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Buenas tardes hermanos(as), Dios bendiga su día con abundancia de vida. Seguimos con esta gran obra de los Ángeles en nuestra vida. Oramos por cada una de sus intenciones y las propias si es para bien de nuestras almas. Gracias por permitirme estar cada día con ustedes, mientras me lo permita Dios y nuestra Madre María. Los amo en Jesús y María y todas las bendiciones reciban de Ellos. Dios uno y Trino ayudanos a encender esta Llama de Amor en la humanidad entera.
Santos Ángeles de Luz de la Llama del Inmaculado Corazón de María, Socorrednos y protegednos. 4. La ciencia de la Cruz y el pan de los fuertes
Cuando Jesús cumplió doce años, José y María Lo llevaron a Jerusalén. Luego de pasada la fiesta marcharon de regreso a casa. Sólo llegada la tarde se dieron cuenta de que habían perdido al Hijo de Dios. Volvieron a Jerusalén y Lo buscaron llenos de angustia. Pasados tres días Lo encontraron en el templo. El sufrimiento y la incomprensión de María eran enormes. No pudo más que exclamar: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, angustiados, Te andábamos buscando." También Jesús estaba sorprendido. "¿Por qué Me buscabais? ¿No sabíais que tengo que ocuparme de las cosas de Mi Padre?" (Lc 2, 48-49).
A los doce años Jesús había celebrado precisamente Su bar mitzvah, ceremonia por la cual se convertía en un 'hijo de la ley'. Así pues, estaba obligado a cumplir la ley y tenía el derecho de leerla y ense-ñarla. Por eso, es comprensible que se dedicara precisamente, y de lleno, a esta tarea.
Este suceso constituyó un giro en la vida de María en su relación con Jesús. Hasta entonces, Jesús había sido el niño; ahora era mayor de edad. Ciertamente "volvió con ellos a Nazaret, donde vivió obedeciéndolos en todo" y "Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón" (Lc 2, 51). Sin embargo, a partir de entonces Él explicaría a José y María, y más tarde también a Sus discípulos: "¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas antes de ser glorificado?" (Lc 24, 25.44-47).
A través de Cristo, María comprendió con mayor perfección que la Cruz y el sufrimiento no son un mal que hay que evitar, sino que constituyen el camino real de la Redención. Ni para Jesús, cuya alma estaba atribulada hasta la muerte en la noche previa a Su Pasión, ni para la Madre de los Dolores la Cruz fue algo agradable y fácil. Pero puesto que era el medio que había escogido el Padre antes de todos los tiempos (Ef 1, 7; Col 1, 13.19-20), afirmaron esta verdad, la verdadera ciencia, con todo su entendimiento, sus corazones y con todas las fuerzas. "En cuanto a mí -podía decir María- de nada quiero gloriarme sino de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo" (Gl 6, 14 ss). María fue la primera en comprender que no hay otra puerta hacia la gracia del Espíritu Santo: "Es mejor para vosotros que Yo Me vaya [sobrellevando el camino de la Cruz]. Porque si no Me voy, no vendrá a
vosotros el Paráclito" (Jn 16, 7).
No basta comprender el misterio de la Cruz con el entendimiento; debemos abarcarlo con el corazón. El Sacrificio de la Cruz, que debemos amar y renovarlo en nuestro corazón, es renovado diariamente por nosotros en el altar. Así como María estuvo unida con Cristo en Su Sacrifico en la Cruz, al ofrecerlo -un solo corazón con Él- al Padre (cf. Lumen Gentium, 61), así también los fieles deberían ser uno con Cristo en Su sacrificio, al participar en el santo Sacrifico de la Misa junto con María. Este solo sentimiento proporciona a nuestra petición con María su pleno sentido: "Danos hoy nuestro pan de cada día", puesto que pedimos el fruto de la Cruz.
5. El don de la fortaleza: ¡el verdadero amigo se muestra en la necesidad!
La Madre Dolorosa es la Reina de los mártires a raíz de todo lo que hubo de sufrir debajo de la Cruz. Ella "mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado" (Lumen Gentium, 58).
Con valiente amor era un solo corazón con Él, cuando dijo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Al mismo tiempo, no temió hacerse cargo de nosotros: ella es nuestra intercesora. También nosotros debemos orar unos por otros. Que ella rece con nosotros: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". En esta petición hacemos bien en imitar a Jesús y María.
