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Re: [Valinor] Valinor está despertando...pero en que??   Lista de mensajes  
Responder | Reenviar Mensaje #4343 de 5464 |
RE: [Valinor] Valinor está despertando...pero en que??


bueno como decis lo de escribir... yo quiero, es más, ya tengo unas 26 pag
con el principio de una historia, queria mandarla pero mi principal problema
es uqe no se en qeu fecha de la 4º edad situarla, porque no quiero que este
descoordinada de las otras historias... como no se lo uqe paso desde la
destruccion del anillo...bueno, de todas formas les mando la introduccion de
la historia dejando en blanco los datos precisos y ahi me comentan como
deberia de completarlo...


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- Introducción.

Aglahad era un descendiente Númenor nacido al amparo del reino de Gondor
(aki especificamente no se quien es el rey!!!). Soldado del rey, luchó junto
a los Rohirrim tras ¿la caida de sauron? (algo atrasado kizas) para mantener
la paz en Rohan. Aglahad era un hombre muy valiente e inquieto. Incansable,
recorría sin cesar los muchos kilómetros que separaban las tierras de Gondor
y Rohan. Montado en su corcel negro, perseguía a los ladrones y rebanaba
las cabezas de los orcos que se atrevían a enfrentarlo. Su figura era
imponente: un rostro dulce y hermoso aunque curtido por las duras batallas y
los interminables días de cabalgatas durmiendo a la intemperie; su pelo,
largo y liso, caía lacio hasta sus hombros donde se confundían con la negra
capa que llevaba en las frías noches de invierno. Tenía, por el contrario,
unos extraños ojos gris-plateados parecidos al rayo de luna llena reflejado
en las aguas del lago de Moria. Ojos que rebosaban alegría y tristeza,
joyas Númenóreanas que reflejaban las desdichas de toda una estirpe. Todo y
nada hay que decir de su cuerpo, robusta torre de 180 cm bronceada por
largos veranos de luchas bajo el sol. Su sola presencia imponía respeto, y
su mirada helaba corazones. Temido por sus enemigos y amado por sus amigos,
Aglahad había alcanzado su fama tras sus, no cortos, 40 años en la 4º edad
de la Tierra Media hasta el año de -----.

En uno de sus muchos viajes, al mando de una pequeña hueste de jinetes, la
noche les sorprendió en el camino que bordea el bosque de Fangorn yendo
hacia Edoras. Encontraron una pequeña casa de cultivos y decidieron pasar la
noche allí ya que en esos tiempos era peligroso viajar de noche. Dejaron los
caballos en la entrada y el pequeño grupo, no más de 10 jinetes, penetró en
el trabajado huerto. Aglahad se adelantó entre los suyos y llamó a la
puerta. Al poco tiempo se abrió lentamente y una bella criatura emergió del
interior llenando sus corazones de luz. Era lo más bello que Aglahad había
visto nunca, o al menos eso creía, porque dicen que cuando se mira a alguien
con amor los ojos quedan ciegos y se ve lo que realmente no hay. De todas
formas, ella era bella; pertenecía a la estirpe de los Rohirim, hermosos
humanos rubios de piel blanquecina y ojos claros. Míriel, pues así se
llamaba ella, hacía honor a estos rasgos aunque ridiculizaba los ideales de
belleza humanos para adaptarse casi a los élficos. Su cabello era mas fino y
suave que la seda y en nada envidiaba su color a la más refinada joya dorada
de los Valar. Sus ojos, de un azul cristalino, se asemejaban a dos finas
piedras lapislázuli enmarcadas por unas hermosas pestañas. Su rostro era
ovalado y su tez pálida como la luz que emerge de la luna. La figura era
pequeña y graciosa; debajo de una manta que ejercía de improvisada capa se
vislumbraba un vestido blanco sencillo, de esos que se ponen las damas en el
hogar. Su cuerpo apenas esbozaba los rasgos de la madurez física, aunque,
con sólo 16 años, su porte era sereno y seguro.

