CELIA CRUZ
Dicen que Santa Cecilia
mandó a bruñir las trompetas
y a los ángeles les dijo
que estrenasen guayaberas.
Que recogiesen sus arpas
y prendieran mil candelas
para calentar los cueros
de tumbadoras eternas.
Los querubines más viejos
se rascaban la cabeza,
"¿Güiro y cencerro en el cielo?
y ese son, ¿qué música es ésta?"
San Pedro amarró sus llaves
con una cinta de seda
que era roja, azul y blanca
y abrió contento la puerta
mientras tarareaba un Gloria
de estrofas guantanameras.
Allá en las nubes más altas
la algarabía era inmensa.
Don Perucho Figueredo
presidía la palestra,
con el maestro Lecuona
y Benny Moré a su diestra
No faltaba ni un cubano
que a su paso por la tierra,
hubiese servido a Dios
sirviendo bien a su tierra,
y eran por miles las almas
que toda raza y creencia
que un día fueron felices
oyendo cantar a Celia.
Esperaban su llegada.
¡Ya viene la Guarachera!
En esa parte del cielo
que alumbran más las estrellas
donde viven los que viven
solamente en la leyenda.
El Yerberito Moderno
acariaba sus yerbas
la ruda, la caña santa,
la albahaca, la yerba buena
y les decía, ¡Ya viene,
ya viene la pregonera
que pregonó por el mundo
que el amor vale la pena!
Llegó la Virgen María
y los tres Juanes con ella,
que venía de Cachita,
¡de ninguna otra manera!
porque este día, caramba,
la llena de gracia era
llena de gracia guajira
que es mezcla de gozo y pena.
Cuba estaba en su mirada
humedecida y morena.
De pronto la compostura,
los susurros ya se acerca
diez mil coros celestiales
afinaron sus cadencias
y fue un son toda la gloria
un son de palma y de ceiba
un repicar de tambores,
una nueva Bayamesa.
¡Llegaba gritando Azúca,
llegaba a la gloria, Celia!
El Señor se hizo presente
-era la misma nobleza-
el Señor se hizo presente
y extendió su mano buena.
La bendijo, le dio un beso,
le acarició la cabeza
"Ven, bendita de mi Padre
entra porque fuiste buena,
porque llevaste alegría
de Cuba a toda la Tierra."
Celia levantó los ojos,
humilde como ella era
"De Cuba yo quiero hablarte,
Señor... ¡qué acabe su pena!
que ya que yo no he podido
volver a sus playas bellas,
hasta aquí, Señor, que al cielo
suba libre su bandera.
¡Señor, ¡no puedo morirme,
mi corazón está en ella! "
El Señor se sonrió,
Cachita le hizo una seña.
"¡Azúca" -dijo el Señor-
"descansa, descansa, Celia!"
Julio Estorino