los disturbios provocados por personas hambrientas.

 

Hasta mencionó una gran guerra en los desiertos del Medio Oriente, que se libraría cuando un país pequeño fuera invadido por uno grande. Según los Seres de Luz, habría un choque de dos ejércitos, uno de los cuales sería destruido. Esta guerra se libraría en 1990, insistía Dannion. La guerra de la que hablaba era, por supuesto, la Guerra del Golfo.

 

Como ya he comentado, consideré que sus predic­ciones eran puro sin sentido. Con el correr de los años me he limitado a asentir y a anotar lo que él decía. Por mucho tiempo pensé que el incidente le había alterado un poco el cerebro, por lo que estaba dispuesto a brindarle bastan­te tolerancia. Después de todo" me decía, ¿quién no se mostraría un poco extraño después de haber sido alcan­zado por un rayo?

 

Más tarde fui yo quien quedó como fulminado por un rayo, al caer en la cuenta de que los hechos anuncia­dos por él se estaban cumpliendo. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía una experiencia de muerte clínica producir la facultad de ver el futuro? No tenía respuesta.

 

Desde que hablamos por primera vez, en 1976, Dannion y yo somos amigos íntimos. En esos años trans­curridos, otra revelación me ha hecho sentir como fulmi­nado por un rayo. ¡Dannion Brinkley parece capaz de leer la mente!

 

Lo ha hecho muchas veces conmigo; simplemente, me miraba a los ojos y me decía lo que estaba pasando en los aspectos más personales de mi vida. Más importante aún: lo he visto leer la mente de perfectos desconocidos, diciéndoles qué habían recibido por correo ese mismo día, quién les telefoneaba o qué sentían por sus cónyuges, sus hijos y hasta por sí mismos.

 

No lo hace con la forma de afirmaciones vagas. Por el contrario, es increíblemente específico. Cierta vez vino a una universidad donde yo estaba dando clase y ¡dio de­talles de la vida personal de todos los estudiantes presen­tes! Tan exacto y específico fue en sus adivinaciones que todos los miembros de la clase quedaron boquiabiertos; algunos lloraban abiertamente ante sus revelaciones. Debo señalar que, antes de entrar en el aula, nunca había habla­do con uno solo de esos estudiantes. Todos le eran desco­nocidos.

 

Tantas veces le he visto "leer el pensamiento" a per­fectos desconocidos que es algo casi habitual en mi vida. En realidad, he llegado a apreciar ese momento de capta­ción en el que alguien remplaza su escepticismo por un respeto sobrecogedor y luego por maravilla, al ver que sus pensamientos más privados son como un libro abierto.

 

¿Cómo es posible que, tras una experiencia de muerte clínica, una persona sea súbitamente capaz de leer la mente y predecir el futuro?

 

En su libro Transformed by the Light, el doctor Melvin Morse describe un estudio realizado sobre el terna, donde demuestra que quienes han tenido experiencias de muerte clínica presentan un número de experiencias psí­quicas verificables tres veces mayor que quienes nunca las han vivido. Sus facultades psíquicas no son tan pro­fundas como las exhibidas por Dannion, pero aun así son mensurables. Este estudio concuerda con otros parecidos y demuestra que, en esas profundas experiencias espiri­tuales, existe algo que estimula las percepciones extrasensoriales.

 

En fin, debo admitir que Dannion BrinkIey me des­concierta. Al mismo tiempo, su relato me reconforta un poco. Es, al fin de cuentas, un misterio, pero son los mis­terios como este los que nos impulsan hacia adelante en busca de respuestas.

 

Raymond Moody, médico.

 

INDICE

 

 

1.     La primera vez que morí 6

2.     El túnel de la eternidad. 9

3.     "Ha muerto". 17

4.     La ciudad de cristal. 18

5.     Las cajas del conocimiento. 20

5.1.      Cajas una a tres:  Visiones de un país desmoralizado. 21

5.2.      Cajas cuatro y cinco:  Contiendas y odio en tierra santa. 23

5.3.      Caja seis:  Visiones de destrucción nuclear. 24

5.4.      Caja siete:  La religión ambiental. 25

5.5.      Cajas ocho y nueve:   China batalla contra Rusia. 26

5.6       Cajas diez y once:   Terremotos económicos, tormenta en el desierto. 26

5.7.      Caja doce.   Tecnología y virus. 28

5.8.      Las últimas visiones. 29

6.     El regreso. 33

7.     En casa. 39

8.     Una gracia salvadora. 45

9.     Una nueva razón para vivir. 51

10.       Con los míos. 56

11.       Poderes especiales. 69

12.       Reconstrucción. 79

13.       Paro cardíaco. 86

14.       La segunda vez que morí. 93

15.       Continuará. 100


1.         La primera vez que morí

 