Después de mirarlos un rato, Míriel habló. Su voz le pareció a Aglahad un
canto melodioso, una música de arpa, una armonía infinita. Tan pasmado
estaba que apenas si supo responder lo que ella le decía.

- Aiya – saludó ella en élfico -. ¿Desean algo?
- Ehmmm… esto…yo…-empezó a titubear Aglahad, abrumado aún por tanta
belleza-. Nosotros…queríamos… nos preguntábamos si en vuestra casa tendrías
un rincón para que una cansada compañía descanse del duro camino durante la
noche.
- Oh, supongo que sí. Esperen un momento, por favor.

Míriel se adentró de nuevo en la casa que emanaba un dulce olor a manzanas
confitadas. Tras unos breves segundos, un hombre rubio, en plena madurez se
asomó con cautela a la puerta. Cuando vio los uniformes de los jinetes
alegró la cara y abrió la puerta de par en par.

- Pasen, pasen señores –dijo en tono amable-. No tengo todos los días el
honor de recibir a tan preciados huéspedes. Nos sentiremos muy halagados si
se quedan a compartir la cena con nosotros. Yo soy Imrahil hijo de Imrazôr y
espero que pueda satisfacer en lo debido a los caballeros.
- Muchas gracias señor. Tanta hospitalidad nos llena de alegrías mas
permítame rechazar la cena que nos ofrece. Más bien seré yo el que le invite
a tomar con nosotros un poco del vino sobrante de la expedición.
- Estaré encantado mi señor. Adelante.

Los jinetes pasaron uno tras otro por la pequeña puerta y, educadamente,
siguieron a su anfitrión por la casa. Ésta contaba con cuatro habitaciones:
una gran sala con una chimenea, la cocina y un par de dormitorios. La
compañía se acomodó alrededor del fuego y sacando un gran pellejo empezaron
a beber. Para acompañar la bebida Míriel trajo en una gran cesta una docena
de manzanas confitadas, dulces y amargas, tan ricas que los jinetes quedaron
faltos de más.

Así mientras comían y bebían la conversación surgió entre ellos y a lo largo
de la velada cantaron canciones y narraron historias de tierras lejanas.
Por esta razón Aglahad supo que Míriel era la hija de Imrahil y que contaba
con 16 años. También hablaron de los asuntos que movían a Aglahad a recorrer
esas tierras y de otras muchas cosas que ahora no hace falta nombrar.

Desde ese día la tropa de Aglahad, suscitadas por el amor que en él crecía
hacia Míriel, pasaban cada vez más largas noches en ese hogar al lado del
fuego, bebiendo vino y contando viejas historias que ella escuchaba con
atención: cada vez más participativa en las veladas, cada vez menos ajena a
la presencia de Aglahad.

Así fueron pasando los años y Míriel y Aglahad declararon su fortuito amor a
Imrahil y sus futuras intenciones. Él, en un principio no deseó ese enlace
porque sabía que ella tendría que irse a la ciudad natal de su amado y se
separaría por largas jornadas de sus padres, pero cuando Míriel cumplió 19
años no pudo negarle por más tiempo a su hija la felicidad reclamada y la
dejó marchar a Minas Tirith donde la feliz pareja se juró amor eterno.

Algunos años pasaron y quiso Eru que Míriel quedase en cinta y diese a la
luz un precioso bebé. Su nombre fue Zirânphel que en Adûnaico, la lengua
vernácula de los Númenor, significa “hija amada”. Saludable, de tez clara,
una preciosa pelusa negra coronaba su pequeña cabeza y sus ojos azules
brillaban como el mar en un día soleado.

Cuando la niña hubo alcanzado los dos años Aglahad decidió pedir permiso al
rey para visitar a sus parientes en Rohan ya que Míriel se sentía triste al
no poder compartir la alegría con sus padres en esos momentos. Así, en un
duro viaje marcharon Aglahad, Míriel y Zirânphel.

