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Trampas policiales contra Zougam: el 11-M sigue abierto   Lista de mensajes  
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Lunes, 9 de marzo de 2009. Año XXI. Número: 7.021.
OPINIÓN
EDITORIAL
Trampas policiales contra Zougam: el 11-M sigue abierto

Se cumple pasado mañana el quinto aniversario de la masacre de Madrid, el
mayor atentado que se ha cometido hasta la fecha en Europa, con una serie de
preguntas e incógnitas que todavía no tienen respuesta. Ni la sentencia de la
Audiencia Nacional ni el fallo definitivo del Supremo sirvieron para despejar
las muchas dudas que todavía subsisten acerca de lo que realmente sucedió y, en
especial, sobre la autoría intelectual de la matanza.

Aquel día estallaron doce bombas en cuatro trenes, pero la única persona
que fue condenada por la Justicia por su presencia en la escena del crimen fue
Jamal Zougam, a quien tres testigos de origen rumano declararon haber visto en
los vagones del tren de Santa Eugenia.

Era la única prueba que incriminaba a este joven marroquí, que, según su
testimonio, no conocía a ninguno de los miembros del comando de Leganés ni
guardaba relación alguna con elementos integristas. Zougam proclamó siempre su
inocencia pero fue declarado culpable. Las Fuerzas de Seguridad habían llegado
hasta Zougam porque las tarjetas de los móviles que activaron las bombas habían
sido vendidas en su locutorio.

EL MUNDO revela hoy que la Policía Nacional tenía documentos que
acreditaban que Zougam había estado en un gimnasio al que acudía habitualmente
hasta las once y media de la noche del 10 de marzo, la víspera de los atentados.
Pero esos datos no fueron incorporados al sumario que instruía Del Olmo y jamás
fueron comunicados al tribunal que juzgó a Zougam y al resto de los acusados.
Tampoco la documentación que aportó su gestoría y que podía aclarar la
compraventa de las tarjetas.

La presencia en el gimnasio no exculpa necesariamente a Zougam, pero sí
demuestra al menos que no pudo estar esa noche montando las bombas en la casa de
Morata de Tajuña, como sostiene la Policía que hicieron los miembros del
comando. Por otro lado, resulta bastante inverosímil que si Zougam tenía que
levantarse de madrugada para participar en un atentado estuviera haciendo
gimnasia hasta casi media noche.

Nada en la conducta de Zougam en los días anteriores a la masacre casa con
la de un fanático que va a participar en un crimen.Y mucho menos todavía su
proceder a lo largo del 11 de marzo y días siguientes hasta que fue detenido.
Zougam siguió haciendo vida normal y no huyó ni se refugió en Leganés con el
resto del comando, como hubiera sido lógico si él hubiera colocado las bombas.

Sea como fuere, resulta tremendamente sospechosa la ocultación de estos
datos que servían para corroborar el testimonio de Zougam.¿Por qué no se
incorporaron al sumario? La única explicación es que la Policía quería que
Zougam fuera condenado por colocar esas bombas y sólo trabajaba para reforzar la
hipótesis que había concebido de antemano.

La Policía estaba convencida de que Zougam tenía contactos con los
miembros del comando de Leganés, pero no pudo aportar ni una sola prueba de
ello.

La participación de Zougam en la masacre sigue sin estar clara cinco años
después, al igual que la autoría intelectual de los atentados. El abogado José
María de Pablo acaba de publicar un libro en el que sostiene que una cuarta y
desconocida trama ideó, planeó y ordenó la colocación de las bombas, dado que
los miembros del comando de Leganés no tenían los medios ni la preparación
técnica para concebir esta acción criminal. Las sentencias de la Audiencia y el
Supremo también dejaron esta gran incógnita flotando en el aire. Eticamente el
caso sigue abierto.




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Lunes, 9 de marzo de 2009. Año XXI. Número: 7.021.
ESPAÑA
QUINTO ANIVERSARIO / La investigación (I)
La policía ocultó al juez datos del 11-M favorables a Zougam
Los agentes comprobaron que estuvo en el gimnasio casi hasta la medianoche
anterior al atentado mientras se montaban las bombas en Morata / Se llevaron
documentos que lo acreditaban, pero no los incorporaron al sumario judicial

LUIS DEL PINO. Especial para EL MUNDO
Madrid

Jamal Zougam, marroquí, 35 años, 1,80 de estatura. Lleva en prisión los
últimos cinco años, acusado primero y condenado después por haber participado
como autor material en los atentados del 11-M.

