Medicina, artículo de consumo
Existe una peligrosa tendencia
que lleva a creer que cualquier tratamiento es válido para todos o que ya no
hay alimento que no provea algún bienestar para la salud. En esa promoción
indiscriminada, la profesión va dando más frentes vulnerables.
Por: Carlos Gherardi
Clarín 7 de enero
2009
www.clarin.com/ diario/2009/ 01/07/opinion/ o-01834805. htm
La salud como un producto de
consumo es una realidad que ya está consolidada en una sociedad como la
actual. Sin embargo, esta alianza resulta desaconsejable y peligrosa. No se
trata de negar la importancia de la difusión de los beneficiosos consejos y
noticias que hoy los medios de comunicación ponen al alcance de todos, sino de
advertir que el propósito económico, que incluye también la difusión de la
falacia o del error, puede ser ajeno al bienestar deseable de la población.
Y aquí la reflexión y responsabilidad de las instituciones científicas
y empresariales dedicadas al cuidado de la salud debieran prevalecer más allá
de la regulación seria y responsable de los poderes públicos. Hace más de una
década, una marca de agua embotellada con muy bajo contenido en sodio
consiguió el aval de una sociedad científica muy prestigiosa y hasta su
logotipo pudo ser visto en el material publicitario y hasta en el rótulo del
propio envase. A partir de allí numerosas sociedades han participado en avisos
televisivos para promocionar productos de uso tan generalizado como los
destinados al tratamiento o prevención de enfermedades
gastroenteroló gicas, dermatológicas, infecciosas y tantas más.
Esta incursión de quien
representa muy seriamente una disciplina médica en una pauta publicitaria
masiva, que puede ser de beneficio opinable y que tiene también otra
competencia, no resulta éticamente aceptable, predispone al público al
equívoco y opaca aún más el difícil ejercicio de la profesión médica. Asimismo
el ofrecimiento de prácticas médicas no validadas científicamente y hasta de
productos no autorizados por las instituciones oficiales de registro de
medicamentos son habituales hasta con enfermedades tan severas como las
neoplásicas en programas que pueden verse en canales de cable. Es cierto que
la incorporación de nuevas metodologías de diagnóstico de enfermedades severas
de alta prevalencia es incesante, pero ello no autoriza a promocionar pública
y masivamente hasta el consumo de una práctica para diagnosticar, por ejemplo,
la enfermedad coronaria.
Tampoco parece aconsejable informar sobre
nuevas terapéuticas médicas y quirúrgicas para patologías hoy tratables,
cuando se encuentran en etapa experimental y no se ha medido aún si su
cociente riesgo-beneficio permitirá contabilizarlas como un verdadero
progreso. La última noticia, aun científica, no es la mejor y tampoco
verdaderamente cierta en todos los casos.
El peligro de esta irrupción
ya inevitable de la salud como un artículo de consumo se ejemplifica muy bien
hoy, cuando ya nadie se da cuenta al ingresar al sector de lácteos de un
supermercado que casi no existe una leche o derivado que no sume a su
contenido alguna vitamina, mineral o hasta diferentes bacilos para presuntos
beneficios que no siempre son tales ni para todos ni todo el tiempo.
Pareciera que sólo nos queda esperar lo que ya ocurre en Estados
Unidos, a pesar de importantes críticas, donde es frecuente observar quioscos,
en almacenes o supermercados, que atendidos por alumnos de enfermería durante
las 24 horas del día, ofrecen libremente el consumo de variados métodos de
diagnóstico de atención primaria que incluyen hasta la detección del
estreptococo en las fauces del consumidor.
Así las cosas, la profesión
médica suma también la lógica del mercado de consumo a su cuestionamiento como
profesión. Como indica el sociólogo Freidson acertadamente, la lógica del
mercado que responde a la productividad y a la rentabilidad y la burocrática
que privilegia la eficiencia, conducirán al desmantelamiento de una profesión
que sólo puede y debe ser entendida como un verdadero proyecto moral destinado
a la producción de un bien indispensable e insustituible para la
sociedad.
Este proyecto moral comprendería dos planos: por un lado, una
medicina centrada en el paciente que facilitaría su humanización y, por el
otro, que la protección del bien público, constituido por la salud, signifique
participar en la discusión de cómo administrar justicia a este
respecto.
Que piensa de esta nota?
Saludos Sandro
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