Para mantener segura a su familia de los peligros del camino, Aglahad
decidió partir acompañando a una expedición que se dirigía hasta Edoras.
Abandonaron Minas Tirith en primavera y durante el camino el dulce canto y
aroma de esta estación les ayudó a superar la dificultad de las jornadas.
Aglahad iba montado en su magnífico corcel negro y a su lado, en una yegua
blanca, montaba Míriel y Zirânphel atada con una cuerda élfica a la cintura
materna y envuelta en una suave manta verde.

Una tarde, tras tres semanas de un lento viaje, llegaron por fin a Edoras,
allí se despidieron de su improvisada escolta. La noche los alcanzó en la
ciudad y Aglahad se dispuso a pasar la noche ya que no quería partir el sólo
con su familia al amparo de la oscuridad. Aún tendrían que pasar un par de
días de viaje sencillo antes de llegar hasta la casa de su suegro, a unos 2
kilómetros del bosque de Fangorn. Su plan era esperar unos días allí hasta
que otra expedición de jinetes saliese del lugar en esa dirección. Pero
Míriel insistió en seguir adelante, sus ojos brillaban deseosos de encontrar
a sus padres y Aglahad, hechizado por su mirada, no pudo negárselo.

Emprendieron, así, la marcha de nuevo hacia la casa del padre de Míriel que
se encontraba a las orillas del río Onodló, también conocido como el
Entreaguas.

El camino era oscuro y silencioso. Enseguida Aglahad se arrepintió de la
decisión tomada. El ambiente parecía hostil y las ramas de los árboles
alrededor del camino parecían querer acorralarlos e impedirles el camino a
casa.

La carga del bebé, y el miedo a su malestar, impedían a los jinetes avanzar
todo lo rápido que podían desear pero, de todas formas, mantenían un trote
constante viajando día y noche excepto pequeños descansos para comer o dejar
reposar a los caballos.

En la tercera noche de duro camino se encontraban tan sólo a media hora del
hogar y el ánimo de Míriel volvía a ser de nuevo excelente. Sin embargo,
Aglahad estaba inquieto, sentía algo que acechaba a sus espaldas, detrás de
los árboles, bajo los arbustos, al amparo de la noche… todo estaba demasiado
silencioso.

En poco tiempo llegaron al páramo donde se encontraba la casa de Imrahil. Se
detuvieron en seco. Un grito de horror escapó de la garganta de Míriel y, al
oír a su madre, Zirânphel rompió en llantos. Aglahad contempló con espanto
el espectáculo, la casa de Imrahil se encontraba en llamas; los establos y
los huertos estaban saqueados y por doquier se observaba vacas y caballos
degollados, encharcados en una horrorosa sangre, con miles de cortes por
todo su cuerpo. La casa había sido atacada.

Míriel y Aglahad se aproximaron lentamente, Zirânphel aún lloraba. Poco a
poco empezaron a entender lo que había pasado. Pisadas deformes saturaban el
suelo. A pocos pasos de la entrada principal algunos orcos muertos yacían
boca abajo, al parecer, muertos a palos.

- Míriel, espera aquí. No te bajes del caballo. Cuida de Zirânphel –dijo
consternado Aglahad mientras bajaba del caballo-. Voy a entrar en la casa.
- Ten cuidado –dijo ella al borde del llanto-. Busca a mis padres.