La versión oficial afirma que fue él quien colocó la única bomba que
estalló en el tren de Santa Eugenia, que mató a 20 personas.Jamal Zougam es, por
tanto, un asesino. Al menos, eso dicen la Audiencia Nacional y el Tribunal
Supremo.

Lo que no dicen es que la Policía ocultó unos datos al juez que favorecían
a Zougam: los agentes comprobaron que estuvo en el gimnasio la víspera del 11-M,
mientras se montaban las bombas de Morata. Esos datos no los incorporaron al
sumario.

Aun si admitimos la culpabilidad de Jamal Zougam, no podemos dejar de
reconocer que hay algo que le convierte en un asesino único, en el sentido
literal del término: aquel 11 de marzo de 2004, fueron 12 las bombas colocadas
en cuatro trenes. Sin embargo, cuatro años después, nada sabemos acerca de
quiénes colocaron las otras 11 bombas, según reconoce el propio Tribunal Supremo
en su sentencia. Sólo tenemos un único ejecutor material identificado para un
total de 12 artefactos explosivos.

Pero hay otro aspecto que convierte a Zougam en un asesino muy particular.
Después de perpetrarse la masacre, este marroquí continuó yendo normalmente a
trabajar a la tienda de telefonía que regentaba en el madrileño barrio de
Lavapiés, sin tratar de huir ni de esconderse. Y allí le encontró la Policía
aquel 13 de marzo, víspera electoral, en que fue a detenerle.

Un comportamiento que no parece muy lógico en alguien que acaba de ayudar
a cometer el atentado más sangriento de la Historia de España. Si Zougam
participó en la ejecución de la masacre, debe de tener una enorme sangre fría
para no intentar huir siquiera.

¿QUIEN ES?

Jamal Zougam nació en Tánger el 5 de octubre de 1973. Llegó a España junto
con su madre cuando tenía 16 años, en 1989. Desde el principio, estuvo en
nuestro país en situación legal, puesto que el primer permiso de residencia le
fue concedido el 14 de noviembre de 1989.

Unos días después de cumplir los 18 años, el 21 de octubre de 1991,
solicitó su primer permiso de trabajo e inmediatamente comenzó su andadura
profesional como cocinero en un restaurante.Durante siete años, estuvo
trabajando en el gremio de la hostelería.No debía de ser muy mal trabajador,
puesto que en una de las empresas estuvo contratado durante más de cuatro años.
Siempre estuvo dado de alta en la Seguridad Social.

En 1999, se decidió a convertirse en autónomo y abrió una tienda de frutos
secos, que al año siguiente transformaría en frutería.Ese mismo año, invirtió
también 6.000 euros que tenía ahorrados en la peluquería que abrió en Lavapiés
un amigo suyo, Abdelouahid Berrakh. Después, viendo que había dinero en el campo
de la telefonía móvil, decidió cambiar de negocio y abrir una tienda de
telefonía en el año 2001.

Instaló su tienda, llamada Jawal Mundo Telecom, en la calle Tribulete 17,
en un local que anteriormente había sido un locutorio telefónico (Locutorio
Nuevo Siglo, que pertenecía a otro propietario). Al año siguiente, 2002, Jamal
Zougam abrió una segunda tienda de telefonía en la calle Almansa, que se
encargaría de regentar su hermanastro Mohamed Chaoui.

A lo largo de su vida, Jamal Zougam no fue detenido jamás en España, ni
tampoco fue jamás acusado de ningún delito: ni delitos relacionados con el
terrorismo islámico, ni tampoco ningún tipo de delito común. Tampoco en
Marruecos tenía antecedentes penales.

En cuanto a sus inclinaciones religiosas, Zougam era un buen musulmán, que
no bebía alcohol y que iba todos los viernes a la mezquita, pero no tenía
ninguna tendencia religiosa radical.A él le gustaba, sobre todo, el deporte. En
cuanto a su familia, está perfectamente integrada en la sociedad española.

