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RV: [HABITAT] El misterio del mercado inmobiliario, Xdesvelado!   Lista de mensajes  
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-----Mensaje original-----
De: Biblioteca Ciudades para un Futuro MXs Sostenible
[mailto:HABITAT@...]En nombre de MARIANO VAZQUEZ
Enviado el: viernes, 03 de septiembre de 2004 0:11
Para: HABITAT@...
Asunto: [HABITAT] El misterio del mercado inmobiliario, Xdesvelado!


Probablemente, todo lo que nos preguntamos hoy fue contestado en un
ayer lejano. Y todas las respuestas que encontramos o construimos hoy,
serán buscadas en un lejano mañana.

A propósito de los insondables interrogantes que suscita el
comportamiento tremendamente alcista del mercado inmobiliario en
España, Carlos Jiménez ha circulado un texto de hace 30 años con las
respuestas pertinentes.

No podía por menos que circularlo por la lista.

Fernando Ramón Moliner, además de hijo de María Moliner (sí, la autora
del "Moliner"), es doctor arquitecto, discípulo díscolo de Habraken,
Turner, Illich y maestro gruños de muchos de nosotros. Con el tiempo
será considerado un clásico de finales del XX, hoy permanece bastante
olvidado.


Salud

Mariano Vázquez Espí
http://habitat.aq.upm.es/habitat
Administrador de habitat @ listserv.rediris.es



----------------------------------------

El suelo urbano [1]

Fernando Ramón Moliner

Ruislip (Inglaterra), enero de 1974.


Primero, pondremos al descubierto nuestros términos de referencia:

1.

El suelo urbano es un elemento de la Ciudad de características
totalmente diferentes de las de los otros tres antes analizados, la
vivienda, el transporte o la energía. Afirmamos que todo intento de
presentar el suelo urbano como un producto más en el mercado
(producido ¿por quién?) es una falacia destinada a encubrir una de las
expropiaciones más arbitrarias de la Historia. Si, como se pretende,
el suelo urbano fuera un producto más en el mercado, su compraventa
sería una actividad tan antigua y respetable como la compraventa de
cualquier otro producto de consumo: unos traen sus cerdos al mercado,
otros sus terrenos; las fluctuaciones en precio son el resultado
natural de la ley de la oferta y la demanda, a la que el sistema tiene
que encomendarse por su propia salud. Pero, por el contrario, no
siendo producible, el suelo urbano, a diferencia del cerdo, por seguir
nuestro ejemplo, no experimentará aumento alguno en su «producción»
como consecuencia de un aumento en la demanda; a no ser que
califiquemos de «producción de suelo urbano» el proceso por el cual un
terreno, agrícola o baldío hasta el momento, adquiere valor urbano,
por el mismo hecho del aumento de la demanda de suelo urbano; sería
una forma paradójica ésta de «producción»: la necesidad del consumidor
produciría el producto a consumir. Si ello fuera así, y no sólo una
paradoja más o menos divertida, resultado del uso equívoco, que
nosotros rechazamos, de la palabra «producción» ¿dónde, en dicho
proceso, cabría colocar al propietario del terreno en cuestión, sin
que se nos apareciera como un puro salteador de caminos cobrador de
tributos, o como residuo recalcitrante de lo que creíamos pasado y
remoto feudalismo?

2.

La propiedad privada del suelo urbano puede que sea tan privada como
la de los medios de producción, pero no es propiedad de ningún medio
de producción. Si el productor pretende producir, tendrá que conseguir
los medios para ello del propietario de los mismos. Si el habitante
pretende habitar tendrá que conseguir el suelo donde poder hacerlo del
propietario del mismo; pero aquí se acaba la similitud. El propietario
de los medios de producción obtiene su beneficio vendiendo él lo
producido, después de pagar al que lo produjo. Con la satisfacción del
jornal en el bolsillo, el productor abandona la fábrica; se ha
convertido en consumidor y está dispuesto a consumir por el valor
íntegro de su jornal. Llega a casa, cuenta su dinero y aparta primero
la parte con que pagar la casa; con este dinero pagará por la casa en
sí, como producto de consumo, y, también, por el suelo que ella
ocupa. El poder adquisitivo de su jornal se ve reducido así en lo que
paga por dicho suelo. Sale de compras; pagará por los productos que
compre y, también, por lo que en el precio de dichos productos grava
el coste del suelo que la tienda ocupa, y por lo que graven todos los
suelos por donde la producción de dichos productos hayan pasado. Y su
jornal se verá reducido en todos estos costes; costes que, como hemos
visto, difícilmente pueden ser considerados como costes de ninguna
producción. Estos costes pueden muy bien ser considerados, eso sí,
como una manifestación actualizada del sistema tributario feudal. Y la
Revolución Francesa lo único que consiguió, en este caso, fue
quitarles los derechos a los señores de la sangre y dárselos a los
señores del dinero.