Unos cinco minutos antes de morir oí el retumbar del trueno; otra tormenta marchaba hacia Aiken, Caroli­na del Sur. Por la ventana veía los relámpagos que cruza­ban el cielo, haciendo ese ruido crepitante que producen antes de tocar la tierra con un chasquido seco. "La artille­ría de Dios", como la llamaba alguien de mi familia. Con el correr de los años yo había oído relatos por decenas sobre personas y animales alcanzados y fulminados por el rayo. Mi tío abuelo solía contar cuentos de esos por la noche, cuando retumbaban las tormentas de verano y el cuarto se iluminaba con intensos destellos; para mí eran tan pavorosos como los cuentos de fantasmas. Jamás ha­bía perdido el miedo a los rayos, Aun esa noche, el 17 de septiembre de 1975, teniendo veinticinco años, quería dejar el teléfono cuanto antes para evitar "un telefonema de Dios". Creo que era también mi tío abuelo quien solía decir: "Recuerda: si recibes un telefonema de Dios, generalmente te conviertes en la zarza ardiente." Pero estoy seguro de que era un chiste.

 

            -Oye, Tommy, tengo que cortar. Viene tormenta. -¿y qué? -dijo él.

 

Pocos días antes yo había regresado de un viaje a América del Sur y estaba pegado al teléfono. Trabajaba para el gobierno y también tenía varios emprendimientos comerciales propios. Poseía y alquilaba varias casas, com­praba y reparaba autos antiguos, ayudaba en los almace­nes de mi familia y estaba organizando una empresa. Afue­ra caía la lluvia y yo tenía que dar por terminada esa última conversación telefónica con un socio.

 

-Tengo que cortar, Tommy. Mi madre siempre me decía que no usara el teléfono durante las tormentas eléc­tricas.

 

Y eso fue todo. El próximo ruido que percibí fue como si un tren de carga me entrara por el oído a la velo­cidad de la luz. Unas descargas eléctricas me recorrieron el cuerpo; cada célula de mi ser parecía bañada en ácido para baterías. Los clavos de mis zapatos quedaron solda­dos a los del suelo, de modo tal que, cuando volé por el aire, los pies se me salieron del calzado. Vi el techo de­lante de mi cara y, por un momento, no logré imaginar qué potencia era la que me causaba un dolor tan abrasa­dor y me tenía suspendido por sobre mi propia cama. Lo que debió de ser una fracción de segundo me pareció una hora.

 

            En algún lugar, al otro lado del pasillo, mi esposa Sandy había gritado, al oír el trueno:  

-Ese cayó cerca.

 

Yo no la oí; lo supe sólo mucho después. Tampoco vi su expresión horrorizada cuando, al mirar desde el pa­sillo, me vio suspendido en el aire. Por un momento sólo vi la escayola del cielo raso.

 

Luego pasé a otro mundo.

De un dolor inmenso pasé a encontrarme envuelto en paz y tranquilidad. Era una sensación que yo descono­cía y que no he experimentado desde entonces, como ba­ñarse en una calma gloriosa. El lugar al que fui era una atmósfera de azul intenso y gris, en el que pude descan­sar por un momento y preguntarme qué era lo que me había golpeado con tanta fuerza. ¿Acaso un avión estre­llado contra la casa? ¿Un ataque nuclear lanzado contra nuestro país? No tenía idea de lo ocurrido, pero aun en ese momento apacible quería saber dónde estaba.

 

Comencé a mirar a mí alrededor, girando en el aire. Debajo de mí estaba mi propio cuerpo cruzado en la cama, con los zapatos echando humo y el teléfono fundido en la mano. Vi que Sandy entraba corriendo. Se detuvo junto a la cama y me miró con expresión aturdida, como la del padre que encuentra a su hijo flotando en la piscina con la cara sumergida. Por un momento se estremeció; luego puso manos a la obra. Poco antes había tomado un curso de resucitación cardiorrespiratoria y sabía exactamente lo que debía hacer. Primero me limpió la garganta y me apartó la lengua a un costado; luego me echó la cabeza hacia atrás y comenzó a soplar dentro de mi boca. Una, dos, tres veces; después se instaló a horcajadas sobre mi vientre para apretarme el pecho. Apretaba tanto que lan­zaba un gruñido con cada esfuerzo.

