Fuente-http://www.ask.co.uk/ix.asp?q=elites coloniales
subalternas&ac=none&xx=0&qid=1E35310CB949684CA166EA2198BC21AD&p=0&&sp=ix&fn=t&b=\
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Grupo de Trabalho 2
Clase, raza etnia e intercambios conyugales entre los varones urbanos del Perú
Norma Fuller[1]
En el presente ensayo examinaré desde el punto de vista masculino, los estilos
de intercambios conyugales en tres ciudades del Perú Lima, Cuzco e Iquitos. El
material del análisis se obtuvo entrevistando a 120 varones de dos grupos de
edad: jóvenes y adultos, pertenecientes a los sectores medios y populares. Todos
ellos son de origen urbano o llegaron a la ciudad antes de los cinco años de
edad. Cada una de las urbes escogidas corresponde a una cultura regional
bastante marcada, Lima, la capital del país, con una población de 6' 328,200
habitantes es el centro neurálgico de la nación, está integrada a los circuitos
internacionales y constituye el polo moderno del país. Concentra aproximadamente
al 30% de la población del Perú y a la mayor parte de la producción industrial,
el movimiento comercial y los servicios de la nación. Cuzco, ciudad de la región
andina con 269,000 habitantes, fue la capital del Imperio prehispánico Inca, es
uno de los núcleos de cultura mestiza y andina más importantes del Perú. Vive de
la producción agropecuaria, la minería y es un centro de atracción turística
internacional y nacional. Es notoria la combinación entre una identidad local
que se imagina heredera de la tradición prehispánica y la profunda influencia de
discursos y modas occidentales. Iquitos, con 261,248 habitantes, es un puerto
fluvial situado en el corazón de la Amazonía que comunica a esta región con el
Brasil y la cuenca del Atlántico. Se trata de una ciudad de frontera cuyos
principales ingresos provienen de industrias extractivas como la madera y el
petróleo y del hecho de ser el centro militar, administrativo y comercial que
sirve al noreste amazónico peruano. Iquitos ha sido foco de atracción de
diferentes olas migratorias en busca de nuevos recursos naturales. Mucho de su
identidad está construida en torno al sentimiento de conquista de territorios,
de mundo por crear y de defensa del territorio nacional. Es también asiento de
poblaciones nativas y mestizas: el contacto entre ambas tradiciones ha dado
lugar a un sistema de relaciones interétnicas profundamente jerarquizado. En las
tres ciudades los intercambios matrimoniales siguen un ordenamiento bastante
estricto debido a que los marcadores de raza clase y etnicidad juegan un papel
crucial para clasificar a las posibles parejas y cónyuges y para definir el tipo
de encuentro o relación como matrimonial, consensual o pasajera.
El sistema étnico racial y de género en el Perú
El sistema de género clase raza y etnicidad comenzó a forjarse desde la
conquista española. El orden colonial se fundó en estamentos supuestamente
rígidos que dividían a la población según criterios étnicos y raciales. Dentro
de este modelo las diferencias sociales entre los españoles se borraron y toda
la población de origen hispánico fue asimilada a la nobleza y gozó de
privilegios que no se les hubiera concedido en la metrópoli (Seed 1991:98). Así,
durante el siglo XVI y comienzos del siglo XVII la república de españoles formó
un conjunto aparentemente homogéneo que se contrastaba con las diferentes
poblaciones nativas, los esclavos de origen africano y las diversas mezclas
raciales.
Este sistema se caracterizaba por la vigencia de múltiples códigos morales para
ordenar la relación de los varones españoles y criollos[2] con cada una de las
diferentes categorías de mujeres: españolas, mestizas, nativas y esclavas.
Mientras los intercambios con las mujeres blancas se regían por el código del
honor y se dirigían al matrimonio, los varones podían mantener relaciones
consensuales con las mujeres mestizas, indias y esclavas. Aquí se reproduce un
viejo y ya tradicional patrón: los hombres mantienen relaciones sexuales con
mujeres con quienes no es su intención casarse debido a las barreras sociales
que los separan mientras fundan una familia “legítima” dentro de su estrato
social.
El caso de las mujeres españolas era justamente opuesto, ellas estaban
rígidamente vigiladas y prohibidas de circular entre varones de otros grupos.
Estas uniones no sólo amenazaban la base étnico racial de las distinciones
sociales, como lo hacían las uniones interraciales de los hombres españoles,
sino que también planteaban un reto a la tradición hispánica. Uno de los
principios fundamentales del sistema del honor era que los hombres debían
proteger a sus mujeres y esta tarea se centraba, en gran medida, en el control
de la conducta sexual de sus hermanas u otros familiares femeninos. Esto
confirió al varón una serie de privilegios sobre la población femenina al
otorgarles, simultáneamente, acceso a mujeres de grupos raciales inferiores y
reservarles el acceso exclusivo a las mujeres de su propio grupo. Las primeras
estaban controladas porque, al no poder transmitir prestigio social a sus
cónyuges, un matrimonio desigual significaba una pérdida social. Las segundas,
tenían interés en establecer uniones consensuales con los varones de los grupos
dominantes porque sí tenían algo que ganar de la relación con una varón más
poderoso. Así, las relaciones extraconyugales y consensuales se alimentaban por
la existencia de jerarquías étnicas y sociales que generaban un contingente de
mujeres de baja condición siempre disponibles para los hombres de los estamentos
superiores. Esto, a su vez, tuvo como consecuencia una tendencia a la
desvalorización de la condición femenina que se expresaba en desconsideración
hacia el honor de las esposas legítimas y en un estilo de relación muy desigual
entre hombres y mujeres fuera del matrimonio (Mannarelli 1994: 152).
En suma, el sistema de género y de intercambios matrimoniales se fundaba en el
control masculino de la circulación de intercambios matrimoniales (Rubin 1975) y
simbólicos (Bourdieu 1999) y se insertaba en una estructura étnico racial y de
clases que permitía a los varones de las clases dominantes circular entre los
diferentes grupos, encerraba a las mujeres de los sectores medios y altos dentro
de las fronteras de su clase, raza o etnía y consideraba a las mujeres de las
categorías étnicas y raciales subordinadas como virtualmente disponibles para
uniones sexuales o consensuales. El varón podía actuar como posible esposo, como
seductor o como patrón de acuerdo al código de conducta que rigiese su relacion
con cada mujer.
Sin embargo, la fragilidad del sistema estamental colonial es hecho sabido y
existían una serie de contradicciones. Las uniones de varones españoles o
criollos con mujeres de diferentes orígenes, fueran estas legítimas o
consensuales, tendían a quebrar el orden estamental que, en la práctica era muy
fluido. La familia monogámica se proclamaba en las ordenanzas religiosas
mientras que, en la práctica, proliferaban las uniones consensuales y los
varones, si tenían los recursos necesarios, podían fundar una familia legítima y
mantener otras secundarias. Por otro lado, el hecho que los varones de las
clases medias y altas puedan mantener alianzas sexuales paralelas con mujeres de
los grupos subordinados, fue una fuente de tensión dentro de la familia y
reprodujo relaciones altamente verticales entre las mujeres y varones
clasificadas como inferiores en la escala étnico racial.
En el período republicano el Perú se integró al mercado internacional y se
desmontó el régimen colonial. Las nuevas élites criollas que se recompusieron en
la segunda mitad del siglo XIX, implementaron una política por la cual el hecho
de identificarse con la cultura occidental, simbolizada por sus hábitos
culturales y sus rasgos fenotípicos constituían un importante criterio que las
distinguía de la mayoría de la población y legitimaba su precedencia social. A
pesar de que adoptaron formalmente un régimen democrático y definieron al Perú
como un país mestizo, elaboraron un discurso que identificaba a la raza blanca
con el progreso y la modernidad y consideraba que las razas india y negra debían
ser diluidas lo máximo posible con la sangre blanca a fin de mejorarla y
fortificarla. Así, las elites propiciaron las uniones de sus mujeres con varones
migrantes de Europa y Norteamérica a fin de acercarse al ideal racial caucásico
y diferenciarse claramente de la mayoría de la población peruana (Oliart, 1994)
En esta búsqueda de una identidad nacional europea y occidental, la población
mestiza, india, mulata y china que constituía el principal componente de la
población peruana fue marginada radicalmente del imaginario nacional. Al mismo
tiempo Lima, la capital occidentalizada se contrasta con las ciudades del
interior, como Cuzco, que representan un modelo agrario arcaico y con una
mayoría de población indígena monolingüe quechua. La clase media cuzqueña
responderá a la hegemonía limeña con una actitud ambivalente que combina la
apropiación de los ideales políticos modernos y la reafirmación de la propia
tradición como soporte para cuestionar la legitimidad de los criollos limeños.
Sin embargo, sus clases medias y altas mantienen una relación de extrema
marginación frente a la mayoría de la población quechua hablante. Iquitos,
ciudad de nueva data, creció durante el boom del caucho (1895-1914). Sus elites,
compuestas de migrantes de variada extracción reproducen los ideales de
expansión moderna y, en la medida en que sus fortunas lo permitían, buscaban
mantener lazos con la capital o el exterior. Las culturas nativas y ribereñas
que conforman el grueso de la población no adquieren realidad en el imaginario
de las élites locales.
En el transcurso del presente siglo, este escenario ha cambiado debido a la
creciente pérdida de legitimidad de los valores jerárquicos y la emergencia
política de los sectores populares. Sin embargo las prácticas que reproducen las
jerarquías tradicionales siguen vigentes en ciertos espacios como la familia y
la religión, mientras que la racionalidad moderna, que concibe a los seres
humanos como individuos o como ciudadanos libres e iguales, rige en algunos
aspectos de la vida pública y es difundida por la educación formal y los medios
de comunicación. En la medida que los intercambios, sexuales amorosos y
conyugales pertenecen al ámbito familiar y están enraizados en el sistema de
género son uno de los reductos del orden tradicional y uno de las instancias
donde se reproduce, no sólo la asimetría entre mujeres y varones, sino el
edificio de la clasificación étnico, racial y de clase tradicionales.
En la actualidad el sistema de diferenciación étnico racial no se apoya en un
régimen legal o político que permita detectar grupos claramente diferenciados.
