¡Desconfiamos de sus compañeros solteros!
Creo firmemente en la amistad sincera entre el hombre y la mujer. En verdad,
si no es sincera no existe tampoco entre varones, porque significa que el
vínculo para alguna de las partes ha nacido por un interés político, económico,
sexual u otro, pero no porque se le ha despertado un sentimiento fraternal.
Cuando la amistad es real se vuelve una relación de hermanos, y entre un
hombre y una mujer permite, especialmente para el varón, vivir un feedback de
dar y recibir muy especial, generoso y simétrico, que no siempre se da en los
noviazgos y matrimonios, donde hay uno que da y da y el otro recibe y recibe, y
cuando ya se cansó de recibir se va en busca de otro proveedor.
Ahora que... no todos los hombres pueden tener amigas.
Muchos de ellos nacen, viven y mueren atrapados por una sola voluntad
inevitable: llevar a la cama a cuanta mujer se les aparezca delante. ¿Estará
este ímpetu originado en el deseo frustrado de aquella primera mujer que nadie
pudo tener, excepto Edipo, y tan caro le costó?
Aunque no se anime a proponerlo porque sabe que va a ser rechazado, o por
timidez, la fantasía de acostarse con esa amiga o compañera de facultad lo
mantiene agazapado en un perfil bajo, que no significa renuncia o resignación. Y
ella –cuando es nuestra novia y le informamos que ese al que ella llama su
“amigo del alma” no sufre de glaucoma sino que los espermatozoides le salen del
lagrimal cuando ella aparece– se enoja con nosotros y nos dice que tenemos la
cabeza podrida.
Un hombre en general, y el novio de una chica en particular, huele a un
kilómetro a ese tipo que lo único que busca es curtirse a su chica envestido en
el disfraz de amigo. Su tono de voz, su sonrisa, sus posiciones corporales, todo
lo delata, pero ella no lo quiere ver. Ni siquiera cuando la invita a salir a
ella sola decenas de veces.
Los denuncio, pues, en nombre de los sufridos machos, tratando de iluminar
algunos casos comunes
Ese que se sienta en el mismo banco y que siempre la invita a tomar café
cuando la ve preocupada, y le escribe frases de Coelho en las servilletitas de
papel. En los recreos vive preguntándole cómo diablos se enamoró del estúpido de
su novio, que según él tiene menos feeling que perro en bote.
El compañerito que permanentemente se ofrece a explicarle álgebra nuclear y
sánscrito comercial a las tres de la mañana en su depa, porque de noche la mente
funciona mejor. En los recreos le masajea los hombros porque él es clarividente
y sabe que ella, pobrecita, está contracturada. Y cuando van por la calle le
pone una mano en el hombro, parecen novios, pero para ella todo está bien, no
hay que darle importancia a esas cosas.
Los ex novios que dejaron junto a materias anteriores, y que reaparecen con el
cuento de seguir siendo amigos, mandándole tarjetitas de Garfield, rosas rojas o
invitaciones gratis para antros.
El buen samaritano, ese integrante del centro de estudiantes que está en todas
las reuniones, y tiene la “costumbre” de alcanzarla con el auto hasta la casa.
Él vive en el Polo Norte y ella en la Antártida, pero a él siempre la casa de
ella le queda “de paso”.
El amigo de verdad (según ella), al que se confía totalmente porque el tiene
novia y está bien metido con la chica y a punto de casarse... hace diez años.
Pero nunca se le ha visto el pelo a esa consorte. Ese Rasputín es su sombra
desde el examen de ingreso, el que tiene el oído listo y una botella de vino sin
abrir en el departamento donde vive solo, para que ella vaya a cenar y le cuente
sus penas y alegrías. Y que, ya demasiado entrada la madrugada, la invita a que
se dé una ducha en su baño y se vaya a dormir en su cama, mientras él se
recuesta muy sacrificado en el duro sofá del living, seguramente pensando en el
teorema de Pitágoras.
El religioso, que además de estudiar con ella la quiere integrar al grupo de
la parroquia y constantemente la presiona para que vaya con él a las noches de
la caridad; la invita luego a extraños viajes espirituales en montes perdidos
que ni el Yetti en celo se animaría a cruzar.
El tuerto afectivo, ese que mira con un solo ojo y nunca nos ve. Ella nos
presenta pero él jamás nos saluda ni registra, le habla sólo a ella como si
fuéramos una estatua viviente. Todos los años la invita sola a sus cumpleaños,
que generalmente son para solos y solas, porque ese chico pasa la vida y nunca
tiene novia.
El cibercompañero que ya fundió tres estabilizadores de alta tensión por las
bromas con cuentos eróticos y calientes y fotos porno que le manda a nuestra
novia. Para ella son sólo chanzas sin ninguna intención, pues nunca ha leído ese
artículo tan interesante de Freud sobre el chiste y su relación con el
inconsciente, del libro Psicopatologí a de la vida cotidiana.
En síntesis, para nuestra novia esos compañeritos son sólo blancas palomitas.
En síntesis, vivirá rodeada de compañeritos varones, ¿cómo haremos para
soportarlos?
1. Aprendiendo a convivir con la histeria femenina, aunque sea tan difícil
como lograr que Bush y Bin Laden aprendan a bailar juntos la cumparsita.
2. Sintiéndonos únicos como Adán, en un acto de creciente, acrobática
revalorizació n.
3. No mirar jamás la película Infidelidad, donde actúa Richard Gere. Porque si
una chica pudo meterle los cuernos a Richard Gere...
4. Pensar que algún día ella se va a recibir y entonces estará rodeada de
colegas, camaradas, correligionarios, pacientes, clientes, proveedores,
asesores, jefes babosos, fisicoculturistas, albañiles, plomeros, monos, perros,
gatos, elefantes, así que el compañerito ha sido sólo un entrenamiento para
nuestra personalidad.
5. Convencerse de que hay dos maneras de ser felices en la vida hoy, pues las
mujeres están viviendo el año 3001 y nosotros nos quedamos en el medioevo: una
es hacerse el idiota, y la otra es serlo.
6. Pero nunca, never in the life, intentar hacerle ver que su compañerito de
facultad la mira con un preservativo en cada ojo, porque es inútil: a ella no le
importa saber esa verdad.
7. Y sobre todo recordar que nada que le digan a ella cambiará la realidad, ya
que hablar es una necesidad, pero escuchar, es un talento...
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