Grandes fiascos del cine (2)
Auténticos TITANIC del séptimo arte, peliculas catastróficas que pusieron a sus productores de rodillas, con presupuestos faraónicos y pobres resultados en la taquilla, rodajes apocalípticos y estrenos fallidos: obras del cine que pretendían (o pretendieron) ser ambiciosas y que resultarían en un fiasco magistral sembrando la ruina y la desolación.
El hombre que mató a Don Quijote (2000), de Terry Giliam
Pensó que podía hacer un film
hollywoodesco sin Hollywood y se rompió los dientes. En octubre de 2000, Terry Gilliam sufrió uno de los más grandes fracasos de su carrera. Seis días después de iniciado el rodaje, «El hombre que mató a Don Quijote», su décima película, es suspendida por los productores. Esos seis días habían sido una auténtica pesadilla así como lo fueron los dos meses de preparación previos. Y puede ser que lo hayan sido también los diez años de vida que Terry Gilliam dedicó a este proyecto. En efecto, el realizador, tal como el héroe de Cervantes se batía contra molinos de viento, tuvo que luchar contra toda la industria cinematográfica. En vano.
Todo comienza a principios de los años 90. Terry Gilliam viene de un rodaje más bien tranquilo: “The Fisher King”, un film de tono intimista del cual él no ha escrito el guión. Lo necesitaba, para reponerse de un rodaje más dramático y exigente, dos años antes, el de “Las aventuras del barón Munchausen”. En los escenarios llenos de locura de esta biografía barroca de un aristócrata mitómano, nada se dio como se había previsto, en especial los gastos de filmación: a mitad del rodaje el presupuesto pasaba de los 10 millones de dólares.
Terry Gilliam no tenía nada que ver en ello. Fue engañado por un productor alemán fuera de la realidad y igualmente mitómano como el personaje del barón. Cuando lo comprende de esa manera, el cineasta hace todos los esfuerzos del mundo por simplificar ciertas escenas, pero de nada vale. Al fin del rodaje, el presupuesto se ha ido a los cielos. Desde entonces, las «Aventuras del barón Munchausen» han pasado a ser un caso de estudio en las escuelas de cine en materia de fiasco financiero, y Terry Gilliam adquirió la reputación de realizador incontrolable.
Su personalidad y su universo personal contribuyen poco a arreglar las cosas. En Hollywood, este antiguo diseñador pasa por una persona muy original, pero se desconfía de él, a pesar de los notables sucesos que fueron «Bandits, bandits» y la célebre «Brazil». Nacido en Minnesota, vivió en Londres algunos años, tiempo durante el cual realizó varios films con los conocidos Monty Python.
Terry Gilliam es un espíritu libre, un soñador. Le encantan el humor inglés, la exageración y los desafíos. En resumen: todo aquello que los estudios detestan. Acercándose a los 50 años, comienza a sentir afinidad con el héroe de Cervantes: tal como él, tiene el sentimiento de no haber acometido aún su gran obra; como él, se siente cansado, pero le bastaría con un proyecto de dimensiones demenciales para sentirse vivo de nuevo. Y es entonces que tiene una visión: ¿y si adaptara precisamente «Don Quijote»?
Dicho y hecho. Gilliam se lanza junto con Charles McKeown, su cómplice en la escritura de los guiones de «Brazil» y “Munchausen”, a la redacción de una primera adaptación de la obra cumbre de las letras castellanas. La tarea es dura: no es fácil hacer justicia a la obra sin caer en la recopilación chata de los escritos de Cervantes. Una vez cumplida esta etapa a como-vaya-viniendo-vamos-viendo, Terry Gilliam comienza la ronda de los productores. Jake Eberts (“Carros
de fuego”, “El nombre de la rosa”) había formado parte del proyecto “Munchausen” y estaba listo para trabajar de nuevo con Gilliam. En esta época, el productor norteamericano tiene oficinas en París, y preocupado de encontrar socios financieros, coloca a Terry Gilliam en contacto con Ciby 2000, una nueva empresa de producción francesa. Mejor explorar en grande en Europa, dada la reputación del tío en Estados Unidos. Mala suerte: después de haberse ido de bruces y ofrecer 25 millones de dólares, los responsables de Ciby 2000 retiran la oferta. Con el ánimo enfriado, y sin estar totalmente convencido de la versión que han escrito Mc Keown y él, Terry Gilliam decide posponer su Quijote por un tiempo y aceptar la oferta que le ha sido hecha: el rodaje de “12 MONOS”.