 

"Debo de estar muerto", pensé; no sentía nada, pues no estaba en mi cuerpo. Era un espectador de mis últimos instantes en la tierra; observaba mi propia muerte con tanta indiferencia como si estuviera ante dos actores que la re­presentaran por televisión. Sentí pena por Sandy, pues percibía su miedo y su dolor, pero la persona tendida en la cama no me interesaba. Recuerdo un pensamiento de­mostrativo de lo lejos que estaba del dolor, Mientras con­templaba al hombre de la cama, recuerdo haber pensado: "Me creía más apuesto."

 

La resucitación cardiorrespiratoria debe de haber surtido efecto, pues de pronto me encontré nuevamente en mi cuerpo. Sandy, por encima de mí, seguía apretán­dome el pecho. Normalmente, una presión como esa, capaz de quebrar los huesos, habría sido dolorosa, pero yo no la sentía. La electricidad había circulado por mi cuerpo y no existía en mí un solo sitio que no pareciera quemado desde adentro hacia afuera. Empecé a gemir, pero sólo porque estaba demasiado débil para aullar.

 

En menos de diez minutos apareció Tommy. Al oír la explosión por teléfono supo que había ocurrido algo malo. Como era ex enfermero de la Marina, Sandy dejó que se hiciera cargo. El me envolvió en una manta y le dijo que llamara a la unidad de emergencia médica.

 

-Haremos lo que se pueda -dijo, apoyándome una mano en el pecho.

 

Por entonces yo había vuelto a abandonar el cuerpo. Vi que Tommy me sostenía, maldiciendo la lentitud de la ambulancia, que se oía a la distancia. Yo permanecí suspendido sobre los tres (Sandy, Tommy y yo mismo) mientras los técnicos médicos me ponían en la camilla para llevarme a la ambulancia.

 

Desde donde estaba, suspendido a cuatro o cinco metros por encima de todos, vi la lluvia torrencial que me golpeaba la cara y empapaba las espaldas del equipo llegado en la ambulancia. Sandy lloraba; sentí pena por ella. Tommy hablaba en voz baja con los hombres. Me pusieron en la ambulancia, cerraron las portezuelas y partieron.

 

Mi perspectiva era la de una cámara de televisión. Sin pasión ni dolor, vi que la persona acostada en la camilla empezaba a retorcerse y a saltar. Sandy se apretó contra el costado de la ambulancia, aterrorizada al ver las convulsiones del hombre a quien amaba. El técnico de emergencias inyectó algo en el cuerpo, esperando obtener algún resultado positivo, pero el hombre de la camilla, después de varias convulsiones penosas, dejó de moverse. El técnico le aplicó un estetoscopio en el pecho y dejó escapar un suspiro.

 

-Lo perdimos -dijo a Sandy-. Lo perdimos.

 

La idea me golpeó de pronto: ¡ese hombre de la ca­milla era yo! Vi que el técnico me cubría la cara con una sábana y se respaldaba hacia atrás. La ambulancia no aminoraba la marcha y el técnico del asiento delantero seguía comunicado por radio con el hospital, tratando de averiguar si había algo que los médicos pudieran indicarles. Pero el hombre de la camilla estaba obviamente muerto.

 

"¡Estoy muerto!", pensé. No estaba en mi cuerpo y, francamente, puedo decir que no deseaba estar allí. Si algo pensaba era, simplemente, que ese cuerpo cubierto por la sábana no tenía nada que ver conmigo.

 

Sandy sollozaba y me daba palmaditas en la pierna. Tommy se sentía aturdido y abrumado por lo súbito de ese acontecimiento. El técnico de emergencias médicas se limitaba a mirar el cuerpo con aire de fracasado.

 

"No te aflijas, amigo", pensé. "No es culpa tuya." Miré por delante de la ambulancia, a un sitio por encima de mi cuerpo muerto. Se estaba formando un túnel que se abría como el ojo de un huracán y se acercaba a mí.

 

"Ese lugar parece interesante", pensé. Y hacia allá fui.

 

 

 


 2.        El túnel de la eternidad.

 

 

En realidad, no me moví en absoluto: el túnel vino a mí. Hubo un tañido de campanas en tanto se me acercaba en espiral para rodearme. Pronto no hubo nada que ver: ni Sandy, que lloraba, ni los de la ambulancia tratando de resucitar mi cuerpo muerto, ni el parloteo desesperado por radio en comunicación con el hospital; sólo un túnel que me envolvía por completo y la intensa belleza de siete campanas que tañían en rítmica sucesión. Miré adelante, hacia la oscuridad. Allí había una luz; comencé a avanzar hacia ella tan de prisa como pude.