DIAS PREVIOS

El 19 de enero de 2004, Jamal Zougam contrajo matrimonio en el consulado
marroquí con una chica llamada Ihssan Radi. La costumbre musulmana es algo
diferente a la española: los papeles se firman en primer lugar, y el matrimonio
ya se considera válido, pero esa firma sería equivalente a lo que aquí llamamos
petición de mano. Después de firmados los papeles, los novios no se van
inmediatamente a vivir juntos, sino que continúan en la casa de sus respectivas
familias, hasta que se hace, más adelante, la celebración de la boda.

En consecuencia, Zougam continuó viviendo con su madre y sus hermanos
después de contraer matrimonio, y dedicó las semanas previas al 11-M a tratar de
encontrar un piso al que irse a vivir con su mujer. En esa búsqueda le ayudaba
su hermana Zineb, que localizaba en el periódico Segunda Mano los inmuebles que
le podían convenir y le concertaba las visitas.

En esa semana del 11-M, Zineb Zougam le concertó a Jamal una visita a un
piso de alquiler en la calle Pedrezuela. El propietario de aquel piso nos ha
confirmado que la visita tuvo lugar, efectivamente, y que se produjo en la tarde
del lunes 8 de marzo, tres días antes de la masacre.

Dejando aparte las visitas a los pisos de alquiler, la vida de Zougam era,
como él mismo dice, bastante rutinaria. Analizando los datos de sus llamadas
telefónicas y de la cobertura de su teléfono móvil, puede comprobarse que solía
llegar a trabajar a su tienda entre las 11 y las 12 de la mañana, a veces algo
más tarde. Asimismo, su hora normal de salida del trabajo era entre las ocho y
las nueve de la noche.

Después, como han confirmado diversos testigos, Jamal Zougam solía ir a un
gimnasio situado en la Plaza Elíptica.

LA GESTORIA

En su relato de los hechos, Jamal Zougam afirma que un par de días antes
del 11-M estuvo en la gestoría que le llevaba los papeles de la tienda para
tratar sobre una serie de multas de aparcamiento, que tenía que abonar, por un
importe total de 400 euros. Las multas, siempre según Zougam, las pagó el 10 de
marzo en una sucursal bancaria de Lavapiés.

Para intentar corroborar esa versión, hablamos con Miguel L.M., el dueño
de la gestoría que le llevaba a Zougam la contabilidad.El gestor no recuerda si
es cierto que Zougam pasó por su despacho un par de días antes del 11-M. Pero sí
relata otro episodio aún más interesante. Al publicarse las fotografías de
Zougam en los medios de comunicación después del 11-M, él y su socio de la
gestoría reconocieron en ese marroquí acusado de los atentados a uno de sus
clientes.

En consecuencia, recopilaron la información contable (facturas, contratos,
etcétera) que tenían sobre Zougam para entregársela a la Policía. Teniendo en
cuenta que a Zougam se le detiene inicialmente por haber vendido, supuestamente,
las tarjetas telefónicas utilizadas en las bombas del 11-M, se supone que
aquella documentación contable tendría su importancia a la hora de corroborar la
versión oficial sobre la comercialización de dichas tarjetas.

El dueño de la gestoría y su socio se fueron, carpeta en mano, ya después
de celebradas las elecciones, hasta la comisaría situada en la madrileña Ronda
de Valencia, con el fin de hacer entrega de la documentación. Y aquí viene lo
extraño: una vez llegados a esa comisaría, el funcionario policial que estaba a
la puerta entró a consultar con alguien y, a continuación, salió a decirles que
llevaran aquella documentación... a la comisaría de Puente de Vallecas. Cosa
que, efectivamente, hicieron.

Quien estaba llevando las investigaciones, desde el mediodía del 13-M, era
la Unidad Central de Información Exterior (UCIE).¿Por qué, entonces, les
mandaron llevar la documentación a una simple comisaría, a la que no le
correspondía la investigación del atentado? ¿Y por qué precisamente a aquella
comisaría en la que apareció milagrosamente la famosa mochila de Vallecas, sobre
la que luego se construiría toda la investigación?

