Una estatua para Straw
Le han visto ustedes cabeceando llamativamente, en segundo plano muy visible, para certificar gestualmente la absoluta credibilidad de Blair durante el lanzamiento de la guerra de Irak, cuando el premier británico, con aquél rostro de perplejidad inocente y ofendida, testificaba sobre las amenazas del “ántrax de Sadam Hussein” y anunciaba la necesidad de una guerra salvadora.
También cabeceaba Straw, confirmando -en representación del Reino Unido- las cínicas palabras de Powell, cuando el secretario de Estado de los EEUU trataba de influir sobre el Consejo de Seguridad y desgranaba las múltiples “pruebas” sobre la importación de uranio enriquecido, la reanudación del programa nuclear, el uso de laboratorios móviles para la producción de armas biológicas, la existencia de fabulosas cantidades de ántrax y gas sarín, la recopilación de cuantiosos informes de disidentes internos y exiliados sin nombre que demostraban la existencia de programas para la fabricación y de armas de destrucción masiva en poder del ejército iraquí.
Tuvo papel esencial un Straw enfático y tramposo, en la crucial jornada en la que –también ante el Consejo de Seguridad- los EEUU definieron, con apoyo británico, su intención irrevocable de lanzar un ataque masivo y la posterior invasión de Irak. Ocurrió después de que los informes de Hans Blix y de Al Baradei, los máximos responsables del equipo de inspecciones enviado por la ONU a Iraq, desmontaron en un entorno fuertemente hostil las inverosímiles acusaciones de Powell, en gran parte basadas en “pruebas” no documentadas o en “pruebas” fabricadas por la CIA.
Straw –como Bush, Blair, Powell, Berlusconi o Aznar- ha demostrado que la falta de respeto a la verdad es casi ilimitada entre los políticos de nuestra mal llamada “sociedad de la información”. La absoluta confianza de los líderes políticos en que pueden decir cualquier cosa pues detentan el monopolio de la “información relevante” y disfrutan de la más absoluta impunidad frente a cualquier responsabilidad o representación política, está sin duda completamente justificada.
Con esa garantía de que su cargo político resistirá cualquier prueba de verdad, sea cual sea el engaño, es capaz Straw –el político que aseguró la libertad de Pinochet permitiendo que el dictador, vivito y con salud de plazo largo, se evadiese de la justicia y regresase a la cómoda impunidad de Chile- de efectuar declaraciones como las que ha hecho en la primera jornada del Foro de Davos.
Dijo Straw que Iraq había recibido grandes beneficios tras la caída de Sadam Hussein. Afirmó, por ejemplo, que se habían reabierto unas 2000 escuelas pero no señaló las que había cerrado o destruido la guerra.
Horas antes de que le remplazase en la tribuna Dick Cheney -director hasta su asunción como vicepresidente de los EEUU de la multinacional Halliburton, concesionaria mayor del negocio del petróleo en Iraq- el ministro británico de exteriores aseguró ante un auditorio más cómplice que escandalizado que "los recursos naturales de Irak, petróleo incluido, pueden ser ahora utilizados en beneficio de toda la gente”,
Pero allí en donde sus declaraciones fueron más escandalosas, al chocar con una realidad más visible, fue cuando afirmó que “la criminalidad se ha reducido en los últimos meses”. Horas después de esta triunfalista declaración que hacía sonrojar a alguno de sus contertulios de rostro menos petrificado, un informe directo señalaba los límites de la tragedia en la que se ha convertido la vida cotidiana desde la invasión. El Instituto de Medicina Legal de Bagdad afirmaba que unas 25 personas mueren cada día –800 en el último mes- por actos violentos sólo en la capital de Iraq.
Esta terrible cifra, que da cuenta de la tremenda desarticulación social y la precariedad humana producida por la destrucción y ocupación del país que efectuaron las “fuerzas salvadoras”, no incluye los muertos en atentados.
