Como siempre, los hobbit vivián ajenos a todos los acontecimientos del
mundo. Pero eso no era por la voluntad de ellos que desconocían las guerras
y peligros que circundaban la comarca. Ignoraban que toda la región estaba
protegida de la mirada de los siervos de Melkor por una protección tejida
por Tinuviel y Fëanturindil, los dos Sulhini,una especie de espíritus de
Arda protectores.
Asi fue como, desconocido del mundo, en el smial de Rory Madreselva, un
hobbit anciano y de extraño talante melancólico, crecía el joven Adrahir.
Era un joven ahora, fuerte de cuerpo, más de talante reflexivo y sereno,
incluso melancólico a veces. Su porte, su estatura, destacaban entre los
Medianos, aunque ninguno mencionaba el destino al que el joven estaba
llamado, por no atraer sobre sí la mirada del Oscuro.
Adrahir entretenía sus horas en ayudar al anciano Rory a mantener su jardín,
el smial ordenado (jamás iba a entender que estaba bien que hubiera el orden
desordenado, pero era humano, qué se le iba a hacer). Galante, cuándo no, se
ocupaba también en auxiliar a las damas hobbits en sus labores y cuando
estaba libre, marchaba con los jóvenes Tuk de exploración por los
alrededores...
Y sin embargo, no era infrecuente que las pesadillas le retrotrajeran a la
fatidica madrugada en la lejana Dol-Amroth, en la que el rey y hechicero
Ankarel había dado muerte ante sus ojos a su padre, dejándole en horfandad.
En sueños a veces veía la sombra oscura reclamándole pero antes de que
pudiera advertirlo, las enormes águilas que acudíeron a rescatarle, el
rostro dulce y luminoso de la dama Tinúviel (que no era la de las leyendas).
Entonces despertaba, para beber una taza de té caliente que le servía Rory.
Entonces todo volvía a ser calmo y tibio: su ancho y enorme (para
dimensiones hobbit) cuarto, el velón encendido, los libros y juguetes de
madera que de niño había recibido para alegrarle la estancia.
-Hijo, ya ha pasado- decía siempre Rory con su voz seria...
Durante el día olvidaba aquellas pesadillas, ocupandose en los pequeños
menesteres de los labrantíos contiguos. Esa mañana había despertado, luego
de una pesadillla especialmente vívida. No dijo nada, Rory tampoco: evitaban
hablar del pasado de ese joven humano que toda Hobbiton tenía por hijo
propio. Prefirió ir a limpiar las malas hierbas de la pequeña huerta,esas
labores le distraerían, como de costumbre. Algunos niños le ayudaban en la
tarea, atraídos por la desusada estatura de Tio Adra...
Un ruido de caballos le distrajo, miró hacia la única calle del pueblo: una
polvareda y la figura altiva de un jinete se dejaba ver poco a poco. A su
lado, en un poney níveo cabalgaba un hobbit bastante alto para ser tal,
revestido con una cota de mallas y un yelmo. Era uno de los guardianes de
los puestos fronterizos, la insignia verde y dorada de Arnor relucia en su
sobrevesta.
Era raro ver un jinete en aquellos lugares, y la última vez que había venido
uno, traía malas noticias, masculló Rory, asomándose a la entrada del Smial.
Adrahir contempló a su padre adoptivo, conocía bien esa expresión irritada y
aprensiva, recordaba bien aquella otra mañana: "necesitamos exploradores" y
cómo Rory le impidió unirse a los tumultuosos jóvenes hobbit ansiosos de
aventuras. "No es momento de partir, hijo" habíale dicho.
Una amplia capa de viaje cubría el rostro del jinete. Se detuvo ante Rory y
descendió del caballo.
-Vos sois Rory Madreselva, verdad?
Sorprendido, Adrahir oyó de lejos esa voz... Era una voz de mujer,
increíblemente dulce y musical. ¿Una dama andando sola por los bosques que
se decía estaban llenos de peligros sin nombre? Sin embargo ella no mostró
su rostro, solo se la oía hablar con Rory.
-Señora, el mismo soy.
-Soy la Dama de la Garza... y traigo noticias de Arnor, que, todo sea
dicho...son muy buenas. Pronto vendrá el Thain con sus hombres, cargado de
regalos para todos vosotros... Prefería adelantarme, pensando que quizá
querríais recibirlos con alguna recepción.
La Dama Garza. Adrahir nunca la había visto, pero no había nativo de
Hobbitton que no hablara de la Alta Dama. Ella jamás se había dado a conocer
fuera de los bosques umbríos que rodeaban Hobbiton, aunque ya era una
leyenda. Se decía que vigilaba el Bosque Viejo; otros decían que llevaba y
traía noticias de allí donde nadie podia ir. Casi siempre era vista por las
patrullas que vigilaban los caminos de Bree y de los límites más lejanos de
la Comarca.
Y ahora ella estaba allí, con la noticia de que la Guerra parecía haber, al
fin terminado. Rory la hizo pasar al Smial.
-Adra, trae té!
El muchacho no se demoró... u oiría al viejo hobbit quejarse de la artritis
y farfullar sobre los humanos lentos y poco amables, cosa que siempre le
arrancaba una sonrisa. Se acercó a la dama, ella se quitó la capa y se giró
para mirarle.
Esos ojos verdes como las praderas transmitían la sensación del sol sobre
los suaves campos de Hobbiton. La sonrisa de esos labios tenues traía brisa
fresca y la paz se adivinaba en los rasgos serenos y luminosos que enmarcaba
un cabello rojizo y brillante. Ella era alta, y su porte y la musicalidad de
su voz anunciaban que realmente no era humana, sino alguien de la Alta
Gente. Sin saber porqué, Adrahir tomó una mano de la Dama y se la besó.
-Sed bienvenida...
Adrahir se ruborizó...cómo sabía esa mujer que cumpliría años ya?