Esa documentación contable jamás fue adjuntada al sumario. El comisario
Rodolfo Ruiz, de Puente de Vallecas, entregó la documentación a la Brigada
Provincial de Información, en lugar de a la unidad responsable de las
investigaciones, que era la UCIE. Por ejemplo, en el informe elaborado por la
UCIE en diciembre de 2004, acerca de la documentación incautada a Zougam, no se
hace ni la más mínima mención de lo aportado por la gestoría.

¿Por qué esa documentación no se incorporó al sumario, si se supone que
con ella se hubieran podido comprobar las compras realizadas por Zougam para su
tienda de telefonía?

EL 10 DE MARZO

Según el relato del propio Zougam, el 10 de marzo de 2004 salió de su casa
a eso de las 10.30 horas y llegó al trabajo en torno a las 11. Después, salió de
la tienda para hacer algunos recados; comió, como todos los días, en un
restaurante de la calle Mesón de Paredes y por la tarde estuvo en la tienda con
un empleado y un socio suyos, antes de marcharse al gimnasio, a eso de las 10 de
la noche. Cuenta Zougam que estuvo en ese gimnasio hasta las 23.30 e insiste en
que tiene que constar su hora de entrada al gimnasio aquella noche, porque había
que entrar con tarjeta magnética.

Carecemos de datos que permitan comprobar el relato de Zougam
correspondiente a la mañana del 10 de marzo, porque sus teléfonos móviles no
registraron ninguna llamada aquella mañana (o, al menos, no consta ninguna en la
documentación remitida al juez).

Sin embargo, sí que se comprueba, analizando los registros telefónicos,
que Zougam estaba en su tienda a las 16.26 de aquel 10 de marzo, atendiendo a un
cliente. Se demuestra porque a esa hora se introduce, bajo cobertura de un
repetidor telefónico de Lavapiés, la tarjeta 652286626 de Zougam en el teléfono
de un cliente, probablemente para hacer algún tipo de prueba.

Intentamos a continuación verificar el relato de Zougam sobre su visita al
gimnasio. Según cuenta él, fue al gimnasio aquella noche del 10 de marzo con un
conocido suyo, propietario de una peluquería, Hassan Serroukh, de quien las
malas lenguas afirmaban que era confidente policial.

¿Por qué es importante el detalle de si Zougam fue al gimnasio o no
aquella noche? Pues porque lo que nos han contado es que los terroristas del
11-M se reunieron en la tarde-noche del 10 de marzo de 2004 en una finca de
Morata de Tajuña para preparar las bombas que al día siguiente harían estallar
en los trenes.Si es verdad que Zougam hubiera ido al gimnasio esa noche,
resultaría bastante dudoso que hubiera podido participar en los preparativos de
la masacre.

GIMNASIO

Conseguimos localizar a Hassan Serroukh, que nos confirma que acudía a
menudo con Zougam al gimnasio de la Plaza Elíptica, aunque se muestra esquivo a
la hora de precisar si estuvo allí aquella víspera del 11-M. De modo que nos
acercamos al propio gimnasio para ver si tenemos suerte y alguien recuerda,
pasado tanto tiempo, el episodio.

El gimnasio al que iba Zougam era el Fitness Plaza, enormemente popular
tanto por sus instalaciones como por el hecho de que abre las 24 horas del día.
Según sus propios empleados, a sus instalaciones acude una clientela muy
variada, entre la cual se cuentan varios policías y porteros de discoteca.

Al llegar al gimnasio, vemos algo que no concuerda con el relato de
Zougam. Este había dicho que la entrada se controlaba con la tarjeta magnética
de socio; sin embargo, el aparato que regula las entradas no es de tarjeta
magnética, sino un lector de huella digital. Preguntando a las personas que
trabajan en el gimnasio, nos aclaran que el sistema informático se cambió en
septiembre de 2004 porque había socios que se dejaban unos a otros las tarjetas
de acceso, pero que, efectivamente, en marzo de 2004 la entrada se regulaba
mediante tarjeta magnética.

Verificamos en el gimnasio que Zougam se había dado de alta como socio el
7 de enero de 2004. Y, para nuestra sorpresa, sí que logramos encontrar a alguna
persona que nos pudiera dar datos de si Jamal Zougam había estado allí aquella
víspera del 11-M.En realidad, no encontramos a una persona, sino a dos.

