Se trata de una colección milenaria que fue rescatada por una misión argentina y se trajo directamente a La Plata en la década del ‘60. Un especialista norteamericano en conservación trabaja desde hace un mes en el proyecto. Son 300 objetos. Muchos pertenecían al histórico templo de Ramsés II, quien encabezó uno de los reinados más extensos e importantes, en el año 1300 antes de Cristo.

Sueño. El objetivo final del Museo es resturar
la sala Aksha donde están las piezas
Cada pincelada se hace con cuidado, sabiendo que
se limpian piezas milenarias que cuatro décadas atrás trajo un grupo de especialistas argentinos desde Egipto y Sudán a La Plata. Hoy, forman parte de un inédito proyecto de conservación en el Museo de Ciencias Naturales.
La mayoría de las valiosas colecciones que tiene el museo local son nativas. Entre la “minoría” que trasciende el continente, hay unas 300 piezas originales de arqueología egipcia, de las cuales 70 corresponden al histórico templo de Ramsés II.
Esos
valiosos objetos son, por estos días, producto de arduas jornadas de restauración y preservación en la sala Aksha, en la planta baja del edificio del Paseo del Bosque, que intenta reproducir el templo del faraón.
Para restaurar esas piezas que con el tiempo se fueron deteriorando, se formó un grupo tan heterogéneo como histórico: un experto estadounidense vino por primera vez al país a entrenar al personal del Museo en técnicas modernas de restauración arqueológicas, todo un mes.
Además del especialista norteamericano, participan en el proyecto una experta en egiptología y la hija de quien dirigió la misión a Sudán y Egipto para rescatar las piezas.
“Se da una conjunción inédita de expertos”, señala orgullosa la antropóloga María Marta Reca, coordinadora de la Unidad de Conservación y Exhibición del Museo.
El trabajo
“Había una necesidad de tratamiento de conservación y de hacer una propuesta pedagógica más dinámica para el público, porque muchas de las piezas están deterioradas por la actitud de la gente”, cuenta Reca.
Basta con ver los grafitis que muchos dejaron en las oscuras paredes de la sala de exhibición, para dimensionar el daño que hizo el público, desde que fue inaugurado ese espacio en 1977.
Mientras Reca cuenta detalles del proyecto, su mano continúa con el minucioso trabajo de quitar la capa de resina a un piedra con escritura ideográfica. “Esto se hace para que aparezcan pigmentos originales”, dice la antropóloga que lleva 23 años de dedicación en el Museo.
El veredicto positivo se lo da el experto en conservación, Kent Severson, que minutos antes desmontó una de las piezas incrustadas en la pared para poder trabajarla.
Severson llegó el 27 de febrero y se volverá a su país pasado mañana. Durante todo ese tiempo, no sólo enseñó los mejores métodos de conservación para esos históricos objetos, sino que aprovechó para conocer la ciudad y hasta empaparse de fútbol platense (ver recuadro).
A metros de la mesa donde Reca tiene la pieza que cuida entre algodones, uno de los técnicos del Museo, Gabriel Alarcón, no deja de sorprenderse del poder que tienen los colores que utilizaron los antiguos egipcios. “Es sorprendente porque no salta la pintura y esto tiene miles de años”.
Los antiguos egipcios formaban los colores con pigmentos naturales y las figuras que dejaban marcadas en piedras y cerámicos creaban relatos de guerras, procesiones de personajes divinos o rituales donde intervenía el faraón Ramsés II.
Para la conservación de estas piezas milenarias, es necesario también llevar un registro de cada objeto. De la documentación histórica -fotografías incluidas- se encarga Perla Fuscaldo, profesora de Historia en la Universidad de Buenos Aires (UBA), especializada en egiptología y la física Elsa Rosenvasser Feher, que participó en misiones arqueológicas en
Egipto. Es ella el “hilo conductor” con el investigador que dirigió la campaña de rescate de las piezas en el país africano.
Además de piedras y cerámico, se encuentran aros, colgantes y espátulas que lucen en vitrinas. Se exhibe parte de un ajuar funerario de la tumba de Bedier y elementos de la iglesia de Aksha, que data del 800 después de Cristo.
Los sueños
La etapa más ambiciosa del proyecto es la que contempla la reforma de la sala Aksha. Por ahora es sólo un sueño plasmado en “guiones”, ya que los gastos son muchos y no se cuenta con el financiamiento.
El cambio de escenografía no es únicamente por una cuestión estética, sino para evitar que el público siga deteriorando la colección. La sala está dividida en tres espacios contiguos, y eso impide una completa visión de todos los espectadores.
En la sala original se eligió pintar todo el lugar de negro “para simular el escenario de excavación en el templo de Ramsés”, cuenta Reca. Y fue bautizada como Aksha, la localidad donde se encuentra el templo Ramsés II.
Cuando la sala estaba abierta para el público, las piezas se encontraban debidamente numeradas, catalogadas y montadas en la ubicación que ocupaba cada una originalmente. “Claro que en una escala menor”, aclara la antropóloga platense.
Forman parte de esa escenografía original estelas, vanos y dinteles, algunos con escrituras ideográficas, y magníficos frisos, de los cuales las partes no recuperadas fueron dibujadas sobre fondo blanco.
En las piezas recuperadas hay una mezcla de culturas. Inclusive, el templo fue reacondicionado y utilizado como capilla cristiana alrededor del siglo IX. Un capitel en el fondo de la sala, muestra reminiscencias griegas.
El reinado de Ramsés II posiblemente sea el más prestigioso de la historia egipcia tanto en el aspecto económico, administrativo, cultural o militar. No en vano fue el vencedor de la batalla de Qadesh. Nació hacia el año 1326 a.C., accedió al trono imperial en 1301 a.C. y murió alrededor de 1234 a.C, por lo que se trata también de uno de los reinados más largos.
Según egiptólogos, gobernó sobre un mundo en plena transformación lo que hace más interesante este momento histórico. Su abuelo fue el faraón Ramsés I, general del ejército y visir, elegido rey de Egipto por Horemheb al no tener éste descendencia. Su padre fue Sethi I,
maestro político y militar. Su madre fue la reina Tui, miembro de una ilustre familia de militares.
Ramsés II pasó su infancia en Luxor, en compañía de sus dos hermanos y sus dos hermanas. Desde pequeño fue educado para heredar la doble corona; un preceptor le enseñaría a escribir e interpretar las imágenes escritas, a conocer los astros, matemáticas y geometría rudimentarias así como profundizar en materia religiosa. A los diez años fue nombrado heredero. Hoy, parte de su legado es investigado en nuestra ciudad.
Fuente: Lorena Retegui / Diario Hoy.net, Argentina, 30 de marzo de 2006

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