Grandes fiascos del cine (3) Auténticos TITANIC del séptimo arte, películas catastróficas que pusieron a sus productores de rodillas, con presupuestos faraónicos y pobres resultados en la taquilla, rodajes apocalípticos y estrenos fallidos: obras del cine que pretendían (o pretendieron) ser ambiciosas y que resultarían en un fiasco magistral. Shanghai Surprise (1986), de Jim Goddard Hubo una “Shanghai Express”, con Marlene Dietrich, una “Shanghai Gesture”, con Gene Tierney, y hubo también una “Shanghai Surprise”, con Madonna. Tres películas que marcaron la historia del cine, pero no por las mismas razones. Las dos primeras se le deben a Josef von Sternberg. La tercera, a Jim Goddard, que tiene de Jean-Luc Godard el apellido (y con una variante ortográfica). “Shanghai Surprise” fue en verdad una sorpresa, tanto para los espectadores que lo no merecían, como para Madonna y su entonces marido, Sean Penn, persuadidos de tener su propia “African Queen”, un futuro clásico que consagraría su pareja entre los mitos de la gran pantalla. “Shanghai Surprise” hará de ellos los parias del glamour, los Laurel y Hardy de la Love story. Estamos en 1985. Ya hace 7 años que George Harrison, el ex Beatle, cansado de organizar conciertos para Bangladesh y de fracasar con sus álbumes solistas, se divierte produciendo filmes. Creada en la urgencia en 1978 para financiar “La vida de Brian”, de sus amigos de Monthy Pyton (abandonados a última hora por sus productores), su empresa Handmade Films, dio nacimiento a “Bandits, bandits”, de Terry Gilliam, “Racket”, de John McKenzie, y “Mona Lisa”, de Neil Jordan, todas ellas futuras obras de culto del cine británico, pero ninguna un gran éxito comercial. La moda es ahora el film de aventuras exóticas, iniciada por “Cazadores del arca perdida”, y continuada por “Indiana Jones y el templo de la perdición”, la simpática “2 bribones tras la esmeralda perdida”, con Michael Douglas y Kathleen Turner; y la artrítica “Allan Quatermain y las minas del rey Salomón”, con Richard Chamberlain y Sharon Stone. Olfateando el nuevo filón, y queriendo aprovechar las oportunidades que abre la nueva ola, George
Harrison decide él también producir su propia aventura retro. Esta será precisamente “Shanghai Surprise”. El guion, tomado de la novela “Faraday’s flowers”, de un oscuro escrito australiano llamado Tony Kenrick, es obra de dos escritores igualmente oscuros: Robert Bentley y John Kohn (para gloria de este último, el guion de “Goldengirl” (1979), en el que un médico nazi hace de su propia hija una mujer biónica para que triunfe en los juegos olímpicos). El guion de “Shanghai surprise” es más sobrio. En la China de 1937, Gloria Tatlock, una misionera cristiana, debe encontrar un cargamento de opio, volatilizado en la selva, con el objetivo de curar a los soldados heridos en guerra. Para hacer frente a los malhechores de la ciudad y a un
misterioso barón de la droga, Gloria contrata los servicios de Glendon Wasay, un miserable vendedor de corbatas, mercenario y alcohólico, que solo sueña con una cosa: pagarse el billete de regreso a Los Ángeles. La dirección del filme es confiada a Jim Goddard, un realizador de televisión que acaba de ganar un Bafta Award (el equivalente en Inglaterra del Emmy norteamericano), por su mini serie sobre JFK, titulada, pertinentemente, “Kennedy”. Tom Hanks es previsto para representar al charlatán ladrón, mientras que para el papel de la santurrona, George Harrison piensa (probablemente todavía bajo los efectos de las sustancias alucinógenas consumidas durante los años 60) en… Madonna. En estos años, Madonna es la celebridad que da más que hablar en todo el mundo. Las adolescentes la imitan en su vestuario, forma de caminar, gestos y actitudes. Los jóvenes fantasean con su aire de Marilyn callejera, las mujeres envidian su emancipación sexual y todo el mundo mueve las nalgas al son de su álbum “Like a virgin”, que se encuentra en los primeros lugares de los hit-parades del mundo. Su último éxito, “Into the Groove”, es extraído del film “Desesperadamente buscando a Susana”, la película del momento, primera y probablemente la única actuación decente de la Material Girl,