El proyecto pasa a dormir por varios años. Estamos ahora en 1998. Terry Gilliam escribe y realiza “Leaving Las Vegas”, pero el caballero español no lo abandona. Al contrario: lo persigue, lo acosa. Al reescribir la adaptación, Keown y él caen en un hueso duro de roer, una dificultad casi insuperable: la novela de Cervantes trata de la caballería en la Edad Media y en el siglo en el que vive Cervantes, un desfase de varios siglos que es imposible de comprender por parte de un espectador de finales del siglo XX. En esas condiciones, ¿cómo hacer que se mantenga esa idea importante de desfase de épocas entre la realidad y la fantasía del héroe? A fuerza
de darle vueltas en la cabeza, Terry Gilliam encuentra por fin una solución: introducir en el relato un hombre del mundo moderno transportado al siglo XVI. Este hombre será un publicista codicioso que, durante el rodaje de un spot publicitario que retoma los personajes de Don Quijote y Sancho Panza, va a parar a la España del siglo de Cervantes a causa de una caída. Al despertarse se encontrará, atónito, al lado de don Quijote quien lo confundirá con su valet. Convencido de esta idea, Tony Grisoni, coguionista de “Leaving Las Vegas”, acepta escribir junto con Gilliam un nuevo guión.
Esta vez las cosas avanzan. Apenas terminada esta nueva cocción de la obra, toma forma el casting. Terry Gilliam conoció a Johnny Depp en el rodaje de “Leaving Las Vegas” y la corriente pasó positivamente entre ambos. El actor acepta sin vacilar el papel propuesto del personaje imaginado por Gilliam y Grisoni. Vanessa Paradis, su compañera en la vida real, encarnará a Dulcinea. Falta el papel principal. Durante los años del primer guión, Terry Gilliam había pensado en Max Von Sydow y en Richard Harris. Esta vez va a escuchar la sugerencia que le da Irene Lamb, su directora de casting para “Brazil” y “Munchausen”. Esta incondicional del cine francés le sopla a la oreja el nombre de un actor en el que Gilliam no hubiese pensado jamás, a pesar de su larga y exitosa carrera, Jean Rochefort, a quien ha visto en “Cible emouvante”, una comedia de Pierre Salvadori. Desde entonces, ella no puede imaginar otro actor en el papel de don Quijote. Terry Gilliam acepta ver algunos films del actor y se muestra de acuerdo: es una buena idea traer a Rochefort, quien a su vez, entusiasmado desde el principio por un encuentro con el cineasta, acepta feliz el papel.
Surge entonces de nuevo, espinosa, la cuestión del financiamiento. Comienza otra vez la caza a los productores, pero solamente en Europa. Terry Gilliam ha abandonado toda esperanza de involucrar a los estadounidenses en su “Don Quijote”. Está persuadido de que los
europeos intentarán frenar menos su creatividad. Lo que él no sabe aún es que los europeos no tienen la costumbre, aunque sean de espíritu abierto, de financiar proyectos de tal magnitud. El presupuesto promedio para un film en Europa rara vez pasaba en la época de los 5 millones de dólares. Para llevarlo a buen término, Gilliam necesitaba 60 millones para su Quijote.
Ciertamente, el momento parece propicio. En Grande Bretagne es el momento en el que se acostumbra producir filmes más costosos que de costumbre. En Francia, la gente gusta de él, y en Alemania hay fondos disponibles. Sin embargo, la búsqueda del dinero va
a terminar siendo agotadora. Dieciocho meses de negociaciones sin cesar, de promesas y abandonos, de esperanzas y decepciones. Un tema español rodado en inglés por un director americano con un protagonista francés: los productores se sienten desorientados: dicen sí y luego dicen que no. De hecho, los productores son iguales en todas partes: tienen miedo de la reputación de Gilliam luego de “Munchausen”. El ex Monty Python los asusta al mismo tiempo que los seduce.
