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sodalis · Lista dedicada al juego de rol Ars Magica, el mejor juego sobre magia que se ha escrito
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El Amor del Lobo   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #2350 de 2754 |
Rebuscando entre mis cds viejos he encontrado esto. Es de hace ya
unos años y no se quien me lo envio. Pero me gusto, lo pongo en
circulacion a traves de aqui. Espero que os guste
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EL AMOR DEL LOBO
El cuerno de caza sonó varias veces, raudo y grave sobre los
verdes prados. Mis ojos espiaban la pradera, escondido como estaba
tras una maraña de allí descubrí los perros, corriendo alocados en
medio de una algarabía de ladridos, a más de treinta metros de
mi posición.
Seguían el rastro del zorro y yo sabía tras ellos pronto aparecerían
los cazadores sobre sus corceles; así fue: allá iban Sir Pippers,
Sir Merrick, Martín Chambers, mi viejo amigo, con el que tantas
veces había recorrido los prados y los bosques de la región,
y varios aristócratas más, soltando bridas y picando espuelas.
Entonces la vi. Elaine. Vestía blancos pantalones de montar,
ceñidos a sus piernas de consumada amazona, botas negras, la
chaquetilla escarlata y la pequeña gorra que dejaba escapar aquella
melenita color fuego que tantas veces yo había acariciado. Sus
mejillas estaban frescas, sus ojos, verdes y profundos, su cuerpo ya
el de una mujer. Recordé el calor de su piel y su aliento, su voz y
sus sonrisas…
La rápida comitiva pronto se perdió de mi vista. En mi cabeza se
levantaban dolorosos recuerdos…
Elaine. Estaba tan bonita aquella noche, cuando nos prometimos bajo
el gran almendro de su mansión…
Habiendo recibido el sí de sus labios, volví a mi casa brincando
como un mozalbete. Atajé por el camino que atravesaba los yermos
páramos, aquellos de los que se contaban lúgubres historias;
yo me sentía en esos momentos como el más poderoso de los Hércules,
y sin vacilar me adentré en el frío páramo, teñido de una oscuridad
susurrante y opresiva, velado por una niebla que se enroscaba en los
troncos de los árboles muertos.
Entreví una figura blancuzca en la niebla: era un hombre adulto,
desnudo. Al descubrirme echó a correr. Picado por la curiosidad,
fui en pos suyo, dejando el estrecho sendero.
Tras medio minuto de persecución a la carrera, el tipo cayó al
suelo, exhalando un fuerte jadeo. Yo me detuve a unos diez metros de
él, sudoroso pero satisfecho, dispuesto a interrogarle. Entonces
de sus labios surgió un aullido tal, que me dejó clavado en el
sitio.
Se puso difícilmente a cuatro patas, tosiendo violentamente.
Horrorizado, vi cómo su piel cambiaba de color entre la niebla,
tomando un tono pardo oscuro y luego gris cerrado. Toda su figura
echó a temblar espasmódicamente, su cabeza estaba deformándose, y
con ella el resto del cuerpo, produciéndome el espectáculo profunda
repulsión. Al fin emitió una histérica carcajada que acabó en
rabioso ladrido.
Y ya no tenía ante mí un hombre, sino a una bestia enorme, una
especie de lobo gigantesco. El ser se volvió hacia mí y vi…
que Dios se apiadara de mi alma… sus patas delanteras no eran sino
brazos humanos, gruesos como los de un forzudo de feria. El monstruo
me miró, horadándome con sus ojos inyectados en sangre, y la carne
de su hocico se arrugó, estirándose hacía atrás, levantando así los
belfos húmedos, y mostrando dos hileras enormes y puntiagudas. Su
lomo se encrespó, se le erizó todo el vello desde la cabeza a la
punta de la cola, la cual latigueaba furiosa el aire.
Las orejas se replegaron hacia atrás, pegándose al cráneo como hacen
los gatos ante un peligro. Soltó un rugido que me atravesó el alma,
luego dio dos pasos hacía mí, sin dejar de gruñir en el más ronco y
amenazador de los tonos. Mis piernas estaban paralizadas, pero mis
dedos se habían introducido en la chaqueta y buscaban el abrecartas
de plata, regalo de mis padres, que siempre portaba encima. Aquella
era mi única arma.
