La paleoclimatología estudia el modo en el que el clima ha modificado la evolución de los asentamientos humanos en diferentes áreas geográficas.
El conocido como segundo cambio climático abrupto del holoceno duró 400 años, entre el 6400 y el 6000 antes de Cristo y produjo una vertiginosa aridificación y un repentino enfriamiento en el Atlántico norte y en algunas regiones de África, Asia y América.
Este documento está muy bien documentado gracias a los trabajos del proyecto GISP2 a través del cual se estudiaron las huellas de los cambios de temperatura en los hielos perpetuos de Groenlandia.
Durante ese periodo, la mayoría de los asentamientos neolíticos precerámicos del Mediterráneo fueron abandonados. Las poblaciones sobrevivientes debieron adaptar su actividad a la aridez del terreno y diseñaron nuevas formas de pastoreo.
En el norte de la Mesopotamia, la oscilación climática debió originar la huida de la cultura Umm Dabaghiyah a áreas de refugio y la consiguiente expansión de la cultura de Samarra, famosa por su legado de cerámica, una vez que se atemperó el clima.
Los miembros de este último asentamiento se vieron favorecidos por los cambios en la precipitación anual y en el caudal del río Éufrates.
Pero quizás el cambio climático que mayor influencia tuvo en la historia temprana de la humanidad haya sido el conocido como Cambio del Tercer Milenio, sufrido en el paso del siglo XXI al siglo XX antes de Cristo. Consistió en una abrupta disminución de las precipitaciones a escala global.
En este caso, las evidencias paleoclimáticas derivadas del estudio de los hielos polares, el polen, la corteza de los árboles o los fósiles, se ven complementadas por el abundante registro arqueológico respecto de las reacciones de muchos pueblos ante la crisis del clima.
Por ejemplo, los efectos sociales de la modificación de los patrones atmosféricos en Mesopotamia. Allí, el colapso de la dinastía acadia coincide con las dificultades de mantener bajo su poder territorios áridos cada vez más extensos de los que no se podía obtener beneficio alguno.
En la actual Palestina, los yacimientos arqueológicos demuestran un declive del número de ciudades amuralladas y asentamientos estables que coincide con la crisis pluvial y demuestra una rápida adaptación de aquellas culturas hacia formas de vida menos sedentarias
y basadas más en el pastoreo nómada en busca de agua.
En Grecia, el declive del período Heládico Antiguo –civilización del Bronce de Grecia continental entre los años 2600 y 1950 antes de Cristo- se ha atribuido habitualmente al deterioro de la reducción drástica de los recursos naturales devastados por el crecimiento de las áreas urbanas.
Pero la paleoclimatología descubrió que, en realidad, lo que se produjo fue un descenso radical de las precipitaciones que pudo
conducir a una crisis agrícola insuperable.
A lo largo de todo el planeta habitado, durante el cambio climático del Tercer Milenio, se experimentaron constantes flujos de población hacia los ecotonos, es decir, hacia las zonas limítrofes entre dos áreas climáticas distintas, donde las condiciones meteorológicas siempre son más suaves y llevaderas.
Pero también es posible que fuera la actividad de algunos seres humanos, la que produjera un deterioro irreparable en el
entorno. El clima habría jugado un papel fundamental en el desarrollo de los primeros asentamientos humanos y, por ende, en el resto de la historia de nuestra especie.
La respuesta, en cualquier caso, está en las profundidades del hielo polar, en los pólenes fosilizados o en el quejido imperceptible de los arrecifes de coral. Y los paleoclimatólogos están dispuestos a descifrarla.
(*) Licenciado en Ciencias de la Educación y escritor bonaerense.
Fuente: Agencia Nova, 11 de enero de 2006
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