Anécdotas de enfermeras
Un libro recoge las historias más increíbles, hilarantes, tiernas y divertidas
vividas por más de una treintena de profesionales sanitarios en otros tantos
hospitales y ambulatorios.
Carmen Barreiro
SAN SEBASTIÁN.DV. Aunque muchas puedan parecer leyendas urbanas, se trata de
historias reales «como la vida misma». Las paredes de los hospitales y
ambulatorios españoles encierran miles de anécdotas que la periodista y
escritora Elisabeth G. Iborra ha recogido en un libro en el que se demuestra que
la realidad supera la ficción en bastantes más ocasiones de las que uno se
imagina. En Anécdotas de enfermeras (Editorial Styria), la autora plasma el día
a día de una profesión en la que lo mismo tratan a un enfermo terminal de cáncer
que ayudan a extraer un ratón de las partes íntimas de una joven. «Desde luego,
todos los profesionales entrevistados aseguran que los pacientes y sus
familiares nunca dejarán de sorprenderles», explica la autora en el prólogo del
libro.
'JUGUETES' SEXUALES
«Se meten de todo, pero lo mejor son las explicaciones»
Si hay un tema que da juego entre los profesionales del ramo es el que los
propias enfermeras denominan como «cosas extraídas del ano». El lector se
sorprendería con la cantidad y el tipo de objetos que los profesionales
sanitarios se encuentran a diario en las partes íntimas de los pacientes. Tanto
es así que algunos hospitales han creado «pequeños museos» donde se pueden ver
desde consoladores de todo tipo hasta velas, figuritas de porcelana, botellas,
mazos de mortero y rosarios con la cruz incluida.
Cuenta Sonia Torreblanca que un día llegó al hospital una pareja que había
estado jugueteando con un vibrador y a la chica se le había introducido mucho y
no lo podía sacar porque había hecho vacío. «Era uno de aquellos consoladores
antiguos de cristal -recuerda la enfermera catalana- y tuvimos que perforar para
poder extraerlo. Delante del paciente no te ríes, pero por detrás no puedes
evitarlo». Confiesan las enfermeras entrevistadas que hay casos propios de
películas de Almodóvar. Eduardo Ramos estaba de prácticas en el hospital de
Belvitge cuando les avisaron de que una ambulancia les llevaba un hombre con una
amputación de pene y otra con una mujer con convulsiones. Al parecer, el hombre
había contratado los servicios de una prostituta para que le hiciera sexo oral,
pero a la mujer le dio un ataque epiléptico en plena faena y le mordió en sus
partes. «Lógicamente, avisamos a su esposa y te puedes imaginar la cara que
puso», comenta con sorna.
«La gente se mete de todo, pero lo mejor son las explicaciones que nos dan para
justificar la escenita», coinciden las profesionales del sector. «Vino uno con
un pepino en el recto explicando que se había sentado y el pepino justamente
estaba ahí y se lo había clavado sin querer». «A otro hombre se le cayeron los
testículos porque estaba en un juego de sado y se los habían atado. Pobrecito.
Llegó con ellos en la mano, pero no se pudo hacer nada».
DRAMAS DIARIOS
«Se me murió en los brazos una chica que se veía gorda»
Aunque también «hay días que es mejor no haberse levantado de la cama». Las
enfermeras viven situaciones dramáticas muy a menudo. «Por eso lo mejor es no
implicarse demasiado con las historias personales de los enfermos». Claro que no
siempre es posible. Emi Gutiérrez recuerda el atentado del 11-M como uno de los
peores momentos de su vida profesional. «Estuve trabajando en la estación de El
Pozo curando a los heridos. Pasamos mucho miedo», rememora la enfermera
madrileña.
Las pacientes ingresadas por trastornos de la alimentación (anorexia,
bulimia...) son especialmente complicadas. «Hay que ser muy dura para trabajar
en determinadas especialidades. A mí se me llegó a morir en los brazos una chica
de 20 kilos que se veía gorda». Pero una de las historias que más impactó a
Sonia Torreblanca fue la de una chica de 14 años que llevaba un año ingresada.
«Un día me la encontré toda blanca. Iba con ropa muy grande, como casi todas las
anoréxicas. De repente vi que le goteaba sangre de debajo de la manga y pensé
que se había autolesionado. La llevé a la enfermería y le pedí que se desnudara
-explica Torreblanca-. Me costó mucho convencerla, pero cuando lo hizo ví que
tenía todo el cuerpo lleno de erosiones. Le pedí el objeto con el que se estaba
haciendo las heridas y resultó que había roto una bombilla en trocitos y se
había ido rajando con los cristales. Pero lo peor fue que se lo sacó de la
vagina. Supongo que quería destrozar todo su atractivo sexual para evitar sufrir
abusos de nuevo».