 

Me movía sin piernas, a gran velocidad. Allí adelante, la luz se hizo más y más intensa, hasta que se impuso a la oscuridad y me dejó de pie en un paraíso de luz brillante. Nunca había visto una luz tan intensa, pero no hería la vista en absoluto. A diferencia del dolor que uno siente al salir de un cuarto oscuro a la luz del sol, aquella era sedante para los ojos.

 

Mirando a la derecha, vi aparecer una forma plateada, como una silueta en la niebla. Mientras se aproximaba comencé a sentir una profunda sensación de amor, que abarcaba todos los significados de esa palabra. Era como estar ante la amante, la madre y el mejor amigo, todo multiplicado mil veces. Cuando el Ser de Luz se me acercó, esos sentimientos de amor se intensificaron hasta darme un placer casi insoportable. Tuve la sensación de tornarme menos denso, como si hubiera perdido diez o quince kilos. La carga del cuerpo había quedado atrás; ahora era un espíritu sin estorbos.

 

Me miré la mano. Era traslúcida, reverberaba y se movía con fluidez, como el agua del océano. Bajé la vista a mi pecho. El también tenía la transparencia y el flujo de la seda fina en una brisa ligera.

 

El Ser de Luz se detuvo directamente frente a mí.

 

Al contemplar su esencia vi prismas de color, como si estuviera compuesto de diamantes diminutos por millares, cada uno de los cuales emitía los colores del arco iris.

 

Empecé a mirar a mí alrededor. Por debajo de nosotros había otros Seres con un aspecto como el mío. Parecían estar perdidos y reverberaban a un ritmo mucho más lento que el mío. Al observarlos noté que yo también aminoraba mi ritmo. En esa vibración reducida había una molestia que me hizo apartar la vista.

 

Miré por encima de mí. Había más Seres, pero esos eran más luminosos y radiantes que yo. Al mirarlos también me sentí incómodo, pues empecé a vibrar con más celeridad. Era como si hubiera bebido demasiado café y ahora estuviera acelerado. Aparté la vista de ellos para mirar directamente al Ser de Luz, a quien ahora tenía adelante.

 

En su presencia me sentía cómodo; esa familiaridad me hizo pensar que él había sentido todos los sentimientos de mi vida, desde que tomé mi primer aliento hasta el instante en que me fulminó el rayo. Mirando a ese Ser tuve la sensación de que nadie podía amarme más; de nadie podría recibir más empatía, simpatía, aliento y compasión sin críticas que de él.

 

Aunque digo "él" cuando me refiero al Ser de Luz, nunca lo vi como masculino ni femenino. He repasado mentalmente muchas veces ese encuentro inicial y puedo decir, sinceramente, que de cuantos Seres conocí ninguno tenía sexo; sólo un gran poder.

 

Los Seres de Luz me envolvieron; entonces comencé a experimentar toda mi vida, viendo y sintiendo cuanto me había ocurrido. Era como si hubiera estallado un dique, dejando fluir todos los recuerdos almacenados en mi cerebro.

 

Esa revisión de mi vida no fue grata. Desde el principio hasta el fin me enfrenté a la asqueante realidad de que yo había sido una persona desagradable, egoísta y malvada. Lo primero que vi fue mi colérica niñez. Me vi torturando a otros niños, robándoles la bicicleta o amargándoles la vida en la escuela. Una de las escenas más vívidas fue la del momento en que me ensañé con un niño de la primaria, porque la papada le sobresalía del cuello. Los otros chicos de la clase también se ensañaban con él, pero yo fui el peor. Por entonces me pareció divertido. En ese momento, al revivir el incidente, me descubrí dentro de su cuerpo, viviendo con el dolor que estaba causando.

 

Esa perspectiva se repitió en todos los incidentes negativos de mi niñez, numerosos, sin duda. Desde el quinto al duodécimo grado, calculo que me lié a golpes de puño seis mil veces, cuando menos. Ahora, al repasar mi vida en el seno del Ser, revivía cada uno de esos altercados, pero con una gran diferencia: el receptor era yo.

 

No era el receptor por sentir los golpes que había aplicado. Antes bien, experimentaba la angustia y la humillación de mis adversarios. Muchas de las personas con las que peleaba se lo merecían, pero otras eran víctimas inocentes de mi iracundia. Ahora me veía obligado a sentir su dolor.

