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Aliviar a los demás de sus cargas

DÉCIMO CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO A

I. Venid A Mí todos los fatigados y agobiados –dice Jesús a los hombres de
todos los tiempos-, y Yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended
de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para
vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera (Mateo 11, 28-30).
Junto a Cristo se vuelven amables todas las fatigas, todo lo que podría ser más
costoso en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Él llevó nuestros dolores y
nuestras cargas más pesadas. El Evangelio es una continua muestra de su
preocupación por todos: “en todas partes ha dado ejemplo de Su misericordia”,
escribe San Gregorio Magno. Aun en el momento de Su muerte se preocupa por los
que lo rodean. Y allí se entrega por amor. Nosotros debemos imitar al Señor: no
sólo no echando preocupaciones innecesarias sobre los demás, sino ayudando a
sobrellevar las que tienen. Al mismo tiempo, podemos pensar en esos aspectos en
los que de algún modo, a veces sin querer, hacemos más pesada la vida de los
demás con nuestros caprichos, juicios precipitados, críticas negativas o falta
de consideración.

II. Cuanto más intensa es la caridad, en mayor estima se tiene al prójimo y, en
consecuencia, crece la solicitud ante sus necesidades y penas. No sólo vemos a
quien sufre o pasa apuros, sino también a Cristo, que se ha identificado con
todos los hombres: en verdad os digo, cuando hicisteis a uno de estos hermanos
míos más pequeños, a Mí lo hicisteis (Mateo 25, 40). Cristo se hace presente en
nosotros en la caridad. Él actúa constantemente en el mundo a través de los
miembros de su Cuerpo Místico. La caridad es la realización del reino de Dios
en el mundo. Para ser fieles discípulos del Señor hemos de pedir incesantemente
que nos dé un corazón semejante al suyo, capaz de compadecerse de tantos males
como arrastra la humanidad, principalmente el mal del pecado, que es, sobre
todos los males, el que más fuertemente agobia y deforma al hombre. Por esta
razón, el apostolado de la Confesión es la mayor obra de misericordia, pues
damos la posibilidad a Dios de verter su perdón generosísimo sobre quien se
había alejado de la casa paterna.

III. Si alguna vez nos encontramos nosotros con un peso que nos resulta
demasiado duro para nuestras fuerzas, no dejemos de oír las palabras del Señor:
Venid a Mí. Sólo él restaura las fuerzas, sólo Él calma la sed. El trato asiduo
con Nuestra Señora nos enseña a compadecernos de las necesidades del prójimo, y
nos facilitará el camino hacia Cristo cuando tengamos necesidad de descargar en
Él nuestras necesidades.


Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
Palabra.
Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre

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Magda Goyco
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