Los franceses entrarán en el baile por medio de René Cleitman. Este productor está acostumbrado a proyectos de
envergadura y conoce bien a sus homólogos norteamericanos. Produjo “Cyrano de Bergerac”, “Le hussard sur le toit” y “She’s so lovely”. Le encanta el reparto de « Don Quijote » y se siente honrado por la escogencia de Jean Rochefort para el papel principal. Los alemanes entran también en la aventura por medio de la empresa KC Medien y un productor independiente. Los ingleses terminan participando en la ronda de producción a través de una pequeña contribución de dos millones de libras del National Lottery Fund. A pesar de las enormes dificultades, Terry Gilliam logra reunir 40 millones de dólares. Su fantasía
está en camino de hacerse realidad.
Comienza la producción y se fija la fecha de inicio del rodaje: octubre de 2000, en España. Pero el sueño dura poco. Es demasiado tarde para dar marcha atrás cuando Terry Gilliam se entera de que su productor alemán lo ha mandado de paseo. Francamente, una costumbre de estos alemanes, se dice el cineasta. El presupuesto se reduce a 32 millones de dólares. Pase lo que pase, el rodaje es inminente.
Terry Gilliam llega a Madrid en agosto de 2000. Ahora que llega a la meta, el momento no es para celebraciones. El recuerdo de “Munchausen” lo atormenta. La historia del rodaje inconcluso del “Quijote” de Orson Welles, en 1957, le impide dormir. ¿Quién sabe si su Quijote no va, igualmente, a terminar en catástrofe? El cineasta quisiera espantar esas ideas negras pero las circunstancias no lo ayudan. Seis semanas antes del inicio del rodaje reina el más completo caos. La producción está desorganizada, los accesorios están
listos pero la calidad deja mucho que desear: los sombreros, demasiado blandos; las armaduras, demasiado rígidas; las máscaras de los extras se encuentran todavía en Inglaterra, los decorados no están listos aún. Los técnicos españoles esperaban la llegada de Terry Gilliam para adherirse a las líneas directrices del proyecto, pero no logran comprender lo que que quiere el cineasta: sus “visiones” no les dicen nada.
Pero todo esto serán minucias comparadas con los problemas que presentará el estudio. Los productores compraron el último estudio libre en Madrid. Todos los interiores deben ser filmados allí y su calidad debe
ser, por lo tanto, de primera importancia. Ahora bien, cuando Gilliam se apersona en el lugar, se da cuenta de que parece más bien un hangar que un estudio propiamente dicho. La acústica es catastrófica. Por mucho sentido del humor que tiene el ex Monty Python, comienza a ponerse nervioso.
Un mes antes del primer clap de filmación la llegada de Jean Rochefort lo serena de nuevo. Johnny Depp y Vanessa Paradis son imposibles de localizar (la actriz ni siquiera ha firmado su contrato). Jinete emérito, Jean Rochefort no ha necesitado tomar cursos de equitación, pero en cambio ha tenido que tomar cursos para perfeccionar su
inglés durante 7 meses. Las pruebas de maquillaje y vestuario son concluyentes: puede volver a París por algunos días. Sin embargo, hay una mala nueva: el mismo día de su partida, hace saber que su ausencia será más prolongada que lo previsto. En el aeropuerto se siente mal. ¿Somatización a causa del rodaje ya inminente? ¿Una enfermedad real? No se sabe lo que le aqueja y eso provoca tensión en todo el equipo. Terry Gilliam se inquieta por su protagonista y por su película. La llegada de Johnny Depp –por fin- le da un nuevo respiro. El actor está dichoso de encontrarse allí y viene lleno de ideas para su personaje. Las noticias que llegan de París son menos malas que lo que se temía: Jean Rochefort sufre de una pequeña infección en la próstata y volverá a tiempo para la filmación.