De este modo, los marcadores de raza o etnicidad constituyen criterios que cada
actor usa para clasificar cada interacción y definir el tipo de relación que
tendrá con el otro/a. Cada encuentro entre un varón y una mujer supone que se
ubiquen mutuamente combinando los parámetros de clase, raza y etnicidad, para
determinar el tipo de relacion que corresponde tener. Es decir, “cada uno debe
saber su lugar”. La clasificación es siempre mutua y relativa ya que el grado de
blancura u occidentalización se miden con relación a la del otro/otra
(Fuenzalida 1970). Así un pobre urbano del Cuzco será mas blanco y más
occidental que un campesino pero será mas oscuro y mas “indio” que una persona
de clase media. Esta fluidez permite a los actores jugar con los diferentes
marcadores y tratar de avanzar sus posibles ventajas o minimizar sus
desventajas. Consecuentemente, es posible asimilar hábitos de consumo urbanos o
acceder a niveles de educación más altos para suavizar las marcas étnicas. La
raza, de su lado, es una categoría relativa y profundamente dependiente de los
rasgos étnicos y de clase. En el Peru se dice que “el dinero blanquea” porque el
color de la piel y los rasgos fenotípicos serán determinantes si se combinan con
marcadores étnicos y de clase pero pierden importancia en el caso contrario. Es
decir un nativo amazónico monolingüe será mas oscuro que un profesional de clase
media y éste último si es exitoso y proviene de una familia prestigiosa, será
clasificado como blanco y occidental independientemente de su color de piel. No
obstante, sería oscuro para alguien de un nivel social superior. La clase, por
último, es, teóricamente, el factor más móvil ya que se funda en rasgos
adquiridos tales como niveles de educación y hábitos de consumo, supuestamente
abiertos a toda la población.
De este modo, a pesar de que los intercambios matrimoniales se guían por
criterios de clase, raza y etnicidad, estos se negocian en cada relación y se
prestan a diferentes combinaciones. En este juego los actores usan diferentes
estrategias de acuerdo a su género y a su posición en las diferentes escalas de
diferenciación social.
Los limeños
En Lima, la capital esta configuración asume formas más fluidas ya que tanto los
sectores medios como los populares son muy complejos y diferenciados. Entre los
primeros los criterios de clase son, por lo general, determinantes para ubicar
socialmente a una persona.
La frontera étnica divide a las poblaciones campesinas quechua hablantes o
nativas de los sectores medios y altos es tan grande que la mención a una
posible alianza conyugal o unión consensual inter étnica no se plantea. En
cambio la raza juega un rol fundamental porque, a pesar de que el ideal de
blancura impregna el imaginario limeño (y nacional urbano) en la práctica la
mayor parte de la población corresponde al fenotipo mestizo y los rasgos
caucásicos son raros y se concentran entre los sectores medios y altos. De este
modo la blancura es un marcador de distinción (Bourdieu 1980). En la medida en
que las clases medias se caracterizan por la importancia que adjudican al
prestigio y a las relaciones sociales (Fuller, 1998) los rasgos raciales se usan
como estrategia para acercarse o alejarse del ideal de distinción. Por otro
lado, la fragilidad de este sector, siempre amenazado por la ruina económica,
lleva a que los indicadores de clase tales como el nivel de ingresos no lo
diferencien de los sectores populares emergentes, de ahí que las diferencias
raciales sean un dispositivo para crear fronteras simbólicas entre las familias
decentes (de clase media o alta) y el pueblo (sectores populares). Esto se
traduce en la vigencia de la política racial del blanqueamiento que consiste en
casarse con personas que mantengan o aclaren el color de la piel de sus
descendientes y en evitar alianzas con mujeres con rasgos indígenas o negros.
Así por ejemplo, Manolo un joven abogado un joven estudiante universitario
limeño declara a mí me gustaban las rubias pero porque son raras acá, y meterme
con una flaca de mi color, así morena, no me nace, no se completaría el
mestizaje como debe ser el Perú tiene que llegar a ser una nación donde todos
seamos una mixtura, eso es muy importante. Solo que la mezcla a la que se
refiere es aquella que blanqueará a sus descendientes mientras que una mezcla
que los oscurezca significaría descender socialmente.
Sin embargo, es en esta ciudad donde los sectores medios son mas diferenciados
en sus estilos de vida y donde los valores democráticos e individualizados son
más influyentes, la estrategia del blanqueo y las formas mas extremas de
discriminación étnica o racial se contraponen a los ideales meritocráticos. De
este modo, aún cuando en la práctica los factores étnicos y raciales son
decisivos para escoger una pareja y definir una relación, es común que se
refieran a ella precisamente para criticar y tomar distancia frente a los
valores tradicionales o la autoridad familiar. Así por ejemplo Abel, un médico
de 42 años relata que una de las cosas que hablaban en mi casa era la cuestión
racial, que uno se casaba para mejorar la raza o para mantenerla igual o para
igualar o mejorar la posición. Yo creo, que eso en un inicio tuvo gran
influencia en mi, tal es así que mi primera esposa, mi esposa, mi
ex‑esposa, es blanca, rubia, de ojos verdes y de una familia de apellido
rimbombante, y mi pareja actual es una persona común y corriente, inclusive me
atrevería a decir, es una peruana nata[3], probablemente no cuente ella con la
aprobación de mi madre, pero me tiene sin cuidado, porque ya he visto que la
influencia de mi madre fue negativa en un principio y lo curioso es que mi padre
tampoco era de apellido rimbombante, mi papá era hijo de un ebanista con una
señora piurana, papá no era blanco, rubio, de ojos azules, papá era hijo de un
cholo[4] norteño, de un cholo chiclayano con una señora de Piura; mamá si, era
blanca, rubia, lo que tú quieras, y papá llegó a donde llegó por su esfuerzo. yo
no voy a llegar a donde quiera llegar, basándome en recuerdos familiares ni
mucho menos, yo voy a llegar a donde quiera llegar y la mujer que vaya a ser mi
pareja yo no la puedo juzgar ni por su color de piel, ni por su posición social
ni mucho menos, lo que seamos lo vamos a trabajar juntos. Abel recurre al
discurso oficial[5] peruano que lo pinta como un país mestizo que debe recuperar
sus raíces antes que soñarse blanco y occidental y relee las jerarquías sociales
desde un punto de vista que privilegia la realización individual.
En sentido opuesto a las diferencias raciales que se manipulan a través de las
alianzas matrimoniales, las fronteras sociales se consideran abiertas a la
manipulación individual. los varones se perciben como quienes definen el status
de la familia en tanto que, a pesar de que aprecian una esposa profesional y que
trabaje, el reconocimiento que ella puede acumular en la esfera pública no puede
ser transferido a su esposo e hijos. Estar casado con una mujer notable o
exitosa no es motivo de orgullo, por el contrario, si la esposa obtiene mayor
reconocimiento que el marido, ello va en desmedro de este último. Por ejemplo,
según Ciego, estudiante universitario de 25 años, a una chica puede tener toda
la plata del mundo, no me interesa, mi ideal es que se la vea preciosa, fina,
blanca, puede ser trigueñita también.
De este modo los criterios raciales se definen como esencias que se alteran a
través de los intercambios matrimoniales mientras que las fronteras de clase
serían mas porosas e individualizadas. Estas últimas, sin embargo, se
contradicen con la asimetría de género por lo que la hipergamia de clase resulta
problemática para los varones[6]. No obstante, en la medida que los varones
pueden acumular prestigio y recursos para transferirlos a las mujeres, el éxito
económico y/o social les permite ascender socialmente y les abre mayores
oportunidades de elección.
Los sectores populares de Lima son también bastante diferenciados y están
compuestos, hablando de una manera gruesa, por limeños de vieja data y por el
constante flujo migratorio de campesinos provenientes de las zonas rurales
clasificados como indios en la escala étnica[7]. Los criterios étnicos y
raciales juegan un papel importante en la regulación de las relaciones entre las
poblaciones migrantes y los viejos limeños, sin embargo estas diferencias
tienden a borrarse en la segunda generación porque lo que distingue a un recién
llegado es su idioma y lugar de origen en tanto que los rasgos físicos pueden
ser similares al común de las poblaciones urbanas.
Entre los varones de los sectores populares tradicionales la política de
hipergamia racial es aún más definida. Las diferencias étnicas no aparecen
mayormente en el discurso de los intercambios conyugales, en tanto que los
matices de color de la posible pareja son un tema recurrente. Esto se debe a que
en Lima las diferencias étnicas tienden a uniformizarse en tanto que el color es
el rasgo que simboliza las fronteras entre los sectores populares y los medios y
altos. Como los varones, de estos sectores son excluidos precisamente por sus
rasgos físicos, el blanqueo, a través del matrimonio con una mujer mas clara
constituye una forma de promoción social y de quebrar las barreras que los
excluyen. Como dice El Zambo, albañil de 53 años que se clasifica como mestizo
de indio y negro, a mi me gustaban las cholas, hasta ahora las cholas, cholas
claras pe, negras nunca me han gustado porque quiero que mi raza cambie, porque
si yo voy a enamorarme de una negra como yo, pucha! que mis hijos van a salir
pues, (risa) van a salir petróleo. Por eso digo yo, tengo que mejorar la raza.
Aún aquellos varones que no siguen estrictamente el patrón de hipergamia racial,
se sienten presionados para no deslizarse hacia los extremos de la gama racial
porque sería un paso atrás en la escala social. De este modo Chochera un obrero
de 44 años relata que tenía una enamorada morena, pero negra, negra, negra,
cuando nos íbamos al cine a Lima, sentía que toda la gente me miraba, porque me
abrazaba, me daba la mano y me sentía algo raro porque la gente me miraba por lo
que era marrón. En estos relatos la negritud actúa como la frontera simbólica de
las razas y desde el cual se articulan las diversas estrategias de exclusión
cuyo equivalente positivo sería el blanqueamiento
A pesar de que esta población está expuesta a la influencia de los discursos
políticos igualitarios que cuestionan las desigualdades existentes, esto
raramente se traduce en el relato del intercambio matrimonial de los varones de
los sectores populares entrevistados en Lima. Solamente uno de ellos Oscar, un
conserje, de 42 años declara que prefiere a las mujeres oscuras y usa este
argumento para criticar las jerarquías sociales vigentes y señala que se aleja
del racismo del ambiente. Según dice Mi mujer es media morocha, ojos color
caramelo, cejona, yo soy buen pobre, en ese aspecto no soy racista, con plata,
sin plata, cuando quieres a una mujer no te importa nada. Sin embargo Oscar es
una excepción, los restantes, a pesar de ser conscientes de que son
discriminados por motivos raciales, declaran que prefieren una mujer de tez mas
clara porque es una forma de mejorar el futuro de sus hijos o un símbolo de
status que acrecienta su valor como conquistadores, es decir, su virilidad.
A pesar de que los varones de los sectores populares implementan una estrategia
de hipergamia racial la posibilidad de que la pareja sea de una clase social mas
valorada presenta dificultades. Como las jerarquías de género se fundan en
ultima instancia en el monopolio masculino de los recursos sociales, si la mujer
fuera de un estatus superior, colocaría a su esposo en una postura femenina y
pondría en entredicho su posición masculina. Así por ejemplo, El Zambo considera
que casarse con una mujer de otro nivel socioeconómico atenta contra su status
viril, según afirma: No, no, de dinero imposible, es difícil que una mujer sea
de plata, porque una vez yo me enamoré de una muchacha que tenía plata pero no
era mi nivel estar enamorado de ella, porque esas que son de plata, te dominan,
te mandan y yo no soy para eso, yo no valgo nada ahí; en cambio, mi mujer no es
tan blanca aunque es un poco más clara que yo, pero sé que ella es buena, ve
mucho por mí como marido que soy de ella, es tranquila. Los varones se colocan
como quienes controlan la circulación matrimonial y quienes, en ultima instancia
definen, el status social de la familia que forman. De este modo, a pesar de que
ocupan un lugar subordinado en la escala social, la asimetría de género les
asegura el predominio sobre las mujeres de su familia.
