Les envío un notable artículo de un escéptico argentino
al que admiro incondicionalmente, el querido y querible
Pablo Capanna.
Saludos
Héctor
el biólogo austríaco Paul Kammerer se suicido en 1926. Fraudes científicos:
El secreto de Paul Kammerer
La conspiración del sapo
Por Pablo Capanna
Paseando a orillas del río Arapey, al norte de Uruguay, me topé con un
curioso monumento: un modesto monolito que recuerda el lugar donde en 1903
ejecutaron al último ciudadano uruguayo que fue condenado a muerte poco
antes de que la pena capital fuera abolida.
Al costado un prolijo cartel con el título "Víctima de su error" nos informa
que en esa barranca fue fusilado el soldado de caballería Estanislao Silva,
quien "había dado muerte al sargento Pedro Rivero para robarle un dinero,
siendo descubierto cuando una noche mientras dormía tuvo una pesadilla que
reveló su crimen".
Detrás de ese título, que prefiere hablar de "error" antes que de "culpa",
está toda la filosofía griega, que identificaba el mal con la ignorancia.
Pero las cosas no son tan simples, especialmente después de las atrocidades
del siglo XX, y el turista se queda con muchas dudas.
¿Cuál fue el error de Silva? ¿Cometer un homicidio? ¿Matar a un superior?
¿Desconocer el código penal militar? ¿Hablar en sueños, acosado por el
remordimiento? ¿O quizás hacer todo eso ignorando que en unos meses más la
pena de muerte iba a ser abolida?
Por alguna extraña asociación, me vino a la memoria la historia de Paul
Kammerer, quien protagonizó uno de los más sonados fraudes científicos del
siglo, conocido como "el caso del sapo partero". El austríaco Kammerer
(1890-1926) fue sin duda víctima de un error, que lo empujó al suicidio. Lo
que no está claro es si el error fue propio o ajeno. Tampoco si se trató de
una falta de carácter ético o de un error científico.
Una muerte dudosa
El 23 de septiembre de 1926, en las afueras de Puchberg (Alemania), fue
encontrado el cadáver de Kammerer. Estaba sentado bajo una saliente rocosa,
vestido de impecable etiqueta, y todavía empuñaba una pistola en la mano
derecha, si bien se había disparado en la sien izquierda.
Para aclarar (o confundir) a todos, el suicida había dejado no una sino
cinco cartas, dirigidas a quien encontrara su cuerpo; a su esposa, la
baronesa Felicitas von Wiedersperg; a su amante Greta Wiesenthal; a su amigo
el barón von Gutman y hasta a la Academia de Ciencias de Moscú. Declaraba
ser inocente del fraude científico que le habían atribuido, admitía que sus
especímenes habían sido manipulados por manos ajenas y se excusaba ante los
soviéticos por no haber podido hacerse cargo de la cátedra que le habían
ofrecido.
El escándalo científico no era la única causa posible del suicidio;
considerando la turbulenta vida sentimental de Kammerer, no había que
descartar los motivos pasionales. En sus breves 36 años el biólogo había
tenido innumerables amantes, incluyendo a la viuda del compositor Gustav
Mahler, una pintora, una bailarina clásica y (una tras otra) las cinco
hermanas Wiesenthal.
Kammerer no sólo había dedicado sus esfuerzos a la biología; era un
compositor popular exitoso, y no faltó quien atribuyera el suicidio al daño
que el escándalo le había hecho a su carrera musical.
En algún momento, hasta había incursionado en la epistemología, con un libro
insólito, La Ley de la Serialidad (1919). Allí proponía explicar esas
coincidencias fortuitas que todos conocemos apelando a un principio ajeno a
la causalidad. Nadie se había hecho cargo de su iniciativa, salvo el
psicoanalista esotérico Carl Gustav Jung, quien lo consideraba un precursor
de esa "sincronicidad" que luego intentaría explicar con la ayuda del físico
Wolfgang Pauli. De todos modos, Jung lo descalificaba, calificándolo como un
racionalista que había sabido apartarse del campo de las probabilidades.
El amigo de los sapos
Con todo, lo que más le interesaba a Kammerer eran los lagartos y los sapos.