 

También experimenté el pesar que había causado a mis padres. Cuando niño era indominable y me enorgullecía de eso. Aunque ellos me aplicaran penitencias y me gritaran, yo les demostraba con mis actos que su disciplina no tenía ninguna importancia. Muchas veces me suplicaron; muchas veces se enfrentaron a la frustración.

 

Yo solía jactarme ante mis amigos de los sufrimientos que causaba a mis padres. Ahora, al repasar mi vida, sentí el dolor psicológico de tener un hijo tan malo.

 

La escuela primaria a la que asistí en Carolina del Sur tenía un sistema de amonestaciones. Cuando un alumno llegaba a las quince amonestaciones se llamaba a sus padres para una reunión; los que sumaban treinta quedaban suspendidos. Al tercer día de iniciar el séptimo grado yo tenía ya ciento cincuenta y cuatro amonestaciones.

 

Pertenecía a ese tipo de alumnos que ahora llaman "hiperactivos"; ahora se hace algo por ellos, pero entonces éramos simplemente "chicos malos" y causas perdidas.

 

Cuando estaba en cuarto grado, un pelirrojo llamado Curt me esperaba todos los días a la entrada de la escuela y amenazaba con golpearme si yo no le daba el dinero de mi almuerzo. Yo tenía miedo y le daba el dinero.

 

Por fin me cansé de pasarme todo el día sin comer y expliqué a mi padre lo que estaba ocurriendo. El me enseñó a hacer una cachiporra con un par de medias de mi madre, rellenándolas de arena y atando los extremos. "Cuando vuelva a molestarte, golpéalo con la cachiporra", me dijo.

 

Mi padre no quería hacer daño, sino enseñarme a protegerme de los chicos más grandes. El problema fue que, después de aporrear a Curt y quitarle su dinero, le tomé el gusto a las peleas. Desde entonces en adelante no quería otra cosa que infligir dolor y ser recio.

 

En quinto grado hice una encuesta entre todos mis amigos para averiguar a quién consideraban el chico más recio del vecindario. Todos estaban de acuerdo en que era un corpulento muchachito llamado Butch. Fui a su casa y llamé a la puerta. "¿Está Butch?", pregunté a su madre. Cuando él salió, le pegué hasta hacerle caer del porche y huí a la carrera.

 

No me importaba quién fuera mi adversario, su tamaño ni su edad. Sólo me interesaba ver sangre.

 

Una vez, en sexto grado, la maestra me pidió que dejara de alborotar en clase. Como yo no obedeciera, me asió por el brazo y me condujo hacia la oficina del rector.

 

Cuando salimos del aula, me liberé y le apliqué un "uppercut" que la derribó. Mientras ella se apretaba la nariz sangrante, fui solo al despacho del rector. Tal como expliqué a mis padres, no me molestaba presentarme ante él, pero no quería que la maestra me llevara a la rastra.

 

Ingresé a la secundaria junto a la cual vivíamos; cuando estaba suspendido me sentaba en el porche y observaba a los chicos durante los recreos. Un día, mientras estaba sentado allí, un grupo de niñas se acercó a la cerca para burlarse de mí. Yo no iba a soportarlo. Entré en la casa, busqué la escopeta de mi hermano y la cargué con sal gruesa. Luego salí y disparé a la espalda de las muchachas, que huían gritando.

 

A los diecisiete años tenía fama de ser uno de los mejores combatientes de la escuela secundaria. Para mantener esa reputación peleaba casi todos los días. Cuando en mi propia escuela no encontraba a ningún chico para golpear, competía con los malevos de otras escuelas.

 

Una vez por semana, cuando menos, organizábamos peleas en un estacionamiento próximo a la escuela.

 

Para participar en ellas venían estudiantes hasta de cuarenta y cinco kilómetros de distancia. Cuando me tocaba combatir a mí, muchos de ellos no se apeaban del auto, pues después de golpear a mi adversario yo solía continuar con unos cuantos espectadores, sólo por divertirme.

 

En esos tiempos las escuelas secundarias estaban segregadas y había grandes guerras entre blancos y negros.

 

El campeón de los negros era un gigante llamado Lundy. A partir del día en que derrotó al campeón de los blancos, en una salvaje batalla de dos minutos, nadie más quiso pelear con él. Yo mismo trataba de evitarlo, sabiendo que no había modo de ganar.

 

Un día nos encontramos en un puesto de hamburguesas. Traté de retirarme de inmediato, pero él se me interpuso.

