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From: Gilberto Rodriguez <gfrod.1@...>
Date: Dec 15, 2008 10:09 PM
Subject: Navidad y Nos
To: Adelfa Miguel <adelfam@...>, "Fidel M. Alvarez"
<fma2320@...>, Szeledonb@..., Pedro Suarez
<tintinsagua@...>
Al amanecer salió a la calle tiritando de frio; habia pasado la noche
debajo del puente que atraviesa la Avenida del Puerto, donde otro de
esos desvalidos que pululan por las grandes ciudades sin hogar ni
rumbo, le brindara uno de sus pedazos de cartón corrugado para
albergarse de el frio viento de la madrugada. Al salir de debajo de
aquella primitiva guarida nocturnal se detuvo in instante para
comtemplar el efecto de la nueva luz solar sobre los árboles que
adornan ambos lados de la avenida y algo mas abajo la ciudad que
comenzaba a desperezarse con el rugido de los camiones y los
parroquianos que se tropiezan con la vida en su ir y venir tras el
empleo, la gloria, la ambición y la ciencia. Sus ropas, unos trapos
apenas colgados de un hombro y enrrollados alrededor de la cintura,
pendian mugrosos, a veces arrastrando sus puntas por los suelos,
recogiendo churre y exhalando mal olor. Sus cabellos, que tal vez al
nacer eran hermosos opacos pendian llenos de enredos y colgajos
indefinibles. Sus pies arrastraban unos como huarachos abiertos de
los dedos, como una malla de yagua.
Mirando hacia el mar en la distancia hizo como que iba a bostezar. Se
sacudió un poco sus andrajos; mas o menos asi como lo hacen las aves
cuando salen del dormir. Asiendo el pedazo de madera bruta que le
servia de bastón, echó a caminar calle abajo, como si es que se
dirigiera al templo. Pero el templo estaba lejos, muy lejos, para ir
hasta el caminando. Mas. hacia el templo se dirigia. No volvió a mira
hacia atrás. Pensaba. Hombre, hombre, implacable verdugo de tu propia
naturaleza......
El viento era demasiado fuerte y frio para andar por aquel despoblado
amanecer truncado por el manso rio, que en esos dias andaba amenazando
con desbordarse por causa de tantas y tantas lluvias que les estaban
azotando; Elevando su mano derecha comenzó a pedir por señas manuales,
a los autos que por esa via pasaban, que lle llevaran hasta la ciudad
distante. Pero nadie lo ayudaba. Unos iban de prisa, otros pretendian
no verlo y alguno que se detuvo conmovido, al ver las llagas que
adornaban sus pies y manos, hacian alguna que otra muestra de asco y
lo dejaban plantado en la crretera. "Mira que ese tipo tiene agallas;
querer montarse en mi carro...Ja!, ni que yo estuviera loco."
Paso a paso llega a la Ermita que se halla semiabandonada en la ladera
de el Monte De Los Viejos. Por alli observa unas ancianas cargadas de
sacos llenos, que portan a pie hasta el mercado del pueblo. Lentas,
achacosas, simples...alguna parece luchar y ocuparse entre la pesada
carga y el ajetreo de sus dos chicuelos que, intranquilos y juguetones
se exponen a cada instante ante las carretas y los coches que por
aquellos parajes transitan sin la menor precaución. Casi sin
proponérselo se acercó a uno de los chicos. "Hola."
"Hola, qué? sacoechurre."
De un vagón tirado por cuatro mulas cargado de vegetales unos
trabajadores le tiraron muchos tomates podridos: "Anda, Ripioso; peste
a chivo muerto. Vete al rio antes que te coman los gusanos..." Y
muchos mas insultos.
En su rostro hubo angustia. Y siguió casi a rastras. Tenia hambre.
Al doblar de una curva en la carretera unos hombres asaban cantidad de
viandas y trozos de carne en una suerte de canal en la tierra llenos
de lumbre y cenizas. El olor a humo, carne, vinagre y sazones llenaba
a vuelos del fuerte viento la pradera y los labios. Agua en la boca.
Alli se detuvo un rato. Comian. Eran muchos, como veinte; campesinos
eran. No; me equivoco, eran los ingenieros que trabajaban en la nueva
carretera hacia el sur. Reian y chillaban gozosos con las bocas llenas
y bebian cerveza para desatocigarse los güergüeros que se agolpaban de
trozos por la glotoneria. Sus ojos se pegaban a cada bocado, trazo,
vaso y caldero que se movia. Pero solo uno de aquellos hombres se
ocupó de aquel extraño harapiento que con tal cara de hambre miraba a
los calderos.
"Toma, buen hombre; llévate este pedazo de carne y mata el hambre;
pero, por favor, aléjate de los capataces, que tienes un olor a rayos
y nos vas a echar a perder el apetito a todos.Es mucha la peste.
Vete."