Oncología es otra de las especialidades donde las enfermeras se tienen que
enfrentar a situaciones muy duras a diario, «aunque también son enfermos que te
dan muchas satisfacciones», advierten. «Yo he visto morir a mucha gente, pero me
ha quedado grabada la muerte de un chico joven que me llamó para que avisase a
sus padres. Tenía cáncer y estaba convencido de que iba a morir. Efectivamente
se murió aquel mismo día, pero le dio tiempo a despedirse de todos. Es curioso
cómo los enfermos saben cuándo van a fallecer. Somos nosotros los que no
queremos verlo», subraya María Amenedo.
URGENCIAS
«Cuando hay partido de fútbol a nadie le duele nada»
Urgencias es un filón para las anécdotas. Pasa de todo y a todas horas. «Los
motivos por los que viene la gente son muy relativos. A veces te das cabezazos
contra la pared de las tonterías por las que se acercan. En cambio, el día que
hay partido a nadie le duele nada. Se pueden estar muriendo que aguanta todo
cristo en casa», explica Sonia Martín. «Una vez vino uno todo asustado a las
cuatro de la mañana porque tenía rojo un lado de la cara... Y lo que tenía el
'hijopuchi' era la marca de la almohada. Qué arte». Una de última hora. «Chica
de 25 años que se ha cortado en la yema del dedo. La miro y le pregunto en qué
zona. Me señala y lo mido por gusto: un milímetro». «Paciente de 17 años que
viene al centro de salud con su madre toda agobiada porque al 'niño' le había
dado un tirón en los gemelos. Hija, se le ha subido la bola y tiene cierta
molestia», le contesté.
Cuenta la enfermera catalana Ana Torres que un día llegó al hospital barcelonés
del Mar un chico que se había querido suicidar perforándose el cuello con una
Black&Decker. Y en vez de clavársela «se hizo como una coliflor y le quedó allí
todo revuelto». Entonces el médico le espetó: 'Pégate un tiro, chico, pero no me
hagas esto porque ahora me queda a mí la faena de cosértelo todo y te va a
quedar una marca...'. «No creo que sea bueno decir algo así, pero es que a veces
no te queda más remedio que bromear», se justifica. Luego están los gajes
propios del oficio. «Que se te revienten bolsas con los excrementos de las
colostomías o las hemorragias estomacales en las que vomitan sangre. Ahí se
pringa hasta el recepcionista», señala la enfermera valenciana, Araceli
Chapinal.
FALTA DE HIGIENE
«Hemos visto uñas negras y largas como peinetas»
Otro de los gajes del oficio que sufren las enfermeras es la falta de higiene de
algunos de sus pacientes. «Parece mentira que en el siglo en el que estamos
todavía haya gente que no se duche», se lamentan los profesionales sanitarios.
«Una vez nos vino un chico con hongos en los pies y le dimos un tratamiento para
que se lo hiciera en casa con la recomendación de que viniera a revisión en una
semana. Cuando regresó le pedimos que se descalzara los dos pies y nos contestó
que sólo tenía preparado uno. Literal. El otro estaba negro», explica Fina
Casal. «De esa clase de gente que te quedas alucinada de lo joven que es y va
con los pies llenos de mierda o que lleva conjuntitos de ropa interior muy
monos, pero no se lavan. Tanto es así -continúa Casals- que hemos hecho
citologías a chicas que despedían tal olor que tuvimos que dejar ventilando el
despacho durante media hora antes de dar paso a la siguiente».
Cuenta Miren Urquiza que asistió a un hombre en una zona rural alavesa con una
artrosis generalizada que no le permitía moverse y que tenía las manos
inutilizadas. «Para rascarse el oído cuando le picaba, utilizaba el hierro que
se usa para mover la leña en las cocinas bajas», explica la enfermera vasca. «La
verdad es que antes la gente tenía la muy buena costumbre de ponerse las mejores
galas para ir al médico, pero ahora se ha perdido. La gente que vive en los
pueblos no se lava mucho y en las ciudades muchos abuelos se lavan por partes»,
subraya Susana Borobia. Las enfermeras del hospital gaditano de la Línea de la
Concepción tienen mil y una historias al respecto. «Aquí vemos uñas negras y
largas como peinetas. Eso sí, el chándal bueno, las cadenas y las pulseras de
oro, paquete de Winston y móvil de última generación», señala Mara Ruiz.
Claro que también ocurre lo contrario. «Señoras que en lugar de ir a operarse
parece que van al teatro. Antes de venir piden cita en la peluquería, se hacen
la manicura, la pedicura, se depilan para estar guapas... Y luego las despeinas
poniéndoles el gorro y les quitas el esmalte de uñas para que los cirujanos
puedan ver si se ponen lilas o les pasa bien el oxígeno... Y se quejan porque se
han gastado un dineral en arreglarse», coinciden las sanitarias.
PERSONAS MAYORES
«Muchos hijos nos los quieren dejar en vacaciones»
Las personas mayores protagonizan muchas de las anécdotas recogidas en el libro.
