El vínculo sagrado de las sociedades prehispánicas con el recurso, en una muestra en el Museo Nacional de Antropología.
De norte a sur, de este a oeste, para las diversas civilizaciones prehispánicas que habitaron el territorio mexicano, el culto al agua estuvo determinado por su relación con el paisaje: cenotes, montañas, lagos, cuevas, desierto.
Este vínculo sagrado de las culturas antiguas con el vital líquido puede verse a través de 65 piezas
arqueológicas del acervo del Museo Nacional de Antropología (MNA), que integran la exposición El agua y la vida en el México antiguo.
La muestra, que permanecerá durante tres meses en la "Media Luna" de ese recinto, consta de objetos "poco conocidos". Hay vasijas, esculturas de animales acuáticos y deidades, collares de concha y de piedra verde, y escenas de pintura mural.
La selección de materiales abarca desde aquellos que datan del Formativo Medio (600-500 a.C) hasta el Posclásico Tardío (1250-1500 d.C), e intenta destacar el complejo universo de divinidades relacionadas con el agua, panteón
ritual que no necesariamente se limita a la figura de Tláloc, cuyo nombre proviene del náhuatl tlaloctli: "Néctar de la tierra".
Por ejemplo, en el norte de México las representaciones -en su mayoría- refieren a un conjunto de animales tanto terrestres como marinos, asociados al agua, de manera particular el cocodrilo, el cual puede observarse en cajetes localizados desde Arizona hasta Zacatecas. Incluso, los huicholes utilizan hasta hoy día recipientes que poseen en su interior símbolos de este tipo.
En el centro de México, el culto al agua estuvo asociado a las montañas y a los lagos, siendo
el Altiplano una región con predominio de la figura de Tláloc. Mientras, para la península de Yucatán, donde destaca el dios Chac, además del mar y los cenotes, las cuevas eran lugares de veneración.
"Las diferencias entre estas manifestaciones -abundó Martín Rojas, arqueólogo y coordinador de la curaduría de la exposición-, radicó en el entorno que les permitía a los antiguos el abastecimiento del elemento". De esa manera, las montañas tuvieron una particular reverencia bajo la idea extendida del "cerro de los mantenimientos", pero no se puede descartar la presencia de otros espacios como las grutas, en las que existe agua profunda.
"Aunque el cocodrilo es un animal que aparece de manera continua vinculado con la reverencia al agua, hay otros batracios como las lagartijas o serpientes sobre todo en el norte. También el bestiario está determinado por las condiciones climáticas, al igual que la mitología en general".
Otro aspecto que se aborda es el de las ofrendas que va más allá de los sacrificios, en particular el de niños por ahogamiento en el caso de la cultura mexica, "pues había otro tipo de donaciones no necesariamente ligadas con la inmolación humana sino con la agricultura y la pesca".
Precisó Rojas que en Teotihuacán aparece por primera vez Tláloc, el dios de la lluvia y el trueno, que corresponde a la denotación del dios Chac para los mayas y del dios zapoteco Cicij, entre otros cultos que se pierden en un pasado distante.
En el periodo Clásico, el dios de la lluvia fue la principal deidad del culto oficial en Teotihuacán, junto con Quetzalcóatl, dios del viento, símbolo de la sabiduría náhuatl y maya; ambos dioses eran adorados en una estructura mítica que narraba los comienzos del mundo y confería los modelos de conducta deseados entre los hombres, íntimamente relacionados con la naturaleza.
"Esta herencia se manifestará posteriormente con los mexicas, quienes por medio del agua establecerán la concepción mítica fundacional del mundo; el agua adquirirá entonces un significado simbólico que explicará el origen de la vida en un ´tiempo primordial´, acontecimiento por el cual surge todo lo existente, y en el que los elementos que lo conforman adquieren un carácter sagrado, una naturaleza mágico-religiosa".
