EL PAIS 05.09.06
TRIBUNA: MANUEL DELGADO
Espacio
público
MANUEL
DELGADO
EL PAÍS - 05-09-2006
Concluirá este mes de septiembre la exposición que en
el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona ha servido para mostrar los
trabajos concurrentes al Premio Europeo del Espacio Público 2006, que convoca
el Archivo del Espacio Público Urbano. La exhibición -En defensa del espacio público- nos ha
deparado una excelente oportunidad para pensar qué quiere decir exactamente
"espacio público", un concepto que ha ido ganando protagonismo en las
dos últimas décadas, que ocupa hoy un lugar central en las iniciativas y las
retóricas a propósito de los contextos urbanizados y que es bastante menos
inocente y natural de lo que se antojaría a primera vista.
De entrada, espacio
público podría ser un instrumento conceptual que le permitiera a las
ciencias sociales de la ciudad agrupar los diferentes exteriores urbanos:
calle, plaza, vestíbulo, andén, playa, parque, muelle, autobús..., entornos
abiertos y accesibles sin excepción en que todos los presentes miran y se dan a
mirar unos a otros, en que se producen todo tipo de agenciamientos
-microscópicos o tumultuosos, armoniosos o polémicos-, en que se dramatizan
encuentros y encontronazos, luchas y deserciones, reencuentros y extravíos...
Inmensa urdimbre de cuerpos en movimiento que nos depara el espectáculo de una
sociedad interminable, rebosante de malentendidos y azares. Ese espacio sólo
existe como resultado de los transcursos que no dejan de atravesarlo y agitarlo
y que, haciéndolo, lo dotan de valor tanto práctico como simbólico.
Para el urbanismo oficial espacio público quiere decir otra cosa: un vacío entre
construcciones que hay que llenar de forma adecuada a los objetivos de
promotores y autoridades, que suelen ser los mismos, por cierto. En este caso
se trata de una comarca sobre la que intervenir y que intervenir, un ámbito que
organizar en orden a que quede garantizada la buena fluidez entre puntos, los
usos adecuados, los significados deseables, un espacio aseado y bien peinado
que deberá servir para que las construcciones-negocio, los monumentos o las
instalaciones estatales frente a los que se extiende vean garantizada la
seguridad y la previsibilidad. No en vano la noción
de espacio público se puso de moda entre los planificadores sobre todo a partir
de las grandes iniciativas de reconversión de centros urbanos, como una forma
de hacerlos apetecibles para la especulación, el turismo y las demandas
institucionales en materia de legitimidad. En ese caso hablar de espacio siempre acaba resultando un eufemismo:
en realidad se quiere decir siempre suelo.
Afín a esa idea de espacio público como complemento o
guarnición para los grandes pasteles urbanísticos, hemos visto prodigarse un
discurso también centrado en ese mismo concepto. En este caso, el espacio público pasa a concebirse como la
realización de un valor ideológico, lugar en que se materializan diversas
categorías abstractas como democracia, ciudadanía, convivencia, civismo,
consenso y otras supersticiones políticas contemporáneas, proscenio en que se desearía
ver pulular una ordenada masa de seres libres e iguales, guapos y felices,
seres inmaculados que emplean ese espacio para ir y venir de trabajar o de
consumir y que, en sus ratos libres, pasean despreocupados por un paraíso de
amabilidad y cortesía, como si fueran figurantes de un colosal anuncio
publicitario. Por descontado que en ese territorio toda presencia indeseable es
rápidamente exorcizada y corresponde maltratar, expulsar o castigar a
cualquiera que no sea capaz de exhibir modales de clase media.
Entre esas dos visiones se debate hoy esa nueva
disciplina que en arquitectura atiende al diseño de exteriores. Por un lado los
imperativos que marcan conjuntamente el mercado y la política obligan al
arquitecto a afinarse en la producción de espacios que sean a la vez vendibles
y vigilables. Para ello se le tienta con ofertas que
pueden espolear su tendencia a convertir la obligación de crear en pura
soberbia formal, de la que el producto suelen ser espacios tan irritantes como
inútiles. Frente a las tentaciones de una ciudad hecha poder y hecha dinero, el
arquitecto puede hacer prevalecer, en cambio, lo que quede en él de voluntad de
servicio a la vida, es decir a eso que ahí fuera se levanta y se desmorona sin
descanso, la actividad infinita de los viandantes, las apropiaciones a veces
furtivas, a veces indebidas, de los desconocidos.
Contemplar el trabajo del Archivo del Espacio Público
europeo otorga una cierta dosis de esperanza al respecto. La orientación de los
materiales expuestos en el CCCB y los premios otorgados -muelle en el puerto de
Zadar (Croacia); intersticio bajo una autopista en Zaanstad
(Holanda)- parece apostar por hacer compatibles los lenguajes más creativos con
la humildad de propuestas que son conscientes de hasta qué punto dependen de
los usos y de los sentidos -sublimes o prosaicos- con que los usuarios acabarán
determinándolos. He ahí, pues, la posibilidad de una arquitectura que renuncie
a ser lo que algunos quisieran que fuera: un discurso arrogante que pretende
convertir al mundo en modelo del que colgar sus diseños, vanidad de la que la
que los intereses políticos y económicos sacan provecho. En vez de eso, la
línea que se prima en esta exposición parece apuntar en otra dirección: la de
un urbanismo que se pase al enemigo -lo urbano-; la de una arquitectura que
entiende el espacio público como un ente vivo al que servir, haciendo de él lo
que ya es: ese escenario ávido de acontecimientos, dispuesto para que las cosas
se crucen y se junten.
Manuel Delgado es
antropólogo.