Hay momentos en la vida durante el curso de los cuales un recuerdo
toca a la puerta de la memoria y exige salir a tomar un poco de aire
fresco. Y cuando esto sucede, rara vez estamos nosotros preparados
para ponerle freno a las emociones que, cual huracán o terremoto
surge ante nuestros asustados ojos, nos convierte a la vez en
testigos y actores y nos arrastra por debajo de los escenarios, nos
eleva sobre el decorado y si nos ponemos un poco dichosos, nos dejan
escapar con unos pocos razguños... y nada mas.
Poder comenzar a escribir una historia en el medio de un dia en que
la mente avanza a una vertiginosa velocidad tratando de escribir o
grabar cuatro historias distintas que me aturden de alegre
inspiración, como dijera Aquél, que los últimos seran los primeros,
Entró Miguelito Valdés, en toda su magnifica estatura exigiendo que
yo recordara El Tequendama. ¡Ay, Miguel, amigo que dia aquel...! El
dia que Miguelito Valdes moria en el escenario de el Hotel
Tequendama, en Bogotá, llegué yo una hora mas tarde.Pero no ibamos a
eso. Ibamos por un trecho de el camino de nuestras vidas en New York,
a nuestros periódicos, uno suyo y uno mio.
Pero el hilo se cortó ahi. Llegué yo, como a media mañana al
apartamento de Eusebia Cosme en Manhattan, casi en Times Square,
(viviamos muy cerca)con un profundo dolor de estómago que me
torturaba ya hacia varios dias. Eusebia, con sus pies que parecian
una bolas, descalza, como le gustaba andar, estaba preparando un
almuerzo y sin pensar mucho me dijo: "Acuéstate ahi en el sofá, mi
niño, que ahorita mismo te ponemos como nuevo."
"¿Te ponemos...?"
"Si, ya te ponemos tan bueno como si fueras nuevo."
Rita Montaner acababa de llegar de Cuba y estaba abriendo las maletas
"Y que traigo manzanilla bien verdecita, de casa de mi abuela; mira
esto."
Y comenzó a desempacar suficientes yerbas como para poblar la ciudad.
Manzanilla, Ylang Ylang, Yerba buena, Caña Santa, que se yo...
"A mi no me gusta la manzanilla, eso sabe a rayos" -protesté yo.
"No te gustaba, deja que la mulata te haga el cocimiento pa'que tu
veas" dijo Eusebia.
"Ahora, levántate la camisa que voy a pasarte la mano y traquearte
el pellejo de la espalda... tu va'ver como se te quita el dolor
enseguida."
"Porque me meteria yo en esta cueva de brujeras..."
"De mulatas ricas..." corrigió Rita, -"y te voy a dar un beso que
traigo tambien fresquecito de La Habana, pa'que vayas completo."
Y me besó.
Y bebí manzanilla de sus manos, y me despedazaron la espalda entre
las dos y, cuando ya perdiá las esperanzas de sobrevir a la tortura,
a la puerta llega Miguelito, (Miguelón, para nosotros) Valdes.
"¡Babalú!" Grita Rita y se enloquece el ambiente.
"¿Y a ti que hacen estas negras?"
"¿Qué no me hacen? ¿Tu has leido el libro "Un Hombre Blanco en el
Infierno Negro?" " Me han hecho tomar esa manzanilla amarga..."
"Oye, no; que le eché mucha miel de abeja que traje de Camagüey.."
Se perdió Miguel. A comer miel de abejas de Cuba.
Francamente, me dejaron la barriga y la espalda adolorida y oliendo a
manteca de coco, pero, sea por el dolor en las tripas y los pellejos,
o por la dichosa manzanilla, se me curó el dolor del estómago, y me
envicié con la manzanilla.
Rita nos regaló unas lindisimas guayaberas de hilo a Miguel, a Phil,
el esposo de Eusebia, y a mi.
Y en ese momento tocan a la puerta.
Tocan a la puerta y sonó el teléfono a la vez. "Abre tu la puerta,
Gilberto."
Lucille Ball que llegaba toda envuelta en llanto. La pobre inglesita
pelirroja llevaba una pesada cadena en su matrimonio con Desi Arnáz.
"Has anyone seen Desi lately? I haven't seen him during the past
three days; Xavier is mad at him. I, I, what am I going to do?"
Pobre pelirroja, cuantas lágrimas brotaron, por tantos años, de los
ojos de esta mujer que a tantos y tantos nos hizo reir con diabluras.
Y la bola pica y se extiende...
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Nunca mas nadie me "sobado", o "pasado la mano y traqueado la
espalda" desde ese dia. Ni ya podran hacer ni Rita ni Eusebia, ni
compartiré miel de abejas camagüeyanas con Miguelito, ni
conmiseraciones con Lucille Ball, no; ya no son mas de aqui,
pero cuando sufro de dolor en el estómago, me preparo un bien fuerte
cocimiento de manzanilla con miel y, aunque sean estos, productos del
infierno mismo, me curo casi solo con el recuerdo de aquella, mi
primera manzanilla y las manos de Rita y Eusebia.
Para mis dos hermanitas, una rosa.
Y hasta entonces.
Gilberto