Por un lado, hablamos con la encargada del turno de noche aquel 10 de
marzo, que nos confirma que Jamal Zougam entró en el gimnasio aquel día a las
22.30. Personalmente, no recuerda si vio al marroquí aquella noche o no, porque
en el gimnasio entra cada noche una multitud de socios, pero sí que recuerda
perfectamente que la Policía se presentó en el gimnasio menos de una semana
después del atentado para solicitar las fichas de asistencia de Zougam, con el
fin de comprobar su coartada. Y recuerda también que, según el sistema
informático, Zougam había entrado a las 22.30 con su tarjeta magnética de socio.

HORA DE SALIDA

Desde luego, cabía la posibilidad de que Zougam le hubiera dejado su
tarjeta a alguna otra persona, pero la propia encargada nos sacó de dudas al
localizarnos a uno de los monitores del gimnasio que estuvo con Zougam aquella
víspera del atentado. Aquel monitor nos cuenta que puso al marroquí, en esa
noche del 10 de marzo, una tabla de ejercicios de gimnasia. Y nos confirma que
recuerda que Zougam se quedó allí aproximadamente una hora u hora y media.

Por tanto, fue Zougam el que entró en ese gimnasio a las 22.30 del 10 de
marzo, saliendo de allí entre las 23.30 y medianoche.

¿Por qué se ocultó aquel dato?

Esos dos testimonios son la prueba de que Jamal Zougam dice la verdad
cuando afirma que él estaba en el gimnasio a esa hora en que, según la versión
oficial, los terroristas del 11-M debían de estar montando las bombas en una
casucha perdida de Morata de Tajuña.

Aunque lo más importante de esos testimonios es otra cosa. La encargada
del gimnasio nos confirmó que la Policía no sólo consultó el registro de
entrada, sino que se llevó consigo toda la documentación sobre las horas de
entrada de Zougam en el gimnasio, datos sacados del sistema informático que
controlaba el torno de entrada.

La Policía tenía, por tanto, la demostración de que Zougam estuvo allí la
noche anterior al 11-M, mientras manos desconocidas preparaban las bombas en
Morata de Tajuña. Pero esa documentación, que introduce una duda más que
razonable sobre la participación de Zougam en el atentado, tampoco se llegó a
incorporar nunca al sumario.

Relacionado con el terrorismo islamista

La versión oficial cuenta que los terroristas montaron sus 13 bombas
mortales en la noche del 10 al 11 de marzo de 2004, en una casa situada cerca
del pueblo de Morata de Tajuña. Después, se trasladaron hasta alguna estación
del Corredor del Henares, abordaron los cuatro trenes que habían salido de
Alcalá entre las 7.00 y las 7.15, depositaron sus bombas y abandonaron los
trenes, antes de que éstos estallaran.

Una de las bombas, que no llegó a hacer explosión, fue encontrada en la
madrugada del 12 de marzo en la comisaría de Puente de Vallecas, entre las
pertenencias de las víctimas de El Pozo.

Esa bomba número 13 estaba alojada en una bolsa de deportes y usaba como
iniciador un teléfono móvil para que explotara a una hora determinada mediante
la alarma.

El teléfono contenía una tarjeta telefónica y la Policía averiguó que ésta
había sido vendida en una tienda situada en Lavapiés, propiedad del marroquí
Jamal Zougam. Al ver ese nombre, a los investigadores se les encendió la
bombilla, porque Zougam había sido ya relacionado, años antes del atentado del
11-M, con una trama de terrorismo islamista.

En la tarde del 13-M, 48 horas después del atentado, Zougam y otras cuatro
personas fueron detenidas por vender los teléfonos y tarjetas de las bombas. Las
otras cuatro personas fueron puestas en libertad a las pocas semanas, pero
Zougam continuó en prisión, porque posteriormente aparecieron diversos testigos
que dijeron haberle visto en los trenes de la muerte aquella fatídica mañana del
11 de marzo.




