Por las barbas de Crom, que algún condenado brujo estigiano ha debido de
echarme mal de ojo. ¡Más cerveza, posadero! ¿Es que no me oyes, bandido? ¡Como
vaya a por ti voy a meterte esos dados cargados donde tu ya sabes... ¡Más
cerveza! Estos amigos y yo estamos secos desde hace un cuarto de hora.
¡Shadizar la Perversa se convirtiendo en un lugar mortalmente aburrido! Tahúres
que se hacen pasar por posaderos y ni siquiera saben engañar como se debe al
incauto, bailarinas con más de sesenta inviernos a las espaldas, niños muertos
de hambre con los ojos pintados y, además, ni siquiera puede uno conseguir una
jarra decente de cerveza para quitarse del gañote el polvo del camino y
alegrarse un poco el corazón. ¡Cerveza, digo! Hace unos cuantos años, las cosas
eran muy diferentes... Recuerdo haber estado bebiendo hasta caerme con Sonia la
Roja, ahí mismo donde tú apoyas tu gordo trasero nemedio, ahí, si, con Sonia,
los infiernos la lleven, dónde andará la muy... ¡A ver, todo el mundo a brindar
ahora mismo a la salud de Sonia la pelirroja! ¡Al que no beba le parto el alma!
Ahora Shadizar es una mierda, ¿me oís?, el cagarrón seco y lleno de moscas de
algún olifante hiperbóreo... ¡Jajá! Vaya, por fin llega la cerveza; no has
corrido, no ladronazo, pero te perdono porque has traido una jarra de más.
Adivinas que cuando los demás toman una, yo necesito dos, ¿eh? ¡Búen bribón
hijo de puta estás hecho! ¡Largo de aquí, cotilla, que estoy hablando con estos
señores de cosas serias!
Como os iba diciendo, yo soy Conan de Cimmeria, el matador de dragones. Sí,
dragones, monstruos, endríagos, vampiros... lo que se tercie. Los conozco de
todas clases. En las montañas de Aquilonia acabe con un oso alto como el pino
más alto de aquellos bosques, que devastaba las aldeas con hambre insaciable; y
yo fui quien exterminó al espanto de la Torre Silbante, cuyo aspecto ni aún hoy
me atrevería a describir ante vosotros; y ¿quien sino yo libró a los pescadores
del mar de Vilayet del portentoso calamar que les diezmaba? Arañas del tamaño
de chozas, serpientes inacabables, mestizajes abominables de gorila, rana y
hombre... Todo lo que ronda por vuestras pesadillas yo lo he visto con estos
ojos que ahora os miran y de todo he dado buena cuenta con esta misma diestra
que ahora que ahora alza la jarra de cerveza. ¡Hasta la última gota y venga la
segunda! Formas complejas, retorcidas, obscenas, imposibles... y cambiantes.
Porque a los monstruos les gusta transformarse, hacer y deshacer su terrible
simetría... Pero ¡que vais a saber vosotros de esoso trucos perversos! Mirad,
yo me dediqué a este oficio cuando me convencía de que no hay pueblo ni
castillo que no vivan de un modo u otro asediados por un dragón. ¡No hay que
buscar mucho, no, para para tropezar con el monstruo! Y escuchad lo más
curioso: todo el mundo "acepta" de forma más o menos gustosa convivir con su
dragón. No es sólo miedo, no, aunque naturalmente el miedo también juega su
parte. Es una especie de resignación deseperada, una secreta complicidad -no me
atrevo a decir: cariño- con la fuente de sus males. Parece que cada pueblo
agradece a su monstruo la atención asoladora que le dispensa... Contribuye a la
simplificación del mundo saber dónde vive el enemigo que compartimos con todos:
se diría que el dragón es un factor de cohesión social... Las mayores
dificultades en este trabajo me las han producido las propias víctimas, a las
que no hay veces manera de convencer para que contraten mis higiénicos servicio
y los retribuyan convenientemente.. Según parece, tienen a su bestia infernal
no sólo por inevitable, sino por "imprescindible"...
Ahora estoy en dique seco, como suele decirse. ¿Nadie necesita un exterminador
de monstruos? ¡Atreveos a ser hombres por una maldita vez en vuestras vidas y
gastaos unas monedas en sacudiros de encima el horrible habitante de estos
alrededores! No me digais que no hay ninguno, porque no lo voy a creer. Lo veo
en vuestros ojos deliciosamente aterrados, en las miradas de pánico
reconfortante que lanzáis por las ventanas negras de la posada... ¡Condenados
eunucos, cómo le necesitais! ¡A ver, otra ronda de cerveza, Crom me maldiga!
¡Para mi dos jarras! Os advierto que sois vosotros quienes vais a pagar, porque
yo no tengo ni un chavo. Si alguien quiere cobrarme algo, no tiene más que
hablar con mi hacha de combate. No os decidís a alquilarme, ¿verdad? ¿No
queréis que triture a vuestro precioso dragón? Le estáis agradecidos por ser él
quien os hace el daño que os debe ser hecho... ¡Sabandijas! Sois como
mujerzuelas a las que el chulo pega y roba para que luego le castiguen con
caricias abyectas. Sabéis muy bien que si muere ese dragón que os mantiene
unidos, la ciudad misma desaparecerá, las tiendas serán saqueadas y las
respetables matronas saldrán desnudas a las calles buscando ayuntamientos
brutales y fugaces; nadie recordará la palabra que hace obedecer a los
mercenarios; serán volcados los altares de los dioses panzudos, borrachos de
incienso, mientras se pavonean a la luz del sol cultos prohibidos y
aniquiladores; se desmigajarán las murallas tras las que dormís juntos y se os
planteará la libertad fatal del desierto. Pero vosotros no queréis ser
bárbaros, ¿verdad? No creo que supierais arreglaroslas demasiado bien. ¡Es muy
prudente por vuestra parte conservar vivo a ese dragón! Otra vez estoy con la
jarra vacia... ¡Cerveza, por la Gloria Negra de Kush! Gusanos, os está vedado
lo más hermoso. Conozco bien a esos monstruos que os sirven y a los que servís
¿Queréis saber su secreto? Yo los he visto no más lejos que el largo de mi
espada. Cambian de forma, ya os lo he dicho. Cuando van a morir, se
transfiguran, padecen increíbles y vertiginosas metamorfosis. En ese momento,
sé que tengo la batalla ganada. Vosotros nunca les veréis como yo les he
visto: convertidos en algo desvalido, tierno, ímplorante... Perdidas sus
facciones aterradoras, me acarician con una última mirada lánguida y hasta
provocativa. No lo sabíais, ¿verdad? Pues es cierto: todos los dragones son
hembras. Revelar ese secreto es su última baza para desconcertar al héroe que
les acosa. ¡Ah, qué sabréis vosotros, rátas de Shadizar, del amor abismal y
desperdiciado que revela la última mirada de los dragones! Es la verdadera
recompensa que corona el valor del bárbaro, cuando la espada va a caer
inapelablemente.
Fernando Savater, en "Criaturas del Aire" (1979)
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