les mando la continuacion, el primer capitulo... oigan, que estoy abierta
a opiniones eh????
Mîrcálë
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1. Mîrcálë, luz de joya.
Cuando aquella cruel noche hubo abandonado a la Tierra Media, en el claro
donde reposaban los restos de Míriel, pasó por entonces una de las cosas más
extrañas que ocurrió jamás en el territorio de Rohan. Como bien sabemos, el
caballo depositó el cadáver de Míriel con la pequeña atada a la cintura en
una llanura del bosque de Fangorn. Allí, madre e hija reposaron durante toda
la noche entre las miradas cautelosas de las bestias del bosque. De vez en
cuando alguna se acercaba, pero los animales que vivían en ese bosque eran
animales nobles y no carroñeros. De todas formas a Zirânphel no la llegó a
ver ningún animal, ya sea porque la niña estaba escondida entre los brazos
de la madre o porque un aura mágica alejaba a los animales de su lado.
Así llegó la mañana, la tarde, y la niña despertó, por fin, de sus turbios
sueños. Ahora su madre no estaba sólo inmóvil sino rígida y fría. La presión
de su cuerpo le impedía respirar con normalidad oprimiéndole el pecho,
aquello que tanto le dio vida parecía que intentaba arrebatársela. Intentó
llorar, pero ni para eso tenía aliento. Entonces se dedicó a gemir entre
pequeños lapsus de tiempo hasta que, rendida por los esfuerzos volvió a caer
en un sueño ligero.
Durmió Zirânphel hasta el anochecer. Entonces un ruido la despertó. Era un
sonido muy extraño, jamás había oído otro igual, pero a la vez era
tranquilizador. El rumor era algo así como un “Hum, hum, hum”. Cada vez
sonaba más cerca y más cerca y más cerca hasta que la niña pudo sentir el
sonido de unos extraños pasos que se acercaban. Parecían los pasos de un
gigante, pesados y sonoros. Zirânphel empezó a llorar, deseaba más que nada
que alguien la alzara en brazos y que la cambiasen de postura para así poder
respirar mejor, además se sentía terriblemente hambrienta.
De repente los pasos se pararon muy cerca de ella y el autor de esos
ruiditos empezó a emitir otra serie de extraños sonidos, muy lentos y
compasados. Tras unos largos minutos de interminable discurso se aproximó
mas a Míriel y la volteó. Pudo entonces ver a la pequeña niña llorosa que
estaba atada a su cintura.
Es difícil señalar cual de los dos seres se sorprendió más al ver al otro.
Zirânphel dejó de llorar y su cara se puso seria; primero miró a aquello que
la observaba con ojos de horror pero después de un rato su rostro se serenó
y en su boca se esbozó una leve sonrisa. El otro quedó paralizado por un
rato y empezó a emitir de nuevo esos sonidos “Hum, hum, hum”. Ese extraño
ser, era un Ent, más concretamente el Ent Fangorn conocido como Bárbol. Los
Ents eran medio hombres, medio árboles, medían más de cuatro metros de
altura, y Bárbol, que era el más viejo de ellos, llevaba vividas en la
Tierra Media las nueve Edades de las Estrellas. Bárbol era enorme y anciano,
puesto que pertenecía a la raza más alta y más fuerte nacida en el mundo. El
tronco era de áspera corteza como el de un roble o una haya, pero sus
brazos eran suaves y lisos, y poseía unas nudosas manos de siete dedos. La
extraña cabeza de Bárbol, casi sin cuello, era alta y tan gruesa como su
tronco. Tenía ojos marrones, grandes y llenos de sabiduría, que parecían
despedir un resplandor verde, y de su cara colgaba una enmarañada barba gris
como un hato de ramitas y musgo. Estaba hecho de la fibra de los árboles,
pero se movía velozmente con unas piernas que no se doblaban y unos pies
como raíces vivas, balanceándose y estirándose como un ave zancuda.
Tras unos minutos el ser desató la cuerda, cogió al bebé con sus largos
dedos y lo observó más de cerca. Entonces empezó a hablar en la lengua común
pensando que así la criatura le podría entender e incluso contestar.
- Hum, hum. – empezó a decir-. Hola pequeña persona. ¿Qué eres tú? ¿Eres uno
de los pequeños hobbits que me traen noticias de las Ents hembras? … Vaya
parece que no me entiendes, hum, hum. – después de repetir otra vez ese
sonido “hum” la niña empezó a reír en los brazos del gigante.