Fuente: El Universal.com, México, 31 de marzo de 2006
El simbolismo del agua en la cultura mexicaThaís Indira Vega | ||||||||||||||
| Por el agua en sus barcas vinieron, / en muchos grupos, y allí arribaron a la orilla del agua, / y allí donde fueron quedando sus barcas, a la costa del norte, / se llama Panutla (Pánuco). En seguida siguieron la orilla del agua, / iban buscando los montes, algunos los montes blancos / y los montes que humean…
El agua representa el elemento pimordial de toda la vida del planeta porque comprende la estructura y funcionalidad de las células; de los seis elementos químicos que las componen (carbono, hidrógeno,
oxígeno, fósforo y azufre), el 70% de su peso lo constituye el agua. Este elemento personifica la vitalidad del mundo. Los seres humanos entendemos el agua como parte de la “naturaleza”, sin embargo, la historia natural es anterior a la idea que el hombre se formuló acerca de lo que nombró como Naturaleza,2 podemos decir que es un fenómeno a priori a su concepción, por lo que lo natural “es la totalidad de entes no culturales comprendidos en el mundo.”3 Es a partir de un determinado mundo humano (de específicas determinaciones políticas, económicas, sociales y simbólico-culturales) que hemos construido una noción de la naturaleza a lo largo de la historia. Desde el periodo Neolítico, que marca el inicio de la sedentarización y del desarrollo civilizatorio, el hombre crea una serie de ideas estructuradas
acerca de los fenómenos naturales, en la búsqueda por explicar su origen y su entorno, y el agua no ha sido una excepción, pues no existe una cultura al margen de la intrínseca dependencia que se tiene del recurso vital, a causa del vínculo que las sociedades guardaron con la agricultura.
En México, desde el periodo Protoneolítico (que se calcula del 5000 al 2500 a.C.) se comenzó a practicar el cultivo del maíz, aún sin haber aparecido el sedentarismo agrícola, que surge hasta el periodo
conocido como Preclásico Temprano (2500 a.C.-1200 a.C.) con el cultivo de temporal. A partir de entonces nacen las raíces culturales de lo que posteriormente constituirá el área de la civilización mesoamericana, en diferentes regiones del centro y sureste de nuestro país. Mesoamérica tuvo como principal base material la agricultura, fue una sociedad agrícola y, por ello, desde su pasado más remoto valoró la importancia del agua, creando a través de ella su visión más profunda de la vida. El término náhuatl para pueblo o comunidad era atepetl, que significa “cerro de agua”, de la raíz atl, “agua”, y tepetl, “cerro”; éste manifiesta no sólo la cercanía geográfica que las culturas fundadoras mantuvieron con el recurso, sino su concepción simbólica originada por los toltecas antiguos de Teotihuacán. La mayor parte del pensamiento mesoamericano se ha reconstruido gracias a los restos arqueológicos, pues existe
una gran ausencia de testimonios escritos, pero podemos saber que en Teotihuacán existen representaciones de divinidades que simbolizan distintas fuerzas naturales como el agua, el viento, el fuego y la tierra. Es cierto que estos cuatro elementos han cobrado un significado importante en diferentes culturas del mundo, pero no en todas se muestra la consolidación de una cosmovisión en la que las divinidades que los personifican construyen un complejo simbólico ampliamente desarrollado. El dios de la lluviaEn Teotihuacán aparece por primera vez Tláloc, el dios de la lluvia y el trueno, que corresponde a la denotación del dios Chak para los mayas y del dios zapoteco Cicij, entre otros cultos que se pierden en un pasado distante. En el periodo Clásico, el dios de la lluvia fue la principal deidad del culto oficial en Teotihuacán, junto con