Los jóvenes de los sectores populares mantienen la práctica de hipergamia racial
pero enfatizan la importancia del estudio y de los niveles de ingreso para
minimizar la frontera que los separa de las mujeres de los sectores medios y
altos en tanto que tienden a privilegiar los estilos de consumo. Esto puede
relacionarse con que esta generación tiene niveles de escolaridad mas altos que
la de los adultos y a que la cultura urbana presenta una tendencia a uniformizar
a las poblaciones a través de la difusión de estilos de consumo estandarizados y
globales.
Los Cuzqueños
Entre los cuzqueños de los sectores medios el matrimonio debe, en principio,
tener lugar con una joven del mismo sector social y, preferentemente, con una
mujer de Lima o del extranjero. Así, combinan una estricta endogamia local con
la estrategia de establecer alianzas con mujeres de la capital o del exterior a
fin de mejorar o mantener el status étnico racial de la familia. El hecho de ser
un centro de atracción para turistas y estudiosos de la cultura local, ha
abierto a los varones la posibilidad de establecer contactos sexuales y amorosos
con mujeres extranjeras provenientes de sociedades que ocupan posiciones
hegemónicas dentro del orden internacional[8] ante quienes ellos adquieren el
atractivo de ser representantes de una cultura diferente. Esta estrategia a
menudo es implementada por las madres que buscan conseguir para sus hijos
esposas con mayor estatus étnico y racial Así por ejemplo Ramiro un ingeniero de
44 años relata yo he tenido problemas terribles con mi madre, ella se opuso
terriblemente a mi matrimonio porque yo un tiempo me enamoré y conviví dos años
con una chica norteamericana que era una antropóloga de la universidad de
Berkeley, una chica muy inteligente, muy interesante que hacía trabajos de
investigación acá con un equipo de arqueólogos norteamericanos y ese, según mi
madre, era el ideal de mujer para mi, me decía ‑“¿Como puedes ser tan
idiota de no casarte con esta mujer, ella te conviene, es extranjera”- Pero la
cosa finalmente terminó en nada y durante los primeros 4 años de mi matrimonio
ella no pudo aceptar la idea de mi matrimonio, es mas, ni siquiera estuvo
presente en mi matrimonio.
A pesar de que el hecho de definirse como herederos de la cultura Inca es un
recurso discursivo importante cuando se trata de reafirmarse frente a la
hegemonía de la capital y de negociar mejores alianzas matrimoniales, en esta
ciudad, donde la mayor parte de la población es bilingüe o quechua hablante
existe una rígida clasificación social en base a marcadores étnicos que prohibe
tajantamente los intercambios con mujeres clasificadas como indias. En tanto que
los contactos con mujeres de origen campesino, las “natachas” se restringen a
las formas mas crudas de servidumbre laboral y sexual. El relato de Peter Pan,
joven arquitecto cuzqueño, lo resume así: todas las chicas que yo tuve como
enamorada, mi madre, aunque sea por la rendija las observaba y no eran de su
agrado, tenían cara de huaco, parecían hijas de empleadas[9] o eran empleadas y
que cómo yo me metía, cómo podía meterme con ese tipo de gente, siendo ella una
dama de sociedad, de alta alcurnia y una belleza. Mi madre carnal quisiera para
mí una gringa, rubia, de ojos azules, una pasta de cara. Yo le decía siempre que
no se vayan a sorprender porque de repente mi compañera va a ser de una
comunidad. A pesar de que el discurso de Peter Pan rechaza las jerarquías
étnicas y reafirma la identidad local, él describe a la pareja deseada en estos
términos: para mí la mujer ideal es blanca, rubia con pelo largo, ojos azules y
talla regular, eso en cuanto a su figura, en su interior tiene que ser
inteligente, que tenga decisión, capacidad para lograr metas, que sea dinámica.
Sin embargo, como es el caso entre los limeños, una alianza con una mujer de
status de clase mas valorado se contrapone al principio de superioridad de
género del varón. Así, para Compadrito, joven estudiante universitario, la
esposa ideal debe ser blanquiñosa, alta, muy dócil, que no me contradiga, que no
me genere ningún tipo de problemas, clase social igual que la mía, media baja
porque pienso que no podría ser que mi enamorada fuera de un estrato medio
superior porque empezarían a originarse las diferencias.
Los varones de los sectores populares cuzqueños siguen el patrón de
blanqueamiento ya descrito y clasifican a sus posibles cónyuges tratando, en la
medida de lo posible, de suavizar los rasgos raciales en tanto que lo negro se
sitúa como la frontera simbólica de los intercambios. Así por ejemplo[10]
Apicha, almacenero cuzqueño de 46 años, afirma: blancas, papá, hasta con el
dicho yo digo: carne blanca, aunque sea de varón, nada con morenas, me gustaba
siempre una rubia, una zorra[11], por ende que mi esposa también es blanca.
Nunca una morena.
Los jóvenes son conscientes de que sus opciones de conquista son limitadas
porque carecen de los símbolos de status que les darían acceso a las mujeres más
codiciadas y, a su vez no aceptarían casarse con una campesina quechua hablante
con quienes buscan establecer relaciones eventuales. Sin embargo, a
contracorriente del sistema que usan para clasificar a las mujeres, el que se
aplican a sí propios no toma como referente la raza o la cultura sino artículos
de consumo.[12] Según afirman, el factor que explica su dificultad para acceder
a parejas entre los grupos dominantes es el nivel de ingresos o de estudios. Así
por ejemplo Víctor, un joven locutor declara: en lo físico imagínate, todo el
mundo aspiramos que nos toque una mujer escultural, pero desgraciadamente las
esculturales buscan chicos que tengan un carro, que tengan un Celica, un Toyota
último modelo, esos sí tienen esas mujeres esculturales pero lamentablemente
como nosotros con el poco mísero sueldo que podemos ganar, no podemos estar en
la mira de esas mujeres. De este modo, la difusión de objetos de consumo
estandarizados provenientes de la metrópoli tiende a desplazar los criterios de
diferenciación basados en marcas étnicas o culturales que parecen deslizarse
hacia los hábitos de consumo (García Canclini 1996). Ello permite a los varones
de los sectores populares urbanos definirse en términos de distinción (Bourdieu
1980) e ignorar las líneas étnicas. Esta, sin embargo, es una posibilidad
abierta a los jóvenes nacidos y educados en Cuzco que son perfectamente
bilingües. Los migrantes provenientes de comunidades rurales quechua hablantes,
que forman el estrato más pobre de la ciudad no pueden aspirar a superar estas
barreras debido a que el idioma y el lugar de origen son un estigma que divide
netamente las fronteras entre los grupos urbanos y rurales.
Los Iquiteños
Ciertas características propias de Iquitos como el hecho de constituir un centro
administrativo donde se concentran los servicios del Estado y las fuerzas
armadas y el ser una economía fundada en la explotación de redes comerciales
hacia el Atlántico y en sucesivos booms extractivos, dan la ciudad una
configuración especial. El carácter provisional de los cargos en el caso de los
burócratas y el ir y venir de los comerciantes y empresarios en busca de riqueza
rápida unido a las relaciones de dominio con las poblaciones nativas contribuyen
a generar relaciones extraconyugales pasajeras y favorecen los vínculos
inestables entre las mujeres locales y los varones de los sectores dominantes
Asimismo, los migrantes provenientes de Lima o del extranjero pueden usar la
estrategia de blanqueamiento a su favor para casarse con las jóvenes de las
familias mas prestigiosas y acceder a las elites y circular sexualmente entre
las mestizas y nativas. Aquí se reproduce un viejo y ya tradicional patrón de
las ciudades de frontera, los hombres mantienen relaciones sexuales con mujeres
de las que están separados por una gran distancia social y étnica y con las que
tienen relaciones esporádicas o consensuales mientras que se casan con las
mujeres de su medio social o de niveles superiores con las que constituyen la
“familia oficial”. A ello se une que en la cultura nativa las mujeres consideran
que recibir bienes o regalos a cambio de sus favores sexuales es normal. Ello
propicia una intensa circulación sexual entre varones de grupos mestizos o
blancos y las mujeres ribereñas y nativas que migran a la ciudad.
Como consecuencia de este patrón de relaciones inter étnicas e inter género,
entre las clases medias locales se aprecia un marcado interés en establecer y
mantener las fronteras étnicas para definir a los grupos sociales pero los
varones tienen gran libertad individual para alterarlas en su beneficio. Esto
ello lleva a que el ideal de familia monogámica, al que las élites aspiran a
acercarse, no se cumpla. En la práctica los varones contraen matrimonio dentro
del patrón ideal de endogamia o hipergamia social y racial. La familia del
varón, sobre todo la madre, cumple un papel decisivo en la elección del cónyuge.
Sin embargo el hecho de que los varones continúen circulando intensamente entre
mujeres de grupos subalternos lleva a que los matrimonios sean inestables y
configura un patrón de poligamia escondida. El relato de Shapchico, comerciante
de 48 años que se casó la primera vez con una mujer de un status social superior
al suyo de la que se divorció, ilustra este tema: ahora estoy viviendo con una
chica de 21 años, ella es nativa, es bien autóctona, bien de la región, la
parte, pues, yagua‑cocama, nacida Yanashi, hay dificultades por la
cuestión cultural, pero yo respeto su espacio vital, trato de ayudarle a mejorar
en las cosas que sea mejorable, en las cosas que ella quiera mejorar. En
realidad yo soy perfectamente consciente de que cuando ella tenga 40 años y esté
en todo su poderío como mujer, digamos sexualmente, yo voy a estar decrépito,
aparte es cholita, la cuestión de la madre española y toda esa puñetería, mi
madre tiene sus esquemas, sus chips raciales, yo a veces la jodo, le digo:
madre, te voy a dar un guajiro terciado la sangre hispana se va a diluir.
Este sistema, que se asienta en las jerarquías étnica y de género, tiende a
contradecirse porque la intensa circulación sexual entre varones de los sectores
medios y altos y las mujeres de los grupos subordinados impide que se conserven
las líneas que separan a los diferentes grupos. Así, en cada generación se
renuevan las filas de las clases medias con los hijos provenientes de las
uniones secundarias. Es notorio que en esta ciudad cinco de los varones del
sector medio entrevistados sean hijos de uniones secundarias con mujeres de
extracción social bastante inferior al genitor.