 

-Te espero mañana por la mañana, en el estacionamiento -dijo.

 

-Allí estaré -prometí. En cuanto él giró para alejarse, lo golpeé en el costado de la cara, con tanta fuerza que pasó diez minutos, cuando menos, sin poder abrir los ojos. Mientras se retorcía en el suelo caminé alrededor de él y lo pateé un par de veces en el pecho, con todas mis fuerzas.

 

-Como mañana no podré ir -le dije-, me pareció mejor hacerlo hoy mismo.

 

Sabiendo que no podría derrotarlo en una pelea limpia, lo había atacado por la espalda.

 

Ese fue el mundo donde viví durante la secundaria.

 

Veinte años después, en la reunión anual, un compañero de clase arrinconó a mi novia para decirle qué clase de alumno había sido yo.

 

-Voy a decirte por qué era tan famoso -le explicó- te rompía el alma, te robaba la novia o ambas cosas a la vez.

 

Al hacer memoria tuve que reconocerlo, por cierto.

 

Cuando terminé la secundaria, así era yo, exactamente. Y en ese punto de mi revisión me sentí avergonzado. Ahora sabía el dolor que había causado a todos. Con mi cuerpo tendido en esa camilla, revivía cada momento de mi vida, incluyendo mis emociones, actitudes y motivaciones.

 

Las emociones que experimentaba durante esta revisión eran asombrosas por lo profundas. No sólo podía experimentar lo que habíamos sentido yo y el otro al producirse el incidente, sino también los sentimientos de la siguiente persona a la que afectaban. Estaba en una reacción emotiva en cadena, que me demostró lo profundamente que nos afectamos unos a otros. Por suerte, no todo era malo.

 

En una ocasión, por ejemplo, mientras viajaba por la ruta con mi tío abuelo, vimos a un hombre castigando a una cabra que, de algún modo, se había atascado la cabeza en una cerca. La golpeaba en el lomo con una rama, con tanta fuerza que la cabra balaba de miedo y agonía.

Yo detuve el auto y salté a través de una zanja. Antes de que el hombre pudiera volverse, lo golpeé con todas mis fuerzas en la nuca. Sólo me detuve cuando mi tío abuelo me apartó por la fuerza. Entonces liberé a la cabra y partimos en una nube de goma quemada.

 

Al revivir ese incidente sentí satisfacción por la humillación que había sentido el granjero y regocijo por el alivio de la cabra. Supe que el animal, a su modo, me había dado las gracias.

 

Pero no siempre era bondadoso con los animales.

 

Me vi azotando a un perro con un cinturón. Al sorprenderlo mascando la alfombra de nuestra sala, perdí los estribos y me quité el cinturón para castigarlo, sin intentar ninguna forma de disciplina más suave. Cuando reviví este incidente experimenté el amor del perro hacia mí y caí en la cuenta de que él no había querido hacer aquello. Sentí su dolor y su pena.

 

Más tarde, al pensar en esas experiencias, comprendí que quienes castigan a los animales o son crueles para con ellos deberán saber lo que los animales sintieron cuando repasen su vida. También descubrí que no importa mucho lo que se haga, sino por qué se lo hace. Por ejemplo: liarme a golpes con alguien sin razón valedera me hacía sufrir más, durante la revisión de mi vida, que si la pelea había sido provocada por el otro. Revivir el dolor que se ha causado por pura diversión es el peor de los dolores. Revivir el dolor que se ha provocado por una causa en la que se cree no es tan doloroso.

 

Esto se puso en evidencia cuando mi revisión me llevó a mis años de trabajo en asuntos militares y de inteligencia.

 

En el curso de unos pocos segundos, pasé por el adiestramiento básico, donde aprendí a canalizar mi cólera hacia el nuevo papel de soldado combatiente. Continué con el adiestramiento especial, viendo y sintiendo cómo se moldeaba mi carácter con el propósito de matar. Era la época de la guerra en Vietnam, y me encontré otra vez en las selvas pantanos al del sudeste asiático, haciendo lo que más me gustaba: combatir.

 

Pasé muy poco tiempo en Vietnam. Me asignaron a una unidad de inteligencia que operaba principalmente en Laos y Camboya. Hice algunos "trabajos de observación", poco más que observar con binoculares los movimientos de las tropas enemigas. Mi misión principal era "planear y ejecutar la eliminación de políticos y militares enemigos". En pocas palabras, era un asesino.

