Atentos al tercer párrafo, sobre las declaraciones de Caballero
Bonald (escritor jerezano, Premio Nacional de Literatura)
"Los avatares de la memoria
Javier Alfaya
Le Monde Diplomatique
Uno tiene la sensación de que en buena medida la batalla de la
política hoy en el mundo pasa por la recuperación o la destrucción de
la memoria histórica. El pasado se ha vuelto una nebulosa en la que
naufragan los recuerdos colectivos que forman la urdimbre de nuestra
vida cotidiana. Los grandes acontecimientos del pasado, los que
conformaron al mundo de hoy, se diluyen en un mar de información en
el que lo verdaderamente importante convive con lo trivial. Poca
gente sabe ya qué significó para el mundo actual el largo y dramático
proceso de descolonización que se produjo después de la II Guerra
Mundial, la guerra de Vietnam, el puente aéreo de Berlín, la crisis
de Suez, la guerra de Argelia, el aplastamiento de la revolución
húngara de 1956, la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968 o la
Revolución Cultural china y un larguísmo etc. Los reportajes sobre el
pasado, que de vez en cuando se encuentran en los grandes medios de
comunicación, suelen recurrir a un deliberado coctel en el que se
mezclan guerras y movimientos sociales con desfiles de modelos,
estrellas de la música pop, o nostálgicas evocaciones de mundo que
nunca existió. Los "felices sesenta" llegaron a convertirse en un
mito, dejando a un lado las terribles catástrofes que sacudieron la
Humanidad durante ese período, y la evocación del Mayo francés o del
movimiento hippie en los EE.UU. por ejemplo, ha sido sometida a un
proceso de manipulación en el cual han ido perdiendo su carácter de
protesta socio-política para convertirse en una especie de carnaval
un tanto acratoide cuyas causas se desconocen; y en los últimos
tiempos se ha empezado a dar un paso atrás y estamos a punto de
recuperar los "maravillosos cincuenta", pero sin guerra fría, sin
dictaduras y sin golpes de Estado. En cualquier caso los iconos más
repetidos y utilizados suelen ser estrellas de Hollywood. Lo que
importa, una vez más, es el espectáculo.
El fenómeno es general pero, como siempre ocurre, hay sociedades en
que esa tergiversación del pasado, es más radical. Es evidente que
allí donde hubo un intento, logrado en gran medida, de congelar el
pasado para evitar que su sombra se proyectara con demasiada fuerza
sobre la realidad política del momento, los efectos de esa ocultación
o destrucción de la memoria han sido más devastadores. En un país
como el nuestro, sometido a lo largo de casi 40 años a una dictadura
basada fundamentalmente en el terror y en la impostura, los silencios
de una transición que hizo posible el advenimiento de la democracia
tuvieron un coste intelectual y moral elevadísimo, como es sabido:
el pasado, el pasado de muerte y de persecución, quedó arrumbado y en
su lugar se creó una mitología light, sobre todo para evocar los
últimos años de la dictadura, el llamado "tardofranquismo". La visión
admitida y oficializada de esos años se ha convertido en un servicio
a la carta que dispone de parecidas respuestas para víctimas y
verdugos, para cómplices y para resistentes, todos unidos en el
interior de una dulzona y cómoda atmósfera socio-política que nunca
ha existido. Para dar la forma adecuada a esa visión la memoria de la
dictadura , implícitamente, ha pasado a ser un instrumento peor que
subversivo, innecesario. La consecuencia ha sido que en los últimos
años el pensamiento ultraconservador ha evolucionado en una dirección
que parecía imprevisible en los años ochenta, en el sentido de una
recuperación histórica del franquismo como una época "necesaria",
como una respuesta tal vez un tanto desmesurada en ocasiones pero
útil y positiva en último análisis, al caos reinante en los años de
la II República. Bajo la consigna, muy aznarista, de "¡Sin
complejos!" en las filas ultraconservadoras, se ha asistido, ante el
asombro un tanto ingenuo de quienes creían (o creíamos) en una
reconciliación democrática entre tirios y troyanos, a una
reactualización del franquismo y se ha dado para ello un inquietante
paso atrás: ya no se trata de una época que todos debemos olvidar,
según el tácito mensaje de la propaganda oficialista hegemónica hasta
tiempos bien recientes, sino algo mucho más peligroso: Franco salvó a
España del comunismo, la izquierda debe pedir perdón a esa misma
Iglesia Católica que asumió el papel de guía -y de paso, de
beneficiaria- de los vencedores de la guerra civil, el catolicismo y
la unidad del país frente a los efectos disgregadores de los llamados
nacionalismos periféricos forman un todo indestructible, etc. La
izquierda, según la doctrina al uso ultraconservadora, se ha
convertido una vez más en el chivo expiatorio sobre el que deben
descargarse todos los castigos pues ella y sólo ella es la culpable
de todos los males.
Un ilustre escritor, José Manuel Caballero Bonald, definía muy
adecuadamente la situación actual en una reciente entrevista
publicada en el suplemento cultural del diario El País. El
entrevistador, al mencionar que las Memorias publicadas del escritor
terminan en 1975, le preguntó: "Detuvo sus Memorias en 1975 y dijo
que no escribiría sobre estos últimos años, a pesar de que ha sido
muy crítico con la transición. ¿Fue un olvido necesario o una
traición?" La respuesta de Caballero Bonald es muy clara y resume muy
bien la situación actual: "Fue un error decretar una historia sin
culpables. El franquismo no ha tenido un tribunal que juzgara los
crímenes de alguien que murió matando. Esa transición débil y
acomodaticia que decretó el olvido, el borrón y cuenta nueva ha
provocado que en la vida española actual haya lastres del franquismo
muy visibles. Y no digamos cuando Aznar estaba en el poder. El
franquismo fue un terrorífico infortunio histórico del que todavía no
nos hemos curado."
Los lastres de la dictadura, de los que habla Caballero Bonald, han
tomado una forma bien perceptible, la de una reconstrucción
revisionista, similar a la que hace unos años sacudió a países como
Francia o Alemania, en donde se asistió a un intento de revisión
derechista del pasado, centrándolo en el período de ascenso de los
fascismos y más allá, mucho más allá, llegando incluso hasta la
Revolución Francesa, lo que tuvo y sigue teniendo una respuesta en la
revitalización de los estudios históricos acerca de un período negro
cuyos efectos nefastos están a la vista de quienes tengan ojos para
ver e inteligencia para comprender. Es muy posible, sin embargo, que
entre nosotros se replantee la vieja política del avestruz y se
pretenda que sólo el olvido puede devolvernos una cierta
tranquilidad, mucho más ficticia que real. Resulta muy curioso que en
un país donde se ha llevado adelante una audaz revisión de lo
sucedido en otros países sometidos a dictaduras, lo que ha tenido
incluso una deriva jurídica con pretensiones internacionalistas,
vivamos todavía dentro de una espesa maraña de silencio o, en el
mejor de los casos, de medias verdades, sobre lo que sucedió aquí a
lo largo de los cuatro infamantes decenios que duró la era
franquista, en especial, hay que repetirlo, de sus postrimerías. Lo
cual no deja de ser paradójico. Al parecer España una vez más, según
pretenden algunos, debe ser siendo diferente."