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Lunes, 9 de marzo de 2009. Año XXI. Número: 7.021.
ESPAÑA
QUINTO ANIVERSARIO / La entrevista / JAMAL ZOUGAM Autor material del 11-M
«Estaba condenado desde el primer día. Estoy en prisión por la cara»

El único condenado por la colocación de las bombas de los trenes
reconstruye las horas previas y posteriores a la masacre, y cómo vivió él la
instrucción sumarial y el juicio por los atentados del 11-M



LUIS DEL PINO. Especial para EL MUNDO
Madrid
«El 10 de marzo, víspera del 11-M, hice prácticamente lo mismo que
cualquier otro día. Mi vida era muy rutinaria. Salí de casa a eso de las 10.30
de la mañana y llegué al trabajo a las 11.Recuerdo que aquel día salí al banco y
a comprar algo para la tienda. En el banco, pagué 400 euros en multas de
tráfico, después de haber hablado el día anterior con mi gestor acerca de ese
tema. Comí, como todos los días, en un restaurante de la calle Mesón de
Paredes».

«Por la tarde, estuve en la tienda con mi empleado Abderrahim Zbakh y mi
socio, Mohamed El Bakali. A las 10 de la noche, me fui al gimnasio con un
conocido mío, Hassan Serroukh, y allí estuve hasta las 23.30. Después fui a mi
casa, donde llegué a eso de las 23.45. En el gimnasio tiene que constar que
estuve allí, porque se accedía con una tarjeta magnética que registraba la hora
exacta de entrada».

«Cuando sucede el atentado, yo estaba en casa durmiendo, con mi
hermanastro Mohamed, mi madre y mi hermana Samira. Al irse Samira a trabajar a
las ocho de la mañana, nos dejó durmiendo en casa a mi hermanastro y a mí».

«Yo me fui al trabajo en mi coche y llegué un poco más tarde de lo
habitual porque aparcar en Lavapiés siempre es difícil».

«El 13 de marzo, también fui a trabajar como siempre, y llegué a la tienda
sobre las 11 de la mañana. Aquel día, un coche me siguió desde mi casa. A eso de
las 15.00 horas, cuatro policías se presentaron a detenerme. Yo pregunté que por
qué lo hacían y entonces llamaron por teléfono a su jefe y le dijeron que había
otra persona conmigo (mi socio, Mohamed El Bakali). Después de colgar, me
dijeron que me detenían por colaborar en el atentado y nos llevaron a los dos a
la comisaría de Canillas, en aquel mismo coche que me había seguido por la
mañana».

«El maltrato en comisaría era permanente. Desde los primeros instantes, se
turnaban para interrogarme continuamente y humillarme, sin dejarme dormir y sin
ningún abogado, durante cinco días.Me insistían en que les contara cualquier
cosa sobre cualquier moro que tenían fichado, aunque fuera inventada. De lo
contrario, me decían, harían que me lo comiera todo. En un par de ocasiones, me
enseñaron un álbum de fotos repleto de desconocidos. También recuerdo que me
llevaron a una sala con un enorme espejo y me dejaron allí solo mucho tiempo».

«El día 13, alrededor de las 10 de la noche, me llevaron a mi tienda para
realizar un registro, sin encontrar nada. Unos días después, me llevaron otra
vez para registrar de nuevo».

«Cuando no quise declarar en Canillas, me comentaron que daba igual,
porque el juez hacía lo que ellos dijeran. Luego, al declarar ante el juez, él y
la fiscal me trataban ya como autor material.Nunca se respetó mi presunción de
inocencia y toda la investigación se quedó en buscar o inventar cualquier cosa
para que pareciera yo el culpable».

«La primera rueda de reconocimiento me la hicieron en la prisión de Soto
del Real, una noche. Trajeron un grupo de jóvenes españoles con pelo rubio. Yo
quería decirle a mi abogada que tenían que ser marroquíes, pero un funcionario
me dijo que estaba incomunicado».

«La primera declaración ante Del Olmo fue el 19 de marzo de 2004 y la
segunda a los dos años. Solicité careos con otros detenidos o testigos; pedí que
declararan mi familia, Mohamed el Bakali y Abderrahim Zbakh. Pedí también que se
interrogara a los testigos de los trenes que decían reconocerme... Pero todo me
lo denegaron, con el pretexto de que eso dilataba la investigación. Yo estaba
condenado desde el primer día».

«Mi madre habló muchas veces con Del Olmo para decirle a qué hora salí de
casa el 11-M, pero el juez no incorporó su declaración al sumario. En una
ocasión, Del Olmo le reconoció a mi madre: 'Yo sé que su hijo ha dormido en
casa', y mi madre salió muy contenta de allí».