 

No operaba solo. Otros dos marines me acompañaban a inspeccionar la selva, buscando blancos específicos. Ellos debían detectar el blanco con un telescopio de alta potencia y verificar que se hubiera eliminado a la persona deseada. Mi función era apretar el gatillo.

 

En cierta ocasión, por ejemplo, se nos envió a "eliminar" a un coronel norvietnamita que estaba con sus tropas en las selvas de Camboya. Las fotografías aéreas nos indicaban dónde estaba apostado ese coronel. Nuestra misión consistía en cruzar la selva a pie para buscarlo.

Aunque ese tipo de ataque demandaba mucho tiempo, se lo consideraba crucial, pues las tropas enemigas se desmoralizaban si se mataba al jefe estando entre ellas. Encontramos al coronel justo donde lo indicaban los mapas. Nos instalamos discretamente a unos setecientos metros del campamento, aguardando el momento perfecto para "derribarlo".

 

Ese momento llegó a primera hora de la mañana siguiente, cuando las tropas se formaron para la revista diaria. Me puse en posición, apuntando la mira de mi fusil de precisión contra la cabeza del coronel, que estaba de pie ante los desprevenidos soldados.

 

-¿Es ese? -pregunté al detector, cuyo trabajo consistía en identificar a los blancos por las fotografías que nos proporcionaba Inteligencia.

 

-Es él -dijo-. El que está delante de las tropas. Dejé escapar la descarga y el fusil reculó. Un momento después vi que le estallaba la cabeza y su cuerpo se derrumbaba ante el horror de los soldados.

 

Eso es lo que vi al ocurrir el incidente.

Durante la revisión de mi vida experimenté lo ocurrido desde la perspectiva del coronel norvietnamita. No sentí el dolor que debí de haber sentido. En cambio percibí su confusión al estallarle la cabeza y la tristeza de abandonar su cuerpo, sabiendo que jamás volvería al hogar.

Luego sentí el resto de las reacciones en cadena: la tristeza de su familia al comprender que quedaban sin su sostén.

 

De ese modo reviví todas mis matanzas. Me veía matar y luego sentía sus horribles resultados.

En el sudeste asiático había visto asesinar a mujeres y niños, destruir aldeas enteras sin motivo alguno o por motivos erróneos. Yo no había participado de esas matanzas, pero ahora debía experimentadas otra vez, no desde el punto de vista del ejecutor, sino del ejecutado.

 

En una ocasión, por ejemplo, se me envió a un país que lindaba con Vietnam para asesinar a un funcionario del gobierno que no compartía "el punto de vista norteamericano". Entré con un equipo. Nuestro objetivo era eliminar a ese hombre en el pequeño hotel rural donde se hospedaba. De ese modo se demostraría tácitamente que nadie estaba fuera del alcance para el gobierno estadounidense.

 

Pasamos cuatro días en la selva, esperando la oportunidad de disparar limpiamente contra el funcionario, pero estaba siempre rodeado por un cortejo de guardaespaldas y secretarios. Por fin renunciamos y nos decidimos por otra solución: ya avanzada la noche, cuanto todos durmieran, pondríamos unos cuantos explosivos para hacer volar el hotel.

 

Eso fue lo que hicimos, exactamente. Rodeamos el hotel con explosivos plásticos y, al salir el sol, lo arrasamos, matando al funcionario junto con unas cincuenta personas hospedadas allí. Por entonces aquello me hizo reír; dije a mi oficial de control que toda esa gente merecía morir, pues era culpable por asociación.

Durante mi experiencia de muerte clínica vi ese accidente, pero en esa ocasión me asoló un torrente de emociones e información. Sentí el desnudo horror que sufrió toda esa gente, al comprender que se le apagaba la vida.

 

Experimenté el dolor de sus familias al descubrir que habían perdido a sus seres amados de modo tan trágico. En muchos casos padecí incluso la pérdida que su ausencia representaría para las generaciones futuras.

 

En total, en el sudeste asiático contribuí a la muerte de decenas de personas; revividas todas fue penoso. La única gracia salvadora fue que por entonces creía estar actuando bien. Mataba en el nombre del patriotismo, lo cual menguaba los horrores cometidos.

 

Cuando retorné a Estados Unidos, terminada mi misión militar, continué trabajando para el gobierno en operaciones clandestinas. Esto involucraba, sobre todo, el transporte de armas a pueblos y países aliados de Estados Unidos. A veces se me indicaba incluso que adiestrara a esas personas en las bellas artes del disparo con mira telescópica y la demolición.

