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Noviembre 1 12H14 Unos Momentos con Jesús y María y Reflexiones   Lista de mensajes  
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Unos Momentos con Jesús y María
 
Lecturas del 1-11-06 (Miércoles de la Semana 33)
SANTORAL:
  Solemnidad de todos los santos
 
Lectura del libro del Apocalipsis 7, 2-4. 9-14
 
Yo, Juan, vi a otro Angel que subía del Oriente, llevando el sello del Dios vivo. Y comenzó a gritar con voz potente a los cuatro Angeles que habían recibido el poder de dañar a la tierra y al mar:
«No dañen a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los servidores de nuestro Dios.»
Oí entonces el número de los que habían sido marcados: eran 144. 000 pertenecientes a todas las tribus de Israel.
Después de esto, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano y exclamaban con voz potente: «¡La salvación viene de nuestro Dios que está sentado en el trono, y del Cordero!»
Y todos los Angeles que estaban alrededor del trono, de los Ancianos y de los cuatro Seres Vivientes, se postraron con el rostro en tierra delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo: «¡Amén! ¡Alabanza, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios para siempre! ¡Amén!»
Y uno de los Ancianos me preguntó: «¿Quiénes son y de dónde vienen los que están revestidos de túnicas blancas?»
Yo le respondí: «Tú lo sabes, señor.»
Y él me dijo: «Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero.»
 
Palabra de Dios.
 

SALMO Sal 23, 1-2. 3-4b. 5-6 (R.: cf. 6)
 
R. Así son los que buscan tu rostro, Señor.
 
 Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella,
 el mundo y todos sus habitantes,
 porque él la fundó sobre los mares,
 él la afirmó sobre las corrientes del océano.  R.
 
 ¿Quién podrá subir a la Montaña del Señor
 y permanecer en su recinto sagrado?
 El que tiene las manos limpias
 y puro el corazón;
 el que no rinde culto a los ídolos.  R.
 
 El recibirá la bendición del Señor,
 la recompensa de Dios, su Salvador.
 Así son los que buscan al Señor,
 los que buscan tu rostro, Dios de Jacob.  R.
 
 
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 1-3
 
Queridos hermanos:
¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. Si el mundo no nos reconoce, es porque no lo ha reconocido a él.
Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
 
Palabra de Dios.
 

X Lectura del santo Evangelio según san Mateo 5, 1-12a
 
Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo.»
 
Palabra del Señor.
 
 
 
Reflexión 
La liturgia nos habla de todos los santos, los que están reconocidos oficialmente por la Iglesia porque han sido canonizados a lo largo de veinte siglos,... y los santos que no conocemos, una inmensa multitud de hombres y mujeres que durante sus vidas siguieron al Señor y hoy se encuentran con El en el Cielo. Los santos, aquellos por quienes tenemos en forma personal, cada uno de nosotros, mayor devoción, interceden por nosotros ante Dios cada vez que les dirigimos nuestra oración.
Esta fiesta se celebra en toda la Iglesia desde el siglo VII y nos recuerda que todos los cristianos estamos llamados a la santidad, en nuestra vocación propia de padres de familia, de hijos, de estudiantes o trabajadores. De que, a pesar que probablemente nunca seamos canonizados, el Señor nos pide a todos que vivamos sus enseñanzas y lo sigamos.
 
La primera lectura de la misa de hoy, en el Libro del Apocalípsis, se nos muestra la universalidad de esta vocación a la santidad cuando dice: “vi una inmensa multitud, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas”.
 
En la Segunda lectura San Juan nos vuelve a hablar de nuestra vocación de ser santos.
 
Y el Evangelio de la misa de esta fiesta de Todos los Santos nos trae el Sermón de la Montaña, que es una de las lecturas más bellas de la Biblia. Tiene la riqueza de la expresión literaria y un mensaje que sintetiza la clave para encontrar el sentido de la vida.
 
Las bienaventuranzas son la afirmación rotunda que nos señala el único y verdadero camino hacia la felicidad. Jesús dice claramente quiénes son felices, bienaventurados. En el Sermón de las bienaventuranzas el Señor nos muestra la contracara de lo que suele proponer el mundo como camino de éxito y de realización personal.
 
La sociedad confunde la felicidad con el placer, con el poder y con la riqueza. La sociedad pretende seducirnos con engaños  haciéndonos creer que es feliz aquel lo no tiene ningún problema, el que domina a los demás o el que puede hacer sus caprichos.
 
