Me detuve a descansar. Tenía que poner en orden
mis pensamientos antes de que las cosas empeoraran.
Había huído como una cobarde, pero... ¿qué otra opción
tenía? Tal vez las cosas podían haber ocurrido de otro
modo, pero cualquier detalle que cambiara, por muy
importante que fuera, era incapaz de variar mi
destino. Escapar era mi única opción.
Y allí estaban mis huellas delatándome. El paisaje
explicaría como un libro abierto lo que había pasado.
En vano deseé que volviera a nevar, que se borraran
mis huellas, pero bastaba seguirlas en una dirección
para encontrar la falta de esperanza que intentaba
hundirme o en la otra para encontrar... no, mejor no
pensar. No me helaba las venas el frío de esa noche.
Era el miedo, la culpa. ¿Culpa? ¿De verdad era yo
quien debía sentirse culpable?
Un resplandor me sacó de semejantes cavilaciones.
Un pueblo, una posada, gente que ni imaginaba lo que
había pasado. El frío entumecía mis músculos y mi
cabeza confusa reclamaba un refugio de sueño. Comprobé
que llevaba dinero de sobra y entré.
Algún que otro borracho esparcido por las mesas,
los posaderos limpiando ya el lugar y pensando a cuál
de ellos sacar primero a que les diera el aire. Era
muy tarde, no iba a ser fácil convencerles de que...
no había nada que sospechar de mí.
"Me he perdido esta tarde, no me lo explico...
creía que me estaba orientando bien. Y se me ha echado
la noche encima. Si hay alguna habitación para
quedarme sólo esta noche..." dije.
Y la había. La posadera, muy parecida a mí (salvo
en que ella era ligeramente rubia y algo mayor que
yo), me indicó una habitación libre. Dijo algo de que
en estas fechas no viajaba nadie, que qué suerte había
tenido. ¿Suerte? La única suerte que tuve esa noche
fue su parquedad. Desde luego, no tenía ganas de dar
ninguna explicación. Le di las gracias y entré en la
habitación, bastante sombría por cierto.
Cerré la puerta. Dejé mi equipaje en el suelo. Sí,
mi huída había sido premeditada, pero las cosas no
habían salido tal y como yo esperaba. Me tumbé en la
cama, estaba cansadísima. Notaba como cada segundo
pesaba como una era, esa sensación plomiza y
desasosegante me hizo cerrar los ojos, esperando un
nuevo día y que todo eso fuera un sueño. Pero fueron
las lágrimas, y no el sueño, lo que vino a visitarme.
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