Hay otra dimensión de su valiente amor, la cual deberíamos también imitar. El enemigo de la fortaleza es el enemigo del progreso en la vida espiritual: tibieza, pereza espiritual. La pereza es la tristeza y desánimo crónicos, que sobrecogen al alma que se lamenta porque el cumplimiento de nuestras obligaciones cristianas cuesta demasiado esfuerzo. Precisamente a este respecto María nos da un ejemplo luminoso de desprendida magnanimidad, único medio para que la vida espiritual se convierta en alegría.
En las bodas de Caná, fue ella quien con amor solícito se dio cuenta de la necesidad y se la presentó a Jesús: "No tienen más vino" (Jn 2, 4). Con Su respuesta, Jesús dio a entender que un milagro no sólo contribuiría a una feliz fiesta de bodas, a un feliz inicio de Su predicación, sino que también señalaría el inicio de Su camino hacia el Gólgota, pues el texto original griego, traducido literalmente, dice: "¿Qué significa eso [el vino] para ti y para Mí? ¿Ha llegado Mi hora?" Sin retroceder lo más mínimo, María aprovecha la 'hora' y nos da su último consejo para el camino al hablarnos a nosotros a través de los sirvientes: "¡Haced lo que Él os diga!" (Jn 2, 5).
6. El santo temor: preservación del amor
La santísima Virgen María, nuestra "maestra de noviciado" en la vida espiritual, señala su humildad como la razón para su elección, y el temor de Dios como el requisito para el derramamiento fecundo de la divina misericordia. "Porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones" (Lc 1, 48.50).
Con una cierta 'envidia santa' hacia los pecadores arrepentidos, santa Teresita del Niño Jesús se puso inconsolable cuando escuchó que a quien más se le perdona, más ama (Lc 7, 47). Pero entonces se dio cuenta: "Yo también sé que Jesús me ha perdonado más a mí que a Magdalena, pues Él me perdonó desde antes al preservarme de caer en el pecado" (Historia de un alma, Manuscrito A).
Cuán infinitamente mayor no sería el amor reverente y el agradecimiento de María, a quien Dios había preservado no solamente de la mancha del pecado original, sino que también la había hecho incapaz de pecar, en un acto único de la providencia mediante la gracia: "¡Toda hermosa eres, amada mía, no hay tacha en ti" (Ct 4, 7; cf. Summa Theol. III. 27,4,1m).
En la noble claridad de su sabiduría y amor divinos, ningún bien creado la podía apartar lo más mínimo de Dios: "A nada le concedo valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús" (Fl 3, 8). Su reverente asombro ante el Señor hizo que correspondiera inmediatamente a la gracia divina; la aterraba sobremanera ofenderle.
Muchas almas, atormentadas por temor servil, libran una desmoralizadora batalla en retirada contra las tentaciones. Por miedo al infierno resisten al pecado que las incita, y no saben como superar esta situación (cf. Rm 7, 14-23). Deberían apartarse de las seducciones bajas y engañosas y dirigir su mirada hacia Cristo con respeto y confianza filiales: "¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!" (Rm 7, 24). Mediante la persistencia en esta esperanza y soportados por el don del temor a Dios, no sólo superarán la tentación, sino también la incitación al pecado, pues la esperanza libera y transforma.
La disponibilidad de María merece ser atendida e imitada; ella siempre practicó las virtudes con plena intensidad y nunca fue descuidada o insensible en el amor. El temor de Dios de María estuvo marcado por una sublime preocupación de agradar a Dios. Ella vivía permanentemente en Su presencia y anhelaba ardientemente conocer y hacer Su voluntad. Lo hacía sencillamente en su veracidad; ella podía expresar simplemente sus pensamientos y sentimientos sin resistir a Dios, como sí lo hizo Zacarías cuando dudó (Lc 1, 18). Ella buscaba más bien averiguar la voluntad de Dios: "¿Cómo podrá ser esto, pues no conozco varón?" (Lc 1, 34). A la explicación de San Gabriel respondió con total sencillez: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38).
Cuando halló a Jesús en el Templo, le preguntó: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?" (Lc 2, 48). Aunque ella no comprendió la respuesta de Jesús, "conservaba todas las cosas en su corazón" (Lc 2, 51). En una palabra: ella entregó reverencialmente corazón y entendimiento al incomprensible plan de Dios.