3.

Se podría deducir de lo que antecede el que el ya clásico esquema
según el cual la sociedad está dividida en dos clases, burguesía y
proletariado, habría de ser modificado incluyendo otra más, la de los
propietarios de suelo. Pero tal deducción sería precipitada y, hasta
cierto punto, errónea: a la misma clase que posee los medios de
producción y vive sobre la plusvalía que la producción arroja, la
burguesía, le está permitido, desde la Revolución Francesa, el poseer
el suelo y, si es que alguna plusvalía se le escapó con el pago del
jornal, podrá recuperarla después con el tributo del habitar,
vendiendo o alquilando suelo para ello al precio que el «consumidor»
pueda pagar. Aquí vuelve a encontrar su aplicación teórica la famosa
ley de la oferta y la demanda: a jornales justos, suelo barato; a
jornales excesivos, suelo caro. La economía se balancea y la tal ley
habría encontrado aunque sólo fuera por esta vez su aplicación
práctica si no fuera por la perfidia de los especuladores de suelo,
los cuales, actuando, en apariencia al menos, como clase
independiente, como si aquella deducción no fuera del todo errónea,
pretenden arramblar ellos con toda la plusvalía. Dado que la cantidad
de suelo urbano es limitada, la susodicha ley no es aplicable; la ley
a aplicar es la del mercado negro y el límite al precio del suelo lo
fija la plusvalía apropiable. No parece sino que los especuladores
vayan a salirse con la suya, las rentas suben, la tasa de beneficio en
el sector de la producción disminuye: los beneficios se van en pagar
rentas y en pagar jornales que permitan pagar rentas.

Sólo con la disminución de los jornales el precio del suelo tendría
que disminuir, pero, salvo condiciones extremas, las de una verdadera
crisis de la economía en su conjunto, el sistema no se atreve a
imponer tal disminución. Son otros los medios empleados en la «lucha
contra la especulación del suelo». El estado entra en acción: compra
suelo relativamente barato donde nadie se le ocurriría ir a buscarlo y
promueve, más o menos artificialmente, su uso para
habitación. Controla, limitando en lo que puede, el uso del resto del
suelo, con lo que pretende coartar la especulación sobre el mismo; lo
que en la realidad ocurre es que, con la disminución de la densidad
permisible, la demanda hace aparecer aún más terreno urbano en el
mercado: la Ciudad se extiende más. Una política de suelo semejante,
unida a una política de la vivienda como la anteriormente descrita, es
la que da como resultado el fenómeno universal tan familiar de la
Sub-Ciudad de promoción estatal.

Dentro de los términos de referencia hasta aquí descritos, la pregunta
enunciada más arriba, la de si se puede socializar el suelo urbano, no
tiene contestación; como tampoco la tendría la de si se puede
socializar el aire que respiramos. Es una respuesta incoherente: ni el
suelo ni el aire son productos de consumo. El aire, si no es producto,
al menos es consumido; pero el suelo ni lo uno ni lo otro. Hemos
descrito el mecanismo por el cual nos vemos obligados, sin embargo, a
pagar por el suelo que habitamos y, basándonos en dicha descripción,
nos podemos permitir, para terminar, el intentar indemnizar al sufrido
lector por tanta pregunta con una respuesta:

P.: ¿Llegará el día que tengamos que pagar por el aire que respiramos?

R.: Probablemente, si el jornal da para ello.


Notas

[1]: Epílogo a la segunda edición de La ideología urbanística.
Ramón, Fernando (1970) La ideología urbanística. Alberto Corazón
Editor, segunda edición, Madrid, 1974.

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Archivos de HABITAT: http://listserv.rediris.es/archives/habitat.html
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Antoni Larrull
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