Sin embargo, Jesús proclama que la verdadera felicidad se encuentra viviendo otros valores. Felices los pobres, ... los mansos, ... los compasivos.
Vivir estos valores es vivir la santidad. Una vocación que todos compartimos  porque todos estamos llamados a ser santos, a vivir el gozo eterno de la gloria prometida para los hijos de Dios.
  
El Sermón de la Montaña tiene un particular significado en la vida de Jesús porque el Señor se presenta como el nuevo legislador, el nuevo Moisés. Moisés había subido a la montaña a traer los Mandamientos del Antiguo Testamento, y el Señor acá recoge las promesas hechas al pueblo elegido, pero las perfecciona ordenándolas, no solo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los Cielos. Las bienaventuranzas son como un resumen de toda la predicación de Jesús, que nos dá en ellas una imagen completa del verdadero discípulo, de aquel que refleja la verdadera imagen del Señor. 
 
Bienaventurado quiere decir feliz, ... dichoso. Jesús nos enseña aquí como la felicidad no depende de lo que el hombre tiene, sino de lo que es, y que la felicidad no está condicionada a los acontecimientos, - la riqueza, el placer, la salud - ni tampoco a la actitud de los demás hombres hacia nosotros, - si nos quieren o nos ofenden -, sino al modo en como reaccionamos frente a ellos. La felicidad profunda que Jesús nos promete tiene en definitiva, su fuente en Dios.
 
En las bienaventuranzas, Jesús no promete la felicidad y la salvación a determinadas clases de personas, sino a los que le sigan e imiten su vida. Para entrar en el Reino de los Cielos, el Señor anuncia que es necesario un estilo nuevo una manera distinta de comportarse, que la de los fariseos.
 
Bienaventurados los pobres de espíritu, dice el Señor, y nos enseña que para seguirlo a El es necesario tener el alma libre de todo apegamiento: del amor a sí mismo, en primer lugar; de la excesiva preocupación por la salud; .. del futuro, ... de las riquezas y los bienes materiales.
La pobreza de espíritu que pide el Señor la practicamos cuando ponemos nuestro tesoro en Dios y utilizamos las cosas como simples medios. El gran valor que nos descubre Jesús es que debemos comunicar y compartir los bienes materiales.
 
Más que una condición social, esta pobreza expresa la actitud personal de indigencia y humildad ante Dios: es pobre el que acude a Dios sin considerar los méritos propios y confía solo en el Señor para ser salvado. Y esto exige un desprendimiento real de los bienes materiales y una austeridad en el uso de ellos.
 
Bienaventurados los que lloran porque serán consolados. El Señor promete que los que llevan cruces en la vida - enfermedades, dolores -  que con El, no se harán pesadas. La Fe convierte en bien todo lo que podría parecer un mal irremediable.
 
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra, nos dice el Señor. Los mansos no son los blandos ni los tibios. La mansedumbre está apoyada sobre una gran fortaleza de espíritu. Ella implica en su ejercicio continuos actos de fortaleza. De manera semejante a como los pobres, según nos enseña Jesús, son los verdaderos ricos, los mansos son los verdaderos fuertes. Mansos son los que sufren con paciencia las persecuciones injustas; los que en las adversidades  mantienen el ánimo sereno, humilde y firme, y no se dejan llevar por la ira y el abatimiento. Los mansos poseerán la  tierra.... Y primero, se poseerán a sí mismos, porque no serán esclavos de sus nervios, de su mal carácter. 
 
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Las Escrituras llaman justo a quien se esfuerza con sinceridad en cumplir la voluntad de Dios. Y Dios colma con su Vida a quien desea esa Vida del Señor y pone los medios para alcanzarla.
 
Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Cada página del Evangelio es una muestra de la misericordia de Dios por los hombres. Pero Jesús nos reclama que también nosotros tengamos un corazón grande para quienes nos rodean.
 
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. El Señor nos enseña que la raíz de la bondad o la malicia está en el corazón, es decir, en el interior del hombre, en el fondo de su espíritu. El hombre entero queda manchado o enriquecido por lo que ocurre en su corazón: malos deseos, envidias, rencores.... o pensamientos indulgentes, compasivos... Nuestra actitud externa es solo reflejo de nuestro interior.
 
Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. La verdadera paz llegó al mundo con la encarnación del Hijo de Dios. Jesús repitió muchas veces: La paz sea con vosotros, Mi paz os dejo, mi paz os doy. Y ahora nos dice a nosotros: felices aquellos que reconcilian a los que pelean, aquellos que apagan el odio y unen lo que está separado, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
 
En la fiesta de todos los santos, vamos a pedir a María que interceda por nosotros y nos ayude a ser fieles en el propósito firme de vivir todos los días estas enseñanzas de vida que nos dejó Jesús en el Sermón de la Montaña.
 
Peregrinos del reino celeste,
hoy, con nuestras plegarias y cantos,
invocamos a todos los santos,
revestidos de cándida veste.
 
Estos son los que a Cristo siguieron,
y por Cristo la vida entregaron,
en su sangre de Dios se lavaron,
testimonio de amigos le dieron.
 
Sólo a Dios en la tierra buscaron,
y de todos hermanos se hicieron.
Porque a todos sus brazos se abrieron,
éstos son los que a Dios encontraron.
 
Desde el cielo, nos llega cercana
su presencia y su luz guiadora:
nos invitan, nos llaman ahora,
compañeros seremos mañana.
 
Animosos, sigamos sus huellas,
nuestro barro será transformado
hasta verse con Cristo elevado
junto a Dios en su cielo de estrellas.
 
Gloria a Dios, que ilumina este día:
gloria al Padre, que quiso crearnos,
gloria al Hijo, que vino a salvarnos,
y al Espíritu que él nos envía. Amén.
 
Himno de la Liturgia de las Horas
 
SANTORAL: Solemnidad de todos los santos
 
Ésta celebración tuvo su origen en Oriente en el siglo IV. La instituyó en Roma Bonifacio IV, en el siglo VII, en honor de la Virgen y de los mártires, consagrándoles el templo llamado Panteón de Agripa, y que pasó a llamarse de Santa María y de todos los mártires. Gregorio IV, ordenó en el año 835 que la fiesta se celebre en honra de todos los santos del cielo y mandó que se realizase en toda la cristiandad.
 
Varias fueron las razones para realizar esta fiesta: rescatar para la veneración y el recuerdo a aquellos cuyos nombres por falta de documentos se hubiesen omitido y que sólo son conocidos por Dios; alcanzar por su intercesión las gracias que necesitamos y tener siempre presentes estos modelos de conducta para tratar, en lo posible, de imitarlos y lograr de ese modo la bienaventuranza.
 
San Bernardo abad, en la lectura del oficio de lecturas de la solemnidad de todos los santos dice: "Los santos no necesitan de nuestros honores ni de nuestra devoción: la veneración que les tributamos nos beneficia a nosotros, no a ellos".
 
El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, fue creado para la santidad. La multitud de santos, algunos canonizados y otros no, son las personas que más se acercan a esa imagen y semejanza de Dios.
 
Pero los santos "no nacieron santos". Se santificaron en la lucha diaria
Se ha dicho que los santos son el Evangelio en acción, y el Evangelio el libro de texto de la escuela de la santidad.
 
Los santos tenían carne y huesos como todos nosotros. Estaban sujetos a todos los sentimientos buenos y malos. Hay en cambio un defecto que no tienen los santos, "la tristeza".
 
Se cuenta que san Francisco de Asís, ordenó a sus frailes que mandaran al diablo la tristeza. "Un santo triste, es un triste santo".
 
Santa Teresa de Ávila, era violenta e impulsiva, pero muy simpática. Ella decía:
"Tengo más miedo a una persona triste que a una legión de demonios: Nada nos hace tanto daño como vivir tristes".
 
San Ignacio de Loyola llegó hasta a decir que donde reina la alegría allí está Dios, pero que donde siempre hay tristeza, por allí debe andar Satanás.
 
San Francisco de Sales enseñaba que "cuando el espíritu del mal no logra que una persona sea mala y viciosa, por lo menos trata de obtener que no sea alegre y que viva triste, porque en el pozo negro de la tristeza se crían todos los malos sentimientos".
 