Quetzalcóatl, dios del viento, símbolo de la sabiduría náhuatl y maya; ambos dioses eran adorados en una estructura mítica que narraba los comienzos del mundo y confería los modelos de conducta deseados entre los hombres, íntimamente relacionados con la naturaleza. Esta herencia se manifestará posteriormente con los mexicas, quienes por medio del agua establecerán la concepción mítica fundacional del mundo; el agua adquirirá entonces un significado simbólico que explicará el origen de la vida en un tiempo primordial, acontecimiento por el cual surge todo lo existente, y en el que los elementos que lo conforman adquieren un carácter sagrado, una naturaleza mágico-religiosa. De esta manera, el agua se convertirá en agua primordial, “aquella sobre la que se creará la Tierra (…) pero que a su vez, quedará oculta bajo su superficie y en torno a ésta, a la que abrazará para hacerla su isla.”4
En el pensamiento indígena antiguo, la Tierra (llamada Cemanahuac, que significa “el lugar rodeado por agua”) flota sobre el mar, como una especie de isla cuyo interior está conformado sólo por agua: el agua brota de las profundidades del suelo, fluye en forma de fuentes, manantiales y ríos o se escapa por las cuevas de los cerros. El agua de mar, llamada “agua divina” o “maravillosa”, se extiende hasta comunicarse con el cielo, “se prolonga en la bóveda
celeste y se confunde con ella al menos por la noche”. Por este hecho, también se le conoce como Ilhuicaatl, “agua celeste” o “cielo acuático”.5 Es importante señalar que el mito que guió a los aztecas en la fundación de la gran Tenochtitlán se sustentó en la búsqueda de un islote rodeado por agua, lugar donde efectivamente fue edificada la ciudad. Los TlaloquesLa construcción de la idea del mundo evidencia la contemplación que los mexicas hacían del ambiente natural, nos deja ver su comprensión del ciclo hidrológico y su admiración por el paisaje; para ellos, la agricultura era la base material directa por su interés de controlar las lluvias. La esencia del culto a Tláloc radica en la importancia de la lluvia y la fertilidad, sobre todo por dos razones: por el énfasis en el ciclo agrícola y por las condiciones extremas del clima que
los mexicas padecían en el Altiplano Central. De esta cosmovisión ligada a la actividad agrícola se desprende la ideología hegemónica del Estado mexica,6 cuyo lenguaje simbólico penetra en la totalidad de sus instituciones y de sus manifestaciones artísticas y arquitectónicas.
Por ejemplo, la arquitectura mexica reproducía la cosmovisión de los cerros y del agua: las pirámides también eran concebidas como atepetl, cerros de agua, y se construían a un costado de
los mantos acuíferos, o de modo más sorprendente, en forma de islotes sobre plataformas flotantes en los lagos, como puede verse en la actualidad en las chinampas de Xochimilco. El Templo Mayor,7 ubicado en el Zócalo de la Ciudad de México, encarnaba “un cerro divino que cubría las aguas primordiales, lugar de fuerza mágica y de poderes sobrenaturales”.8 Es conocido el testimonio acerca de las primeras impresiones que tuvieron los españoles cuando arribaron a Tenochtitlán; Bernal Díaz del Castillo, acompañando a Hernán Cortés, narra la entrada a la ciudad:
Cuando los indígenas observan las montañas y se dan cuenta de su capacidad para atraer las nubes, todos los cerros existentes en su entorno cobran un significado sagrado y ritual, adquieren nombres particulares y van conformando su paisaje ritual. En su cosmovisión, los cerros, las montañas y los volcanes representan a los Tlaloques, considerados los dioses de la pluvia y servidores de Tláloc. De acuerdo con Fray Bernardino de Sahagún,10 los Tlaloques eran los creadores de las nubes, las lluvias, el granizo y el rayo; estos poderosos seres moraban en el Tlalocan o “inframundo”,11 concebido por los antiguos mexicanos como
un paraíso terrenal, un sitio acuático donde prevalecía el verano y los alimentos en abundancia. En este lugar también habitaba Chalchiuhtlicue, la diosa del agua y hermana de los Tlaloques. La diosa simbolizaba la parte femenina de Tláloc, que se vinculaba con la fertilidad, pero también con los poderes de purificación del cuerpo y del corazón.12 Chalchiuhtlicue era venerada junto a Chicomecóatl, diosa de los mantenimientos, y Uixtocíhuatl, diosa de la sal; las tres diosas eran para los mexicas las proveedoras del sustento alimenticio y gracias a su actividad divina garantizaban la reproducción de los pueblos, pues estas deidades “mantenían a la gente popular para que pudiese vivir y multiplicar.”13 Creación y destrucciónComo la cosmovisión mexica vinculaba en una totalidad el cielo con el inframundo y el