ya que apenas habla y se limita a aparecer lo mínimo posible, filme emblemático de la contra cultura neoyorquina (aunque demasiado feminista para mi gusto). Madonna (en esta época afirma querer ser tan famosa “como Dios”) tiene dentro de sus planes de dominación planetaria convertirse en una estrella del séptimo arte. “Estoy segura de que no necesitaré 20 años para convertirme en un gran actriz. Me dedicaré encarnizadamente a ello”, afirmó. Acaba de casarse con Sean Penn, uno de los actores más prometedores de Hollywood. Hijo de la actriz Elleen Ryan y del realizador Leo Penn, este muchachón, conocido por su gran jeta, había llamado la atención como novato en “Taps”, al lado del entonces desconocido Tom Cruise, y también como surfista en
“Fast times at Ridgemont High”, performances que, asociadas a su temperamento borderline (por retomar el título de uno de los temas que hizo conocida a su esposa) lo catalogaron como uno de los “grandes actores autodestructivos que disimulan una sensibilidad a flor de piel”, lo que se traduce en el argot de la industria cinematográfica como un rebelde de carácter del que hay que huir como de la peste. A fin de definir mejor al individuo, volvamos por un instante al matrimonio de los dos tórtolos el 16 de agosto de 1985, el día del 27° cumpleaños de Madonna. El lugar donde se realiza la recepción ha sido mantenido en minucioso secreto. Los invitados, gente de prestigio, son escoltados por guardaespaldas aguerridos y expertos en las técnicas de desalojo de los paparazzis. Sobre una playa perdida de Malibù, aislada por un gigantesco bosque, Louise Veronica Ciccone y Sean Justin Penn se aprestan a darse el “si” cuando del cielo surge una docena de helicópteros, con fotógrafos a bordo, como animales en celo. Histérico, Sean Penn abandona la ceremonia gritando a los convidados “Bienvenidos a ‘Apocalypse Now’”, antes de precipitarse sobre la arena para trazar un gigantesco “Fuck you!” dirigido a los agresores y ante la mirada pasmada de Tom Cruise, Andy Warhol, Cher, Christopher Walken, Carrie Fisher, Emilio Estévez, Charlie Sheen, Rosanna Arquette, Rob Lowe, Diane Keaton… no sin agregar: “Si tuviera un arma, mataría a estos desgraciados en pleno vuelo”. Hubiese sido de beneficio para George Harrison el acordarse de esta anécdota el día en que Madonna le sugirió contratar a su consorte para actuar a su lado en “Shanghai Surprise”. La cantante vio en ello la posibilidad de inmortalizar su pareja en el cine, de hacer de ella y de Sean los nuevos Humphrey Bogart y Lauren Bacall. Celoso, como es de suponer, Sean Penn ve en este contrato la oportunidad de mantener el ojo vigilante sobre su dulcinea (llegará al extremo de prohibirle a Madonna que cante en dúo con Harrison para la banda sonora del film). Por su parte, Harrison saca sus cuentas. Madonna + Sean Penn = la pareja más mediática del momento. En otras palabras, la ecuación ideal para reunir el máximo de espectadores: los snobs, los cinéfilos, los modernos, los modestos, las amas de casa, Raimundo y todo el mundo… El productor se frota las manos. No pasará mucho tiempo antes de que empiece a arrancarse los cabellos. “Shanghai Surprise” debe rodarse sobre los lugares donde ocurren las acciones originales en el libro. En Shanghai, entonces. Olfateando algo raro, las autoridades chinas explican que “ellas estarían dichosas de acoger el rodaje, pero con otro guion”. Por primera vez, la censura comunista es clarividente. Por rebeldía, las tomas se desarrollan en Hong Kong y en Macao, donde el equipo de rodaje llega en enero de 1986. Desde su llegada al hotel, Sean Penn es agredido por un misterioso desconocido. Secundado por su asistente, un entrenador experto en kickboxing, el actor logra poner las manos sobre el individuo, lo arrastra hasta la ventana de la habitación, y lo suspende en el vacío. Luego de contar cuántos pisos lo separan de la calle (nueve en total), el sujeto confiesa ser un paparazzi. Compadecidos ante los ruegos del infeliz, Sean Penn y su asistente lo dejan ir. Horas más tarde, el actor y su acólito se encuentran encerrados en una celda, en una cárcel local, como dos almas en pena. Un oficial de policía les informa que corren el riesgo de ser acusados de tentativa de homicidio. Azar o coincidencia, el policía olvida cerrar la puerta de