Los varones de los sectores populares de Iquitos implementan una cuidadosa
política de endogamia étnica por la cual la alianza matrimonial con una nativa
sería una regresión desde el punto de vista social como dice Juan Luis, joven
iquiteño desempleado, si veía una hembra, puta que recontra‑guitarra, ojos
verdes, buen lote y si era Kawachi o Tarikuariba, no me metía yo, mis hijos no
pueden, pues, llevar esa clase de apellidos, pues que vaya Vargas Tarikuariba,
Vargas Puquiachigua, no, pues, nunca. Esta estrategia va paralela a la
hipergamia racial que caracteriza a todos los grupos subalternos peruanos, así
para Juan Luis las chicas que sean blancas, que sean pacuchas, como yo soy negro
no voy a agarrar una negrita, una blanquita pues.
Entretanto ellos elaboran las dificultades para acceder mujeres de los sectores
medios y altos en términos diferencias en hábitos de consumo y niveles de
ingreso Según cuenta Jaime, un joven albañil iquiteño, con las de clase alta yo
no daba para ellas, es que querían discotecas muy caras y yo no tenía plata se
quitaban con los que tenían mas plata, con los pitucos. No obstante, a
diferencia de algunos jóvenes de Cuzco y Lima, los iquiteños no elaboran un
discurso igualitario que cuestione el orden étnico o social que los excluye. El
recurso discursivo que usan para elaborar y compensar su exclusión es invertirla
atribuyendo rasgos negativos a las mujeres inalcanzables. Así es común que
acusen a las mujeres blancas de ser sucias, por ejemplo Jaime afirma yo siempre
he considerado que las blancas son cochinas, no sé quién me ha puesto eso en la
cabeza, de repente yo mismo, pero me gustan más las morenas, les veo más
humildes, más sencillas.[13]
Conclusiones
Lima
Cuzco
Iquitos
Sectores
Medios
Endogamia racial
Étnica y de clase
Hipergamia racial
Endogamia racial étnica y de clase
Hipergamia racial
(extranjeras)
Endogamia étnica
(primera unión)
Hipergamia racial y de clase
(primera unión)
Hipogamia racial étnica y de
clase (segunda y otras uniones)
Sectores populares
Endogamia de
Clase
Hipergamia racial
Endogamia de clase
Hipergamia racial
Marcada
Marcadores de consumo
Endogamia de clase y étnica
Hipergamia racial
Marcadores de consumo
Dado que en el Perú no existen grupos étnico raciales discontinuos sino una
escala de subordinaciones, en las cuales el género, la etnicidad, la raza y la
clase social actúan como marcadores sociales, el lenguaje de los intercambios
sexuales y conyugales constituye un espacio privilegiado para entender la manera
en que estas categorías se construyen y reproducen.
Los sectores medios de cada ciudad elaboran el discurso de las diferencias a
través de su propia historia. Lima, la capital afirma la primacía de sus élites
en términos raciales en tanto que en Cuzco la invención de la tradición local
combina la apertura hacia el exterior con formas muy estrictas de exclusión
étnica en el ámbito local Iquitos combina la apertura hacia el exterior con una
política de exclusión de las poblaciones nativas que, en la práctica, se rebalsa
para constituir una forma de poligamia escondida.
Los sectores populares, a su vez, reproducen la estrategia de hipergamia racial
y de evitamiento de las alianzas con las mujeres campesinas o nativas.
Paralelamente buscan maximizar sus posibilidades de quebrar las barreras étnico
raciales usando a su favor la posibilidad de acceder a hábitos de consumo y
niveles de educación mas valorados.
En este complejo juego las líneas raciales étnicas y de clase se combinan con la
asimetría de género. Las fronteras étnicas y raciales a pesar de ser fijas están
abiertas a la manipulación a través de los intercambios conyugales y forman
parte de una estrategia colectiva de mejora del status de la familia en la
siguiente generación por la vía de la occidentalización y del blanqueo. Las
líneas de clase son más abiertas a la manipulación individual y permiten a un
varón mejorar sus rasgos étnicos y raciales (hasta cierto punto) asumiendo
hábitos de consumo o adquiriendo símbolos de estatus. Sin embargo la cultura de
género va en sentido contrario a una política de hipergamia de clase ya que una
unión con una mujer de estatus mas elevado supondría colocar al varón en
posición subordinada. Este es un tema relevante en el relato de la masculinidad
entre los varones de los sectores populares ya que enfrenta dos principios: el
de la hipergamia como forma de ascenso social y el de la asimetría de género por
el cual el esposo tiene mayor jerarquía.[14]
Esto muestra la importancia de las jerarquías de género para reproducir las
diferencias sociales y cómo éstas pueden seguir lógicas diferentes. Las
diferencias raciales y étnicas se consideran fijas y se manipulan por la vía del
blanqueamiento es decir del intercambio sexual y matrimonial en tanto que las de
clase se manipulan por medio de la acumulación y está abierta a la iniciativa
individual de los varones (no así de las mujeres). En ambos casos las mujeres
ocupan una posición subordinada y los varones son quienes, supuestamente,
controlan los intercambios[15].
Este tipo de estrategia al combinarse con la asimetría de género por la cual los
varones son quienes acumulan recursos materiales y simbólicos y determinan el
estatus la familia en tanto que las mujeres sólo pueden mejorar su posición
social por la vía de un matrimonio hipergámico, contribuye a acrecentar el
predominio de los varones de los grupos medios y altos ya que mientras el varón
puede acumular bienes y prestigio personal para realzar sus posibilidades en el
mercado matrimonial y acceder a una esposa mas cotizada, para la mujer el uso de
estas estrategias está muy limitado. La fórmula femenina no es negociar su
status sino buscar varones que les transmitan su prestigio y bienes. Ello
refuerza el patrón por el cual los varones de los grupos dominantes controlan a
las mujeres de su grupo y tiene acceso a las de las categorías subalternas.
Paralelamente, la posibilidad de acceder al mayor número de mujeres o de excluir
a ciertas categorías de varones del circuito matrimonial constituye una forma de
reproducir formas de dominio entre varones. Aquellos que ostentan rasgos
raciales, étnicos y/o de clase mas valorados, monopolizan el acceso a las
mujeres de su grupo en tanto que tienen acceso a las de todos los grupos
subordinados. En sentido contrario, los hombres colocados en lo mas bajo de la
escala tendrán dificultades para acceder a las mujeres de los sectores medios y
altos en tanto que deben aceptar, e incluso propiciar, que otros varones sean
preferidos por las mujeres de su entorno.
Finalmente, el lenguaje racial no sólo es un dispositivo que ordena, clasifica y
excluye sino que es un discurso (y práctica) desde la cual se cuestiona el orden
social vigente. Este cuestionamiento de las jerarquías étnicas y raciales usa
dos estrategias: negar la validez de las fronteras sociales afirmando que todas
las personas son iguales, e invertir simbólicamente el orden socio-racial al
atribuir cualidades morales superiores a los miembros de los sectores populares.
Este punto es sumamente importante en una sociedad como la peruana donde la
mayoría de la población presenta rasgos fenotípicos indios y o mestizos y que,
por lo tanto, al excluir y discriminar al otro, lo hace consigo misma.
Referencias
Bourdieu, Pierre, 1980, La Distinction, critique social du jugement, Les
Editions de Minuit, Paris
1999 La domination masculine, Seuil, Paris
Fuenzalida, Fernando, 1970, La matriz colonial de la Comunidad Campesina, en: La
Hacienda, la Comunidad y el Campesino en el Peru, Lima Instituto de Estudios
Peruanos.
Fuller, Norma, 1998, Las clases medias en la teoría social, en; Gonzalo
Portocarrero (editor) Las clases medias
García Canclini, Néstor, 1996, Consumidores y ciudadanos, conflictos
multiculturales de la globalización, Grijalbo, México
Oliart, Patricia, 1994, Images of gender and race; The View from Above in turn
of the Century Lima, Masters of Arts Thesis, University of Texas, Austin
Ortner, Sherry, 1996, The Politics and Erotics of Culture, Beacon Press, Boston
Mannarelli, María Emma, 1994, Pecados públicos; ilegitimidad en la Lima del
siglo XVII, Ediciones Flora Tristán, Lima
Rubin, Gayle, 1975, The traffic on women, notes on the political economy of sex
In: Reiter, Rayna: Reiter, Rayna (edit): Toward an Anthropology of women New
York and London, Monthly Review Press, 157-210
Seed, Patricia, 1991, Honrar, amar y obedecer en el México colonial, Alianza
Editorial, México
[1] Ph. D en Antropología, University of Florida, Gainesville, Profesora
Principal y Coordinadora de la Maestría de Antropología PUCP del Perú. Autora de
Identidades Masculinas, Varones de clase media en el Perú, Catholic University
of Peru Press, Lima, 1997, Dilemas de la femineidad, Mujeres de clase media en
el Perú, Catholic University of Peru Press, Lima, 1993. A
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Grupo de Trabalho 2
Clase, raza etnia e intercambios conyugales entre los varones urbanos del Perú
Norma Fuller[1]
En el presente ensayo examinaré desde el punto de vista masculino, los estilos
de intercambios conyugales en tres ciudades del Perú Lima, Cuzco e Iquitos. El
material del análisis se obtuvo entrevistando a 120 varones de dos grupos de
edad: jóvenes y adultos, pertenecientes a los sectores medios y populares. Todos
ellos son de origen urbano o llegaron a la ciudad antes de los cinco años de
edad. Cada una de las urbes escogidas corresponde a una cultura regional
bastante marcada, Lima, la capital del país, con una población de 6' 328,200
habitantes es el centro neurálgico de la nación, está integrada a los circuitos
internacionales y constituye el polo moderno del país. Concentra aproximadamente
al 30% de la población del Perú y a la mayor parte de la producción industrial,
el movimiento comercial y los servicios de la nación. Cuzco, ciudad de la región
andina con 269,000 habitantes, fue la capital del Imperio prehispánico Inca, es
uno de los núcleos de cultura mestiza y andina más importantes del Perú. Vive de
la producción agropecuaria, la minería y es un centro de atracción turística
internacional y nacional. Es notoria la combinación entre una identidad local
que se imagina heredera de la tradición prehispánica y la profunda influencia de
discursos y modas occidentales. Iquitos, con 261,248 habitantes, es un puerto
fluvial situado en el corazón de la Amazonía que comunica a esta región con el
Brasil y la cuenca del Atlántico. Se trata de una ciudad de frontera cuyos
principales ingresos provienen de industrias extractivas como la madera y el
petróleo y del hecho de ser el centro militar, administrativo y comercial que
sirve al noreste amazónico peruano. Iquitos ha sido foco de atracción de
diferentes olas migratorias en busca de nuevos recursos naturales. Mucho de su
identidad está construida en torno al sentimiento de conquista de territorios,
de mundo por crear y de defensa del territorio nacional. Es también asiento de
poblaciones nativas y mestizas: el contacto entre ambas tradiciones ha dado
lugar a un sistema de relaciones interétnicas profundamente jerarquizado. En las
tres ciudades los intercambios matrimoniales siguen un ordenamiento bastante
estricto debido a que los marcadores de raza clase y etnicidad juegan un papel
crucial para clasificar a las posibles parejas y cónyuges y para definir el tipo
de encuentro o relación como matrimonial, consensual o pasajera.