agua con la tierra, en esta conexión divina se proyectaba la vida terrenal y la trascendencia después de la muerte. La estructura del pensamiento simbólico de la cultura mexica es polisémica. Por un lado, la mayor parte de las creaciones materiales y espirituales se ciñen en una dinámica unificadora de los contrarios; para Laurette Séjourné, Tláloc está estrechamente vinculado con Huehuetéotl-Ometéotl, el dios más antiguo y viejo, señor del año y del fuego, y dios de la dualidad; estas deidades mostraban rasgos comunes en sus representaciones físicas porque los antiguos observaban que la tierra “no da sus frutos más que penetrada por el calor solar transmitido por las lluvias”,14 originando la vida por la conjunción del fuego con el agua. En este sentido, la mayoría de los dioses son proyectados en una dualidad de género: Tláloc y Chalchiuhtlicue, simbolizan así los valores masculino y femenino del agua. Por otro lado, los dioses también son
representados en una gran variedad de elementos y fenómenos naturales: a Tláloc se le relaciona con el inframundo, con el trueno, con las nubes, con los cerros, con las cuevas, con el granizo, etc., y se manifiesta a través de animales como la rana (cuyo croar posee poderes mágicos para conjurar las lluvias) y especies trascendentes para la cultura mesoamericana como el jaguar y la serpiente. Los rasgos esenciales de la imagen de Tláloc son los dos grandes círculos alrededor de sus ojos y una boca abierta insinuando la entrada de una caverna; en el contorno de esta cueva sobresalen los dientes de un jaguar integrándose con el rostro de una serpiente.
Tláloc y Chalchiuhtlicue personifican el desdoblamiento del agua como elemento creador y como fuerza destructiva. Los mexicas comprobaron el poder que este recurso tenía para garantizar la agricultura intensiva, base fundamental del intercambio y sustento tributario de productos que sostenían al Estado, pero al mismo tiempo observaron que cualquier catástrofe natural era capaz de negarles tajantemente la expansión y el poderío erigidos. Si el deseo de Tláloc era destruir los maizales con el granizo o pudrirlos con la lluvia, y si Chalchiuhtlicue removía las aguas, claramente reinarían la hambruna y la muerte. Ante las decisiones caprichosas de los dioses, los mexicas tenían que complacerlos para contrarrestar su vulnerabilidad frente a las fuerzas de la naturaleza, por lo cual la adoración, los sacrificios humanos y una serie de
penitencias se convirtieron en los mecanismos para entablar un diálogo y cumplir sus exigencias. Los ritualesJohanna Broda menciona que las fiestas dedicadas a Tláloc a lo largo del año distinguen tres aspectos esenciales: el sacrificio de niños, la llegada del ciclo del maíz y de la estación de lluvias, y las ceremonias de los cerros.15 En el primer mes del calendario mexica, atlacahualo, empezaba la fiesta para honrar a Chalchiuhtlicue, a Quetzalcóatl (que barría con sus vientos el camino de los dioses para que vinieran a llover) y a los Tlaloques. El sacrificio de niños constituía parte integral de los rituales, pues se les concebía como los Tlaloques en vida, pequeños servidores de Tláloc que andaban entre los cerros; sus corazones eran extraídos en las cumbres de los montes sagrados para ofrecerlos a los dioses. El tercer mes,