Así, con mucho cuidado, Aglahad entró en la casa. El tejado estaba en llamas
y algunas paredes parecían querer arder también con él. Lo que vio allí le
asqueó. Todos los muebles y objetos preciosos estaban rotos, desperdigados
por el suelo o habían desaparecido. En la cocina se encontraban los padres
de Míriel, abrazados en el suelo, muertos los dos por traicioneras flechas.
Mientras estaba comprobando el pulso de los caídos Aglahad oyó un grito, era
de Míriel. Se incorporó de un salto y rápidamente se dirigió a donde le
esperaba su mujer. Al salir contempló horrorizado que una multidud de orcos
empezaba a rodearlos surgiendo de todas las esquinas. En su totalidad debían
de ser varias decenas, Aglahad no comprendía como una hueste tan numerosa de
orcos podía estar vagando por estos lugares.

Sin pensárselo dos veces sacó su espada. Los orcos comenzaron entones a
avanzar lentamente hacia ellos.

- Míriel –dijo Aglahad ferozmente-, salid lo más rápido que podáis de aquí.
Yo los entretendré. No mires atrás, yo te seguiré dentro de un
rato. –Aglahad dijo esta ultima frase con pesadumbre porque, en el fondo de
su corazón sabía que los orcos no le darían la oportunidad de hacerlo.

Y así fue, Míriel emprendió la carrera por el lado más despejado de estos
escalofriantes seres y poco después una oleada de flechas atravesó el cuerpo
de su amado llevándolo de este mundo para siempre. Pero la crueldad de los
orcos no acabó aquí. Por el camino que siguió Míriel varios orcos se
escondían todavía y al ver pasar al animal y su montura lanzaron algunas
flechas contra él. Míriel fue atravesada por dos flechas mortales mientras
se agachaba para proteger el cuerpo de la pequeña. Una tercera hirió a la
yegua que enloquecida por el dolor arremetió contra algunos orcos que por
allí se encontraban y se desvió del camino principal dirigiéndose veloz, aun
bajo el peso de su jinete muerta, hacia el bosque de Fangorn.

Con rabia en sus patas la yegua se adentró al fin en los bosques y al
amparo de los árboles, desorientada y herida mortalmente utilizó sus últimas
fuerzas para tumbarse y desprender a la bella amazona sin vida de su lomo.
Allí, en los brazos de Míriel, atada con una cuerda, sobrevivía la joven
Zirânphel ajena a todo lo ocurrido pero asustada por la repentina cabalgata
y por la inmovilidad de su madre. Protegida del frío por su manta y ocultada
a las bestias por el cuerpo de su progenitora pasó así la noche la niña, a
salvo de los peligros, por lo menos por algún tiempo.

Días después, un emisario real descubrió los cadáveres de Aglahad y los
padres de Míriel en la cabaña. Tras imaginar lo ocurrido avisó veloz a las
autoridades que rastrearon las huellas de la yegua hasta dar con los
cadáveres picoteados por algunos pájaros carroñeros. Comprobaron el
territorio y vieron que alrededor de ellos había huellas de orcos y de otros
animales o bestias extrañas. Varios hombres conocían a la desdichada familia
y al no encontrar rastro de la niña se entristecieron mucho pensando que
había sido devorada por las bestias salvajes o, lo que habría sido peor,
secuestrada por los crueles orcos. A pesar de las intensas búsquedas e
incluso de la captura y muerte de los orcos culpables, de la niña ya nada se
supo nunca más.

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bueno, hasta aki la introducion a mi historia, espero vuestra ayuda, es uqe
tengo que documentarme para poder situar la historia y lso acontecimientos
que ocurrieron antes y todo eso... graciasss


Mîrcálë




Do, 10 de Mar, 2002 1:17 am

denegrida@...
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prometo, cuando encuentre algo de tiempo, escribir algo... sobre lso orcos.. que de apso me parecen muy simpático.. juas ... I've seen things you people...
Falathar Calaciryamo
falathar@...
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9 de Mar, 2002
8:09 pm

bueno como decis lo de escribir... yo quiero, es más, ya tengo unas 26 pag con el principio de una historia, queria mandarla pero mi principal problema es uqe...
Mîrcálë
denegrida@...
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10 de Mar, 2002
12:13 am
Avanzado

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