47.ª ROSA – REZAR EL ROSARIO TODOS LOS DÍAS
¡Apártate de los malvados, pueblo de Dios, asamblea de predestinados! Para escapar de ellos y salvarte –en medio de cuantos se condenan por su impiedad, ociosidad y falta de devoción–, decídete sin pérdida de tiempo, a rezar con frecuencia el santo rosario con fe, humildad y perseverancia.
En primer lugar, si piensas con seriedad en el mandato que nos dio Jesucristo de orar siempre y reflexionas en su ejemplo, en la urgente necesidad que tenemos de la oración a causa de nuestras tinieblas, ignorancia y debilidad y de la multitud de enemigos que nos persiguen, no te contentarás con rezar el rosario una vez al año –como lo exige la Cofradía del Rosario Perpetuo–, ni una vez a la semana –como lo prescribe la del Rosario Ordinario–, sino que lo recitarás puntualmente todos los días –como lo pide la del Rosario Cotidiano–, aunque no tengas otra obligación que la de salvarte. Es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer.
Estas son las palabras eternas de Jesucristo, que es preciso creer y practicar si no quieres condenarte. Explícalas como quieras. Pero no a la moda, para que no las vivas a la moda. Jesucristo nos ofreció la verdadera explicación en los ejemplos que nos dio: Os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho. Pasó la noche orando a Dios. Como si no le bastara el día, dedicaba también la noche a la oración.
Repetía con frecuencia a sus apóstoles estas palabras: Velad y orad. El hombre es débil. La tentación, próxima y continua. Y, si no oras siempre, caerás en ella. Los apóstoles creyeron que el Señor sólo les daba un consejo, interpretaron erróneamente sus palabras, y cayeron en la tentación y en el pecado a pesar de tener a Jesús en su compañía.
Estimado cofrade: no es necesario orar tanto ni rezar tantos rosarios si quieres vivir a la moda y condenarte a la moda, es decir, cayendo de tiempo en tiempo en el pecado mortal para luego confesarte, evitando los pecados groseros y escandalosos y salvando las apariencias; una corta oración por la mañana y por la tarde, uno que otro rosario impuesto por penitencia, unas decenas de avemarías a la carrera cuando te venga en gana, te bastarán para aparecer ante el mundo como buen cristiano. Si haces menos, te acercas al libertinaje; y, si haces más, te aproximas a la singularidad y a la santurronería.
Pero es necesario que ores siempre, como lo enseñó Jesucristo, si –como cristiano auténtico– quieres de verdad salvarte y caminar tras las huellas de los santos, evitando caer en todo pecado mortal, rompiendo todas las cadenas y apagando todos los dardos encendidos de Satanás. Debes, al menos, rezar diariamente el rosario u otras oraciones equivalentes.
Repito “al menos” porque con el rosario cotidiano alcanzarás cuanto es necesario para evitar el pecado mortal, vencer todas las tentaciones en medio de los torrentes de iniquidad del mundo, que arrastran con frecuencia a quienes se creen más seguros; en medio de las espesas tinieblas, que enceguecen a los más ilustrados; en medio de los espíritus malignos, más habilidosos que nunca, y que, sabiendo que les queda poco tiempo para tentar, lo hacen con mayor astucia y éxito.
¡Oh! ¡Qué maravilla de la gracia del santo rosario! ¡Poder escapar del mundo, del demonio y de la carne y salvarte para el cielo!
Si no quieres aceptar lo que te digo, da crédito por lo menos a tu propia experiencia. Respóndeme: ¿eras, acaso, capaz de evitar ciertos pecados graves, que sólo tu ceguera te hacía ver como insignificantes, cuando te contentabas con esas cortas oraciones hechas como las hace el cristiano mediocre? ¡Abre, pues, los ojos! Ora, y ora siempre, si quieres vivir y morir como los santos, sin pecado mortal por lo menos. Reza todos los días el rosario, como hacían todos los cofrades del Rosario cuando se estableció la Cofradía. Más adelante encontrarás la prueba de cuanto digo.
La Santísima Virgen al dar el rosario a Santo Domingo, le ordenó rezarlo y hacerlo rezar todos los días. El Santo, por su parte, no recibía en la Cofradía a nadie que no tuviera la firme resolución de rezarlo diariamente. Si ahora no se exige en la Cofradía del Rosario Ordinario sino la recitación de un rosario semanal, ello obedece a que se ha disminuido el fervor y enfriado la caridad. ¿Qué más se puede pedir a quienes rezan como a pesar suyo? Al principio no fue así.
Es preciso, además, tener en cuenta tres advertencias:
La primera, que, si deseas inscribirte en la Cofradía del Rosario Cotidiano y participar en las oraciones y méritos de quienes ya están en ella, no basta con que te inscribas en la Cofradía del Rosario Ordinario, ni que tomes simplemente la resolución de rezar el rosario todos los días. Tienes que dar tu nombre a quienes han sido autorizados para inscribirte en ella. Será conveniente que te confieses y comulgues con esta intención. La razón de esta advertencia es que el rosario ordinario no incluye el cotidiano, aunque éste sí el ordinario.
La segunda, que absolutamente hablando, no hay pecado, ni siquiera venial, si omites el rezo del rosario cotidiano, semanal o anual.