«Cuando pusieron en libertad a los restantes detenidos del 13-M (en abril
de 2004), sentí una enorme sensación de injusticia, porque todos estábamos en la
misma situación. Pero me alegro por ellos, porque si hubieran permanecido en la
cárcel hasta el juicio, seguramente les habrían condenado con cualquier
pretexto».

«Luego, al conocer la sentencia de la Audiencia Nacional, sentí rabia e
indefensión, recordando cómo el juez Bermúdez mandó callar en el juicio a un
testigo que dijo que fue Mohamed El Bakali, y no yo, quien vendió las tarjetas».

«Yo no sé qué pasó el 11-M, pero en el juicio sólo se empeñaron en
intentar demostrar que no fue ETA, y así era fácil condenarnos a los moros».

«Por lo que a mí me toca, yo me pregunto: si a Allekema Lamari [uno de los
muertos de Leganés] también le identificaron en el tren de Santa Eugenia, donde
dicen haberme visto, y en ese tren sólo explotó una bomba, ¿por qué tengo que
ser yo quien la colocó si el testigo que le reconoce a él no se contradice con
nadie? ¿No será porque, de hacerlo bien, tendrían que soltarme y sería un
escándalo? Es más fácil dejarme en la cárcel: así no tienen que explicar por qué
me detuvieron sin pruebas en la jornada de reflexión, por ejemplo».

«Más tarde, al conocer la sentencia del Tribunal Supremo, mi decepción fue
total, porque tenía mucha esperanza en salir absuelto.Se suponía que iban a ser
más justos que la Audiencia Nacional, pero ni siquiera entraron a juzgar la
credibilidad de los testigos que me acusaban».

«Entonces pensé que aquello era una venganza y me acordé de las palabras
de un policía que me interrogó en Canillas: 'Si hubieras trabajado con nosotros,
no te habría pasado esto'. Se refería a que, en 2001, un día se presentaron dos
policías en mi tienda e intentaron convencerme para proporcionarles información
sobre los árabes de Lavapiés, prometiéndome todo tipo de beneficios.Al negarme,
cambiaron a un tono amenazante, pero yo no hice caso, porque tenía todo legal y
creía que no podían hacerme daño. Unos meses después, registraron mi casa para
asustarme, por una comisión rogatoria enviada desde Francia, pero tampoco me
preocupó, ya que no conocía a nadie en Francia y nunca estuve allí. Pero ya me
tenían como sospechoso».

«Luego, como un mes antes del atentado, se presentaron dos policías de
paisano en mi tienda, estando allí El Bakali y Zbakh. Les preguntaron cosas
rutinarias y, durante todo ese mes, la Policía de paisano se encontraba a menudo
en la calle Tribulete. En el registro de mi casa reconocí a dos de ellos: una
chica rubia y un joven corpulento».

«Nadie se ha interesado en ningún momento por mi situación. A nadie le
interesa un caso como éste: ni a las asociaciones de defensa de los derechos
humanos, ni al Gobierno marroquí. Los medios de comunicación de mi país ni
siquiera se han puesto en contacto conmigo. En cuando a la prensa española,
desde el principio estuvo manipulando todo. Se habló, por ejemplo, de que había
aparecido una huella mía en la casa de Morata, de que me reuní con miembros de
Al Qaeda justo antes del 11-M, de que yo era un terrorista entrenado en
Afganistán... y un sinfín de burradas más».

«Si juntas esas falsas informaciones con las contradicciones de los
testigos, con la declaración de mi familia, con la de Abderrahim Zbakh y Mohamed
el Bakali, con mi forma de actuar antes del 11-M, con la falta de todo rastro
mío en los lugares clave de los atentados... llegas a la conclusión de que no
sólo estoy en prisión por la puta cara, sino que han tapado conmigo todas sus
porquerías».

«A las víctimas del atentado yo les diría que no se dejen cegar por el
dolor y el odio. Tienen que buscar la verdad ante todo y no dejarse manipular.
No pueden permitir que se condene a cualquiera como chivo expiatorio. Y las
víctimas que estuvieran en el tren de Santa Eugenia, que hablen, que digan lo
que vieron. Porque los testigos que declararon haberme visto se han aprovechado
de mí y de las víctimas».



(11-M)







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