El sistema étnico racial y de género en el Perú
El sistema de género clase raza y etnicidad comenzó a forjarse desde la
conquista española. El orden colonial se fundó en estamentos supuestamente
rígidos que dividían a la población según criterios étnicos y raciales. Dentro
de este modelo las diferencias sociales entre los españoles se borraron y toda
la población de origen hispánico fue asimilada a la nobleza y gozó de
privilegios que no se les hubiera concedido en la metrópoli (Seed 1991:98). Así,
durante el siglo XVI y comienzos del siglo XVII la república de españoles formó
un conjunto aparentemente homogéneo que se contrastaba con las diferentes
poblaciones nativas, los esclavos de origen africano y las diversas mezclas
raciales.
Este sistema se caracterizaba por la vigencia de múltiples códigos morales para
ordenar la relación de los varones españoles y criollos[2] con cada una de las
diferentes categorías de mujeres: españolas, mestizas, nativas y esclavas.
Mientras los intercambios con las mujeres blancas se regían por el código del
honor y se dirigían al matrimonio, los varones podían mantener relaciones
consensuales con las mujeres mestizas, indias y esclavas. Aquí se reproduce un
viejo y ya tradicional patrón: los hombres mantienen relaciones sexuales con
mujeres con quienes no es su intención casarse debido a las barreras sociales
que los separan mientras fundan una familia “legítima” dentro de su estrato
social.
El caso de las mujeres españolas era justamente opuesto, ellas estaban
rígidamente vigiladas y prohibidas de circular entre varones de otros grupos.
Estas uniones no sólo amenazaban la base étnico racial de las distinciones
sociales, como lo hacían las uniones interraciales de los hombres españoles,
sino que también planteaban un reto a la tradición hispánica. Uno de los
principios fundamentales del sistema del honor era que los hombres debían
proteger a sus mujeres y esta tarea se centraba, en gran medida, en el control
de la conducta sexual de sus hermanas u otros familiares femeninos. Esto
confirió al varón una serie de privilegios sobre la población femenina al
otorgarles, simultáneamente, acceso a mujeres de grupos raciales inferiores y
reservarles el acceso exclusivo a las mujeres de su propio grupo. Las primeras
estaban controladas porque, al no poder transmitir prestigio social a sus
cónyuges, un matrimonio desigual significaba una pérdida social. Las segundas,
tenían interés en establecer uniones consensuales con los varones de los grupos
dominantes porque sí tenían algo que ganar de la relación con una varón más
poderoso. Así, las relaciones extraconyugales y consensuales se alimentaban por
la existencia de jerarquías étnicas y sociales que generaban un contingente de
mujeres de baja condición siempre disponibles para los hombres de los estamentos
superiores. Esto, a su vez, tuvo como consecuencia una tendencia a la
desvalorización de la condición femenina que se expresaba en desconsideración
hacia el honor de las esposas legítimas y en un estilo de relación muy desigual
entre hombres y mujeres fuera del matrimonio (Mannarelli 1994: 152).
En suma, el sistema de género y de intercambios matrimoniales se fundaba en el
control masculino de la circulación de intercambios matrimoniales (Rubin 1975) y
simbólicos (Bourdieu 1999) y se insertaba en una estructura étnico racial y de
clases que permitía a los varones de las clases dominantes circular entre los
diferentes grupos, encerraba a las mujeres de los sectores medios y altos dentro
de las fronteras de su clase, raza o etnía y consideraba a las mujeres de las
categorías étnicas y raciales subordinadas como virtualmente disponibles para
uniones sexuales o consensuales. El varón podía actuar como posible esposo, como
seductor o como patrón de acuerdo al código de conducta que rigiese su relacion
con cada mujer.
Sin embargo, la fragilidad del sistema estamental colonial es hecho sabido y
existían una serie de contradicciones. Las uniones de varones españoles o
criollos con mujeres de diferentes orígenes, fueran estas legítimas o
consensuales, tendían a quebrar el orden estamental que, en la práctica era muy
fluido. La familia monogámica se proclamaba en las ordenanzas religiosas
mientras que, en la práctica, proliferaban las uniones consensuales y los
varones, si tenían los recursos necesarios, podían fundar una familia legítima y
mantener otras secundarias. Por otro lado, el hecho que los varones de las
clases medias y altas puedan mantener alianzas sexuales paralelas con mujeres de
los grupos subordinados, fue una fuente de tensión dentro de la familia y
reprodujo relaciones altamente verticales entre las mujeres y varones
clasificadas como inferiores en la escala étnico racial.
En el período republicano el Perú se integró al mercado internacional y se
desmontó el régimen colonial. Las nuevas élites criollas que se recompusieron en
la segunda mitad del siglo XIX, implementaron una política por la cual el hecho
de identificarse con la cultura occidental, simbolizada por sus hábitos
culturales y sus rasgos fenotípicos constituían un importante criterio que las
distinguía de la mayoría de la población y legitimaba su precedencia social. A
pesar de que adoptaron formalmente un régimen democrático y definieron al Perú
como un país mestizo, elaboraron un discurso que identificaba a la raza blanca
con el progreso y la modernidad y consideraba que las razas india y negra debían
ser diluidas lo máximo posible con la sangre blanca a fin de mejorarla y
fortificarla. Así, las elites propiciaron las uniones de sus mujeres con varones
migrantes de Europa y Norteamérica a fin de acercarse al ideal racial caucásico
y diferenciarse claramente de la mayoría de la población peruana (Oliart, 1994)
En esta búsqueda de una identidad nacional europea y occidental, la población
mestiza, india, mulata y china que constituía el principal componente de la
población peruana fue marginada radicalmente del imaginario nacional. Al mismo
tiempo Lima, la capital occidentalizada se contrasta con las ciudades del
interior, como Cuzco, que representan un modelo agrario arcaico y con una
mayoría de población indígena monolingüe quechua. La clase media cuzqueña
responderá a la hegemonía limeña con una actitud ambivalente que combina la
apropiación de los ideales políticos modernos y la reafirmación de la propia
tradición como soporte para cuestionar la legitimidad de los criollos limeños.
Sin embargo, sus clases medias y altas mantienen una relación de extrema
marginación frente a la mayoría de la población quechua hablante. Iquitos,
ciudad de nueva data, creció durante el boom del caucho (1895-1914). Sus elites,
compuestas de migrantes de variada extracción reproducen los ideales de
expansión moderna y, en la medida en que sus fortunas lo permitían, buscaban
mantener lazos con la capital o el exterior. Las culturas nativas y ribereñas
que conforman el grueso de la población no adquieren realidad en el imaginario
de las élites locales.
En el transcurso del presente siglo, este escenario ha cambiado debido a la
creciente pérdida de legitimidad de los valores jerárquicos y la emergencia
política de los sectores populares. Sin embargo las prácticas que reproducen las
jerarquías tradicionales siguen vigentes en ciertos espacios como la familia y
la religión, mientras que la racionalidad moderna, que concibe a los seres
humanos como individuos o como ciudadanos libres e iguales, rige en algunos
aspectos de la vida pública y es difundida por la educación formal y los medios
de comunicación. En la medida que los intercambios, sexuales amorosos y
conyugales pertenecen al ámbito familiar y están enraizados en el sistema de
género son uno de los reductos del orden tradicional y uno de las instancias
donde se reproduce, no sólo la asimetría entre mujeres y varones, sino el
edificio de la clasificación étnico, racial y de clase tradicionales.
En la actualidad el sistema de diferenciación étnico racial no se apoya en un
régimen legal o político que permita detectar grupos claramente diferenciados.
De este modo, los marcadores de raza o etnicidad constituyen criterios que cada
actor usa para clasificar cada interacción y definir el tipo de relación que
tendrá con el otro/a. Cada encuentro entre un varón y una mujer supone que se
ubiquen mutuamente combinando los parámetros de clase, raza y etnicidad, para
determinar el tipo de relacion que corresponde tener. Es decir, “cada uno debe
saber su lugar”. La clasificación es siempre mutua y relativa ya que el grado de
blancura u occidentalización se miden con relación a la del otro/otra
(Fuenzalida 1970). Así un pobre urbano del Cuzco será mas blanco y más
occidental que un campesino pero será mas oscuro y mas “indio” que una persona
de clase media. Esta fluidez permite a los actores jugar con los diferentes
marcadores y tratar de avanzar sus posibles ventajas o minimizar sus
desventajas. Consecuentemente, es posible asimilar hábitos de consumo urbanos o
acceder a niveles de educación más altos para suavizar las marcas étnicas. La
raza, de su lado, es una categoría relativa y profundamente dependiente de los
rasgos étnicos y de clase. En el Peru se dice que “el dinero blanquea” porque el
color de la piel y los rasgos fenotípicos serán determinantes si se combinan con
marcadores étnicos y de clase pero pierden importancia en el caso contrario. Es
decir un nativo amazónico monolingüe será mas oscuro que un profesional de clase
media y éste último si es exitoso y proviene de una familia prestigiosa, será
clasificado como blanco y occidental independientemente de su color de piel. No
obstante, sería oscuro para alguien de un nivel social superior. La clase, por
último, es, teóricamente, el factor más móvil ya que se funda en rasgos
adquiridos tales como niveles de educación y hábitos de consumo, supuestamente
abiertos a toda la población.
De este modo, a pesar de que los intercambios matrimoniales se guían por
criterios de clase, raza y etnicidad, estos se negocian en cada relación y se
prestan a diferentes combinaciones. En este juego los actores usan diferentes
estrategias de acuerdo a su género y a su posición en las diferentes escalas de
diferenciación social.
Los limeños
En Lima, la capital esta configuración asume formas más fluidas ya que tanto los
sectores medios como los populares son muy complejos y diferenciados. Entre los
primeros los criterios de clase son, por lo general, determinantes para ubicar
socialmente a una persona.