la celda y, ni cortos ni perezosos, los dos prisioneros agarran las de Villadiego. Sean Penn enviará luego una carta solicitando disculpas al gobierno portugués de Macao, el cual, magnánimo, se las otorgará. Pero el equipo de rodaje no ha llegado aún al fin de sus penas. Los técnicos locales no hablan una sola palabra de inglés. Las caravanas de los actores están infectadas de ratas. En cuanto al film: “Una vez que llegamos, nos dimos cuenta de que el director no sabía lo que hacía”, explicará Madonna meses después. “A partir del segundo día todo fue de mal en peor. El rodaje fue una verdadera prueba de supervivencia”. Y también una purga, en todos los sentidos del término: intoxicación por alimentos, disentería… un verdadero calvario para la salud. Por su parte, los diarios y los paparazzis continúan a jugar al gato y al ratón. Algunos de ellos se disfrazan como botones del hotel, o como choferes de la casa productora, todo ello con el objetivo de estar más cerca de los dos artistas. Un periódico local llega a ofrecer hasta 500 dólares de la época por la mínima información veraz sobre la pareja: cuánto calzan, si van al baño, último informe médico… todo vale oro. La situación entre Penn y la prensa local es tan crítica que George Harrison se apersona en el sitio del rodaje para limar asperezas. Resultado: el rodaje se transfiere a Inglaterra, a los estudios de Elstree. El 21 de febrero de 1986, Madonna y Sean Penn aterrizan en Heathrow y una horda de paparazzis les cae encima. Es el pan nuestro de cada día de todas las estrellas que pasan por la pérfida Albión. Pero Sean Penn no se la traga. Casualidad o no, al abandonar el aeropuerto, la limusina que conduce a la pareja atropella a Dave Hogan, un fotógrafo de “The Sun”. Las revistas de farándula apodan a los amantes como “Los venenosos Penn”.. Consciente de que estos desórdenes no son beneficiosos para la publicidad del film, George Harrison trata una vez más de calmar los ánimos. El 6 de marzo organiza una conferencia de prensa en el Kensington Roof Gardens en Londres. Solamente están presentes Madonna y él. Un periodista pregunta a la cantante por la actitud de su marido pidiéndole que se disculpe por su comportamiento, a lo que la ella replica que ella no tiene nada por lo cual pedir disculpas. Harrison encaja el golpe. El filme, solamente el filme. Hablemos del filme. Demasiado malo para que valga la pena verlo. Aunque no comienza mal. La primera escena (la mejor) pone el ambiente para una historia de opereta. En ella se reconoce al actor Paul Freeman, el malvado nazi de “Cazadores del Arca perdida”, como rey del opio. Luego vienen los créditos, kitsch a la carta, al estilo James Bond (el mismo Maurice Binder participa en su diseño), todo en colores saturados, sobreimpresiones y sombras chinas. Cuando aparece la pareja, el choque es brutal. Con el cabello rubio platinado y cejas negras, Madonna ¿actúa? como empleado de pompas fúnebres en una fiesta de cumpleaños. Según la cantante, “este papel era
un desafío. Lo más difícil fue crear la Gloria del comienzo del guión. Es una jovencilla púdica, introvertida, incapaz de mostrar sus emociones, nada que ver con mi verdadera personalidad”. En otras palabras, Madonna en el pellejo de una virgen. Es tanto como pedirle a Paris Hilton que interprete a la joven Madre Teresa. En cuanto a Sean Penn, con un peinado a lo Chris Waddle (futbolista de los años 80) lleva un borsalino con intención de tener el aire de Indiana Jones, acompañado con corbatas espantosas, y con una mirada vidriosa que dice mucho de su pasatiempo entre tomas. Pero lo que más impresiona es la inconsistencia de su actuación. A veces en comunicación con el alma de Marlon Brando, otras poseído por el fantasma de Louis de Funès, Sean Penn está siempre fuera de lugar. Mientras el filme avanza y se desarrolla, él parece estar cada vez menos involucrado en su personaje. Hacia el final del filme, cae completamente en el underplaying conceptual, como si, al presentir el fiasco por venir,