tozoztli, los mexicas realizaban la fiesta a Tláloc y veneraban al maíz; en este acontecimiento también la vida de los niños era ofrecida a los dioses. El dieciseisavo mes, atemoztli, se celebraba la fiesta de la pluvia, pues hacían su aparición las primeras lluvias. Actualmente, en las comunidades campesinas e indígenas de México continúan manifestandose algunos rasgos rituales que expresan sus fuertes raíces en la cultura de Mesoamérica. Un tiempo detenido en la memoria, trastocado por la Conquista y por el sincretismo religioso, sigue presente en las tradiciones de la gente de nuestro pueblo; la agricultura y la forma tradicional de la vida rural han permitido la continuidad de ciertos elementos simbólicos. López Austin explica la trascendencia temporal de esta cosmovisión como un núcleo duro16
constituido por una estructura de pensamiento que funciona a través de ciertos nervios o centros, o elementos culturales tan fundamentales que reintegran lo nuevo y regulan los elementos que originan una concepción diferente, conservando los ejes esenciales de la cosmovisión prehispánica. El agua es uno de estos elementos que permanecen en la significación cultural comunitaria. En la mayoría de los estados del país se presentan ejemplos de comunidades indígenas o campesinas que siguen realizando rituales para pedir lluvias, pronosticar el clima y ofrendar a Dios. Uno de estos casos lo ilustran los habitantes de poblados situados en las faldas de la Sierra Nevada, entre los estados de México, Morelos y Puebla, donde algunos de sus pobladores “se ‘comunican con el volcán’ y con las fuerzas que habitan el mundo y el paisaje, y son los encargados de desarrollar los rituales propiciatorios del buen temporal.”17 Ellos también se encargan de
curar las enfermedades relacionadas “con los vientos”. A estos hombres se les llama tiemperos (pero también aureros, graniceros, quiapequis, misioneros del temporal, entre otros). Para adquirir este “don”, los tiemperos tienen que haber sufrido el impacto de un rayo18 o haberse curado de una fuerte enfermedad. Esta idea existe desde la época prehispánica. Sahagún menciona que llamaban teciuhtlazque a los hombres que cumplían con la misión de controlar las lluvias y el granizo, así como de curar a la gente de las “enfermedades del frío”.
La cosmovisión mexica estableció una relación sagrada con la naturaleza, comprendió que sus recursos tenían un valor más profundo al simbolizar la vida misma. En nuestros tiempos, este pensamiento ha sobrevivido en las comunidades indígenas de nuestro país, a pesar de la Conquista, la Colonia, las revoluciones y reformas que han buscado de diferentes maneras erradicarlo e incorporarlo al proyecto de civilización moderna. Sin embargo, estos pueblos que continúan apegados a la agricultura son los que sguen apreciando las condiciones del ambiente, la importancia de que la lluvia aparezca y de que se vierta sobre la tierra, conservan los saberes heredados tanto prácticos como simbólicos con los que valoran la importancia del respeto por la naturaleza y por la vida que genera. De hecho, la mayor parte de
las áreas naturales mejor conservadas se localizan en los territorios indígenas y en algunas comunidades campesinas, en las cuales la cosmovisión es un significado no solamente religioso, sino práctico-material que define la relación del hombre con la naturaleza a través de técnicas sustentables que exaltan la importancia del medio natural como sinónimo de supervivencia. Sin embargo, la crisis en el campo ha desatado un proceso de descampesinización que ha puesto en riesgo la reproducción de su cultura, pues los campesinos se ven obligados a emigrar a las ciudades y a Estados Unidos, fracturando sus saberes comunitarios. El territorio que alguna vez representó una extensa área de riqueza natural que dio vida al desarrollo cultural mesoamericano, hoy se ha deteriorado por el declive ecosistémico de los recursos naturales, ocasionado por la deforestación y la
contaminación industrial y agroquímica, entre otros. La modernidad estableció un paradigma donde lo natural tiene significado sólo como control de la materia de trabajo para producir mercancías, los seres humanos dejamos de comprender la naturaleza como parte de nuestras vivencias cotidianas, y con ello, nos hemos vuelto inconscientes del significado profundo de la vida. Bibilografía
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