La frontera étnica divide a las poblaciones campesinas quechua hablantes o
nativas de los sectores medios y altos es tan grande que la mención a una
posible alianza conyugal o unión consensual inter étnica no se plantea. En
cambio la raza juega un rol fundamental porque, a pesar de que el ideal de
blancura impregna el imaginario limeño (y nacional urbano) en la práctica la
mayor parte de la población corresponde al fenotipo mestizo y los rasgos
caucásicos son raros y se concentran entre los sectores medios y altos. De este
modo la blancura es un marcador de distinción (Bourdieu 1980). En la medida en
que las clases medias se caracterizan por la importancia que adjudican al
prestigio y a las relaciones sociales (Fuller, 1998) los rasgos raciales se usan
como estrategia para acercarse o alejarse del ideal de distinción. Por otro
lado, la fragilidad de este sector, siempre amenazado por la ruina económica,
lleva a que los indicadores de clase tales como el nivel de ingresos no lo
diferencien de los sectores populares emergentes, de ahí que las diferencias
raciales sean un dispositivo para crear fronteras simbólicas entre las familias
decentes (de clase media o alta) y el pueblo (sectores populares). Esto se
traduce en la vigencia de la política racial del blanqueamiento que consiste en
casarse con personas que mantengan o aclaren el color de la piel de sus
descendientes y en evitar alianzas con mujeres con rasgos indígenas o negros.
Así por ejemplo, Manolo un joven abogado un joven estudiante universitario
limeño declara a mí me gustaban las rubias pero porque son raras acá, y meterme
con una flaca de mi color, así morena, no me nace, no se completaría el
mestizaje como debe ser el Perú tiene que llegar a ser una nación donde todos
seamos una mixtura, eso es muy importante. Solo que la mezcla a la que se
refiere es aquella que blanqueará a sus descendientes mientras que una mezcla
que los oscurezca significaría descender socialmente.
Sin embargo, es en esta ciudad donde los sectores medios son mas diferenciados
en sus estilos de vida y donde los valores democráticos e individualizados son
más influyentes, la estrategia del blanqueo y las formas mas extremas de
discriminación étnica o racial se contraponen a los ideales meritocráticos. De
este modo, aún cuando en la práctica los factores étnicos y raciales son
decisivos para escoger una pareja y definir una relación, es común que se
refieran a ella precisamente para criticar y tomar distancia frente a los
valores tradicionales o la autoridad familiar. Así por ejemplo Abel, un médico
de 42 años relata que una de las cosas que hablaban en mi casa era la cuestión
racial, que uno se casaba para mejorar la raza o para mantenerla igual o para
igualar o mejorar la posición. Yo creo, que eso en un inicio tuvo gran
influencia en mi, tal es así que mi primera esposa, mi esposa, mi
ex‑esposa, es blanca, rubia, de ojos verdes y de una familia de apellido
rimbombante, y mi pareja actual es una persona común y corriente, inclusive me
atrevería a decir, es una peruana nata[3], probablemente no cuente ella con la
aprobación de mi madre, pero me tiene sin cuidado, porque ya he visto que la
influencia de mi madre fue negativa en un principio y lo curioso es que mi padre
tampoco era de apellido rimbombante, mi papá era hijo de un ebanista con una
señora piurana, papá no era blanco, rubio, de ojos azules, papá era hijo de un
cholo[4] norteño, de un cholo chiclayano con una señora de Piura; mamá si, era
blanca, rubia, lo que tú quieras, y papá llegó a donde llegó por su esfuerzo. yo
no voy a llegar a donde quiera llegar, basándome en recuerdos familiares ni
mucho menos, yo voy a llegar a donde quiera llegar y la mujer que vaya a ser mi
pareja yo no la puedo juzgar ni por su color de piel, ni por su posición social
ni mucho menos, lo que seamos lo vamos a trabajar juntos. Abel recurre al
discurso oficial[5] peruano que lo pinta como un país mestizo que debe recuperar
sus raíces antes que soñarse blanco y occidental y relee las jerarquías sociales
desde un punto de vista que privilegia la realización individual.
En sentido opuesto a las diferencias raciales que se manipulan a través de las
alianzas matrimoniales, las fronteras sociales se consideran abiertas a la
manipulación individual. los varones se perciben como quienes definen el status
de la familia en tanto que, a pesar de que aprecian una esposa profesional y que
trabaje, el reconocimiento que ella puede acumular en la esfera pública no puede
ser transferido a su esposo e hijos. Estar casado con una mujer notable o
exitosa no es motivo de orgullo, por el contrario, si la esposa obtiene mayor
reconocimiento que el marido, ello va en desmedro de este último. Por ejemplo,
según Ciego, estudiante universitario de 25 años, a una chica puede tener toda
la plata del mundo, no me interesa, mi ideal es que se la vea preciosa, fina,
blanca, puede ser trigueñita también.
De este modo los criterios raciales se definen como esencias que se alteran a
través de los intercambios matrimoniales mientras que las fronteras de clase
serían mas porosas e individualizadas. Estas últimas, sin embargo, se
contradicen con la asimetría de género por lo que la hipergamia de clase resulta
problemática para los varones[6]. No obstante, en la medida que los varones
pueden acumular prestigio y recursos para transferirlos a las mujeres, el éxito
económico y/o social les permite ascender socialmente y les abre mayores
oportunidades de elección.
Los sectores populares de Lima son también bastante diferenciados y están
compuestos, hablando de una manera gruesa, por limeños de vieja data y por el
constante flujo migratorio de campesinos provenientes de las zonas rurales
clasificados como indios en la escala étnica[7]. Los criterios étnicos y
raciales juegan un papel importante en la regulación de las relaciones entre las
poblaciones migrantes y los viejos limeños, sin embargo estas diferencias
tienden a borrarse en la segunda generación porque lo que distingue a un recién
llegado es su idioma y lugar de origen en tanto que los rasgos físicos pueden
ser similares al común de las poblaciones urbanas.
Entre los varones de los sectores populares tradicionales la política de
hipergamia racial es aún más definida. Las diferencias étnicas no aparecen
mayormente en el discurso de los intercambios conyugales, en tanto que los
matices de color de la posible pareja son un tema recurrente. Esto se debe a que
en Lima las diferencias étnicas tienden a uniformizarse en tanto que el color es
el rasgo que simboliza las fronteras entre los sectores populares y los medios y
altos. Como los varones, de estos sectores son excluidos precisamente por sus
rasgos físicos, el blanqueo, a través del matrimonio con una mujer mas clara
constituye una forma de promoción social y de quebrar las barreras que los
excluyen. Como dice El Zambo, albañil de 53 años que se clasifica como mestizo
de indio y negro, a mi me gustaban las cholas, hasta ahora las cholas, cholas
claras pe, negras nunca me han gustado porque quiero que mi raza cambie, porque
si yo voy a enamorarme de una negra como yo, pucha! que mis hijos van a salir
pues, (risa) van a salir petróleo. Por eso digo yo, tengo que mejorar la raza.
Aún aquellos varones que no siguen estrictamente el patrón de hipergamia racial,
se sienten presionados para no deslizarse hacia los extremos de la gama racial
porque sería un paso atrás en la escala social. De este modo Chochera un obrero
de 44 años relata que tenía una enamorada morena, pero negra, negra, negra,
cuando nos íbamos al cine a Lima, sentía que toda la gente me miraba, porque me
abrazaba, me daba la mano y me sentía algo raro porque la gente me miraba por lo
que era marrón. En estos relatos la negritud actúa como la frontera simbólica de
las razas y desde el cual se articulan las diversas estrategias de exclusión
cuyo equivalente positivo sería el blanqueamiento
A pesar de que esta población está expuesta a la influencia de los discursos
políticos igualitarios que cuestionan las desigualdades existentes, esto
raramente se traduce en el relato del intercambio matrimonial de los varones de
los sectores populares entrevistados en Lima. Solamente uno de ellos Oscar, un
conserje, de 42 años declara que prefiere a las mujeres oscuras y usa este
argumento para criticar las jerarquías sociales vigentes y señala que se aleja
del racismo del ambiente. Según dice Mi mujer es media morocha, ojos color
caramelo, cejona, yo soy buen pobre, en ese aspecto no soy racista, con plata,
sin plata, cuando quieres a una mujer no te importa nada. Sin embargo Oscar es
una excepción, los restantes, a pesar de ser conscientes de que son
discriminados por motivos raciales, declaran que prefieren una mujer de tez mas
clara porque es una forma de mejorar el futuro de sus hijos o un símbolo de
status que acrecienta su valor como conquistadores, es decir, su virilidad.
A pesar de que los varones de los sectores populares implementan una estrategia
de hipergamia racial la posibilidad de que la pareja sea de una clase social mas
valorada presenta dificultades. Como las jerarquías de género se fundan en
ultima instancia en el monopolio masculino de los recursos sociales, si la mujer
fuera de un estatus superior, colocaría a su esposo en una postura femenina y
pondría en entredicho su posición masculina. Así por ejemplo, El Zambo considera
que casarse con una mujer de otro nivel socioeconómico atenta contra su status
viril, según afirma: No, no, de dinero imposible, es difícil que una mujer sea
de plata, porque una vez yo me enamoré de una muchacha que tenía plata pero no
era mi nivel estar enamorado de ella, porque esas que son de plata, te dominan,
te mandan y yo no soy para eso, yo no valgo nada ahí; en cambio, mi mujer no es
tan blanca aunque es un poco más clara que yo, pero sé que ella es buena, ve
mucho por mí como marido que soy de ella, es tranquila. Los varones se colocan
como quienes controlan la circulación matrimonial y quienes, en ultima instancia
definen, el status social de la familia que forman. De este modo, a pesar de que
ocupan un lugar subordinado en la escala social, la asimetría de género les
asegura el predominio sobre las mujeres de su familia.
Los jóvenes de los sectores populares mantienen la práctica de hipergamia racial
pero enfatizan la importancia del estudio y de los niveles de ingreso para
minimizar la frontera que los separa de las mujeres de los sectores medios y
altos en tanto que tienden a privilegiar los estilos de consumo. Esto puede
relacionarse con que esta generación tiene niveles de escolaridad mas altos que
la de los adultos y a que la cultura urbana presenta una tendencia a uniformizar
a las poblaciones a través de la difusión de estilos de consumo estandarizados y
globales.
Los Cuzqueños
Entre los cuzqueños de los sectores medios el matrimonio debe, en principio,
tener lugar con una joven del mismo sector social y, preferentemente, con una
mujer de Lima o del extranjero. Así, combinan una estricta endogamia local con
la estrategia de establecer alianzas con mujeres de la capital o del exterior a
fin de mejorar o mantener el status étnico racial de la familia. El hecho de ser
un centro de atracción para turistas y estudiosos de la cultura local, ha
abierto a los varones la posibilidad de establecer contactos sexuales y amorosos
con mujeres extranjeras provenientes de sociedades que ocupan posiciones
hegemónicas dentro del orden internacional[8] ante quienes ellos adquieren el
atractivo de ser representantes de una cultura diferente. Esta estrategia a
menudo es implementada por las madres que buscan conseguir para sus hijos
esposas con mayor estatus étnico y racial Así por ejemplo Ramiro un ingeniero de
44 años relata yo he tenido problemas terribles con mi madre, ella se opuso
terriblemente a mi matrimonio porque yo un tiempo me enamoré y conviví dos años
con una chica norteamericana que era una antropóloga de la universidad de
Berkeley, una chica muy inteligente, muy interesante que hacía trabajos de
investigación acá con un equipo de arqueólogos norteamericanos y ese, según mi
madre, era el ideal de mujer para mi, me decía ‑“¿Como puedes ser tan
idiota de no casarte con esta mujer, ella te conviene, es extranjera”- Pero la
cosa finalmente terminó en nada y durante los primeros 4 años de mi matrimonio
ella no pudo aceptar la idea de mi matrimonio, es mas, ni siquiera estuvo
presente en mi matrimonio.