La solícita preocupación de María por las necesidades del prójimo ayuda particularmente -en la eficacia del temor de Dios- a sus hijos en peligro moral, cuando se hallan en una ocasión de pecar. El temor de Dios es la nutritiva sal del amor que expía. Al identificarse María con nosotros en amor, reza con nosotros: "¡No nos dejes caer en la tentación!".
7. La bienaventuranza de Dios: ¡la redención definitiva!
"¡Que me bese con los besos de su boca!" (Ct 1, 1). El don de piedad o bienaventuranza de Dios perfecciona la virtud de la justicia y la entrega. A fin de comprender adecuadamente esta relación, debemos considerar que la virtud de la justicia alcanza su máxima perfección en la virtud de la religión. Santo Tomás de Aquino afirma que en el más alto grado "la justicia, imitando la mente divina, se asocia con ella en alianza perpetua" (Summa Theol. I-II. 61, 5c).
De esta manera la bienaventuranza de Dios alcanza la transformación en Dios. San Juan de la Cruz escribe al respecto: "El alma ama a Dios con la voluntad y la fuerza de Dios mismo. ... Él también le enseña a amar con aquella fuerza que Él le manifiesta, al transformarla en Su amor. Él le concede Su fuerza para poder amar como Él" (Cántico espiritual, 38, 4-5).
Por el don de piedad, María fue elevada a la perfecta adoración a Dios y unión con Dios. Con la suave y atrayente fuerza de esta gracia, María reunió a los discípulos en el Cenáculo a la espera del Espíritu Santo.
Desde el comienzo de su vida, Dios introdujo a María en esta transformadora unión del amor; pero fue particularmente desde Pentecostés que María, la esposa del Espíritu Santo, vivió este misterio en el corazón de la Iglesia. En esta gracia reza ella con nosotros y por todos: "Líbranos del mal", es decir, del demonio (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2851). La redención definitiva es la victoria de la vida eterna que nosotros recibiremos a través del amor de María, la Mediadora de las Gracias.
SíntesisA fin de imitar el amor de María contemplemos mejor la acción del Espíritu Santo en ella:
Mediante el entendimiento conoció la santidad de Dios y Lo amó como Padre. ¡Que la luz y la alegría de la hija del Padre nos motive también a alabar y glorificar al máximo a Dios!
Mediante la sabiduría, ella, la virgen, se consagró incondicionalmente a Dios en el servicio por el Reino de Dios y llegó a ser la Madre de Dios. ¡Anhelemos también nosotros la venida del Reino de Dios y entreguémonos sin condiciones a Su providencia!
Mediante el consejo, ella, la esclava del Señor, descubrió su vocación y aceptó plenamente ser la Madre del Redentor. ¡Que ella, nuestra Madre, nos ayude a conocer y amar la voluntad de Dios, como se nos muestra en nuestra vocación y en el día a día!
Mediante la ciencia, María, la primera discípula de Jesús, aceptó de todo corazón el Evangelio de la Cruz. ¡Que su abnegación en el seguimiento de Cristo nos ilumine en relación con la necesidad de la cruz y el sacrificio como único camino hacia la salvación!
Mediante la fortaleza, la Madre Dolorosa estuvo valientemente bajo la Cruz y oró por nosotros. ¡Que su ejemplo nos impulse a ser verdaderos amigos y auxiliadores de todas las personas que se encuentran en necesidades!
Mediante el temor de Dios, María se preocupó únicamente por agradar en todo a Dios. ¡Que su amoroso ejemplo nos enseñe a amar la ley de Dios y a ver en ella no tanto una limitación de la libertad como un sencillo pero profundo camino para mostrarle a Dios nuestro amor y docilidad reverentes!
Mediante la bienaventuranza de Dios, María, la esposa de Cristo, vivió, como templo del Espíritu Santo, una incesante unión del corazón con Cristo. ¡Que su amor caliente nuestros corazones, para que nos atrevamos a aspirar a una semejante unión de amor con Cristo, a fin de ser uno con Él, como Él es uno con el Padre (cf. Jn 17, 21-22)!
![]() María Liliana
![]() Madre Nuestra..sálvanos por la Llama de amor de Tu Inmaculado Corazón
"Mi Llama de Amor, hijita mía, va a encenderse primero en el Carmelo".
¡Oh María, sin pecado concebida..ruega por nosotros que recurrimos a ti! ![]() |