El ser acomodó sus cuartos traseros, haciéndolos temblar, dispuesto
a saltar sobre mí. Yo ya sacaba el abrecartas cuando se lanzó.
Vi su enorme cuerpo ocupando el mundo entero, una bocanada de su
aliento golpeó mi rostro antes que su cuerpo.
Fue como si un martillo gigantesco hubiera impactado contra mi
pecho. Los dos caímos; al chocar contra el suelo, dos de mis
costillas cedieron, y el ser se revolvió sobre mí y de un
centelleante zarpazo destrozó mi hombro izquierdo, saltando las
finas tiras de músculo y los trozos de hueso entre una nubecilla
de sangre. El dolor fue como luz cegadora, pero apretando los
dientes y endureciéndome en el calor de la lucha, hundí el
abrecartas con saña varias veces en su costado derecho.
La bestia saltó hacía atrás al sentir el filo de mi arma,
agitando la cabeza y haciendo chasquear sus mandíbulas. Miraba mi
abrecartas con un odio tan intenso que lograba erizar el vello de
todo mi cuerpo. Jamás había sentido tanto odio como en esos dos
brillantes ojos. Bufaba y se movía inquieto de un lado a otro,
encrespándosele el lomo. Comprendí que temía la plata del abrecartas.
Entonces decidió huir, lamiéndose la herida, desapareciendo entre la
niebla. Yo permanecí tirado, sangrando profusamente, debatiéndome
contra la inconsciencia, hasta que mi debilidad fue máxima y no pude
resistirla.

Cuando desperté, me hallaba aún en el mismo lugar. Para mi sorpresa,
mi cuerpo se encontraba totalmente desnudo y en perfecto estado, sin
un solo rasguño. Eché a caminar por el páramo y al poco encontré a
un hombre muerto con un agujero en las costillas y esquirlas de
plata en la herida. Aquél era el Licántropo, el ser de las antiguas
leyendas, mitad hombre, mitad bestia, que yo había matado con mi
abrecartas. Pronto comprendería que su maldición se me había
traspasado a mí.
En los sucesivos días huí de los hombres que me buscaban en los
páramos, sintiendo una repulsión involuntaria hacía sus armas y
costumbres. Llegué hasta las montañas, donde vivía en cuevas,
adoptando hábitos salvajes. Por las noches, al sumirse mi consciente
en sueño, yo sabía me transformaba en algún monstruo parecido al de
aquella fatídica noche, y cometía desmanes contra hombres y bestias.
Me despertaba por la mañana cubierto de sangre, sin recordar nada
de lo ocurrido mientras dormía, quizá con un cadáver cercano,
medio descuartizado.
No le comuniqué las malas nuevas a nadie, no quería acercarme
siquiera a familiares y amigos; no sabía lo que era capaz de
hacerles mi parte bestial; debía alejar a los que amaba de mi
maldición.
Así que huí de mi querida Inglaterra. Viví como un pillo en las
grandes capitales de Europa, llegando después a los países salvajes
de Africa y el Lejano Oriente, aquellos para los que Inglaterra debe
ser luz de salvación. Los bajos instintos que había despertado la
maldición me conducían de un conflicto armado a otro: luché contra
chinos, contra los negros insurrectos y los alemanes de Sudáfrica;
incluso serví en cuerpos de mercenarios, para mi deshonra.
Deambulaba de tugurio en tugurio, embrutecido por el alcohol.
Intentaba olvidar, pero mi mente volvía con demasiada frecuencia a
mi pasado, especialmente a Elaine; cuantas más mujeres de la calle
visitaba, cuanto más mataba o bebía, con mayor fuerza e intensidad
aparecía su rostro en mi memoria, mayor bondad y esplendor mostraba
su recuerdo. Y yo me maldecía, maldecía el cruel destino que me la
había arrebatado para siempre, farfullando y sollozando entre
botellas de vino, convertido en el hazmerreír de las tabernas.

Tras cinco años de miseria, llevado por mi debilidad, había vuelto a
las tierras que me vieron nacer. Ahora, tras contemplar el paso de
la cacería, un sentimiento de dulce dolor me invadía.