A pesar de que el hecho de definirse como herederos de la cultura Inca es un
recurso discursivo importante cuando se trata de reafirmarse frente a la
hegemonía de la capital y de negociar mejores alianzas matrimoniales, en esta
ciudad, donde la mayor parte de la población es bilingüe o quechua hablante
existe una rígida clasificación social en base a marcadores étnicos que prohibe
tajantamente los intercambios con mujeres clasificadas como indias. En tanto que
los contactos con mujeres de origen campesino, las “natachas” se restringen a
las formas mas crudas de servidumbre laboral y sexual. El relato de Peter Pan,
joven arquitecto cuzqueño, lo resume así: todas las chicas que yo tuve como
enamorada, mi madre, aunque sea por la rendija las observaba y no eran de su
agrado, tenían cara de huaco, parecían hijas de empleadas[9] o eran empleadas y
que cómo yo me metía, cómo podía meterme con ese tipo de gente, siendo ella una
dama de sociedad, de alta alcurnia y una belleza. Mi madre carnal quisiera para
mí una gringa, rubia, de ojos azules, una pasta de cara. Yo le decía siempre que
no se vayan a sorprender porque de repente mi compañera va a ser de una
comunidad. A pesar de que el discurso de Peter Pan rechaza las jerarquías
étnicas y reafirma la identidad local, él describe a la pareja deseada en estos
términos: para mí la mujer ideal es blanca, rubia con pelo largo, ojos azules y
talla regular, eso en cuanto a su figura, en su interior tiene que ser
inteligente, que tenga decisión, capacidad para lograr metas, que sea dinámica.
Sin embargo, como es el caso entre los limeños, una alianza con una mujer de
status de clase mas valorado se contrapone al principio de superioridad de
género del varón. Así, para Compadrito, joven estudiante universitario, la
esposa ideal debe ser blanquiñosa, alta, muy dócil, que no me contradiga, que no
me genere ningún tipo de problemas, clase social igual que la mía, media baja
porque pienso que no podría ser que mi enamorada fuera de un estrato medio
superior porque empezarían a originarse las diferencias.
Los varones de los sectores populares cuzqueños siguen el patrón de
blanqueamiento ya descrito y clasifican a sus posibles cónyuges tratando, en la
medida de lo posible, de suavizar los rasgos raciales en tanto que lo negro se
sitúa como la frontera simbólica de los intercambios. Así por ejemplo[10]
Apicha, almacenero cuzqueño de 46 años, afirma: blancas, papá, hasta con el
dicho yo digo: carne blanca, aunque sea de varón, nada con morenas, me gustaba
siempre una rubia, una zorra[11], por ende que mi esposa también es blanca.
Nunca una morena.
Los jóvenes son conscientes de que sus opciones de conquista son limitadas
porque carecen de los símbolos de status que les darían acceso a las mujeres más
codiciadas y, a su vez no aceptarían casarse con una campesina quechua hablante
con quienes buscan establecer relaciones eventuales. Sin embargo, a
contracorriente del sistema que usan para clasificar a las mujeres, el que se
aplican a sí propios no toma como referente la raza o la cultura sino artículos
de consumo.[12] Según afirman, el factor que explica su dificultad para acceder
a parejas entre los grupos dominantes es el nivel de ingresos o de estudios. Así
por ejemplo Víctor, un joven locutor declara: en lo físico imagínate, todo el
mundo aspiramos que nos toque una mujer escultural, pero desgraciadamente las
esculturales buscan chicos que tengan un carro, que tengan un Celica, un Toyota
último modelo, esos sí tienen esas mujeres esculturales pero lamentablemente
como nosotros con el poco mísero sueldo que podemos ganar, no podemos estar en
la mira de esas mujeres. De este modo, la difusión de objetos de consumo
estandarizados provenientes de la metrópoli tiende a desplazar los criterios de
diferenciación basados en marcas étnicas o culturales que parecen deslizarse
hacia los hábitos de consumo (García Canclini 1996). Ello permite a los varones
de los sectores populares urbanos definirse en términos de distinción (Bourdieu
1980) e ignorar las líneas étnicas. Esta, sin embargo, es una posibilidad
abierta a los jóvenes nacidos y educados en Cuzco que son perfectamente
bilingües. Los migrantes provenientes de comunidades rurales quechua hablantes,
que forman el estrato más pobre de la ciudad no pueden aspirar a superar estas
barreras debido a que el idioma y el lugar de origen son un estigma que divide
netamente las fronteras entre los grupos urbanos y rurales.
Los Iquiteños
Ciertas características propias de Iquitos como el hecho de constituir un centro
administrativo donde se concentran los servicios del Estado y las fuerzas
armadas y el ser una economía fundada en la explotación de redes comerciales
hacia el Atlántico y en sucesivos booms extractivos, dan la ciudad una
configuración especial. El carácter provisional de los cargos en el caso de los
burócratas y el ir y venir de los comerciantes y empresarios en busca de riqueza
rápida unido a las relaciones de dominio con las poblaciones nativas contribuyen
a generar relaciones extraconyugales pasajeras y favorecen los vínculos
inestables entre las mujeres locales y los varones de los sectores dominantes
Asimismo, los migrantes provenientes de Lima o del extranjero pueden usar la
estrategia de blanqueamiento a su favor para casarse con las jóvenes de las
familias mas prestigiosas y acceder a las elites y circular sexualmente entre
las mestizas y nativas. Aquí se reproduce un viejo y ya tradicional patrón de
las ciudades de frontera, los hombres mantienen relaciones sexuales con mujeres
de las que están separados por una gran distancia social y étnica y con las que
tienen relaciones esporádicas o consensuales mientras que se casan con las
mujeres de su medio social o de niveles superiores con las que constituyen la
“familia oficial”. A ello se une que en la cultura nativa las mujeres consideran
que recibir bienes o regalos a cambio de sus favores sexuales es normal. Ello
propicia una intensa circulación sexual entre varones de grupos mestizos o
blancos y las mujeres ribereñas y nativas que migran a la ciudad.
Como consecuencia de este patrón de relaciones inter étnicas e inter género,
entre las clases medias locales se aprecia un marcado interés en establecer y
mantener las fronteras étnicas para definir a los grupos sociales pero los
varones tienen gran libertad individual para alterarlas en su beneficio. Esto
ello lleva a que el ideal de familia monogámica, al que las élites aspiran a
acercarse, no se cumpla. En la práctica los varones contraen matrimonio dentro
del patrón ideal de endogamia o hipergamia social y racial. La familia del
varón, sobre todo la madre, cumple un papel decisivo en la elección del cónyuge.
Sin embargo el hecho de que los varones continúen circulando intensamente entre
mujeres de grupos subalternos lleva a que los matrimonios sean inestables y
configura un patrón de poligamia escondida. El relato de Shapchico, comerciante
de 48 años que se casó la primera vez con una mujer de un status social superior
al suyo de la que se divorció, ilustra este tema: ahora estoy viviendo con una
chica de 21 años, ella es nativa, es bien autóctona, bien de la región, la
parte, pues, yagua‑cocama, nacida Yanashi, hay dificultades por la
cuestión cultural, pero yo respeto su espacio vital, trato de ayudarle a mejorar
en las cosas que sea mejorable, en las cosas que ella quiera mejorar. En
realidad yo soy perfectamente consciente de que cuando ella tenga 40 años y esté
en todo su poderío como mujer, digamos sexualmente, yo voy a estar decrépito,
aparte es cholita, la cuestión de la madre española y toda esa puñetería, mi
madre tiene sus esquemas, sus chips raciales, yo a veces la jodo, le digo:
madre, te voy a dar un guajiro terciado la sangre hispana se va a diluir.
Este sistema, que se asienta en las jerarquías étnica y de género, tiende a
contradecirse porque la intensa circulación sexual entre varones de los sectores
medios y altos y las mujeres de los grupos subordinados impide que se conserven
las líneas que separan a los diferentes grupos. Así, en cada generación se
renuevan las filas de las clases medias con los hijos provenientes de las
uniones secundarias. Es notorio que en esta ciudad cinco de los varones del
sector medio entrevistados sean hijos de uniones secundarias con mujeres de
extracción social bastante inferior al genitor.
Los varones de los sectores populares de Iquitos implementan una cuidadosa
política de endogamia étnica por la cual la alianza matrimonial con una nativa
sería una regresión desde el punto de vista social como dice Juan Luis, joven
iquiteño desempleado, si veía una hembra, puta que recontra‑guitarra, ojos
verdes, buen lote y si era Kawachi o Tarikuariba, no me metía yo, mis hijos no
pueden, pues, llevar esa clase de apellidos, pues que vaya Vargas Tarikuariba,
Vargas Puquiachigua, no, pues, nunca. Esta estrategia va paralela a la
hipergamia racial que caracteriza a todos los grupos subalternos peruanos, así
para Juan Luis las chicas que sean blancas, que sean pacuchas, como yo soy negro
no voy a agarrar una negrita, una blanquita pues.
Entretanto ellos elaboran las dificultades para acceder mujeres de los sectores
medios y altos en términos diferencias en hábitos de consumo y niveles de
ingreso Según cuenta Jaime, un joven albañil iquiteño, con las de clase alta yo
no daba para ellas, es que querían discotecas muy caras y yo no tenía plata se
quitaban con los que tenían mas plata, con los pitucos. No obstante, a
diferencia de algunos jóvenes de Cuzco y Lima, los iquiteños no elaboran un
discurso igualitario que cuestione el orden étnico o social que los excluye. El
recurso discursivo que usan para elaborar y compensar su exclusión es invertirla
atribuyendo rasgos negativos a las mujeres inalcanzables. Así es común que
acusen a las mujeres blancas de ser sucias, por ejemplo Jaime afirma yo siempre
he considerado que las blancas son cochinas, no sé quién me ha puesto eso en la
cabeza, de repente yo mismo, pero me gustan más las morenas, les veo más
humildes, más sencillas.[13]
Conclusiones
Lima
Cuzco
Iquitos
Sectores
Medios
Endogamia racial
Étnica y de clase
Hipergamia racial
Endogamia racial étnica y de clase
Hipergamia racial
(extranjeras)
Endogamia étnica
(primera unión)
Hipergamia racial y de clase
(primera unión)
Hipogamia racial étnica y de
clase (segunda y otras uniones)
Sectores populares
Endogamia de
Clase
Hipergamia racial
Endogamia de clase
Hipergamia racial
Marcada
Marcadores de consumo
Endogamia de clase y étnica
Hipergamia racial
Marcadores de consumo
Dado que en el Perú no existen grupos étnico raciales discontinuos sino una
escala de subordinaciones, en las cuales el género, la etnicidad, la raza y la
clase social actúan como marcadores sociales, el lenguaje de los intercambios
sexuales y conyugales constituye un espacio privilegiado para entender la manera
en que estas categorías se construyen y reproducen.