En el jardín de un castillo de Moravia lo habían visto besar a un sapo de
una especie exótica, quizá soñando con convertirlo en princesa. A su hija le
había puesto el nombre de Lacerta (lagartija).
En su tiempo, arreciaba la polémica entre los lamarckianos, que defendían la
herencia de los caracteres adquiridos, y los mendelianos, que estaban
fundando la genética. Pero el tema comenzó a teñirse de ideología, porque
los racistas hacían un dogma de la herencia, y las iz-quierdas veían al
lamarckismo como una garantía de evolución.
Las experiencias que Kammerer realizó con salamandras alpinas parecían
aportar pruebas a favor del lamarckismo. La salamandra negra vive en la
montaña y tiene pocas crías; la manchada se reproduce en el agua y tiene
crías en abundancia. Kammerer logró criar ejemplares negros en el llano y
salamandras manchadas en la montaña, logrando que invirtieran sus hábitos
reproductivos. Cuando su experiencia fue corroborada por otro investigador,
le dieron un importante premio. También logró que los tritones Proteus,
habitualmente ciegos, desarrollaran ojos después de haberlos criado bajo una
luz roja, demostrando que en ellos el ojo estaba apenas atrofiado.
Sin embargo, lo que le daría una efímera fama internacional sería su trabajo
con el sapo partero (Alytes obstetricans).
La hembra de este batracio pone los huevos envueltos en una bolsa de
filamentos. El macho, después de fecundarlos, los incuba entre sus patas,
con lo cual se ha ganado el apodo de "sapo partero". A otras especies, que
se aparean en el agua, la hembra les resulta más escurridiza. Para
retenerla, sus patas delanteras han desarrollado unas almohadillas negruzcas
que actúan como un cierre velcro. El sapo partero carece de ellas, porque
copula en tierra.
Kammerer crió a dos sapos terrestres en un ambiente caldeado para obligarlos
a refugiarse en una cuba de agua fresca y en 1909 anunció que después de
varias generaciones habían desarrollado los "guantes nupciales". Las
dificultades que entrañaba reproducir estas experiencias desalentaron a
otros, pero Kammerer presentó una colección de ejemplares disecados y
abundantes fotografías. Sin embargo, a pesar de que todos vieron en esto un
triunfo de las ideas lamarckianas, Kammerer prefirió explicarlo como un
atavismo, tal como había ocurrido en el caso del tritón.
El fiscal Bateson
La historia sufrió un giro cuando intervino William Bateson. El inglés, uno
de los estudiosos que retomó los trabajos de Mendel, había sido antes
lamarckiano, y puso todo su fervor de converso en "desenmascarar" al
austríaco. Viajó a Viena, habló con Kammerer y con su jefe Hans Prizbram,
examinó a los especímenes y opinó que eran fraudulentos.
Durante la Primera Guerra Mundial Kammerer fue enviado al frente: sus sapos
murieron porque nadie se ocupó de ellos y las muestras, tras pasar de un
sótano a otro, se deterioraron. De regreso a la vida civil, el austríaco
publicó otro estudio sobre el Alytes, pero desde las páginas de Nature
Bateson volvió a denunciar como espurias todas sus experiencias, incluyendo
las que había realizado con salamandras.
Más tarde, Kammerer viajó a Inglaterra y dio dos conferencias en Oxford y
Cambridge. El único ejemplar que le había quedado fue examinado por
científicos como MacBride y Haldane, y hasta Bateson se disculpó con él.
Hizo un viaje a Estados Unidos y comenzó a hacerse famoso en la Unión
Soviética, donde su trabajo parecía apoyar las teorías de Michurin. Los
comunistas querían usarlo, y los racistas comenzaron a verlo como un enemigo
ideológico.
El escándalo
Mientras tanto, la denuncia de Bateson había tenido eco en Estados Unidos.
Dos décadas antes, un físico norteamericano llamado Wood había puesto en
evidencia al francés Blondlot y sus inexistentes "rayos N". Quizá su
compatriota, el biólogo G. K. Noble, haya querido emularlo cuando se decidió
a viajar a Austria para poner a prueba a Kammerer.
Noble se instaló en Viena y Hans Prizbram, el director del Instituto de
Biología Experimental, le ofreció la colaboración de su asistente Weiss.