- Hum- siguió diciendo- ya comprendo, debes de ser la pequeña cachorro de
esa humana, hum, hum. – se acercó a Míriel y vio las flechas que la
atravesaban.- Hum, está muerta, hum. ¿Y ahora que haré contigo pequeña
cosa? … Supongo que no habrá nada malo en que te lleve conmigo a casa y
luego le pregunte al consejo que hacer.
Y así fue lo que Bárbol hizo. Velozmente atravesó el bosque entre los
árboles a los que saludaba de vez en cuando. Cuando llegaron al lugar ya la
noche había caído sobre el bosque. A los pies de una montaña se situaba la
morada de este Ent. En el nacimiento de esta colina se podía ver un arroyo,
el Entreaguas, que saltaba fresca y ligera de un lado a otro por una gran
abertura. Dos árboles se plantaban delante de la misma como dos fieles
centinelas pero el único hueco posible de entrada estaba taponado por una
telaraña de ramas. Cuando Bárbol se acercó las ramas de los árboles se
separaron y dejaron a la vista un lugar amplio tallado en la colina. El
interior estaba lleno de árboles y arbustos. Por unas rendijas corría un
pequeño arroyo saltarín donde Bárbol se refrescó los pies, o mejor dicho,
las raíces. En el centro de la sala había una gran mesa de piedra aunque
ninguna silla. Allí deposito Bárbol a la pequeña.
-Vamos a ver –dijo- ¿qué podemos hacer contigo? Supongo que comerás algo,
hum. Pero yo aquí sólo tengo mi bebida. Ojalá los tiempos en que Gandalf el
blanco me visitaba no hubiesen pasado, así podría entregarte a él.
Encima de la mesa, la niña se incorporó. A sus dos años de edad casi podía
andar. Alzó la cabeza y miró atentamente al Ent. Su forma le pareció muy
graciosa y empezó a reír otra vez. Bárbol le trajo un pequeño cuenco lleno
de una bebida que fabricaban los Ents de unos componentes muy extraños y
vigorizantes, aunque el que lo tomaba podría jurar que no se trataba más que
de agua con un cierto aroma extraño. La niña agarró con sus pequeñas manitas
el cuenco y, ayudada por el Ent, bebió todo el contenido. Enseguida empezó a
sentir más energías y a moverse por todos lados, gateando e intentando
ponerse en pie.
Bárbol la llevó junto al estanque y, desprendiéndole las ropas la sumergió
en el agua. La pequeña empezó a llorar por el frío contacto en su sensible
piel. Después la colocó de nuevo en la mesa, desnuda, encima de la manta
verde que tenía enroscada cuando la encontró Bárbol, quizás uno de los pocos
recuerdos que le quedaría de sus verdaderos padres.
- Hum, vaya. – dijo mientras contemplaba la hermosa imagen de la niña
desnuda- Si pareces eso que los humanos llaman una joya. Es como si una
extraña luz emanase de tu blanca corteza.
Tras el baño, Bárbol envolvió de nuevo a la niña con la manta y, colocándola
en un lecho de flores, se dispuso a dormir durante toda la noche. Así hizo
también la niña, durmiendo por primera vez desde que saliesen de Edoras con
un sueño tranquilo y placentero.
Al amanecer de ese día Bárbol llamó al resto de los Ents para que se
reunieran. Dispuso a niña en la manta y se dirigió, con ella en brazos, al
lugar donde los Ents se reunían: un pequeño claro en medio del bosque. Allí,
tras largas horas, por no decir días, de lenta y melodiosa charla (el idioma
de los Ents era muy complicado y largo de pronunciar) acordaron que Bárbol,
por ser el más anciano, podía decidir por sí mismo que hacer con la pequeña
cosa siempre y cuando no perjudicase al bosque, en cuyo acto, él mismo se
haría responsable.
Bárbol pensó primero abandonarla en medio del camino que bordea el bosque o
entregársela directamente a los humanos, pero las relaciones con ellos no
eran muy buenas, los Ents eran demasiado viejos y los hombres muy
perecederos, acababan olvidándolos. Finalmente, Bárbol decidió conservarla
durante unos días a ver que pasaba. Quizá fue está la mejor o la peor
decisión que tomó nunca porque un cariño especial creció entre ambos hasta
que el Ent decidió que no podía prescindir de ella. Desde entonces la llamó
Mîrcálë, que en élfico significa luz de joya.