Los sectores medios de cada ciudad elaboran el discurso de las diferencias a
través de su propia historia. Lima, la capital afirma la primacía de sus élites
en términos raciales en tanto que en Cuzco la invención de la tradición local
combina la apertura hacia el exterior con formas muy estrictas de exclusión
étnica en el ámbito local Iquitos combina la apertura hacia el exterior con una
política de exclusión de las poblaciones nativas que, en la práctica, se rebalsa
para constituir una forma de poligamia escondida.
Los sectores populares, a su vez, reproducen la estrategia de hipergamia racial
y de evitamiento de las alianzas con las mujeres campesinas o nativas.
Paralelamente buscan maximizar sus posibilidades de quebrar las barreras étnico
raciales usando a su favor la posibilidad de acceder a hábitos de consumo y
niveles de educación mas valorados.
En este complejo juego las líneas raciales étnicas y de clase se combinan con la
asimetría de género. Las fronteras étnicas y raciales a pesar de ser fijas están
abiertas a la manipulación a través de los intercambios conyugales y forman
parte de una estrategia colectiva de mejora del status de la familia en la
siguiente generación por la vía de la occidentalización y del blanqueo. Las
líneas de clase son más abiertas a la manipulación individual y permiten a un
varón mejorar sus rasgos étnicos y raciales (hasta cierto punto) asumiendo
hábitos de consumo o adquiriendo símbolos de estatus. Sin embargo la cultura de
género va en sentido contrario a una política de hipergamia de clase ya que una
unión con una mujer de estatus mas elevado supondría colocar al varón en
posición subordinada. Este es un tema relevante en el relato de la masculinidad
entre los varones de los sectores populares ya que enfrenta dos principios: el
de la hipergamia como forma de ascenso social y el de la asimetría de género por
el cual el esposo tiene mayor jerarquía.[14]
Esto muestra la importancia de las jerarquías de género para reproducir las
diferencias sociales y cómo éstas pueden seguir lógicas diferentes. Las
diferencias raciales y étnicas se consideran fijas y se manipulan por la vía del
blanqueamiento es decir del intercambio sexual y matrimonial en tanto que las de
clase se manipulan por medio de la acumulación y está abierta a la iniciativa
individual de los varones (no así de las mujeres). En ambos casos las mujeres
ocupan una posición subordinada y los varones son quienes, supuestamente,
controlan los intercambios[15].
Este tipo de estrategia al combinarse con la asimetría de género por la cual los
varones son quienes acumulan recursos materiales y simbólicos y determinan el
estatus la familia en tanto que las mujeres sólo pueden mejorar su posición
social por la vía de un matrimonio hipergámico, contribuye a acrecentar el
predominio de los varones de los grupos medios y altos ya que mientras el varón
puede acumular bienes y prestigio personal para realzar sus posibilidades en el
mercado matrimonial y acceder a una esposa mas cotizada, para la mujer el uso de
estas estrategias está muy limitado. La fórmula femenina no es negociar su
status sino buscar varones que les transmitan su prestigio y bienes. Ello
refuerza el patrón por el cual los varones de los grupos dominantes controlan a
las mujeres de su grupo y tiene acceso a las de las categorías subalternas.
Paralelamente, la posibilidad de acceder al mayor número de mujeres o de excluir
a ciertas categorías de varones del circuito matrimonial constituye una forma de
reproducir formas de dominio entre varones. Aquellos que ostentan rasgos
raciales, étnicos y/o de clase mas valorados, monopolizan el acceso a las
mujeres de su grupo en tanto que tienen acceso a las de todos los grupos
subordinados. En sentido contrario, los hombres colocados en lo mas bajo de la
escala tendrán dificultades para acceder a las mujeres de los sectores medios y
altos en tanto que deben aceptar, e incluso propiciar, que otros varones sean
preferidos por las mujeres de su entorno.
Finalmente, el lenguaje racial no sólo es un dispositivo que ordena, clasifica y
excluye sino que es un discurso (y práctica) desde la cual se cuestiona el orden
social vigente. Este cuestionamiento de las jerarquías étnicas y raciales usa
dos estrategias: negar la validez de las fronteras sociales afirmando que todas
las personas son iguales, e invertir simbólicamente el orden socio-racial al
atribuir cualidades morales superiores a los miembros de los sectores populares.
Este punto es sumamente importante en una sociedad como la peruana donde la
mayoría de la población presenta rasgos fenotípicos indios y o mestizos y que,
por lo tanto, al excluir y discriminar al otro, lo hace consigo misma.
Referencias
Bourdieu, Pierre, 1980, La Distinction, critique social du jugement, Les
Editions de Minuit, Paris
1999 La domination masculine, Seuil, Paris
Fuenzalida, Fernando, 1970, La matriz colonial de la Comunidad Campesina, en: La
Hacienda, la Comunidad y el Campesino en el Peru, Lima Instituto de Estudios
Peruanos.
Fuller, Norma, 1998, Las clases medias en la teoría social, en; Gonzalo
Portocarrero (editor) Las clases medias
García Canclini, Néstor, 1996, Consumidores y ciudadanos, conflictos
multiculturales de la globalización, Grijalbo, México
Oliart, Patricia, 1994, Images of gender and race; The View from Above in turn
of the Century Lima, Masters of Arts Thesis, University of Texas, Austin
Ortner, Sherry, 1996, The Politics and Erotics of Culture, Beacon Press, Boston
Mannarelli, María Emma, 1994, Pecados públicos; ilegitimidad en la Lima del
siglo XVII, Ediciones Flora Tristán, Lima
Rubin, Gayle, 1975, The traffic on women, notes on the political economy of sex
In: Reiter, Rayna: Reiter, Rayna (edit): Toward an Anthropology of women New
York and London, Monthly Review Press, 157-210
Seed, Patricia, 1991, Honrar, amar y obedecer en el México colonial, Alianza
Editorial, México
[1] Ph. D en Antropología, University of Florida, Gainesville, Profesora
Principal y Coordinadora de la Maestría de Antropología PUCP del Perú. Autora de
Identidades Masculinas, Varones de clase media en el Perú, Catholic University
of Peru Press, Lima, 1997, Dilemas de la femineidad, Mujeres de clase media en
el Perú, Catholic University of Peru Press, Lima, 1993. Autora de numerosos
artículos sobre masculinidad en distintas publicaciones internacionales.
[2] Españoles nacidos en América
[3] Eufemismo para designar a una persona con rasgos físicos indios o mestizos
[4] Indio achucutado
[5] El discurso oficial es aquel transmitido por la historiografía oficial y
difundido en los libros de textos escolares y los pronunciamientos de la clase
política.
[6] En cambio es una estrategia central en la política de intercambios femenina
[7] En esta muestra se entrevistaron varones nacidos en Lima.
[8] Existe ya una amplia literatura sobre los llamados “bricheros” mujeres y
varones que buscan relacionarse sentimental o sexualmente con los turistas
extranjeros que llegan a este centro a fin de obtener desde dinero y diversión
hasta, eventualmente un matrimonio ventajoso.
[9] Se refiere a las trabajadoras del hogar que son, por lo común, migrantes
quechua hablantes
[10] 5 casos en que la mujer ideal es blanca
[11] mujer quechua hablante de rasgos fenotípicos blancos
[12] En ese sentido puede decirse que la sociedad de consumo camufla las
diferencias raciales y étnicas o que contribuye a borrarlas. Depende del cristal
con que se mire los datos
[13] Es notorio que los opuestos limpieza y suciedad son uno de los fundamentos
del sistema clasificatorio amazónico
[14] Ortner (1996) sugiere que en las sociedades de clase la política que los
varones implementan para mejorar el status de la familia (y el propio) es casar
a las hijas o hermanas con varones de rango superior. De este modo se combinan
el control masculino de la circulación de mujeres (ellos dan esposas), el hecho
de que son los varones quienes acumulan y transmiten prestigio y recursos (que
van del esposo de rango superior hacia la familia de la esposada) con una
política de promoción social ya que el conjunto de la familia beneficia de la
alianza hipergámicas de una de sus miembros.
[15] No obstante, las mujeres, aunque en posición asimétrica, no son pasivas
porque ellas implementan estrategias propias para negociar su posición.
utora de numerosos artículos sobre masculinidad en distintas publicaciones
internacionales.
[2] Españoles nacidos en América
[3] Eufemismo para designar a una persona con rasgos físicos indios o mestizos
[4] Indio achucutado
[5] El discurso oficial es aquel transmitido por la historiografía oficial y
difundido en los libros de textos escolares y los pronunciamientos de la clase
política.
[6] En cambio es una estrategia central en la política de intercambios femenina
[7] En esta muestra se entrevistaron varones nacidos en Lima.
[8] Existe ya una amplia literatura sobre los llamados “bricheros” mujeres y
varones que buscan relacionarse sentimental o sexualmente con los turistas
extranjeros que llegan a este centro a fin de obtener desde dinero y diversión
hasta, eventualmente un matrimonio ventajoso.
[9] Se refiere a las trabajadoras del hogar que son, por lo común, migrantes
quechua hablantes
[10] 5 casos en que la mujer ideal es blanca
[11] mujer quechua hablante de rasgos fenotípicos blancos
[12] En ese sentido puede decirse que la sociedad de consumo camufla las
diferencias raciales y étnicas o que contribuye a borrarlas. Depende del cristal
con que se mire los datos
[13] Es notorio que los opuestos limpieza y suciedad son uno de los fundamentos
del sistema clasificatorio amazónico
[14] Ortner (1996) sugiere que en las sociedades de clase la política que los
varones implementan para mejorar el status de la familia (y el propio) es casar
a las hijas o hermanas con varones de rango superior. De este modo se combinan
el control masculino de la circulación de mujeres (ellos dan esposas), el hecho
de que son los varones quienes acumulan y transmiten prestigio y recursos (que
van del esposo de rango superior hacia la familia de la esposada) con una
política de promoción social ya que el conjunto de la familia beneficia de la
alianza hipergámicas de una de sus miembros.
[15] No obstante, las mujeres, aunque en posición asimétrica, no son pasivas
porque ellas implementan estrategias propias para negociar su posición.
¡Sé listo! Contrata el antivirus
http://www.pandasoftware.es/tienda/?idpers=109&track=13920
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