Llegamos a principios de octubre. Finalmente comienza el rodaje de “El hombre que mató a don Quijote”. Para ese primer día, todo el equipo se transporta a las Bárdenas, una reserva natural a cuatro horas de Madrid. Terry Gilliam no puede contenerse de la emoción. Tiene prisa por filmar. Una primera escena con extras que se suponen eran prisioneros condenados a trabajos forzados le enfría el entusiasmo. El cineasta está convencido que han ensayado. Pero no. No tienen la menor idea de lo que tienen que hacer. Para no perder tiempo, Gilliam pasa a otra escena con Jean Rochefort. Todo iría bien si un ruido ensordecedor no hubiese venido de pronto a tapar por completo la voz del actor. El escenario está
cerca de una zona militar. Las autoridades habían dejado entender que pasaban aviones F-16 cada cierto tiempo. Gilliam decide filmar de todos modos diciéndose que va a concentrarse en los grandes planos.
El segundo día se rueda la escena con los prisioneros. Pero el dia es gris. Y a medida que avanza, más gris —y frío— se pone el día. Uno de los jefes de equipo no entiende cómo cambia la luz. Las nubes se acumulan a una velocidad relámpago y se oye un ruido extraño. ¡No son los F-16, sino los truenos!, se burla Terry Gilliam, y como por maldición en ese momento comienza a caer una lluvia de granizo, con bolas de hielo
tan grandes como pelotas de golf. En esta región caliente, en esta época del año, es algo nunca visto. Todo el mundo corre a buscar refugio. Comienzan las borrascas y el techo de la cantina desaparece. La tempestad es de corta duración, pero al terminar de caer la granizada todo el mundo está chapoteando en un mar de lodo. Y los F-16 siguen pasando.
El tercer día, aquel lugar parece más bien Escocia: una bruma espesa cubre todo el paisaje, hay fango por todas partes. Es necesario, entonces, limpiar todo el equipo. Es un día perdido. El cuarto día, el cielo continúa gris y los F-16 siguen allí. Johnny Depp y Jean
Rochefort vuelven al escenario (o lo que queda de él). Previsores, han sacado los abrigos. Está claro que no van precisamente a calentarse durante la filmación. Terry Gilliam está perdido. No sabe qué secuencia filmar. Los problemas de concordancia son insuperables. Aunque poco, el sol comienza a brillar.
El quinto día, milagro. Está haciendo buen tiempo. Todo no puede estar perdido. El cineasta propone rodar una escena en la que Jean Rochefort y Johnny Depp discuten desde lo alto de sus cabalgaduras. Curiosamente, Jean Rochefort siente un dolor infernal al montar sobre su
caballo. No dice nada, pero el dolor y el esfuerzo se leen en su rostro. Terry Gilliam filma como si nada, pero el resultado es catastrófico. Comprende que su actor principal está enfermo. El equipo también lo está: en el estudio reina un silencio de catacumba. Al dia siguiente, Jean Rochefort vuela a París a ver a su médico. Terry Gilliam, los técnicos y René Cleitman analizan la situación desde todos los ángulos posibles. ¿Qué hacer? “Continuemos”, sugiere Terry Gilliam. Esperemos a ver qué dicen los médicos.
Al dia siguiente, los
inversionistas se apersonan en el sitio del rodaje, inconscientes del naufragio que se juega ante sus ojos. Terry Gilliam continúa filmando a Johnny Depp. Es mejor que nada. Otro día más, y son los expertos de la empresa de seguros los que llegan. Gilliam filma una escena de marionetas. Para salvar los muebles, habrá que pasar la enfermedad de Jean Rochefort como un caso de fuerza mayor. No es seguro que eso funcione. Tampoco es seguro que eso permita relanzar la máquina. El infatigable Terry Gilliam está agotado, sin fuerzas, vacío, desgastado. Ya no ve su ‘Don Quijote’, no lo siente, no lo quiere. Y tanto es así, que siente aliviado cuando recibe la noticia de París: Jean Rochefort no volverá. Sufre de doble hernia discal de la columna vertebral.
Algunos días más tarde, el rodaje se suspende definitivamente de manera oficial.
En 2003, aparece en las salas de Francia un documental poco habitual: LOST IN LA MANCHA, realizado por Keith Fulton y Louis Pepe. “Lost in La Mancha” es la crónica triste y divertida a la vez de este rodaje abortado y el primer “unmaking of’ de la historia del cine.
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