Noble y Weiss examinaron el último ejemplar de sapo partero que aún
conservaba la almohadilla en su única pata sana y les fue fácil demostrar
que había sido inyectado con tinta china negra. Además, el ejemplar no era
un Alytes sino una rana Bombinator, que está naturalmente equipada con los
"guantes nupciales".
Cualquiera diría que la falsificación era demasiado burda para no haber sido
descubierta por los expertos que años antes habían examinado las muestras.
Puesto a hacer fraude, cualquier profesional hubiera elegido la especie
adecuada, y seguramente contaría con colorantes más sofisticados que la
tinta china.
Como era obvio, el informe que Noble publicó en Nature el 7 de agosto de
1926 fue lapidario. Kammerer quedó en evidencia, y pasó poco más de un mes
antes de que optara por el suicidio.
Tan poco clara quedaba la responsabilidad de Kammerer que su propio jefe
salió en su defensa, aunque reconoció que había existido una adulteración.
Prizbram siempre creyó en la inocencia de su colaborador, y atribuyó el
sabotaje a un colega "loco de envidia". Nunca dio a conocer su nombre, pero
sostuvo que se trataba de un persona bien conocida que años más tarde
acabaría internada en sanatorio psiquiátrico.
La hipótesis del colega tenía sus dificultades, teniendo en cuenta la
torpeza del autor del fraude. En todo caso, bien podría haber sido una
amante contrariada, una de las cuales había sido asistente de Kammerer en su
laboratorio.
Mac Bride sugirió que quizás el autor del hecho no hubiese sido
necesariamente un enemigo. Quizá fuera un simpatizante que, conociendo el
estado calamitoso en que se encontraba el ejemplar que iba a ser examinado
por Noble y Weiss, había intentado restaurar las marcas borradas.
El Comisario Lunacharsky
En la Unión Soviética el lamarckismo de Michurin se estaba convirtiendo en
un dogma, y el concepto de herencia (incluso genética) era considerado
reaccionario. El caso Kammerer parecía ideal para construir un mártir,
haciendo del vienés una víctima de la ciencia burguesa.
Fue así como el cine soviético llegó a dedicarle un film apologético,
Salamandra (1928), cuyo guión había escrito Anatoli V. Lunacharsky, el
propio comisario del Pueblo para la Educación. Lunacharsky (1875-1933) era
un humanista que protegió monumentos, iglesias y obras de arte en los
momentos más difíciles de la guerra civil. Con todo, la película que le
dedicó a Kammerer fue pura propaganda.
En el film, el vienés aparecía como un amigo del pueblo porque con sus sapos
demostraba científicamente la posibilidad de engendrar al "hombre nuevo",
superando las limitaciones hereditarias. Sus ideas despertaban celos entre
los reaccionarios, que le armaban una trampa.
Aquí al comisario Lunacharsky no se le ocurrió nada mejor que aprovechar
para echarle la culpa a la religión. El villano no podía ser otro que un
cura, de la misma calaña que el monje genetista Gregor Mendel. En una oscura
sacristía el clérigo, secundado por un miembro de la nobleza, inyectaba
tinta china en una salamandra. Al día siguiente, cuando todos estaban
aclamando a Kammerer, los conspiradores sumergían al lagarto en una tina y
mostraban con qué facilidad desteñía. Entonces una fiel discípula le
aconsejaba al perseguido recurrir a Lunacharsky (¡interpretado por él
mismo!) y el comisario facilitaba la huida de ambos a la URSS. La ficción
era completa, si tenemos en cuenta que cuando se filmó la historia habían
pasado dos años del suicidio de Kammerer.
El defensor Koestler
Pasaron muchos años hasta que Arthur Koestler retomara la historia en El
caso del sapo partero (1971), movido por una actitud de simpatía hacia
Kammerer, cuya tragedia quiso explicar por la intolerancia ideológica. Eran
cosas que Koestler (perseguido por el nazismo, ex militante comunista y en
su momento condenado a muerte por Franco) conocía en carne propia.