tratara de desaparecer subrepticiamente de la imagen sin abandonar la pantalla. Un buen actor, diríamos. ¿Qué decir del resto? Personajes inverosímiles (un chino fanático del beisbol), un “cameo” de lo más audaz (George Harrison como cantante de un night club), giros en la trama tan emocionantes como una declaración de impuestos (hay que ver a Madonna abriendo un candado talla XXXL con un gancho para el pelo), una historia de amor estrábico, carreras y persecuciones improvisadas, una puesta en escena lánguida y sin vida, réplicas de una notable sagacidad (“me divertía más cuando tenía paperas”) o de una premonición que asusta (“me parece que
nuestra relación está condenada a la brevedad” le lanza Madonna a su futuro ex marido). La promoción del film vale su peso en oro. Durante una entrevista, Madonna describe el rodaje como “un barco sin capitán”, afirma que su papel fue cortado durante el montaje con el solo objetivo de “hacerla aparecer como una mentecata”, y de Harrison cuenta que le dio “más consejos de cómo manejar la presión de los medios que de cómo lograr un film exitoso”. George Harrison esperará a que los vientos amainen definitivamente para soltarse, dos años más tarde, durante una larguísima entrevista concedida a la revista musical “Creem”. ¿Sean Penn? “Es alguien a quien aprecio, pero que no se esforzó mucho para mejorar el filme. Eso se ve. Cuando está de buen humor, él es muy bueno. Hay muchas escenas en la que él es excelente. Y muchas otras en las que se ve que está al borde de la crisis de nervios. Quizá tenía buenas razones para estarlo, pero su oficio es actuar. Es en ello que uno reconoce a un profesional”. ¿Madonna? “Ella hacia lo mejor que podía, pero no tiene ni un pelo de sentido del humor (…) Ella debe comprender también que ser una persona excepcional no tiene nada de incompatible con el hecho de permanecer humilde (…) Todo lo que Madonna necesita son 500 mg de buen LSD”.. En el momento de su salida en pantallas, la crítica norteamericana la asesina. En Francia, la prensa fue un pelito más indulgente. De Canadá a la Tierra del Fuego, de Groenlandia a Sudáfrica, la reacción del público es unánime. Le Monde (Francia): “ ¿Cuándo dejaremos de ver en el cine carreras de persecución en callejuelas pintorescas, con pilas de cestas de tomates rodando por el suelo? Estos le quedarían mejor en el cabello pálido de Madonna, actriz irritante, y en la sonrisa de débil mental de Sean Penn”. Chicago Reader: “Una verdadera estafa es lo más cerca de la verdad”. The New York Times: “La ventaja de Shanghai Surprise es que puede ir a verla en total intimidad. En la función primera cuando salió este viernes había menos espectadores en sala que los que se necesitan para armar un equipo de beisbol”. La película “Shanghai Surprise” costó 17 millones de dólares. En EE.UU. la taquilla alcanzada fue US $ 2,3 millones. ¿Tendrá algo que ver en ello Sean Penn, que les suplicaba a sus amigos que no fueran a verla? Nominada en seis renglones a los Razzie Awards (peor película, peor director, peor actor, peor actriz, peor guión y peor canción original), está clasificada en la posición 77 de los peores largometrajes de la historia por los internautas inscritos en IMDB. Luego, Jim Goddard regresó al sitio de donde vino, condenado a trabajos forzados en la televisión inglesa. Madonna y Sean Penn no volvieron a rodar juntos y se divorciaron tres años más tarde. Sean Penn relego sus talentos de demoledor de paparazzis detrás de los de actor y luego director (presidió el jurado de Cannes en mayo de 2008). Madonna, única actriz (la palabra es realmente fuerte) en ganar 7 Razzies, incluyendo el de la peor actriz del siglo XX, prosiguió su cultivo de churros (“Who’s that girl”, “Body”, etc.). En cuanto a George Harrison, volvió a su oficio de la música (sacará el año siguiente “Cloud Nine”, su mejor disco en 15 años), antes de apagarse definitivamente el 29 de noviembre de 2001. Se rumora que había suprimido de su repertorio personal la canción “Lady Madonna”. |