Mi nombre es Dulce María Iglesias Romero. Nací en Sagua la Grande y mi padre, Ramón, tocó saxofón en la banda municipal de Sagua desde muy joven hasta 1939, cuando nos fuimos para La Habana. Los 6 hijos, entre 4 y 14 años, crecimos y estudiamos en la capital sin tener que pagar un centavo por nuestras carreras. La matrícula universitaria costaba $45 al año, pero los buenos estudiantes sin grandes ingresos en la familia podían recibir matrícula gratis. Las escuelas de Artes y Oficios, donde uno de mis hermanos se hizo Químico Industrial, Las Escuelas Normales de Maestros, Normal de Kindergarten, Escuela del Hogar, Escuelas Técnicas, Escuelas de Comercio, Institutos de Segunda Enseñanza, etc. estaban todos al alcance de quienes quisieran estudiar sin que para ello intervinieran la política, la raza , religión, o cualquier credo que tuviese el estudiante.
Los jóvenes de la Cuba de Castro han crecido y madurado oyendo mentiras y patrañas creadas por los conductores de ese sistema que mi perdida patria sufre desde 1959; leyendo una historia tergiversada y creyendo que ahora es cuando todos los niños pueden ir a la escuela gratuita y todos reciben asistencia médica sin que les cueste. No saben que siempre tuvimos magníficos médicos, hospitales, clinicas, casas de socorro, escuelas públicas y privadas y algo que apenas se conoce ahora: orgullo, estimación propia, deseos de superación y valores cívicos, éticos, familiares y morales que normaron nuestras vidas y nuestra conducta.
Todos los hijos de Ramón y María de la Caridad estudiamos y nos encausamos en la capital, pero nunca olvidamos la Villa del Undoso, a donde acudiamos cada año durante las vacaciones y visitábamos a nuestros antiguos maestros, familiares y amigos.
Ese parque de La Libertad, donde se celebraban las retretas los domingos; la iglesia que con sus campanadas cada media hora nos recordaba dónde estábamos; la estación terminal, a donde entraban los trenes en marcha atrás desde un poblado llamado Santo Domingo; ese caudaloso río, los centrales azucareros tan cercanos, los mogotes, las deliciosas frutas al alcance de todo el mundo, las calles tan bien alineadas, etc.
Por supuesto que todo lo mencionado es parte de un pasado glorioso probablemente desaparecido, como tantas y tantas cosas, incluyendo la unión familiar, las procesiones, las celebraciones patrióticas en las que siempre participaba la banda municipal y los músicos que fueron amigos de mi padre.
Estimado compatriota, lamento no poder darle información sobre esas personas que está buscando. Han transcurrido muchos años desde nuestra partida de la patria, y aunque nos hayamos adaptado a ésta, nuestra patria adoptiva, no podemos olvidar nunca al querido terruño donde nacimos ni perder las esperanza de que algún día Cuba vuelva a ser libre y soberana como lo soñó Martí.