La tercera, que, cuando la enfermedad, obediencia legítima, necesidad u olvido involuntario te impiden rezar el rosario, no pierdes el mérito ni la participación en los rosarios de los demás cofrades. Y, por tanto, no es necesario –en absoluto– que al día siguiente reces dos rosarios para suplir al que faltaste sin culpa tuya, según suponemos. Pero, si la enfermedad te permite rezar una parte del rosario, debes rezarla.
Dichosos tus servidores, que están siempre ante ti. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. ¡Dichosos, Señor Jesús, los cofrades del Rosario Cotidiano, que permanecen todos los días en torno a ti y en tu casita de Nazaret, al pie de la cruz en el Calvario y de tu trono en los cielos, dedicados a meditar y contemplar tus misterios gozosos, dolorosos y gloriosos! ¡Qué felices en la tierra a causa de las gracias especiales que les comunicas! Y ¡qué dichosos en el cielo, donde te alabarán de manera especialísima por los siglos de los siglos!
En segundo lugar hay que recitar el rosario con fe, conforme a las palabras de Jesucristo: Todo cuanto pediréis, creed que lo recibiréis... Cree que recibirás de Dios cuanto le pidas, y Él te escuchará y te responderá: ¡Hágase contigo según has creído! Si alguno de vosotros se halla falto de sabiduría, pídala a Dios. Pero pida con fe, recitando el rosario, y le será concedida.
En tercer lugar hay que orar con humildad, como el publicano, que estaba de rodillas en tierra y no con una rodilla al aire o sobre un banco, como hacen los orgullosos. Se quedó a la entrada, sin atreverse a llegar hasta el fondo del santuario, como el fariseo. Tenía los ojos clavados en el suelo, sin atreverse a levantarlos al cielo. Sin levantar la cabeza ni mirando acá y allá, como el fariseo. Golpeándose el pecho, confesándose pecador e implorando perdón: Ten piedad de mí, que soy un pecador. Y no como el fariseo, que en su oración se vanagloriaba de sus buenas obras y despreciaba a los demás. Evita la orgullosa oración del fariseo, que volvió a su casa más endurecido y maldito. Imita, más bien, la humildad del publicano en su oración, que le obtuvo el perdón de los pecados.
Evita cuidadosamente correr en busca de lo extraordinario y pedir o siquiera desear conocimientos excepcionales, visiones, revelaciones y gracias extraordinarias que Dios comunica a veces a algunos santos durante la recitación del rosario. La fe sola es suficiente, ahora que el Evangelio y todas las devociones y prácticas de devoción se hallan suficientemente establecidas.
No omitas nunca la menor parte del rosario en las sequedades, desalientos y decaimientos interiores. Sería señal de orgullo e infidelidad. Como valiente campeón de Jesús y de María, recita el padrenuestro y el avemaría en medio de la aridez, aunque sin ver, sentir ni gustar, esforzándote cuanto puedas para contemplar los misterios.
No suspires por los caramelos y golosinas de los niños para comer tu pan de cada día. Para imitar más perfectamente a Jesús agonizante, prolonga la recitación de tu rosario precisamente cuando más te cueste el rezarlo: Lleno de angustia, oraba con más insistencia. Así podrá aplicarse a tu caso lo que se ha dicho de Jesucristo, quien, cuando estaba en la agonía, oraba más largamente.
En cuarto lugar, ora con total confianza. Con una confianza fundada en la bondad y generosidad infinitas de Dios y en las promesas de Jesucristo. Dios es fuente de agua viva que corre incesantemente en el corazón de los que oran. Jesús es como el pecho del Padre Eterno, lleno de gracia y de verdad. Ahora bien, el mayor deseo del Padre, respecto de nosotros, es comunicarnos las aguas saludables de su gracia y misericordia. Y nos grita: ¡Oh vosotros los sedientos, venid a las aguas!, en la oración. Y, si no oras, se queja que le abandones: Me han abandonado a mí, la fuente de aguas vivas.
Pedir gracias a Jesucristo es causarle placer; un placer mayor que el que procura a las madres naturales dar a sus hijos el néctar de sus pechos. La oración es el canal de la gracia de Dios y a modo de pecho maternal de Jesucristo. Si no acudes a Él con la plegaria –como deben hacerlo todos los hijos de Dios–, Jesucristo se queja amorosamente: Hasta ahora no habéis pedido nada; pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Más aún, para animarnos a pedirle con mayor confianza, llega a empeñar su palabra de que el Eterno Padre nos concederá cuanto le pidamos en su nombre.
Mensajes a Sor Natalia Magdolna:
Entonces Jesús me mostró un rosario, en el que en vez de las cuentas había flores y en cada flor vi brillar una gota de la Sangre de Jesús.
Cuando decimos el rosario, las gotas de la Sangre de Jesús caen sobre la persona por quien lo ofrecemos. Las almas del purgatorio están implorando continuamente la Sangre salvadora de Jesús.
Jesús nos pide el rezo del rosario. Vi que cuando se reza cada cuenta, una gota de la sangre de Jesús cae sobre la persona por quien se dice, o sobre aquellas almas que Jesús quisiera salvar. Esto fue pedido especialmente por las almas del purgatorio.
APÓSTOLES DEL ROSARIO
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