Me interné en el bosque, buscando el sonido de caballos y perros.
Encontré a la partida de caza en un gran claro del bosque,
descansando. Allá estaba ella, montada en su corcel. Un joven
aristócrata de fino bigote se le había acercado y le hablaba,
atusándose el mostacho. Yo cerré mis puños, la furia quemaba mi
garganta. Aquel tipo le estaba haciendo la corte. Ella hizo girar
su caballo hasta darle la espalda, dándole a entender su respuesta.
Luego marchó con los demás en busca del zorro.
Yo me sentí dichoso. Ella aún permanecía soltera, como indicaba el
que ese joven le hubiera hecho la corte. No había encontrado a nadie
digno de su corazón o… O aún me esperaba.
¿Podría haber sido tan grande su amor que me hubiera esperado
durante todos estos años, rechazando a pretendientes sin duda más
apuestos y de mejor posición que yo? ¡Y pensar que la tenía frente a
mis ojos, y no podía descubrirle dónde me hallaba¡
Lo mejor hubiera sido marcharme de esta tierra otra vez, pero mi
debilidad me lo impedía; no podía dejar de espiarla: sus paseos
a caballos, las visitas que por cortesía debía soportar, el caminar
bajo los almendros de su jardín, mirando de vez en cuando de modo
triste el banco en el que nos prometimos aquella noche. ¡Si tan
sólo hubiera podido susurrarle una palabra al oído…¡
Pero no quería ni pensar en ello. Yo la amaba con igual o mayor
intensidad que la odiaba la entidad esclavizadora dentro de mí.
Elaine significaba el último escollo que permitiría mi total
sometimiento.
Una noche las cosas se precipitaron hacia el infausto final.
Desperté dentro de mi cuerpo bestial. La Luna brillaba llena, mis
patas volaban sobre la hierba. Corría a toda velocidad hacía la
mansión de Elaine. Intenté detener mi avance, pero el monstruo
controlaba mi organismo. Su presencia era una vaharada oscura e
irracional en mi consciencia, tan poderosa que mis esfuerzos de
lucha resultaban inútiles.
Mi horror creció cuando con un majestuoso salto salvé la verja
de los jardines de la mansión, mientras los perros guardianes se
revolvían y gemían aterrorizados. Gracias a un nuevo y pavoroso
salto llegué hasta las primeras ramas del gran roble bajo la ventana
de la habitación de mi amada. Junto a su ventana, me rebelé
contra la idea de que una sola de estas garras tocara su piel, y
logre que de mi hocico surgiera un estruendoso rugido.
Se encendió la luz del cuarto. Ojalá Elaine pudiera escapar a
tiempo. Pero el monstruo se lanzó contra la ventana. Me hallaba
dentro del cuarto, gruñendo roncamente. Ella, junto a la puerta,
miraba la bestia que había irrumpido en su habitación con ojos
desorbitados, cubierta tan sólo por un fino camisón que no ocultaba
el encanto y poder de su cuerpo. El monstruo se preparó para un
nuevo salto, pero logré imponerme una vez más e hice volver mi
cabeza hacia atrás, mordiendo con saña una de mis patas traseras,
atravesando los dientes carne y músculos, reventando una arteria
principal, llenándoseme la boca de sangre salada, y partiendo por
fin el hueso, dejando inservible el miembro. El dolor latigueó por
todo mi cuerpo, pero gracias a mi audacia ella había escapado del
cuarto.
El monstruo tomó el control y marchó corriendo sobre tres patas,
siguiendo el fino rastro de mi amada. Atravesé varias salas hasta
llegar a la gran biblioteca. Allí se hallaba Elaine, pegada su
espalda contra la pared tapizada con lomos de libros de todos los
tamaños y colores, mi cuerpo se detuvo, hambriento de carne y
sangre. Ella tenía los dos ojos clavados en mí, la sangre había
desaparecido de sus mejillas. Dio varios pasos, siempre pegada a la
pared, como un animal acorralado.
De pronto mi lomo se arqueó y solté un cortante bufido; en la
pared contra la que se apoyaba reposaba un largo sable de plata.