Koestler retomaba la hipótesis de Prizbram. El sapo teñido era un sabotaje
hecho a espaldas de Kammerer por un colega loco, el personaje no
identificado que acabó encerrado en un manicomio. Se trataba de la misma
persona que había trucado las salamandras. Pero Koestler le añadía un nuevo
tinte ideológico a la cuestión. Sugería que el saboteador probablemente
fuera un nazi, que quería destruir a Kammerer no sólo por su vinculación con
los soviéticos sino porque su experiencia ponía en jaque las teorías
racistas.
El detective Gould
Pasaron casi ochenta años, y mucha agua corrió bajo los puentes. Stalin se
sacó de encima a Lunacharsky, enviándolo como embajador a España, pero le
dio plenos poderes al "lamarckiano" Lysenko, quien se las arregló para
causarle profundos daños a la agricultura soviética y aniquilar a los
genetistas rusos. Vavilov, el discípulo de Bateson, fue a parar al Gulag, y
los que no lo acompañaron tuvieron muertes dudosas.
Ante los despropósitos de Lysenko, los marxistas occidentales como J. B. S.
Haldane o Hermann Müller abandonaron el lamarckismo, y nadie quiso revisar
las experiencias de Kammerer. En cuanto a Bateson, había muerto meses antes
que Kammerer. Como para demostrar que los caracteres adquiridos no se
transmiten, su hijo, el antropólogo Gregory Bateson, heredó su inteligencia,
pero acabó siendo el fundador de la New Age, que tiene mucho de fraudulento.
En cuanto a Koestler, que defendía la eutanasia, se suicidó.
Desde el punto de vista policial, el enigma sigue resistiendo tanto como lo
hizo en su momento el fraude de Piltdown.
En cuanto a la ciencia, la cuestión parece haber sido resuelta por Stephen
J. Gould. El gran biólogo recientemente desaparecido entendía que Kammerer
no sólo podía haber sido sincero sino que hasta podría haber logrado los
resultados que le valieron la fama. Según Gould, es muy posible que Kammerer
lograra que el sapo partero de tierra desarrollara las almohadillas negras
en sus patas delanteras. Toda la cuestión se desdibuja desde que la óptica
darwiniana se ha integrado con la mendeliana. Ahora es posible interpretar
aquellos resultados en términos de selección natural, sin apelar al
lamarckismo.
Lo que habría hecho Kammerer admite hoy una explicación darwiniana. El sapo
terrestre descendía de antepasados acuáticos. Entre éstos, los que nacían
con almohadillas terminaron por imponerse por selección natural. Aunque el
órgano se había atrofiado por falta de uso en los terrestres, seguía estando
presente en su patrimonio genético. Al someter sus sapos a la presión del
ambiente, Kammerer había logrado que se manifestaran los caracteres latentes
que dormían en sus genes "silenciosos".
Al haber desaparecido casi todas sus colecciones y teniendo grandes
dificultades técnicas para reproducir la experiencia, Kammerer se sintió
acosado por Bateson y otros críticos. Aquí, habría intervenido la mano de un
"amigo" que quiso salvarlo inyectando tinta china, o la de un enemigo que lo
hizo para destruirlo.
Lo curioso es que en su carta a la Academia soviética, Kammerer también
admitía una falsificación en el caso de las salamandras, aunque en su último
mes de vida no había podido tener acceso al instituto para verificar el
estado de las muestras. Quizás en esos días alguien (¿Prizbram?) le contó la
verdad de la historia, y se sintió impotente para remontar el escándalo.
¿El suicidio de Kammerer fue un desesperado intento para presentarse como
víctima de una conspiración cargada de ideología?
En ese caso, ¿por qué no denunció al culpable, cuyo nombre seguramente
conocía?
Así como el soldado uruguayo que fue fusilado a orillas del río poco antes
de abolirse la pena de muerte, Kammerer fue "víctima de su error". La
pregunta sigue siendo: ¿En qué consistió el error? ¿Encubrir a la (o el)
culpable, por motivos ajenos al hecho en sí? ¿Hacer la vista gorda ante un
fraude que lo favorecía? ¿O quizás haber tenido la desgracia de vivir en una
época muy complicada?
«Se precisan niños para amanecer»
-Daniel Viglietti-
Saludos,Melina.
---------------------------------
Do you Yahoo!?
Exclusive Video Premiere - Britney Spears