 

Ahora, en la revisión de mi vida, fui obligado a ver la muerte y la destrucción que se habían producido en el mundo como resultado de mis actos. "Todos somos un eslabón en la gran cadena de la humanidad", dijo el Ser.

 

"Lo que tú haces tiene efecto en los otros eslabones de la cadena."

 

Me vinieron a la mente muchos ejemplos de eso, pero sobresale uno en especial. Me vi descargando armas en un país de América Central; debían ser utilizadas para librar una guerra respaldada por nuestro país contra la Unión Soviética.

 

Mi tarea consistía, simplemente en transferir esas armas de un avión a nuestras instalaciones militares de la zona.

 

Terminado este traslado, subí nuevamente al avión y partí.

Pero en la revisión de mi vida partir no fue tan fácil. Permanecí junto a las armas y vi cómo se las distribuía en una avanzada militar. Luego las acompañé mientras se las utilizaba para matar a personas inocentes y a otras que no lo eran tanto. En total fue horrible presenciar los resultados de mi papel en esa guerra.

 

Ese traslado de armas a América Central fue el último trabajo en el que participé antes de ser alcanzado por el rayo. Recuerdo haber visto llorar a los niños al enterarse de que los padres habían muerto; yo sabía que todas esas muertes se debían a las armas que yo había entregado.

 

Por fin pasó. La revisión había terminado.

 


Cuando acabó el repaso, llegué a un punto de reflexión en el que pude contemplar todo lo que había presenciado y llegar a una conclusión. Me sentí avergonzado. Comprendí que había llevado una vida muy egoísta; rara vez ofrecí ayuda a nadie. Casi nunca sonreí como muestra de amor fraternal ni di una moneda a alguien que estuviera en la mala. No,había vivido sólo para mí, sin que me importara un bledo de mi prójimo.

 

Miré al Ser de Luz con una profunda sensación de pesar y vergüenza. Esperaba un regaño, alguna especie de coscorrón cósmico aplicado a mi alma. Había repasado mi vida y lo que veía era una persona realmente indigna. ¿Qué otra cosa merecía sino un regaño?

 

Mientras contemplaba al Ser de Luz sentí que me estaba tocando. De ese contacto me llegó un amor y un gozo que sólo puedo comparar a la compasión sin críticas de un abuelo por su nieto. "Lo que tú eres es la diferencia que Dios marca", dijo el Ser. "Y esa diferencia es el amor." No hubo palabras reales, pero ese pensamiento me fue comunicado por alguna forma de telepatía. Hasta el día de hoy no estoy seguro del significado exacto de esta críptica frase. Sin embargo, eso fue lo que dijo.

 

Una vez más se me permitió un período de reflexión.

 

¿Cuánto amor había dado a la gente? ¿Cuánto amor había recibido de ella? Por la reciente revisión comprendía que, por cada hecho bueno de mi vida, había veinte malos para compensarlo. Si la culpa fuera grasa, yo tenía como para pesar doscientos cincuenta kilos.

 

Mientras el Ser de Luz se alejaba, sentí que se me quitaba el peso de esa culpa. Había palpado el dolor y la angustia de la reflexión, pero de eso obtenía un conocimiento que podría utilizar para corregir mi vida. Oí el mensaje del Ser en mi cabeza, como por telepatía: "los humanos son poderosos seres espirituales, destinados a crear el bien en la tierra. Este bien no suele lograrse por acciones audaces, sino en actos singulares de bondad entre las personas. Son las cosas pequeñas las que cuentan, porque son más espontáneas y demuestran lo que realmente eres.". Me regocijé. Ahora conocía el sencillo secreto para mejorar la humanidad. La cantidad de amor y buenos sentimientos que se tienen al llegar el final de la vida es equivalente al amor y los buenos sentimientos que se hayan ofrecido durante la vida. Así de simple era.

 

Fue entonces cuando comprendí que no regresaría.

 

No tenía más vida que vivir. Había sido fulminado por un rayo. Estaba muerto.

 


3.         "Ha muerto"

 

 

Más tarde supe que la escena, en la ambulancia, era caótica. La comunicación por radio con el hospital continuaba, con los sollozos de Sandy como telón de fondo. El técnico médico repetía sus heroicos esfuerzos, pese a los datos del monitor cardíaco, que mostraba una línea plana. El conductor de la ambulancia mantenía el acelerador a fondo y las luces parpadeando, porque eso era lo que debía hacer, estuviera su pasajero vivo o muerto.

 



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Mar, 19 de Ago, 2008 12:21 am

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