Unas divertidas, otras tiernas y otras muchas muy tristes... «En cuanto a los
tópicos que circulan sobre los geriátricos es cierto que muchos hijos no
aparecen hasta que los padres están a punto de cascar para cobrar la herencia»,
resume Lolita Sabaté, enfermera en varios centros de Vitoria. Fina Casals
recuerda el caso de una señora que se murió en su casa y cuando avisaron a los
hijos para que acudieran, entraron en la casa y ni siquiera miraron a la mujer.
«Se fueron directamente a la habitación situada en la parte izquierda de la
vivienda para buscar las libretas de ahorro en la mesita de noche».
«El año pasado -continúa la enfermera catalana- atendimos a un viejecito al que
no cuidaba nadie pese a que tenía dos hijos que vivían en el piso de arriba.
Entonces reuní a toda la familia para que se implicaran en sus cuidados, pero
todos dijeron que pasaban. Le daba la medicación en la consulta cada día, hasta
que una mañana entró la cuidadora en su casa y se lo encontró muerto. Resulta
que llevaba dos días cadáver sin que nadie se enterase. Tuve que ir, arrastrarlo
hasta la habitación como si fuese una grúa, mientras las hijas estaban allí como
dos pasmarotes». Otros «intentan encasquetarnos a los abuelos con cualquier
excusa para poder irse de vacaciones. Lo hacen sin ningún pudor».
Pero también hay historias muy graciosas. Una enfermera contaba en uno de los
foros más importantes de la profesión que había una señora mayor en su hospital
que, después de varios días de ingreso y «refiriendo que era de buen comer»,
observaron que no solía cenar nunca. La mujer se limitaba a la comida del
mediodía. Una día le preguntaron que si estaba inapetente, a lo que la señora
contestó que sólo almorzaba porque la comida era muy cara y su pensión no le
permitía cometer excesos. Cuando se le explicó que era gratis, la señora
contestó:
- ¿Y por qué cuando entráis decís: 'La de 2.500 para la señora de la doce'?
<<La mujer pensaba que las calorías eran el precio de la comida>>
http://www.diariovasco.com/20080331/al-dia-local/anecdotas-enfermeras-20080331.h\
tml
Diario Vasco a 31 de Marzo de 2008
«El trabajo es muy duro y recurren al humor como válvula de escape»
Elisabeth G. Iborra (Zaragoza, 1978) ha recorrido decenas de hospitales y
ambulatorios de toda España atraída por el día a día de una profesión
«fascinante», pero «muy poco valorada». «Las enfermeras son nuestros ángeles de
la guarda», señala la periodista y escritora maña.
- Desde luego, el libro daría para hacer varios guiones de series médicas.
- Eso mismo me dijo Jordi Rebellón, el famoso doctor Vilches de Hospital
Central, en la presentación del libro. Hay historias alucinantes. Desde luego,
los guionistas tienen un buen filón. Eso sí, ¡quiero los derechos de autor! ja,
ja...
- ¿Cuál es la anécdota que más le ha impresionado?
- Muchas, pero me llamó la atención la de una chica anoréxica a la que se le
cayeron cuatro kilos de intestinos al suelo cuando intentaba hacer de vientre.
- ¡Qué horror!
- No tienen musculatura y son incapaces de controlar los esfínteres.
- Y de las enfermeras, ¿qué me cuenta?
- Son increíbles. El trabajo que realizan es muy duro y utilizan el humor como
válvula de escape para afrontar el trabajo diario. Sonia Torreblanca, por
ejemplo, es una todoterreno. Lo mismo atiende a un psicópata tipo Hannibal
Lecter, que a un enfermo terminal de cáncer, a una embarazada... La verdad es
que tienen que tener mucho estómago para hacer según qué cosas.
- Hay historias muy tiernas...
- Por supuesto. Pacientes que se enamoran de las enfermeras y les regalan ramos
de flores o les escriben cartas
- Divertidas...
- También. A mí me hizo mucha gracia la de una mujer que se perfiló los labios
de forma permanente y como no le gustaba el resultado no se le ocurrió otra cosa
que limpiarse los labios con estropajo y lejía. Llegó al hospital como Carmen de
Mairena.
- E incluso morbosas...
- Es habitual que vayan a poner una sonda y se encuentren al paciente con toda
la tienda de campaña dentro...
- Cuenta una de sus entrevistadas que el hecho de ser mujeres «lo complica todo
más».
- Es que ya se sabe que la mayoría de los hombres son un poco 'pitocéntricos' y
en cuanto les tocas el tema...
El libro
Autora: Elisabeth G. Iborra
Editorial: Styria
Páginas: 256
Precio: 18 euros
http://www.diariovasco.com/20080331/al-dia-local/trabajo-duro-recurren-humor-200\
80331.html
Espero que lo disfruteis
Un abrazo
Manuel Solórzano
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