Y llegó hasta el templo. Habian servicios religiosos en esos
instantes. Algo de misa o que se yo. Caminado por los alrededores se
le llenaron los ojos de imágens lujosas: Telas, piedras, metales,
coches, libreas, cintas, misales, monedas, saludos, abrazos, besos en
las mejillas y piropos milongueros a tiempo de campanillas, mirra y
metal. El pueblo es feliz, es Dia de Dios; los diáconos, pastores y
monaguillos encasillados en ricas telas, los ujiéres, "cepillo" en
mano sirven desayunos de perras al tesoro, mientras que las almas se
vacian ante Dios, de rodillas bajo el altar. La casa de Dios está
llena; la paz del Señor reina aqui..
Y aquellos que el Señor ha llamado a su servicio predican, celebran,
festejan, adulan y se entremezclan cuidando de las almas del rebaño
que a su cuidado puso el cielo. Y se habla del nuevo dia; del regreso
de aquél que todo lo diera por nosotros y prometió regresar. Nace Dios
un dia, hace mucho tiempo ya, y nosotros vamos a celebrar aquel
nacimiento a la manera de hoy.
Y se habla en plata y baja voz de la confesion, del renacimiento... y
de la cena y los festejos de navidad. Todo muy noblemente preparado
para honra de el Señor. Y se dice una docena de veces "Amén."
Entró el pobre hombre con sus harapos al templo. Lujo, elegancia,
bondades y bendiciones por doquier. Trató de sentarse en un banco que
tenia varios espacios vacios. Y los pocos que alli estaban se
levantaron y cambiaron a mayor distancia.
El movimiento causó un poco de perturbación al predicador que no pudo
reprimir un requiebro. Se levanta, va junto a una puerta y se queda
de pie, alejado de los demás feligreses. Pero uno de los guardatemplo
le dice, aunque muy cortésmente, que se aleje de la puerta, que "los
parroquianos necesitan la puerta libre al pasar". Y recogieron
dineros; tres veces recogieron dinero para obras de Dios. Y comieron
unas obleas y comieron pan y bebieron vino y lo llamaron sangre de
Dios. Y el harapiento curioso todo lo vió. Y saliendo del templo el
infeliz harapiento sentóse en un banco verde de hierro que estaba
fijamente atornillado al piso de cemento de bajo de unos ricos
árboles, de esos que dan sombra y adornan los terrenos de las
iglesias. Cruzando sus brazos sobre el pecho recostó la cabeza hacia
atrás y se adormitó un instante recostado al gigante verde.
Luego un gentio, voces, risas, correteaderas de chicos, encuentros de
adultos; esfuerzos supremos por llamar la atención del famoso, del
popular, del rico.. Y expresiones de amor al pastor. El pastor que es
algo asi como agente de Aquél.
Se habla de proyectos, futuros, bodas, y festin. Dinero hay; joyas se
exhiben. Seda y carmin; pintura y fachada; dardos en ciertas almas y
fuego en varios corazones. Mañana es Navidad. La alegria es general.
Pero...
Una pequeñita, muy pequeñita nena llorando toca el elegante traje
largo de una gran señora... ¡Horror! "Saquen a esta mocosa de
aqui...miren como me ha ensuciado el vestido que tan caro me ha
costado en New YorK..."
Y habrienta la criaturita es alejada del lugar por un par de
sirvientes de quien sabe que poderosos patrones. Fuera. Y el extraño
apenas rehusó a sus ojos el derecho a derramar una salada gota de
hiel. Y tambien oir pudo cuando uno decia de hablar con el delegado
de policia para que limpiara de atorrantes los dias de fiestas aquel
sagrado lugar. Y no pudo menos que oir los planes para celebrar el
Nacimiento de el Niño Dios, de los regalos, de los antojos, de "la
maldita obligación de..." y de la mucha alegria que unos regalos,
unos tragos, un lechón y un pavo les traen a la mesa....y nada de
Dios.
La nena hambrienta se durmió en la cuneta del camino donde la
depositaron los fieles servidores de los amos. Las puertas del templo
se cerraron mientras uno, no muy honesto que digamos, contaba los
diezmos recibidos y el encargado de la distribución trataba de
determinar cuanto mandar a qué autoridad patriarcal.
En un pequeño monticulo cercano esa noche, mientras el pueblo
disparaba duros pedazos de metal y coloridos papeles con polvora china
a los aires, bebia a mas no poder y celebraba El Nacimiento de el Niño
Jesús al son de las costumbres que le dictaron y el goce enceguecido
del momento, desde alli aquel pobre harapiento, mientras miraba en sus
manos unos clavos y en su frente una corona de espinas, rogaba:
"¿ A qué me mandaste, Padre?...el hombre poco ha aprendido...la virtud
está a la venta, el pan, tiene sus amos, la bondad perdió el camino y
el amor es mascarada." "Mira mis heridas, Padre; mas esas son leves.
Mi corazón arde en condena de injusticias...mis promesas hoy se
venden, mis consejos son argucias en los labios del fakir, y mi sangre
ya no sirve aqui para curar. Mi voz es oro en bolsa de unos, ilusion
inalcansable en los mas."
Llévame, Padre, de nuevo a tu seno; yo ya estoy clavado en la cruz de
la eternidad y alli estaré hasta que el hombre te vuelva a amar."
"¡Amén!"