con leche, como le gustaba a sus esposo, Cotú.
¿Por qué a pie? ¡El contenido de los tubos era una novia muy delicada! Y habia que tratarla con mucho esmero.
Solo, para que nadie supiera donde ni que, fui acumulando los pedidos mientras se acomodaban las otras maniobras, en puntos cercanos al muelle donde debia cargar el yate. La rica residencia de un cubano ilustre tenia su propio muelle en la parte alta de Surfside, dentro de la Bahia. Pasaban los dias. Yo habia conocido a Gil Ascunce y a Guillemito "Gallo Ronco" en una Tienda de electrodomésticos, en Santa Clara, en ocasiones distintas y ajenas.
Gil Ascunce ahora estaba en esta operación con Carlos Prio, pero yo no pregunté en ningun momento su filiación politica. Yo creia que el era parta del DOR o de la OA, ambos seguidores del Partido Auténtico. La operación, para mi, era para La Habana, y de la Organización Autentica. Pero debo ser honesto: no lo pregunté, y nadie me lo dijo. (Por respeto o fe, tal vez en mi presidente).
Y llegó el dia. Dado por hecho, Pepito Marquez, que era como mi brazo o apéndice, gozaba de la amistad de la familia Prio como su propia familia y traia un buen historial de lucha en la Universidad de La Habana...y vivia en mi casa, como parte de mi familia, queria estrenarse en el mar. Prio aceptó y yo feliz. Ahora Prio me dice que Gil Ascunce debe irse conmigo, porque el conoce bien a los que vienen en la goleta a recoger las armas cuando yo las entregue y a mi me parece muy buena la idea. De modo que todo está listo.
Yo cargo el yate "hasta los cintones", una noche y estoy listo para partir sin que ni los que van al viaje sepan donde ni que he cargado, cuando recibo un llamada al Hotel Vendome. Fuimos Pepe y yo. Gil estaba alli cuando llegamos. Prio me sorprende con un pedido, "Gilbe", -me dice: -"este muchacho es Teniente de La Guardia Nacional de Costa Rica. Es el hijo predilecto de Pepe Figuéres, es experto en armamentos y guerra de guerrillas. Yo quiero que me lo lleves para Cuba, y lo dejas junto con Ascunce."
Francamente, no me senti muy bien. Pero el tiempo me apremiaba y la fé de Prio y la de Figuéres juntas, aparte de que la obra en curso era suya, acepté llevar aquel hombre bajito, joven de aspecto mas bien de "niño criado por mamá" que de militar, pero repito, a la obra.
Mari Tarrero, esa bella y noble primera dama no acostumbraba mezclarse en estos meresteres, pero ese dia hizo una excepción por Pepito Márquez y nos despidió con un abrazo y una oración...
Los dejo en la cafeteria de la esquina de Collins y 41, donde un "amigo" los va a recoger en una hora y a la 1:30 de la madrugada han de estar en el muro, junto al puente de Haulover Beach, listos para saltar, porque no voy a parar el barco. Y asi no saben donde lo cargué.
Todo salió bien, hasta ahi. Salimos de el Canal, me alejo unas dos milla de la costa para evitar el alcance de los anteojos curiosos y me enfrento a una corriente que viaja rumbo norte a 17 millas por hora. El barco anda recargado, el viento me es contrario, unas olita tampoco ayudan. Y a las 11:00 ante medridiano yo estaba frente al puerto de Miami, con los dos tanque de gasolina a medias. Ya habiamos consumido 80 galones y solo llevábamos 180, confiando en que la goleta de Cuba me traeria otros 150 de Cuba. "Tenemos que ir a tierra" les dije. "No podemos llegar sin combustible." Y el alma se me puso en la punta de la lengua. Decir que hubo susto es mentir. Hubo silencio.
En el muelle de la Pan American Airways, en Coconut Grove habia una gasolinera para servicio de los aviones y yates. Alli me fui. Ni que decir que la carga, las cajas con nombres de famosos fabricantes italianos y americanos e ingleses, despues de darle ciertas vueltas al mudo, estaban alli, como en cine, en plena pantalla. Y los nervios de mis muchachos estaban en carne viva. Llenamos los tanques, pero eso no era suficiente. Me fui a los tres mercado y garajes de Coconut Grove y compré 30 latas cuadradas de cinco galones de aquella que se usan para aceite. Sin tapas. Era lo que habia.
Una buena propina y el empleado me las llena todas, ya que no habia ley alli a la vista. El olor a gas, las latas llenas y sin tapas, el ruido infernal de los dos viejos motores de alquiler sin mofler, todo conspiraba contra mi. El hijo favorito de Figuéres les dijo a los otros que yo, "este hombre está loco; aqui nos vamos a matar y morir todos."
"¿Te quieres quedar, estás a tiempo?"
"Claro que me quedo, usted está completamente loco."
"Vaya, pués, yo creia que eras un militar experto y heróico..."
"Eso si; pero suicida no."
Gil Ascunce me dijo entonces que si yo paraba para dejar al tico, porque mejor no lo dejaba a el tambien ir, de modo que el podia tomar un avión para La Habana y alli asegurarse de que me traian gasolina. "¡Ah, y muy importante, que me trajeran un queso blanco bien grande para Prio..."
Pasamos razante por el muellecito que en Virgina Beach habia en la playa de los negros, amoderada la velocidad pero, les adverti:
"Salten, yo no puedo parar."
Saltaron y se quedaron. Y una lancha de Guarda Costas que nos ve, se lanza a la persecusión ahi mismo frente a Crandon Park. 11 millas contra unas seis de ellos los dejo atrás aunque me hicieron cuatro disparos de fusil. Pepito se reia. Loco o valiente, a mi lado.
bamos
Gilberto F. Rodriguez