Esta fiesta de todos los santos, debe llevarnos a querer imitarlos ya que todos estamos llamados a la santidad. El comienzo del camino, podría ser imitarlos siendo personas que en medio de las dificultades de la vida, conserven la "alegría" característica en un cristiano que vive su fe
 
Otras celebraciones de hoy: Santos: Juan, Audomaro, Austremonio, Vigor, Marcelo, Licinio, obispos; Diego, presbítero; Cesáreo, Sabas, Dacio, Benigno, Cirenia, Juliana, Pedro de Barco de Ávila, mártires; Severino, monje.
REFLEXION Texto del Evangelio  san Mateo capítulo  5, versículos del 1 al 12a
 
Comentario: Mons. Francesc Xavier Ciuraneta i Aymí, obispo de Lleida (España)
«Alegraos y regocijaos»
 
Hoy celebramos la realidad de un misterio salvador expresado en el “credo” y que resulta muy consolador: «Creo en la comunión de los santos». Todos los santos, desde la Virgen María, que han pasado ya a la vida eterna, forman una unidad: son la Iglesia de los bienaventurados, a quienes Jesús felicita: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Al mismo tiempo, también están en comunión con nosotros. La fe y la esperanza no pueden unirnos porque ellos ya gozan de la eterna visión de Dios; pero nos une, en cambio el amor «que no pasa nunca» (1Cor 13,13); ese amor que nos une con ellos al mismo Padre, al mismo Cristo Redentor y al mismo Espíritu Santo. El amor que les hace solidarios y solícitos para con nosotros. Por tanto, no veneramos a los santos solamente por su ejemplaridad, sino sobre todo por la unidad en el Espíritu de toda la Iglesia, que se fortalece con la práctica del amor fraterno.
 
Por esta profunda unidad, hemos de sentirnos cerca de todos los santos que, anteriormente a nosotros, han creído y esperado lo mismo que nosotros creemos y esperamos y, sobre todo, han amado al Padre Dios y a sus hermanos los hombres, procurando imitar el amor de Cristo.
 
Los santos apóstoles, los santos mártires, los santos confesores que han existido a lo largo de la historia son, por tanto, nuestros hermanos e intercesores; en ellos se han cumplido estas palabras proféticas de Jesús: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,11-12). Los tesoros de su santidad son bienes de familia, con los que podemos contar. Éstos son los tesoros del cielo que Jesús invita a reunir (cf. Mt 6,20). Como afirma el Concilio Vaticano II, «su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad» (Lumen gentium, 49). Esta solemnidad nos aporta una noticia reconfortante que nos invita a la alegría y a la fiesta.
 
REFLEXION Texto del Evangelio  san Mateo capítulo  5, versículos del 1 al 12a
 
Leer el comentario del Evangelio por:  Santa Catalina de Siena (1347-1380), terciaria dominica, doctor de la Iglesia, copatrona de Europa  El Diálogo, c. 41
 
«Creo en la comunión de los santos» (Credo)
 
 
     Dios ha dicho a santa Catalina: El alma justa que acaba su vida en caridad y ligada con el amor, no puede crecer en las virtudes, porque pasó el tiempo; pero puede amar con aquel amor con que viene a Mí, y con esta medida será medida. Así es que siempre me desea y cada vez más, pero no queda frustrado su deseo, sino que, teniendo hambre, se sacia, y saciándose tiene hambre; pero el hastío está muy lejos de esta hartura y la congoja del hambre. En el amor gozan mi eterna visión, participando aquel bien que Yo tengo en Mí mismo, y doy a cada cual según su medida de amor con que vinieron a Mí, porque vivieron en mi caridad común y la particular, que dimana de una misma.
 
     Ellos se gozan y alegran, participando del bien los unos de los otros con el afecto de la caridad, además del bien universal con que todos se huelgan. También se regocijan y alegran con los ángeles, entre quienes fueron colocados según las diversas y varias virtudes que tuvieron en el mundo, estando todos unidos con el vínculo de la caridad. Tienen singular participación con aquellos a quienes amaban en el mundo con singular cariño, por cuyo amor crecían en gracia, creciendo en virtud, y uno daba motivo al otro de manifestar la gloria y alabanza de mi nombre en ellos y en el prójimo. Por dicha suya, en la vida eterna, no pierden, antes bien, conservan dicho amor, participando estrechamente con mayor abundancia un amor del otro, añadiéndoseles esto al bien universal.
 
¡OH Dios de perdón y misericordia, apiádate de nuestra miseria y ven con tu gracia a sanar nuestros corazones afligidos, así libres de toda miseria podremos servirte con toda la fuerza de nuestro ser.
 
 
Me arrodillo ante El Señor
 
M.E. Winston Pauta Avila
Iglesia Católica Agua Santa
Guayaquil – Ecuador
 
C. C. DE COLORES
Cursillo de Cristiandad de Guayaquil
 
“Chistifideles Laici”
Cursillo de Cristiandad de Barcelona- España
 
 



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Mié, 1 de Nov, 2006 11:25 am

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