Ella vio al monstruo mirar el arma y retroceder unos pasos, gruñendo
amenazador. Elaine comprendió y, sin vacilar, tomó el largo sable de
sus asideros. Ahora tenía la espada cogida por el mango, el gran
peso del metal hacía que la punta reposara sobre la alfombra aunque
ella pugnara por levantarla, frunciendo el ceño y apretando los
dientes. Con los ojos centelleantes, me pareció un animal sublime,
tan bella en su furia. Incluso el monstruo la contempló durante unos
instantes sin moverse.
Yo aproveché esa distracción: lancé todo mi cuerpo hacia delante,
levantándome sobre un solo cuarto trasero y ofreciéndole mi pecho
desnudo. Algo aulló dentro de mí cuando Elaine reculó sus brazos y
levantó el sable hasta ponerlo a la altura de sus caderas. Luego
impulsó sus dos brazos con un gruñido de esfuerzo al tiempo que yo
me dejaba caer hacía delante, y el metal entro en mí, perforando mi
pecho. Efectué un terrible salto, retrocediendo, ladrando y aullando
enloquecido. El sable salió de su herida limpiamente. Había
perforado el pulmón izquierdo y ahora la sangre subía por los
conductos respiratorios impulsada por el aire emergente. De mi nariz
y boca surgió un pequeño chorro de sangre, entre toses y ladrido de
dolor.
Pronto mis patas no pudieron sostenerme y caí al suelo, debilitado
por la plata en la herida, mirando a Elaine, quien me observaba
horrorizada. La inconsciencia me robó su imagen mientras notaba la
carne ondulando bajo mi piel. Cuando desperté, ella seguía
mirándome, aún contra la pared. Su rostro tenía un color ceniciento.
Me di cuenta de que mis manos habían vuelto a su humanidad. Y con
ellas, el resto de mi cuerpo. Ella me reconocía, un terror inmenso
se reflejaba en sus ojos al verme herido. Miró a su alrededor,
nerviosa, y agarró al fin un exquisito mantel de una mesa cercana.
Vino como una exhalación y puso mi cabeza sobre sus muslos, mirando
atentamente mi rostro, incrédula. Sus ojos ya se humedecían,
y pronto las lágrimas rodaron por sus mejillas. De mi boca seguía
saliendo sangre, el pulmón estaba ya totalmente encharcado y me
costaba respirar. Pero su aliento golpeaba mi rostro y sus labios
besaban con fuerza mi frente. Parecía increíble que siguiera
queriéndome. Realmente, había esperado mi vuelta todos estos
años.
Ahora estaba haciendo un primario vendaje con el mantel, intentando
contener la hemorragia del pecho. Yo sonreí al verla tan agitada;
había visto ya demasiadas heridas en la guerra como para no saber
que ésta no tenía remedio. Agarró mi cabeza y la apretó
contra su pecho con tanta fuerza que me hacía daño. Estaba
hablándome, pero yo no oía nada. Incluso poco a poco el tacto me iba
abandonando. La entidad que había causado todos estos males intentó
escapar, buscar como ya lo había hecho otras veces una nueva víctima
a la que esclavizar. Pero, sintiéndome poderoso aunque mi cuerpo
agonizara, la atenazaba con cadenas irrompibles, dispuesto a que la
muerte nos atrapara a los dos.
Elaine y yo nos miramos a los ojos. Una burla del destino me la
había arrebatado hacía cinco años, y ahora la muerte volvería a
arrebatármela. No era justo. Pero en ese momento la felicidad me
golpeó de forma contundente, como sólo sabe hacerlo en los momentos
más inesperados y casuales. Quizá por haber esperado este momento
durante tanto tiempo, y saber que pasados estos instantes jamás
volvería a producirse, me parecía mucho más intenso de lo que
hubiera podido imaginar jamás.
Así pues, al mirarnos, ella se llevó un gran pedazo de mi ser, y yo
me llevé otro pedazo del suyo. Y la muerte nos alcanzó al monstruo y
a mí en aquel momento terrible y maravilloso.

18 - 1 - 1994




Do, 18 de Ene, 2004 6:52 pm

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